Jose

La salida de una caja del supermercado. Al fondo se ven productos difuminados porque están en segundo plano, son huevos, carnes, caramelos y golosinas. En primer plano está Carla, viste tejanos ajustados y un jersey de peluche rosa. Zapatos de medio tacón. Es una mujer muy atractiva. Lleva puestas unas gafas de sol.

Detrás de ella está Jose, sin tilde, un gitano gordo de dos metros diez de altura y ciento ochenta kilos de peso. Va vestido con ropa suelta de rapero, como si fuera norteamericano, pero no lo es, es de Madrid, como Carla.

La bolsa de Carla se rompe, Jose da un paso adelante con la lentitud de un elefante y se agacha a ayudarla.

– Gracias – dice Carla levantando la cara un segundo, mientras sigue recogiendo las cosas.

La montura de las gafas de sol de Carla es de plástico blanco y, mientras ella mira hacia abajo, resbalan hasta la punta de la nariz. Tiene el ojo derecho semicerrado, los párpados están hinchados y toda la cuenca, desde la ceja hasta el pómulo, se ven amoratadas.

– ¿Quién te ha pegado? – pregunta Jose despacio, con voz de tenor.

– Mi querido marido – dice con tono irónico subiéndose las gafas y recogiendo los últimos artículos del suelo.

Los dos se incorporan, Jose agarra la bolsa por los bordes, la levanta como si estuviera vacía y la deja con suavidad dentro del carrito.

– Yo puedo protegerte, si quieres – dice Jose hablando tan despacio como antes. – Soy grande y fuerte, se me da bien.

Carla se queda mirándolo por un momento como si no creyera lo que acababa de oír.

– Te lo agradezco… – y hace una pausa para que él diga su nombre.

– Jose, sin tilde – dice Jose.

– Te lo agradezco, Jose sin tilde, pero creo que es mejor que dejemos las cosas como están en vez de complicarlas aún más – dice Carla tendiéndole la mano para estrechar la de él.

– Por si cambias de opinión, trabajo en el tanatorio – dice y le estrecha la mano un momento. Su mano es tan grande que envuelve la de ella como si fuera un almohadón.

– Además el muy bestia es luchador de Muay Thai y, aunque seas tan grande, seguro que te haría daño. – No dice nada más y se marcha empujando el carrito.

 

Carla está ante la puerta de su casa, vive en el segundo piso de un número de la calle Velázquez. Le tiembla el manojo de llaves en la mano derecha.

– Ya estoy en casa – dice en voz alta para que su marido la oiga.

– ¡Ya era hora, joder! – Grita él desde el salón.

A Carla empieza a latirle el corazón más deprisa porque lo oye enfadado.

– ¡Llevo una hora esperándote, joder! – le dice ya desde la puerta de la cocina. – ¿No sabes que me tengo que ir a trabajar a las tres, joder?

– Es que necesitaba algunas cosas para hacer la comida – dice Carla en voz baja mientras sigue colocando la compra en los estantes del armario.

– ¡QUE TODAVÍA NO HAS HECHO LA COMIDA! – grita él enfurecido de pronto. – ¡Pero tú eres tonta o qué te pasa tía!, ¡me estás puteando adrede! – Y a la vez que dice esto le da un puñetazo a la puerta del frigorífico y un frutero vacío que estaba sobre él cae hacia adelante y se estrella en el suelo ruidosamente.

– Venga, no te enfades que la preparo en un momento – dice ella intentando calmarle pero muerta de miedo.

Ella sigue dándole la espalda mientras vacía la bolsa de la compra que ha dejado sobre el mármol de la encimera. Él cruza la cocina en dos pasos y le da una hostia en el lado derecho de la cabeza con tanta fuerza que Carla pierde el equilibrio y cae al suelo. Por un momento ve turbio, el oído le arde de dolor y la boca le sabe a sangre.

