Querido Fiat

No verlo más, después de trece años, duele un poco, aunque sólo sea un coche. No es sólo un coche, es un pedazo de mi existencia, como mi brazo no es sólo carne, es una parte de quién soy y cómo soy.

Esta mañana, cuando me subí, pensaba que iba a ser el último paseo, le notaba taciturno. Un viejo coche con veintitrés años a cuestas, como un anciano de noventa que está más o menos sano, sólo tiene los achaques de la edad.

Notaba su miedo. No pasa nada hombre, le decía yo con voz tranquila, mientras la carretera de camino a la oficina pasaba bajo nosotros, has tenido una vida estupenda, te has portado bien todos y cada uno de estos miles de días, incluso cuando te has averiado.

Notaba cómo la personificación de su alma de coche en anciano humano asentía sin dejar de caminar y sin dejar de mirar hacia adelante.

Lo llevé al lavadero, le aspiré todas las ramitas y hojas de la última excursión que hicimos con los niños. Antes de ir, frente a la puerta de casa, saqué las sillitas del asiento trasero, las sombrillas de la playa del maletero y la botella de cinco litros de refrigerante verde. Todas las cosas inútiles de la guantera. Sólo dejé el librito con tapas de plástico que contiene los papeles del coche.

Después de lavarlo y aspirarlo el anciano lucía su mejor aspecto, su ropa vieja, de usada, pero no ajada, ni maltratada y una expresión de inevitabilidad, de entender su destino inminente.

– ¿Me va a doler?

– ¡Anda ya! – le decía yo con una punzada de pena. – Irás al desguace y desde allí, poco a poco, irás dándole piezas a otros coches que las necesiten. Igual que otros coches te las han dado a ti.

Él guardó silencio, se caló mientras esperábamos al ralentí en un stop y continuamos de camino a la oficina. De vez en cuando yo acariciaba muy suavemente el salpicadero, sin decir nada.

La chica del concesionario nos llamó antes de llegar a la oficina. Había llegado el momento. Cambié de rumbo y en diez minutos estuvimos frente a la puerta del garaje. Hice unas complicadas maniobras con el volante sin dirección asistida del anciano y por fin entramos en un aparcamiento de tienda, todo luz, brillos y cristales.

Bajé del coche, saqué las dos únicas cosas mías que aún quedaban dentro y cerré la puerta. Esa sí era la despedida, aunque estuviera allí mismo, aunque no me hubiera movido ni medio metro. Mirando por última vez la chapa gris donde habían saltado algunas lascas de pintura y sin pronunciar palabra, le dije adiós.

Alrededor había coches jóvenes, fuertes, adolescentes, inconscientes y desmedidos. Uno de ellos mi nuevo coche.

Ahora ya es medianoche, estoy en casa en el silencio donde todos duermen y sé que, a pocos kilómetros, mi viejo coche permanece insomne en la oscuridad, recordando los días de lluvia, los días de sol, las locuras de las noches de fin de año, las ruedas enterradas en arena de playa y echándome de menos como yo le echo de menos a él.

Día 64, miércoles

El almuerzo

Granada saca una sartén y un paquete de seis hamburguesas de pollo crudas. Echa aceite y pone el fuego al nueve. Al cabo de unos minutos coloca tres hamburguesas con suavidad sobre el aceite caliente.

Ha abierto un bote de aceitunas gazpachas, muy amargas, y vamos picoteando mientras se hace la carne.

Corta un repollo en dos mitades y una de las mitades en hojas más pequeñas. Las coloca en un escurridor y las enjuaga bajo el grifo.

Le ha dado la vuelta a las hamburguesas, que ya se han oscurecido por una cara. Coloca una loncha de queso cheddar amarillo oscuro sobre cada una de ellas. Las lonchas comienzan a doblarse por las puntas. Mientras las observo, Granada coloca una tapa sobre la sartén.

Al poco, intenta sacar las hamburguesas con una paleta de madera pero el queso las ha soldado. Con un cuchillo corta las uniones, saca las tres hamburguesas y pone tres más (pero solo somos cuatro).

Coge el bote de mayonesa y dibuja un garabato de líneas horizontales sobre las hamburguesas. Coge el bote de kétchup y dibuja líneas verticales.

