El Mal – Capítulo 4

Ahora la niña descansa en una camilla de la UCI del hospital. Tiene puesto un camisón como todos los demás pacientes, está tumbada boca arriba, tiene atadas las muñecas y los tobillos con blandos brazaletes de gomaespuma. Las enfermeras ya se han dado cuenta de que algo no va bien en ella. Desde que ingresó, no ha dejado de mirar al techo y lo que es aún peor, no ha pestañeado ni una sola vez. La jefa de enfermeras ha dado instrucciones de utilizar lágrimas artificiales si observan que se le secan los ojos, aunque por el momento parecen normales. Lo que las enfermeras comentan además es que, aunque parece que la niña no está allí con ellas, tiene una presencia invasiva, enorme, imposible de ignorar, se han dado cuenta de que resulta muy incómodo darle la espalda, cuando lo hacen, la sienten tan cerca como si estuviera a punto de hablarles por encima del hombro.

Los padres están al otro lado del cristal, en el pasillo. La madre no para de llorar en silencio y el padre guarda silencio con una cara de preocupación imposible de borrar preguntándose una y otra vez qué puede ocurrirle a su hija. En eso están cuando se acerca la doctora de urgencias que ha atendido a la niña desde que llegó. Lleva los resultados de unos análisis en la mano izquierda.

– ¿Los padres de la niña?
– Somos nosotros.
– Bien, según los resultados de estos análisis, su hija tiene un cuadro de shock post-traumático que no tiene nada de especial. Estará tranquila con los pocos sedantes que le hemos administrado y probablemente remitirá en veinticuatro horas –les informa la doctora.

Los padres sienten cierto alivio pero intuyen que hay algo más, porque efectivamente la niña que hay tras el cristal no parece que esté como si no le pasara nada.

– El problema está en su cerebro – les dice la doctora con voz calmada. – El primer encefalograma que hemos hecho revela una actividad cerebral completamente inusual – la doctora les enseña una tira estrecha y alargada con una gráfica como de terremoto. – En los pocos minutos que la hemos escaneado hemos registrado estados cerebrales imposibles, ha pasado de un estado más o menos normal a un estado comatoso, a otro esquizofrénico y a otro catatónico. Eso en sí mismo es extremadamente raro, pero más raro aún es que su cuerpo ha permanecido tan inmóvil como lo está ahora mientras su cerebro tiene una actividad tan atípica.

La doctora calla y les da tiempo a asimilar lo que les ha dicho, pero ellos guardan silencio esperando una conclusión.

– Vamos a hacerle más pruebas a su cerebro para intentar averiguar qué le ocurre. Mientras tanto intenten descansar en la sala de descanso, nosotros estaremos vigilándola constantemente y le haremos saber cualquier información que sea importante.
– Gracias doctora – dice el padre con una voz tan preocupada como la del hombre que sabe que va a morir mañana y nada puede evitarlo.

La doctora se marcha por donde ha venido y los padres se miran a los ojos sin poder decirse nada.

 

Dentro de la niña el ser que la habita se mueve inquieto como un coyote enjaulado. Lo que él ve es oscuridad y una rendija horizontal por la que entra la luz de la habitación de cuidados intensivos. Se asoma inquieto a la rendija y de vez en cuando ve pasar a las enfermeras. Intenta mover el cuerpo de la niña pero no lo consigue, no sabe cómo manejarlo y eso le provoca una ira creciente que le hace rebufar y revolverse en el interior de ella. El ser sólo sabe una cosa, necesita hacer el mal y para ello necesita que se apaguen las luces, necesita oscuridad.