– ¡ME TIENES HARTO, JODER! – Dice él mirando alrededor con ojos de loco hasta que encuentra lo que estaba buscando. Agarra un cuchillo grande, con pequeños dientes de sierra y mango azul y se va para ella.

Entonces suena un ruido muy fuerte que viene del pasillo, parece que alguien ha roto la puerta de entrada. Él piensa que igual alguna de las zorras de sus vecinas ha llamado a la policía, pero un instante después, bloqueando por completo la puerta de la cocina, aparece un gitano enorme que se dirige hacia él sin detenerse.

Adiestrado como está en artes marciales lanza una patada alta y fuerte que impacta de lleno en la cara de Jose partiéndole una ceja. Durante unos pocos segundos Jose se toca la ceja con los dedos y los mira manchados de sangre.

– Tú estás loco, tío – dice Jose con voz normal mientras le da una hostia tan rápida y tan bestial al marido de Carla que la mandíbula se le rompe y le baila en la cara como un pescado dentro de una bolsa de plástico. Dos dientes salen despedidos de su boca y se estrellan contra la pared.

Está a punto de caer al suelo, pero como no lo hace, Jose le da otra hostia en el lado contrario con más fuerza aún y la cabeza se tuerce tanto como la de un muñeco de trapo. Cae desmadejado al suelo y el cuchillo hace un sonido metálico al soltarse de su mano. Está muerto.

 

Dos años después Carla está parada con su coche en un semáforo. Mientras espera, mira a la derecha por la ventanilla y ve, más allá de la autovía, el edificio del tanatorio, con la indisimulada chimenea por donde supone que salen los humos de las cremaciones. En una fracción de segundo recuerda lo que pasó en la cocina del piso donde vivía antes y de pronto entiende algo que había sido una interrogante durante todo ese tiempo: qué hizo Jose con el cuerpo de su marido.

El peligro de olvidar algo en casa

– Cariño.
– Qué.
– He olvidado la cartera en casa.
– No tardes, por favor, que dentro de poco nos marcharemos y habrá que pagar la cuenta.
– En menos de diez minutos estoy de vuelta.

Cuatro minutos después estaba abriendo la puerta de su casa.

Cuando una casa está siempre habitada es muy extraño encontrarla vacía, parece como si el movimiento de sus habitantes hubiera dejado remolinos en el aire que permanecen girando mucho tiempo después de que se hayan ido, de la misma manera que hacen los peces y que permite a los tiburones perseguirles exactamente por donde han pasado aunque ya no estén a la vista.

Saber que la casa está vacía pero sentir lo contrario le erizó la piel de los brazos. Tenía que llegar hasta su dormitorio para coger la cartera. Sólo es una casa vacía, sólo son objetos, los mismos tanto si hay luz como si no la hay, la oscuridad no añade nada, se decía cruzando la casa y encendiendo todas las luces contradiciendo lo que justamente estaba pensando.

Bajó los dos peldaños desde la entrada de la casa hacia el salón, la tele apagada, los sofás vacíos, pero daba la sensación, sólo la sensación, de que alguien había estado sentado en ellos un instante antes. Miró al otro pequeño salón que estaba más allá del salón principal, aquel rincón estaba a oscuras, ¿habría alguien escondido allí? Mientras estas ideas pasaban por su cabeza iba cruzando la casa apresuradamente para volver lo antes posible al restaurante donde le esperaban su mujer y sus amigos.

Entró en su dormitorio y pulsó inmediatamente el interruptor de la luz, la cartera estaba en la mesita de noche, la recogió y sintió que había alguien detrás de él. El corazón se le iba a salir del pecho. Se volvió despacio y allí no había nadie.

El miedo le afectó a las tripas. Rodeó la cama y entró en el cuarto de baño. Además de encender la luz, cerró la puerta. Se sentó en el váter sin dejar de observarla. Terminó, se limpió, tiró de la cadena y, mientras se estaba subiendo los pantalones, la puerta tembló levemente. Podría ser una corriente de aire. Podría ser. Tembló de nuevo y, como si estuviera mal cerrada, hizo clac y comenzó a abrirse.