Mientras se hacen las tres nuevas hamburguesas, corta un tomate en once trozos y los echa en la ensalada. Y ¡oh dioses!, acabo de ver cómo prepara la salsa con la que aliña la ensalada. Yo pensaba que iba a ser magia arcana pero lo que ha echado en el pequeño tarro de cristal ha sido aceite y vinagre, lo ha cerrado y lo ha dejado en la encimera. Cabe la posibilidad de que esté esperando a que yo no mire para echarle algo más. No le quito el ojo de encima. Agita el tarro como si fuera un instrumento de percusión y, entonces, ¡llaman al timbre! Cuando vuelvo parece que sigue agitando el tarro como si nada, pero puede que haya aprovechado para echarle algo. Lo abre y riega la ensalada.

Saca las tres hamburguesas, les pone la cuadrícula de mayonesa y kétchup y las corta por la mitad. Seis entre cuatro a una y media cada uno.

De un bote de col lombarda rellena un cuenco pequeño para ella. No le gusta a nadie más.

La cena

La mexicana habla desde la pantalla del móvil. Mientras yo paseaba a la perra, Granada ha pelado una calabaza, tres zanahorias y cinco patatas. Media calabaza la ha cortado en doce trozos. Le corta las raíces a un apio y le pela la primera capa, luego corta el tronco longitudinalmente y cada palito resultante lo pica en trozos muy pequeños.

No había visto que hay una olla al fuego con dos trozos de mantequilla derritiéndose al nueve. Pica el resto del apio y lo echa todo en la olla. Coge un pellizco mediano de sal y lo echa también. Remueve todo.

A las patatas les hace lo mismo que al apio, las corta en tiras y después en taquitos. Remueve la olla con el tenedor de madera. Echa las patatas y remueve más fuerte. Más patatas, más taquitos, más remueve y entonces coge un vaso, lo llena con agilidad bajo el grifo y lo echa en la olla donde, al enfriarse, cesa de repente el burbujeo que emitía todo lo que se estaba cociendo. En pocos segundos vuelve a burbujear.

Saca otra olla, con mango, no con asas, la llena de agua y pone cuatro huevos dentro, al nueve. Inmovilidad absoluta.

Corta las zanahorias en rodajas y las echa en la olla. Lo hace tan rápido que no me da tiempo a meter la mano para comerme una.

Corta los trozos de calabaza en tacos más pequeños y los echa en la olla que ya no para de burbujear. Y, cuando ya estaba a punto de decirle que burbujeaba demasiado, le echa otro vaso de agua y cesa el burbujeo. Tapa la olla. Destapa la olla y echa la otra mitad de la calabaza que ha cortado igual que la anterior.

El burbujeo se convierte en un rumor sordo bajo la tapa de metal, como si por la calle se estuviera acercando un peligro de enormes dimensiones y lo estuviéramos escuchando desde dentro de la casa. Más agua del grifo. Remueve.

Los huevos comienzan a repiquetear en la otra olla.

Pica un trozo de jengibre y lo echa en la olla grande separándolos de la hoja del cuchillo can la punta de los dedos.

Ha cogido una latita de especias con una etiqueta escrita a mano, un poco despegada y desteñida que pone nuez moscada.

Muele pimienta sobre la olla.

Ahora las dos ollas hierven sin miramientos.

Saca una sartén pequeña con la bolsa de las pipas de calabaza dentro. Saca también un pequeño tetrabrik de nata sin lactosa.

Aparece un bote transparente de recortes del jamón que se había terminado. Granada pica varios recortes en trozos muy finos. Meto la mano en el bote y agarro un recorte, Granada dice eh. Cuando lo guarda en el frigorífico abro la puerta, abro el bote y cojo dos trozos gordos, amorfos, nada que ver con todas las lonchas finas y fotogénicas que sacamos del mismo jamón. Las mastico como si fueran caramelos.

Echa las pipas (un puñado) en la sartén pequeña y la pone al nueve.

Echa la nata en la olla grande y, sin levantarla del fuego, comienza a triturarlo todo con una batidora de brazo. Sin soltarla, utiliza la mano izquierda para mover la sartén de las pipas.

Le ha saltado un grumo sobre la ropa. Para de triturar, moja un paño de cocina y se limpia la mancha. Continúa triturando.

El extractor lleva un rato encendido pero hace tanto ruido que ni siquiera he podido pensar en él.

Apaga la vitro y todo comienza a relajarse. Se quedan encendidas tres H rojas.

Corta una rebanada de pan sin gluten en tropezones.

Llena un cuenco cuadrado con el puré de calabaza de color amarillo calabaza y le echa queso rallado por encima. Repite la operación con un segundo cuenco cuadrado de porcelana blanca, sin embargo al tercer cuenco le echa un queso en polvo que se llama Grana Padano. Al cuarto cuenco también.

