Madre en el hospital

Corto el filete de merluza con el tenedor de plástico blanco que venía en la bandeja de la comida. La merluza se desmenuza en trozos grandes y sabrosos. Por la ventana de la habitación entra la luz amarillenta del atardecer.

Mi madre abre la boca un poco temblorosa y mastica con cuidado el pescado.

Sus ojos azules están un poco acuosos, tiene la cabeza vendada y se le ven restos de yodo por uno de los bordes de la venda.

Mientras cumplimos con el ritual de la cena, introduciéndole los bocados de comida uno a uno lentamente, con el ritmo que acompaña siempre a la edad provecta, recuerdo aquella vez, cuando yo era un niño, que ella intentaba untarme crema solar y yo no me estaba quieto porque lo que quería era irme a jugar con los demás a la playa. En el forcejeo, me arañó sin querer en un costado. El pequeño arañazo se volvió rojo al instante y comenzó a sangrar levemente. Yo grité como si el daño fuera mucho mayor y recuerdo –ahora, cincuenta años después– que exageré para que mi madre se sintiera culpable, porque –ahora lo sé como adulto– quería castigarla por no dejarme ir a jugar inmediatamente. Y recuerdo cuando me hice aquellas dos heridas abiertas y anchas en las tibias intentando saltar un murete de ladrillos en la puerta del instituto de bachillerato. Fui andando muy despacio por la calle desde el instituto hasta mi casa, mientras me sangraban las piernas por debajo de los pantalones, manchándome las lengüetas de las zapatillas, y al llegar, mi madre me curó como pudo, nerviosa de ver tanta sangre y sin saber qué hacer exactamente.

Ahora soy yo el que la cuida, como si fuera la hija que no he tenido, dándole de comer como a una niña pequeña. Ahora es ella la que tiene una cicatriz en la cabeza.

Entre bocado y bocado, mientras ella mastica despacio, le acaricio con suavidad la cabeza vendada.

Es un orgullo, dado lo difícil que es vivir una vida, haber llegado hasta aquí y estar aquí para cuidarla como ella me cuidó a mí los años que lo necesité.

Y sí, soy gay. Pero eso es harina de otro costal.

Pausa para una reflexión sobre el universo

Solo soy una mota insignificante en algún punto de esta bola azul.

Si se observa desde suficiente distancia, se ve todo inmóvil. Suficiente distancia deben ser unos cuantos miles de kilómetros. Quizá desde mil o dos mil kilómetros de altura se ve el disco completo de la Tierra y, aunque aquí haya huracanes y terremotos, desde allí arriba todo parece en calma. Quizá puedan verse ocasionales chispazos entre las nubes blancas, que seguramente tendrán formas espirales como galaxias, porque todo está metido, todos estamos metidos, en el mismo balde. A veces pienso en cuánto se parecen los remolinos que se hacen en un balde, cuando remueves el agua con un palo, a las formas que tienen las galaxias. Remolinos de centímetros contra galaxias de cientos de miles de años luz y aun así, las mismas formas.

La luna no ha salido aún y se puede ver el cielo negro plagado de estrellas. Estoy en la cara oscura del planeta. Visto desde el espacio, mi inmovilidad es doble, por la distancia y porque realmente no me estoy moviendo, aunque nada me gustaría más.

Es entonces, en medio de mis pensamientos, cuando empieza a soplar el viento. Me incorporo de un salto, manteniendo el equilibrio entre los troncos de la balsa que construí hace dos semanas ya. Oriento la vela, hecha con hojas enormes, de forma que se tense con el viento que sopla y miro las estrellas para mantener rumbo al oeste.

No sé nada de barcos, ni de estrellas, ni de vientos, pero sé que no me iba a quedar en aquella isla nada más que el tiempo necesario para averiguar cómo escapar de ella.

Puede que muera en el mar, pero habré muerto intentando vivir.

Investigadores

 

La sala circular tiene cincuenta metros de diámetro y un techo abovedado de doce metros de altura. Tanto el suelo como las paredes son de un material gris oscuro, de tacto suave, que amortigua las conversaciones de los veinte científicos que charlan entre ellos, mientras permanecen de pie esperando que comience la sesión.

Los científicos se encuentran delante de unos asientos organizados en dos matrices rectangulares, como si se hubieran levantado y caminado al frente, hacia una pantalla de cine inexistente. Los asientos están en el mismo centro de la sala circular, aislados como los bancos de una iglesia en el centro de una catedral.