Se quedó petrificado. Mientras la puerta se abría lentamente, la luz de su dormitorio se apagó. Ahora ya estaba seguro, había alguien allí. Las rodillas comenzaron a temblarle como no sabía que las rodillas pudiesen temblar. La puerta terminó de abrirse pero no se veía a nadie tras ella, sólo la oscuridad del dormitorio. Sin terminar de abrocharse los pantalones del todo dio un pequeño paso en dirección a la puerta y entonces apareció un ser terrible. Una especie de enano deforme, de boca desproporcionada y ojos muy pequeños y muy juntos. Se movía poco a poco, mirándole fijamente. Antes de que pudiera reaccionar, el ser deforme saltó y le dio una dentellada en el abdomen. Por puro reflejo agarró al enano por el cuello hinchado y tiró de él hacia atrás para despegarlo de su cuerpo. Al hacerlo, el bocado del monstruo le desgarró la carne y los intestinos se le salieron del abdomen arrastrados por la feroz boca del pequeño monstruo.

– ¡AAAAAAHHHHHHHHHRRRRRRGGGGGGGG! – gritó con todas sus fuerzas y perdió el conocimiento.

El enano aprovechó para comerle las tripas tranquilamente, tal y como hacen los grandes felinos con sus presas.

De pronto sonó la puerta de la casa, eran la esposa y los amigos de la presa. El enano salió tranquilamente del cuarto de baño y se escondió bajo la cama del dormitorio a oscuras justo en el momento en que la mujer encendía el interruptor de la luz llamando a su marido.

Cuando entraron en el cuarto de baño lo encontraron inconsciente en el suelo con un pequeño charco de sangre junto a la cabeza. Se había desmayado y se había golpeado al caer.

Cuando consiguieron reanimarle él les miró desde un lugar donde todo es terror. Se miró el abdomen y no había ninguna herida allí. Se abrazó a su mujer, aún sentado en el suelo, y comenzó a llorar desconsoladamente.

Salieron todos al salón, sus amigos comenzaron a moverse por la casa con familiaridad, encendieron la tele, pusieron un canal de vídeos musicales y fueron sacando copas para quedarse un rato hasta que la situación se hubiera normalizado.

Les contó lo que había visto, lo que había sentido, todo, pero era evidente que lo había imaginado, porque la única herida que tenía era el corte en la ceja izquierda.

Al cabo de unas horas, ya se encontraba bien. La compañía de los amigos y las copas habían conseguido relajarlo. Finalmente se despidieron todos hasta el próximo día.

Su mujer y él se desvistieron en el dormitorio, se sentó cada uno en su lado de la cama y con sendos gestos se metieron bajo las mantas y apagaron la luz.

El peso de sus cuerpos combó levemente el colchón por debajo apretando la cabeza del enano contra el suelo de parqué.

Atravesar el bosque

Josh podía rodear el lago para llegar al otro lado del bosque, pero eran ocho kilómetros, en vez de los dos que suponía cruzarlo. Miró alrededor, la mañana era clara, el cielo estaba despejado, casi no se movía una hoja en los árboles, pero se trataba de cruzar el bosque de Arf, el bosque encantado.

Josh aún no había cumplido los treinta, se había criado allí y, precisamente por eso, sabía que cruzar el bosque era un riesgo que nadie se atrevería a correr.

Pensemos, se decía Josh parado en el camino de tierra que se dividía en dos. Es sólo un bosque, son árboles, pájaros, insectos, algunos ciervos, quizá algunos jabalíes. Los fantasmas no existen, los malos espíritus sólo son imaginaciones y hay una luz contra la que no cabe ninguna amenaza de la oscuridad.