Con una cuchara va sacando las pipas tostadas de la sartén y las reparte por los cuencos.

Con la punta de los dedos reparte los taquitos de jamón y los tropezones de pan.

Apaga el extractor y es como si nos hubiéramos trasladado a la ISS y flotáramos en el silencio del espacio.

El guardia civil

En esta carretera ya me han multado dos veces por exceso de velocidad. En total trescientos cincuenta euros. Al acercarme a la rotonda veo a la izquierda los dos coches de la guardia civil aparcados, mirando a la carretera igual que los balleneros miran la superficie del mar para localizar a sus presas.

Cuando disminuyo la velocidad para el ceda el paso de la rotonda me quedo mirando a uno de los guardias, cincuenta y pico de años, bigote, cara de pocos amigos. Yo lo miro igual pero sin bigote, soy su reflejo. Me sigue con la mirada como si fuera delito mirarle.

Como no tengo otra cosa que hacer, doy la vuelta a la rotonda y vuelvo por el otro lado de la carretera. De nuevo miro hacia donde está el guardia pero me da la espalda. Es un chulo, no tiene nada que temer.

Unos minutos más tarde vuelvo a pasar por el mismo sitio, solo para mirar fijamente al guardia que, de nuevo, me devuelve la mirada con fijeza, como para asustarme. No me asusta, llevo hasta el cinturón puesto, ¿qué me va a hacer, multarme?

Y entonces decido pasar una tercera vez. Esta vez el guardia levanta el brazo y me hace parar el coche a su lado. Por un momento pienso en llevármelo por delante pero seguro que no salgo vivo de esa. El otro guardia civil puede dispararme incluso antes de que escape a todo gas de allí.

El guardia me pide la documentación y lo mira todo detenidamente. Después se la lleva al vehículo de atestados para comprobar yo qué sé qué. Va a intentar joderme haciéndome perder el tiempo, pero, como ya he dicho, no tengo nada que hacer, no me importa esperar. Hace un día soleado del mes de febrero, quince grados. Se oye piar a los pájaros en los sembrados que hay junto a la carretera y el oleaje del tráfico a nuestro alrededor.

El guardia vuelve con mi documentación, con el mismo gesto serio e intimidante que ha tenido todo el tiempo. Yo sonrío imaginando su frustración al no poder perjudicarme de ninguna manera. Soy un chulo.

Y entonces, entregándome los papeles, me dice:

— Todo en orden. Tiene usted pinchada la rueda trasera izquierda, ¿quiere que le ayudemos a cambiarla?

Mármol blanco

— ¿Cuál es la historia de amor más rara que has tenido?
— Una vez me tiré a un griego.
— ¡Ja, ja, ja!, mujer, eso tampoco es tan raro.
— Bueno, era un griego del siglo II antes de Cristo.

La amiga se gira para mirarla, levanta las cejas e inclina un poco la cabeza hacia la derecha.

— Me enamoré de él en un museo. Vi su escultura y me puse tontísima.
— ¡Anda ya!
— Te lo juro. Tan desnudo, tan apetecible. Lo único que me atreví a hacer fue acariciarle un pie, pero ¡me moría de ganas de meter la mano por debajo de la túnica!, ¡Ja, ja, ja!

La amiga se ríe también.

— Bueno, ¿y cómo lo hiciste?
— Primero me enteré de su nombre, se llamaba Pinómedes de Nauplia. Busqué su obra y eran todo poemas de amor y de deseo. Te juro que un día me masturbé leyendo cómo hablaba de su piel encendida al ver a su amada, de la sangre caliente que sentía por dentro cuando ella suspiraba. Lo leí todo, lo averigüé todo. Me enamoré de sus rizos ensortijados, de sus brazos musculosos. Me lo imaginé vivo en su pueblo, hace más de dos mil años y perdía la respiración cuando pensaba en él.
— No me lo puedo creer.
— Créeme. Sentía como si fuera mi novio y se hubiera ido de viaje. Me levantaba por la mañana pensando en él y me imaginaba el calor de su mano sobre la mía cuando iba andando por la calle. Un día se me ocurrió algo pero me daba muchísima vergüenza hacerlo, y a base de darle vueltas y más vueltas, me acabé decidiendo. Tenía un compañero en la facultad que estaba bastante bueno y al que yo le gustaba mucho, sin embargo a mí no me interesaba nada, qué sé yo por qué, quizá porque era demasiado noodle.
— ¡Ja, ja, ja! ¡Demasiado noodle!, ¡pero qué dices!
— Sí, mujer, como los fideos transparentes, un poco viscosos, pegajosos, fláccidos. Esa sensación me daba él. Aun así, un día me acerqué y le dije, oye Roberto, a ti te gustaría acostarte conmigo, ¿verdad? Se quedó de piedra, ¡nunca mejor dicho!, ¡ja, ja, ja!, pero me dijo que sí. Le dije que me acostaría con él con dos condiciones, una, que tendríamos que hacerlo completamente a oscuras y otra que no podía hablarme. Lo único que le permitía era decir mi nombre si a él le apetecía.
— Qué loca.
— Pues lo hicimos. Vino a mi casa, lo cerré todo, apagué todas las luces y nos encerramos en la habitación completamente a oscuras durante horas. Nunca jamás ni antes ni después he tenido orgasmos tan intensos, tan mágicos y tan enamorados como los que tuve con Pinómedes.