La pared del fondo, tras la última fila de asientos, parece tan lisa como el resto de la sala, sin embargo, una puerta se abre y a través de ella entra otro científico que es al que todos estaban esperando para comenzar.

Se oyen unos murmullos de alegría y el sonido de roces de tejidos y pasos amortiguados que producen veinte personas al desplazarse unos metros y sentarse en sus asientos.

—Buenos días a todos —comenzó el científico jefe situado frente a los asientos, donde antes se encontraban de pie los demás—. Al igual que ustedes, he recibido el aviso del hallazgo hace sólo un momento. Para que conste en la grabación de la sesión, vamos a hacer un resumen de la situación y después conectaremos con el RUHB explorador.

Los científicos asintieron, ese era el procedimiento habitual. Las luces de la sala se amortiguaron hasta apagarse, a la vez que las paredes, el suelo y el techo abovedado se iluminaron hasta mostrar un paisaje desértico, montañoso, cubierto por un cielo azul en el que no se veía una nube. A todos los efectos era como si hubieran trasladado sus asientos a ese lugar. En el silencio de la sala podía oírse el viento que soplaba de vez en cuando.

—Día 172 del año 23 del siglo 30.007. Proyecto de investigación sobre el origen de la raza humana —dijo el científico jefe, y una tabla de datos relativos al proyecto apareció superpuesta a la imagen del desierto—. Según lo descubierto en los últimos años de investigación, la raza humana no se originó en el planeta Corona en el que nos encontramos, sino que proviene de otros dos planetas, Coside y Aliba. Sabemos a su vez que tampoco se originaron allí, sin embargo hasta ahora no hemos podido encontrar los planetas anteriores. En total tenemos pruebas de la existencia de humanos en Coside, Aliba y Corona durante los últimos tres millones de años. El proyecto ORIGEN ha enviado con éxito RUHB exploradores a planetas situados hasta un máximo de 120 años luz, pero por el momento ninguno de ellos ha encontrado trazas humanas. Hace escasamente dos clics* (*2 clics = 36 minutos) hemos recibido aviso del RUHB explorador que se encuentra en el tercer planeta de la estrella VV2708, a 40 años luz de Corona, indicando la presencia de formaciones rocosas regulares que podrían ser de procedencia humana. Para la coordinación instantánea con el RUHB estamos utilizando un módulo de partículas gemelas a las que no les afecta la limitación de la velocidad de la luz.

El RUHB que ha hecho el hallazgo lleva cargada la copia cerebral del doctor Mezago —y señaló la primera fila de asientos donde un investigador asintió dándose por aludido—, que es especialista en exogeología.

 

 

Lo que estos investigadores ignoraban es que el robot explorador RUHB estaba en el planeta que tres millones de años antes se había llamado la Tierra, en la actualidad completamente desértico, estéril y olvidado. Es más, lo que el RUHB había encontrado en su exploración eran los restos fosilizados de una minúscula parte de la que fue la biblioteca del Vaticano.

—Adelante RUHB, dinos que has encontrado —pidió el científico jefe—. Estamos todos en la sala de visualización.

—Hola, jefe —respondió el RUHB—, como podéis ver aquí hay una roca de unos dos metros de largo que tiene unas marcas geométricas. Son como rectángulos de distintos tamaños, unos junto a otros y manteniendo cierta alineación.

Los científicos miraron en silencio la roca, perfectamente visible en el soleado y desierto día azul. Intercambiaron en voz baja algunos comentarios.

—¿Qué crees que es, RUHB? —Preguntó el científico jefe.

—Esta roca ha sido movida hacia el exterior debido a la actividad volcánica. Las marcas rectangulares son, probablemente, el efecto de compresión y desplazamiento de los distintos materiales que han ido ascendiendo hasta alcanzar esta posición en la superficie.

—De acuerdo, RUHB —dijo el jefe científico—, toma unas muestras y volveremos a hablar en nuestra comunicación regular programada para dentro 500 clics.

Los científicos se levantaron, la imagen del desierto desapareció y la sala recuperó el tono gris que tenía al principio. Todos coincidían, con mayor o menor razón, en el análisis que había hecho el RUHB sobre la roca encontrada, lo cual no les restaba ni un ápice de interés al proyecto en curso para encontrar el origen del ser humano, o al menos el planeta anterior a los que ya se conocían.