Josh inspiró para darse el valor que le faltaba y tomó el camino de la derecha, directo al bosque.

Según se iba adentrando en él, las copas de los árboles se hacían más densas y la ausencia del sol refrescaba el aire haciendo que se le erizara la piel de los brazos.

Sólo son dos kilómetros, pensaba, en menos de veinte minutos estaré fuera. El camino por el que se adentraba en el bosque era ancho, de ocho o diez metros, y se levantaba por los dos lados, de manera que la base de los árboles se hallaba a poco más de un metro de alto del suelo. Crecían muy juntos uno al lado del otro y, en el silencio reinante, se oían crujidos de ramas y hojas tras ellos.

Josh pensaba en la vista de satélite de esa parte de la región, el bosque sólo era una agrupación verde de copas de árboles con forma arriñonada, situada junto al lago de color verde oscuro. Si un satélite lo veía todo desde arriba, ¿qué miedo podía tener?

Mientras pensaba esto, la luz fue menguando paulatinamente. Josh sintió el pellizco del miedo en las tripas. ¿Por qué mengua la luz? No había ni una nube cuando he entrado en este maldito bosque. Y entonces recordó con terror que justamente ese día iba a haber un eclipse total de sol. No puede ser, no puede ser, ¿cómo he podido olvidar algo así?

Comenzó a correr de vuelta a la entrada del bosque, pero si sólo es un bosque, pensaba. Sentía un sudor frío en la nuca, cada vez estaba todo más oscuro, el camino por el que tan fácilmente había entrado caminando estaba ya tan oscuro que no veía a más de diez metros de distancia. Tuvo que dejar de correr.

¿Cuánto dura un eclipse? se preguntaba mientras miraba alrededor sin ver absolutamente nada. Por ese desplazamiento de percepción que se da en el cerebro cuando uno de los sentidos falla, al prescindir de la vista todos los sonidos ganaron en intensidad. Oía más crujidos de ramas que antes, y más cercanos.

Sólo es un bosque, sólo árboles, insectos… Se sentó en el suelo de tierra a esperar que volviera la luz, con las piernas encogidas y rodeándolas con los brazos, la cara cerca de sus rodillas. Entonces oyó pasos que se acercaban a él. ¡Pasos! Comenzó a temblar ostensiblemente pero guardó todo el silencio que pudo. Los pasos se detuvieron muy cerca de él, notaba la presencia de algo, o de alguien. Fuera lo que fuera, no emitía ningún sonido, ninguna respiración, ningún roce.

Alargó el pie izquierdo lentamente en la dirección en la que se había detenido lo que se había acercado a él. Nada, vacío. Movió la pierna a un lado, a otro… ¡y su pie tocó algo!

Con la velocidad que imprime el terror, se levantó de un salto y salió corriendo en dirección contraria, pero antes de haber dado dos zancadas algo le agarró de la camisa y en dos segundos se encaramó a su espalda haciéndole perder el equilibrio y cayendo de bruces al suelo.

Se levantó de nuevo e intentó quitárselo de encima dando codazos y alargando las manos hacia atrás para agarrarlo. Tocó una piel caliente y áspera como el tronco de un árbol. Agarró el brazo de lo que fuera y tiró fuertemente para librarse de él, al instante notó unos dientes sobre su mano y un dolor imposible le recorrió el cuerpo. Ya no tenía dedo meñique. Gritó y gritó y gritó mientras seguía luchando con lo que le apresaba por la espalda. Su propia sangre le salpicaba la cara con cada movimiento de la mano incandescente.

En uno de los intentos consiguió librarse del monstruo y pudo salir corriendo de nuevo hacia donde suponía que estaba la entrada por la que había accedido al bosque.

¡Salió!, ¡salió!, aun así, siguió corriendo por lo menos doscientos o trescientos metros hasta que se sintió suficientemente lejos del horror. Se giró jadeando, llorando y gritando y, en la penumbra cada vez más iluminada a medida que se terminaba el eclipse, vislumbró allá en la entrada del bosque una silueta en la que brillaban dos ojos de aspecto más humano que animal.