En la aldea de Nauplia, hace dos mil doscientos años, en la oscuridad completa de la habitación, el poeta Pinómedes despertó con una enorme e inexplicable erección. A su lado oía la respiración calmada de la amante dormida. Se giró despacio y se acercó a ella, que dormía dándole la espalda, agarró el miembro con suavidad y la penetró lentamente. Eyaculó de inmediato mientras susurraba el nombre de una mujer extranjera.

El incidente de la clínica maxilofacial

– ¿Qué tenemos aquí, sargento?

– Un varón con fisionomía de varón y adn de hombre humano le ha prendido fuego a la clínica con un lanzallamas.

– ¿Ha escapado?

– No, señor, es ese muñeco renegrido que ve allí al fondo.

– Puaj, qué desagradable, sargento.

– Lo siento, señor… Los sistemas de protección de la puerta le franquearon la entrada porque ya era cliente de la clínica.

– Un cliente insatisfecho, entiendo.

– Hemos consultado su ficha en la nube y al parecer le modificaron el ancho de la frente y el gesto de la boca para que el algoritmo de reconocimiento facial de su banco le concediera una hipoteca.

– ¿Se la concedió?

– No, señor. No solo se la denegó sino que le bloquearon todas las cuentas por intento de estafa. El algoritmo fue engañado, pero no en el sentido que el sujeto pretendía. Según la consulta que hemos realizado con el ordenador del banco, su estructura facial correspondía a la de un psicópata con propensión a los atracos.

La danza del cartero

No quiero tener que estar corrigiendo cálculos con el ordenador a las tres de la madrugada. Quiero acostarme y dormir. O acostarme, leer y luego dormir.

Sin darme cuenta, viene para sosegarme una danza, comienza en la calle Asunción de Paraguay, que solo tiene números pares y continúa con los números impares de la Alameda de Buenos Aires. La danza no tiene música o, si la tiene, es una música, quizá clásica, difusa en sus notas y en su compás, no un cuatro por cuatro, ni un tres por cuatro tan reconocibles, un compás más largo, como sin metrónomo, ¿un uno por uno? Es la música que acompaña a los movimientos del cartero, su coche se acerca al número treinta y siete, como a cámara lenta, y, mientras va frenando, va abriendo también la puerta, para bajarse en cuanto el coche se detenga. Bajarse, sin cerrar la puerta y caminar por detrás del coche, uno, dos, tres, cuatro, hasta ocho pasos para llegar al buzón, echar la carta y en el mismo movimiento volver sobre sus pasos para montarse en el coche y meter primera a la vez que va cerrando la puerta. El coche comienza a moverse antes de que se oiga el golpe gomoso, metálico y contundente de la puerta al encajar en su hueco. Una fracción de segundo después, la velocidad del coche hace que se cierren automáticamente los seguros. Suena la música etérea y constante, como si lo hiciera en la nave central de una catedral sumergida en el océano.

El cartero sube y baja del coche y recorre las calles en un zigzag calculado de antemano, medido como los compases de cualquier sinfonía. Calle tras calle, sobre tras sobre, llega de vuelta a la cartería y, cuando mira el cajón de las cartas pendientes de entregar, ve que está vacío, la danza se ha terminado y él se marcha para sumergirse en el ruidoso y desordenado mundo de los no-carteros.

Reseña sobre “La verdad sobre el caso Harry Quebert”

Dios mío, menuda enganchada de libro. Me acostaba leyendo y lo primero que hacía al despertarme era seguir por donde lo había dejado. Menos mal que solo tardé dos días en leerme las 672 páginas.