El motivo por el que los científicos no supieron ver una estantería de libros en la roca encontrada era porque tras tres millones de años de existencia, los libros habían desaparecido hacía mucho tiempo.

Problema de ética

01.04.2011 22:34 26ºC

Tenemos una pecera. No es una metáfora, es de verdad, tenemos una pecera con dieciséis peces y uno de ellos le come a los otros las aletas. Con mis ojos de humano miro cómo los va incordiando a todos, los persigue un trecho, y en un último aleteo les da un bocadito donde puede. Es el pez más pequeño de la pecera.

La G. y yo nos sentamos de vez en cuando en el suelo delante de la pecera a mirarlos y nos da rabia ver que no los deja en paz. Creo que en algún sitio en internet pone que a ese pez le llaman el comecolas. La G. me decía ¿qué hacemos con él?, y yo le dije lo tiramos al váter y en paz. Taxativo. Problema de ética: ¿Debería matar a un pez porque creo que molesta a los otros peces?

Primero pensé que sí, que al carajo, pero después la G. lo sacó de la pecera grande y lo puso en una pecera pequeña que usamos para curar a los enfermos poniéndoles un poco de antibiótico en el agua. Entonces empecé a sentir lástima por él. Ya no me parecía tan buena idea tirarlo al váter.

Comencé este post hace unos días, pero sólo escribí dos líneas porque no me acababa de convencer lo que tenía que contar, en realidad se me venían conflictos más complicados a la cabeza. ¿Y si en vez de un pez fuera un ser humano?, y no tenía ganas de entrar en esa polémica. Así que hoy decidí dejar esas dos líneas guardadas para hacer algo con ellas en el futuro. Me levanté de la silla, fui a ver qué tal estaba el pez castigado y estaba muerto, pequeño y quieto en el fondo de piedrecitas.

He vuelto a la silla, he reabierto las dos líneas y he escrito este microhomenaje a un pequeño pez que no podía vivir sin tocarle los cojones a los demás.

Plantilla desajustada

 

–¡Elaine!– gritó el capataz Sánchez al intercomunicador que tenía sobre la mesa.

–Yes, sir?– respondió de inmediato la imagen de Elaine que apareció recortada en la pantalla.

–¿Por qué aún no tenemos en plantilla a todo el personal necesario para la obra de Luna-17?– preguntó enfadado el capataz Sánchez.

–Señor, no se han presentado suficientes solicitudes para cubrir las plazas–, respondió Elaine.

–¡Pero cómo demonios va a ser eso posible!–, estalló el capataz Sánchez, gritándole a la etérea pantalla donde se encontraba Elaine arrugando la frente y los ojos. – ¡Elaine, eres la responsable de recursos humanos de una empresa de cinco mil trabajadores!, ¡mi empresa!, ¡hay más de nueve mil millones de habitantes en la Tierra, una tasa de desempleo del 7%!, ¿y no eres capaz de encontrar 12 solicitudes para cubrir los puestos que necesitamos para construir una mina estándar en Luna-17?

Al capataz Sánchez parecía que las venas del cuello y de la sien le reventarían en cualquier momento provocándole una muerte inmediata.

–Señor, ya tenemos cubiertas siete de las doce solicitudes, podríamos cubrir las cinco que faltan con hombres…

–¿CÓMO?, ¿CON HOMBRES?– gritó el capataz Sánchez.– ¡Elaine, sabes perfectamente que tenemos que cumplir la resolución 5050 de la ONU de 2030, revisada en 2080, si nos la saltamos y nos hacen una inspección, nos pondrán una multa que nos costará mucho más de lo que vamos a ganar construyendo una simple mina de sílice en Luna-17!

–Señor, ya lo he comprobado–, respondió Elaine intentando mantener la calma–, lo he consultado con el Departamento Legal y podríamos contratar a hombres como sustitutos de las cinco plazas que nos faltan siempre y cuando podamos justificar que no hemos recibido suficientes solicitudes para cubrirlas según indica la Ley.

El capataz Sánchez bajó un par de puntos su nivel de ira.

–Entonces, ¿podríamos llevar a cabo el contrato con una plantilla desajustada?–, preguntó.