Resguardó la mano herida unos instantes debajo de la axila del otro brazo y apretó con fuerza los dientes y los ojos cerrados. Cuando los volvió a abrir ya había bastante más claridad y no había nada a la entrada del bosque. Se giró para volverse andando al pueblo de donde había venido y ¡SE DIO DE BRUCES CONTRA EL MONSTRUO!

RUHB

Un RUHB es un robot con un cerebro artificial cargado con la copia del cerebro de una persona humana.

– ¿Qué sientes Meniel? – preguntó su compañero poniendo una mano sobre el suave metal del hombro del robot.

– Me asfixio un poco, es como si no pudiera respirar – respondió el robot arrodillado con la cabeza inclinada como si fueran a nombrarlo caballero del reino.

– Bueno, es que realmente el robot no necesita respirar, pero si lo intentas tendrás la sensación de que inspiras y espiras con normalidad.

Meniel se incorporó y miró a los lados. Se sentía imponente.

Dando vueltas

El astronauta gira sobre sí mismo sin control. Si cierra los ojos no siente el movimiento, pero al abrirlos ve el universo entero dando vueltas tras su escafandra. En cada vuelta Saturno aparece y desaparece. Entra por arriba y sale por abajo.
Ahora toca morir. Ser astronauta es arriesgado, siempre lo ha sabido, pero saber que le quedan unas horas de vida le coge por sorpresa. Piensa en lo que estaba haciendo dentro de la nave antes de salir a reparar un panel, simplemente comer una manzana y leer un libro.
Una mano (?) le toca el hombro.

Reflexión desde Marte

– Sí, es impresionante estar aquí y ver en el cielo nocturno el punto azul de la Tierra, pero en realidad esto no tiene mucho sentido – le dijo Josh a su compañero mientras miraba a través del techo transparente del invernadero.

– Pero ¿cómo dices eso, hombre? – le respondió con sorpresa su compañero.

– Con lo que nos ha costado llegar hasta aquí a diez personas y montar este pequeño hábitat en este lugar inhóspito, se podría haber montado un pueblo entero en cualquier desierto de la Tierra para mil personas.

– Sí, pero esto mola más.

Cazando al dragón

El guerrero estaba agazapado en una pequeña cueva de la pared rocosa. Asomó la cabeza lentamente y miró hacia abajo. Se veía la cabeza del dragón, moviéndose primero a un lado y después a otro, vigilando por si había más hombres cerca. Al guerrero le llegaba el olor de la carne de sus compañeros ardiendo, tendidos inertes a los pies del dragón.
Tenía dos opciones, huir de allí lo antes posible o intentar matar al dragón él solo donde quince hombres juntos no habían podido.
En absoluto silencio saltó desde el hueco apuntando la espada hacia abajo.

Pánico

Se acababan de casar en una oficina de matrimonios de Nueva York. Bueno, en realidad no habían conseguido casarse, porque el funcionario les dijo que tenían que presentar el formulario relleno en el plazo de veinticuatro horas. Pero era como si fuera el día de su boda. Ella se había enfadado muchísimo por no poder casarse justo cuando quería. Un enfado de niña pequeña.

Estaban atascados en el viejo montacargas que subía a su piso. Él tenía los ojos vendados porque un rato antes le había caído formaldehído accidentalmente. Ella seguía enfadada como una niña chica. El montacargas no parecía que se fuera a caer, pero hacía unos ruidos feos. Con un gesto de resignación, se levantó las gafas y se quitó la venda húmeda, lo veía todo turbio. El montacargas se había parado entre dos pisos, de manera que se encaramó al borde del piso de arriba, que tenía más sitio para salir que el piso de abajo, abrió la puerta y volvió a descolgarse para ayudarle a ella a subir. Pero ella no quería subir primero, estaba asustada y le decía que subiera él y que le ayudara desde arriba. Él insistía, pero al final, por no discutir de nuevo, subió y, agachado desde el suelo del pasillo, le tendió la mano y la urgió a subir. El montacargas seguía haciendo ruidos como si realmente se estuviera rompiendo del todo y fuera a descolgarse. Ella se agarró a sus brazos, trepó y consiguieron tumbarse en el suelo del pasillo justo a la vez que el mecanismo se desmontaba por completo y la caja del montacargas se precipitaba al vacío arrastrando cables y maquinaria tras ella.