Sucede en New Hampshire, donde Estados Unidos es ya casi Canadá. Para mí tiene un aire a Twin Peaks, por ese ambiente de bosques solitarios que tiene el norte de los Estados Unidos y porque es la investigación sobre el misterioso asesinato de una joven, Nola Kellergan.

Y hay más, el protagonista es un joven escritor con una crisis creativa, Marcus Goldman, que se lanza a investigar el asesinato de Nola con la intención de exculpar a Harry Quebert, el que fuera su mentor durante la universidad. Y esta trama me hace fantasear con la idea de que Joël Dicker, el autor, escribió la novela impelido por la energía creativa de su editor Bernard de Fallois, que con 85 años entonces, creyó firmemente en que escribiría un libro magnífico. El señor De Fallois fue la musa de Dicker, como Harry Quebert lo fue para Marcus Goldman.

Por último, hay un hilo conductor que hilvana toda la obra y que es especialmente atractivo para todos los que estén pensando en convertirse en escritores, los consejos del sabio Harry Quebert, como por ejemplo este: “Me gustaría enseñarle a escribir, Marcus, no para que sepa escribir, sino para convertirle en escritor. Porque escribir libros no es nada: todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor. -¿Y cómo sabe uno que es escritor, Harry?- Nadie sabe que es escritor. Son los demás los que se lo dicen”.

Paco Pérez Caballero. El reseñáculo.

Reseña sobre “El infinito en un junco”

Tan absorbente e interesante como una buena novela, pero no lo es, es un ensayo narrativo. Su contenido es fascinante desde el mismísimo título. Los juncos fueron el material que permitió pasar de escribir en tablillas de barro o pieles de animales a escribir en papiros, en papel. Todas las ideas que los seres humanos han sido capaces de pensar y transmitir pasaron alguna vez por encima de un junco convertido en papel. Todas esas ideas y las que vendrán de aquí hasta el infinito.

Irene Vallejo es una erudita, una filóloga a quien su padre le leía la Odisea cuando era una niña, antes de irse a dormir, la historia de Ulises que se echaba al Mar Mediterráneo para ir en busca de Penélope.

El infinito en un junco tiene dos virtudes fundamentales, primero el rigor histórico, documentado con detalle en la bibliografía que acompaña al libro y segundo el encanto narrativo de su autora. Irene Vallejo es la antítesis de un profesor de historia aburrido que solo habla de fechas y de reyes muertos. Irene transmite durante toda la obra su sorpresa inagotable ante los hechos del pasado que nos han convertido en los seres humanos que somos en el presente. Y cuenta anécdotas maravillosas como por ejemplo cuando Cleopatra se envuelve en una alfombra para escapar de su palacio, o cómo se creó la biblioteca de Alejandría. Al leer El infinito en un junco dan ganas de saltar atrás en el tiempo para visitar los lugares de los que habla. ¡Y los museos eran los lugares donde habitaban las musas!

Gracias, Irene, por ser una portadora de luz y de belleza.

Paco Pérez Caballero. El reseñáculo.

Hechos

Llamo a mi tía por teléfono para que pueda felicitar a mi padre, que yace en una cama del hospital muriendo poco a poco de inanición. Le pongo el teléfono en la oreja, a mi padre, y oigo la voz de ella, que me llega casi imperceptible desde el auricular, dándole ánimos y diciéndole que coma, que es imprescindible que coma para que pueda salir del hospital. Mi padre asiente y ella no le ve porque es una llamada normal, sin vídeo. Le responde con monosílabos, con un hilo de voz, e imagino a mi tía con las lágrimas saltadas porque su hermano tiene voz de moribundo. Yo he conocido a mi padre con voz de vivo, claro, tengo más de cincuenta años, pero es que mi tía, que es su hermana mayor, le ha conocido ¡con voz de niño! Ese niño, setenta y pico años después, se muere en una cama de hospital porque ya no es capaz de seguir comiendo, porque ya no es capaz de seguir vivo.

Después de colgar me quedo sentado en uno de los bancos del pasillo desierto y una enfermera con una diadema con cuernos de reno pasa por delante y, con una sonrisa preciosa, me desea feliz Navidad.