–Sí, señor–, respondió Elaine con aplomo–. La obra requiere 120 trabajadores. Según la resolución de igualdad 5050 de 2030 revisada en 2080, esta plantilla debe constar de un 45% de hombres, un 45% de mujeres y un 10% de androides. Los 54 hombres y las 54 mujeres las hemos cubierto sin dificultad en el plazo habitual, pero por algún motivo, sólo se han presentado 7 androides para este trabajo. Si cubrimos las 5 plazas restantes con hombres sustitutos, sólo tendremos que negociar su sueldo con el sindicato, puesto que no aceptarían cobrar el salario de un androide, pero creemos que no será un gran problema.

El capataz Sánchez inspiró un momento.

–Está bien, adelante–, dijo asintiendo levemente–. Pero tenga mucho cuidado con las repercusiones, hable con la gente del Departamento de Medios Sociales y que vayan preparando los memes correspondientes. Los primeros los tienen que lanzar nuestra gente externa, así tendremos el control sobre las bromas que van a generar hombres sustituyendo a androides.

–Ya lo he hecho, señor–, respondió Elaine.

–Gracias, Elaine–, dijo el capataz Sánchez–. No sé qué haría sin ti–. Y cortó la comunicación antes de que ella pudiera responder.

Elaine sonrió a su pantalla gris.

 

Nadie Sabe Nada

Solo os escucho mientras conduzco, así que después de cuatro meses he oído los 80 programas que habéis hecho. Y, efectivamente, me habéis convertido en mejor persona. Pensad que, además, me habéis convertido en un monstruo porque siempre me estoy partiendo de risa mientras CONDUZCO!! Los demás conductores se suelen quejar a la policía: «agente, agente, que me he colado de mala manera en aquella rotonda por delante de aquel tío, no se ha cagado en mis muertos y no para de reírse!!» En fin, os estoy muy agradecido también por otra cosa: como seguramente no sabréis, el cerebro está diseñado para concentrarse sólo en una tarea a la vez. El concentrarme en vuestras maravillosas conversaciones me ha aliviado de mis propios demonios con tanta efectividad, que realmente creo que deberían recetaros como terapia en casos de estrés, angustias y ataques de pánico  : )

Un muy cordial saludo.
Paco.

Muerte prematura

Yo ya sé que me muero. Los médicos me lo han dicho. Estoy en el hospital, en una cama que tiene las sábanas desordenadas porque mi inquietud no las deja en paz. Me han hecho una transfusión completa de sangre y he pasado por diálisis dos veces en los últimos tres días, pero no hay nada que hacer, el veneno se ha metido en mis tejidos y me ha dañado casi todos los órganos. Por algún motivo el cerebro permanece intacto y no me queda más remedio que asistir a mi muerte plenamente consciente de lo que está pasando.

Mi mujercita no para de llorar, la pobre. Yo tampoco puedo evitar hacerlo cada dos por tres. Es tan injusto. Ha dejado a las niñas con los abuelos. Estábamos de excursión y algo me picó en la palma de la mano. Ni siquiera pude ver qué fue. No sé si planta o animal. Los médicos dicen que la toxina me matará mucho antes de que averigüen qué es.

No tenemos ni cuarenta años, dios mío. Y llevamos quince años casados. Un muerto de menos de cuarenta y una viuda de menos de cuarenta. Qué crueldad. Quizá parecemos un matrimonio normal, pero ella dormía desnuda crucificada sobre mi cuerpo cuando empezamos a dormir juntos, como si fuéramos el Vitruvio de da Vinci, y yo conducía trescientos veinte kilómetros para ir a tomarme un zumo a la provincia donde vivía ella. Y cuando vamos a los sitios donde hay más gente siempre hay algún gesto que nos conecta, nos acariciamos suavemente las manos al pasar uno al lado del otro, o por debajo de los manteles si estamos sentados, o nos enviamos besos furtivos que sólo vemos nosotros.

No nos hemos soltado de la mano prácticamente en ningún momento de los últimos días. Nos miramos con los ojos enrojecidos sin saber qué hacer, a pesar de que nuestros cuerpos lo saben perfectamente. El mío sabe que se muere, aunque yo no quiera, con una indiferencia de materia orgánica reaccionando a un estímulo, aunque sea mortal. El suyo sabe que me estoy yendo, que se queda sin mí, que se desampara con el lento transcurrir de las horas.