Los dos sonreían y jadeaban aún en el suelo, él apoyado en la pared del pasillo y ella tumbada bocabajo con la cabeza sobre el pecho de él. Entonces ella deja de moverse y se le vuelven los ojos, él se da cuenta de su desfallecimiento y la llama por su nombre moviéndole un hombro, y una segunda vez más insistentemente, sigue viéndolo todo muy borroso. Mueve la mano a tientas por el cuerpo de ella bajando por la espalda y la cintura y cuando llega a las nalgas se da cuenta de que ya no hay nada allí, sólo un torrente de sangre muy caliente. El montacargas ha cercenado su cuerpo al caer.

Él comienza a gritar como loco, a gritar, a gritar cada vez más, es el horror, es el miedo, es la mitad del cadáver de su amada inerte sobre su cuerpo….

El corazón me late acelerado y tengo que parar la película pulsando la barra espaciadora. Tengo toda la piel erizada.

Son más de las tres de la madrugada, estoy viendo la película sentado en la cama recostado contra la pared. Tengo el portátil al lado de la pierna y todas las luces apagadas.

Hoy estoy sólo en casa, mi mujer ha salido con las amigas y reina un silencio absoluto. La puerta de la habitación está abierta y sólo se ve oscuridad a través de ella. Oscuridad y la silueta de la barandilla de la escalera. Me levanto de la cama despacio y voy descalzo hasta la puerta para cerrarla. Se me erizan aún más los vellos de la piel. El único interruptor de la luz está justo al lado de la puerta, lo pulso y la claridad me molesta un instante a la vista acostumbrada a la penumbra de la habitación, que está iluminada sólo por la pantalla del ordenador.

El picaporte de la puerta chirría cuando lo bajo para cerrarla. Con la puerta ya cerrada y con los fantasmas del otro lado, apago de nuevo la luz y voy de vuelta a la cama para continuar viendo la película. En el mismo instante en que me siento en la cama, el picaporte comienza a moverse hacia abajo, despacio, chirriando igual que cuando lo he movido yo.

Me da tal ataque de pánico, que sin querer le doy con la mano a la barra espaciadora, porque justo estaba a punto de darle. Entonces el protagonista de la película comienza a chillar aterrorizado porque su mujer está muerta y mutilada sobre él y yo, en un acto reflejo, empiezo a gritar también como loco, encojo las piernas en la cama como queriendo alejarme de la puerta más de lo que estoy, busco nerviosamente a tientas el móvil para iluminar la habitación, pero como no dejo de mirar el picaporte que sigue bajando, lo que consigo es tirarlo al suelo. Grito cada vez más, creo que me voy a mear encima.

El picaporte llega hasta abajo y la hoja de la puerta comienza a abrirse lentamente.

El Mal – Capítulo 12

Llevan unos minutos en silencio mientras el todoterreno se desplaza por la carretera oscura alumbrando con sus faros las líneas de la carretera y los arbustos dispersos que hay a los lados.

– La loca ésa me ha dado un mordisco tremendo – dice el conductor llevándose la mano con cuidado a la mejilla izquierda. Su compañero mira fijo al frente, ensimismado.
– Oye tío, ¿te encuentras bien? No hagas cosas raras que te juro por dios que vas abajo del coche ¿eh?