El peor verano de mi vida

Matías está en un pequeño pueblo de la provincia de León. Ha colgado una hamaca entre dos postes del establo, o de lo que alguna vez lo fue. Tiene el coche ahí aparcado a la sombra y su hamaca se mece de vez en cuando con una brisa que aparece a ratos y le refresca el torso desnudo. Está leyendo un libro y, mientras tanto, va comiendo pipas y echando las cáscaras sobre un bol que tiene apoyado en la barriga.

Al otro lado del patio está su hija, sentada con las piernas cruzadas en un sillón columpio tapizado con dibujos de hojas verdes. También está leyendo un libro que tiene apoyado en las piernas. Su nombre es Mila.

Matías la observa y se acuerda de aquel verano, tan distinto a éste, cuando su mujer y él se quedaron sin trabajo en aquel pueblo de Andalucía y no les quedó más remedio que pasar el verano allí. Fue diez años atrás, la niña tenía ocho años entonces.

Tenían tan poco dinero que sólo les alcanzaba para la comida. No podían encender el aire acondicionado para no gastar luz. Matías gobernaba la casa como si fuera un barco navegando en medio del infierno. El sol salía por la parte de atrás y Matías esperaba con las persianas subidas hasta que el sol comenzaba a entrar por las ventanas. Entonces arriaba las persianas sin cerrarlas del todo, con todas las rendijas iluminadas, y mantenía las ventanas abiertas, de manera que no entrara mucha luz pero que corriese el aire que cruzaba la casa hasta el balcón de la parte delantera, que mantenía abierto hasta que la mañana iba avanzando y la temperatura del aire le indicaba que debía arriar la persiana del balcón unos palmos.

Al llegar las peores horas, entre las tres y las seis de la tarde, cerraba las hojas de las ventanas para mantener dentro de la casa el aire que había podido ir domesticando durante la mañana.

Matías es ingeniero y consiguió que un amigo le pasara algo de trabajo para hacer planos en casa. Fue un favor, no había nada más, la situación era mala de veras.

Colocaba su portátil en la mesita de noche y dos almohadones en un banquito que tenían en la habitación para sentarse a calzarse los zapatos y, colocado de cara al balcón, improvisaba así su misérrimo despacho de ingeniería para hacer los planos que le habían encargado.

Ese verano la temperatura subió hasta los cincuenta y cuatro grados al sol. A la sombra sólo alcanzó los cuarenta y siete.

Cuando dormían la siesta, él veía a su hija pequeña en el sofá con la frente perlada de sudor y rogaba interiormente para que no lo estuviera pasando tan mal como lo estaban pasando su mujer y él.

—Papá —dijo de pronto su hija levantando la vista del libro.

—Dime hija —respondió Matías saliendo de sus pensamientos.

—¿Sabes de qué me estoy acordando? —preguntó sonriente desde el otro lado del patio. En el silencio de la tarde de verano sólo se oían las chicharras fuera de la casa.

—¿De qué, hija? —preguntó Matías.

—De aquel verano que pasamos en Andalucía, ¿te acuerdas? —preguntó Mila sonriente con la vista clavada en su padre.

Matías se quedó de piedra.

—Sí, claro que me acuerdo, —respondió con voz neutra Matías— hizo muchísimo calor.

—Fue el mejor verano de mi vida, papá —dijo ella riendo.

—¿De verdad? —Matías no salía de su asombro— ¿Por qué?

—Pues porque fue muy divertido —respondió Mila—. Además tú estabas en casa todos los días y podía subir a verte mientras trabajabas en tu despacho de la habitación. Me acuerdo que mamá y tú montasteis una piscina hinchable en el patio y nos bañábamos los tres y jugábamos a ver quién aguantaba más la respiración y a buscar juguetes escondidos, je, je, je.

¡Lo había olvidado!, —pensó Matías— es verdad que montamos aquella piscina de colores que unos amigos nos dieron porque ya no la utilizaban.

—Y por las tardes salía a jugar a la calle que teníamos en frente de la casa, ¿te acuerdas? —preguntó Mila, riendo—. Había muchos niños de mi edad y las tardes eran larguísimas, no anochecía hasta las diez y media, ¿te acuerdas? —Y seguía sonriendo.

—Claro que me acuerdo hija, perfectamente —respondió Matías, sin revelarle que por motivos completamente diferentes.

—Yo creo que me hubiera quedado a vivir allí, ¿y te acuerdas de cuando salíamos de paseo a explorar el pueblo?…

Mila recordaba todo esto mirando un poco arriba a la izquierda, sin dejar de sonreír, mientras su padre, que la observaba en silencio, se tragaba el nudo en la garganta.