Su amigo gira la cabeza muy serio hacia él y sólo dice:

– Uhum.

El conductor presiente que algo no va bien, quizá lo que le ha contado de que estaba reteniendo a lo que fuera que se le ha metido dentro no era verdad, o quizá… Se queda petrificado durante una fracción de segundo, porque su amigo, o lo que era su amigo, ha movido el brazo izquierdo velozmente hacia él y le ha incrustado el dedo índice en el oído derecho tan profundamente que los nudillos le han golpeado el pómulo. En el segundo en el que eso sucede siente un dolor como nunca hubiera imaginado que podía sentir, el dolor le traspasa la cabeza, los ojos, la lengua, el cuello, el cuerpo entero está conectado con ese dolor inmenso. Al segundo siguiente sufre un espasmo que le hace estirar los brazos y las piernas como si tuvieran un resorte en las articulaciones. Eso hace que el todoterreno se desvíe de inmediato hacia la izquierda, cruzando el carril contrario y saliendo al campo por el que sólo un rato antes se salió el coche de la primera víctima del ser.

El vehículo no iba muy deprisa y, como tiene buena estabilidad, no llega a volcar, simplemente va pegando saltos sobre el accidentado terreno y, en una casualidad imposible, acaba chocando contra el coche que permanecía volcado tras el accidente anterior.

En la violencia del impacto el cuerpo del conductor, inconsciente desde unos segundos antes, y el cuerpo de la niña, intentan salir despedidos hacia adelante pero los cinturones de seguridad lo impiden. A la niña la amarraron con los tres cinturones del asiento trasero antes de ponerse en marcha. Saltan los airbags delanteros y entonces ocurre algo sorprendente, el cuerpo del muchacho que ahora es el huésped del ser se vuelve levemente incorpóreo y, en vez de quedar retenido por el cinturón y el airbag, se sale del coche atravesando el cojín blanco, el salpicadero que ahora está abierto y roto, el parabrisas rajado, y la parte delantera del vehículo. Después pasa a través del otro coche y termina revolcado por las hierbas y el suelo de tierra diez o quince metros más allá.

El ser en el interior mira la oscuridad de la noche a través del ventanuco de la mirada de su huésped y grita salvaje y agitadamente con algo parecido al placer. No sólo se ha deshecho de la mordaza que le había retenido durante un rato, sino que además se ha integrado de tal manera con el cuerpo del muchacho que ha conseguido traspasarle una de sus características, el volverse inmaterial.

El Mal – Capítulo 11

El coche ya no está donde él lo había dejado, en medio de la carretera. Está bien aparcado en el arcén con las luces interiores y exteriores encendidas. Su amigo está dentro, en el asiento del conductor, sujetándose la mejilla izquierda con un trapo mientras con la derecha manipula un teléfono móvil. El muchacho va percibiendo todo esto a medida que se va acercando al coche. Su amigo levanta la vista de vez en cuando y mira alrededor pero todavía no le ha visto.

A medida que va andando tiene la absoluta certeza de que son tres los que se dirigen al coche, la niña, él y alguien más. Es una sensación tan nítida que casi siente que ese alguien camina a su izquierda y tiene la altura de un niño. De vez en cuando mira pero no hay nada allí. Y eructa todo el rato. Lo que sea que tiene dentro le produce gases.

Una de las veces que su amigo levanta la cabeza del móvil, le ve. Ve una sombra oscura que carga en brazos con lo que parece la niña loca en camisón que le atacó y a su lado parece que camina también algo grande y oscuro, quizá un perro muy grande o un enano, no puede apreciarlo. Están como a veinte metros del coche, en la parte de delante, como si vinieran del bosque que está tras ellos. Pero toda esta percepción dura sólo un segundo, porque al segundo siguiente está tan aterrado de lo que ve que pone el coche en marcha con una mano temblorosa como la de un enfermo de Parkinson, pisa el acelerador a fondo y el coche, que es un todoterreno, sale disparado hacia adelante haciendo rechinar sus grandes ruedas.

Cuando pasa velozmente a la altura de los que se acercaban al coche tiene ocasión de oír la voz de su amigo gritando su nombre y pidiéndole a gritos que detenga el coche.

– ¡Y una mierda! – grita histéricamente. Pero acto seguido pisa el freno con un temblor inaudito de su pierna derecha y mira hacia atrás desde su asiento.

Efectivamente lo que iluminan las luces traseras es su amigo con la ropa rota por todos lados llevando en brazos a la niña del camisón que tiene un aspecto horrible, toda manchada de sangre y tierra.

Abre la puerta del coche y saca el cuerpo apoyándose en el techo, pero mantiene dentro las piernas porque es incapaz de dar un paso fuera, del miedo que tiene.

– ¡Eh tío!, ¿eres tú? – grita con voz nerviosa.
– Sí, sí, soy yo, espérame, no me dejes aquí, por dios.
– ¡Espera, espera, quédate ahí, que da miedo verte! – le dice extendiendo el brazo e indicándole con la mano abierta que se detenga.

El muchacho se detiene con la niña desmayada en brazos y ve cómo su amigo baja muy despacio y da unos pasos en su dirección, sin dejar de tocar el coche, que de alguna forma es lo que para él traza la línea entre la vida y la muerte. Escapar como un rayo en su coche o morir allí. Eso siente.

– ¡Háblame tío! – le dice mientras da un paso más hacia él – ¿Qué haces con esa loca en brazos?
– Tengo algo dentro – le dice su amigo desde donde está parado.
– ¿Cómo?, ¿cómo que tienes algo dentro? – está a punto de darse la vuelta, subir al coche y salir de allí como un cohete. La cara le duele horrores, huele mucho a sangre y nota todos los sitios del cuello, del pecho y del abdomen hacia abajo donde se le ha ido secando.
– La niña está bien, creo que no está loca, sino que tenía algo dentro que la poseía.
– ¡Pero qué mierda me estás contando! – le grita el amigo desde donde está, ya a un par de metros por detrás del coche.
– Mira tío, te lo cuento tal como lo he visto, lo que fuera que tuviera la niña dentro ahora está dentro de mí – y suelta un sonoro eructo que intenta retener sin conseguirlo.
– No seas cerdo, tío. Pero ¿cómo es posible?, pero, pero… ¿te has vuelto loco tú también?
– Escúchame atentamente, algo terrible se ha metido en mi interior, lo ha hecho a través de la cara, me ha dolido como no te puedes imaginar y de alguna forma que no soy capaz de explicarte sé que lo tengo apresado. Pero también sé que no voy a aguantar indefinidamente esta tensión y no sé qué va a pasar cuando ya no sea capaz de retenerlo más.

Los dos amigos, desde la distancia que les separa, se quedan mirándose en silencio durante unos segundos intentando decidir qué hacer.

– Venga joder, súbete al coche y vamos a ver qué hacemos – le dice por fin dándose la vuelta y volviendo hacia el asiento del conductor – Y te juro por dios que como me pongas una cara rara te tiro del coche en marcha de una patada.

Al oír a su amigo, el nuevo huésped del ser se acerca al coche de una carrera, abre la puerta del asiento trasero y deja a la niña allí tumbada con suavidad. Cierra de un golpe, se sube a su asiento delantero, cierra la puerta y se queda mirando a su amigo que ha observado todos su movimientos en silencio pero sin dejar de temblar y sujetando de nuevo un trapo sobre la mejilla izquierda.

Está bien – dice el conductor. Apaga las luces del interior del vehículo y de nuevo todo se vuelve oscuridad, excepto lo que alumbran los faros del coche – vamos a ver qué hacemos – arranca el motor, hace que el todoterreno gire en la carretera y emprende el camino de vuelta por el que habían llegado hasta allí.