Las máquinas a las que estoy conectado han empezado a pitar. Aunque no me encuentro nada bien, no hay nada que me duela en especial, supongo que me han dado los calmantes suficientes para que así sea. Vienen varias enfermeras y médicos, tocan los botes, manipulan las máquinas, a mí no me duele nada, pero noto muy raro el corazón. Creo que se está parando.

 

—¡Cariño, cariño!—exclama contenidamente mi mujer, en la oscuridad de nuestro dormitorio, mientras me zarandea suavemente el hombro—. Tienes una pesadilla, mi amor…

La pasión por escribir. 05.09.2010 13:26. 27ºC.

Yo siempre he escrito. Cuando tenía nueve o diez años escribí sobre una excursión que hicimos en familia a Valdelarco, un pueblo de la sierra de Huelva. Leí ese breve relato como veinticinco años después y seguía gustándome. Todavía era un niño, todavía no había leído ni a Cortázar, ni a Faulkner, ni a Antonio Muñoz Molina, bueno quizá a Cortázar sí, pero ya me preocupaba de que las frases fueran bellas, de que no hubiera más adjetivos de la cuenta, de que no hubiera metáforas, nunca me han apasionado, siempre me ha gustado el esfuerzo de utilizar un vocabulario tan amplio como el castellano para expresar exactamente lo que quiero expresar, sin necesidad de acudir a sustitutos. Por eso adoro a Antonio Muñoz Molina, y por eso nunca podré olvidar el “Ahí, pero dónde, cómo” de Cortázar, donde se esfuerza por describir lo indescriptible.
Estoy en una isla, pequeña, diáfana, como dice la canción de La excepción, en el Mar de Andamán. El viento sopla moviendo las ramas de los árboles y encrespando la superficie turquesa del mar que, normalmente, es plana como el agua de un lago. Y tibia.
No quiero marcharme de aquí. No por la indolencia, no por el descanso, sino porque aquí tengo el tiempo necesario para dedicarme a lo que me apasiona, leer y escribir. En una semana me he leído tres libros, no hacía algo así desde el 2000, desde que dejé la casa en la que vivía y el trabajo que tenía, para mudarme a Sevilla a verlas venir.
Dentro de poco volveré a Dhaka, a enfrentarme de nuevo al infierno textil, a las prisas, las presiones, los desastres producidos por unos trabajadores desastrosos paridos por un país desastroso. Y mira que son buenos espiritualmente. En ningún sitio como en Bangladesh he encontrado tanta calidez humana, sencilla y asequible.
Pero tengo que torcer mi vida de nuevo. El otro día le escribí a otra editorial preguntándoles si una editorial es lo que necesito para dedicarme sólo a esto, o fundamentalmente a esto, a escribir. Porque realmente no sé si una editorial es la solución. La solución para dedicarme todos los días a escribir es tan simple como “dedicarme todos los días a escribir”, ya está, pero después viene mi relación con la sociedad, después viene el casero a cobrar y no puedo pagarle con diez relatos, claro, tengo que soltarle cuarenta y ocho mil takas, o quinientos treinta y cuatro euros, si el casero se llamase Manolo en vez de Karim.
¿Qué puedo hacer? me pregunto desde hace veinte años, para despreocuparme de los caseros y preocuparme por lo que de verdad me merece la pena. La respuesta es que no lo sé, todavía no lo he encontrado. Pero sigo insistiendo. Algún día lo encontraré o moriré en el intento.
La G. dice que esta música discotequera que nos han puesto de fondo mientras tomamos el sol en las tumbonas de la piscina no es música de paraíso. Y tiene razón, la verdad.
Me voy a pedir otra cerveza Chang.

Los Reyes existen

– Papá.

– Qué.

– Los Reyes Magos ¿existen?

– Evidentemente.

– En el cole dicen algunos niños que son los padres.

– Eso es porque aún tienen una visión muy simplista del mundo.

– …..

– Los Reyes Magos existieron físicamente hace dos mil años, hicieron caso a una profecía, escogieron sus mejores regalos y se subieron a sus camellos para buscar al Mesías y ofrecérselos.

– Pero no eran inmortales, no pueden seguir vivos hoy…

– En realidad nadie sabe nada sobre la muerte, puede que al morirse pasaran a otro tipo de existencia.

– …..

– Puede que en esa otra existencia ya no rijan las normas de ésta y el tiempo y el espacio sean infinitos.

– ¿Y?

– Imagina que los Reyes murieron físicamente, los enterraron como a Reyes, o como a hombres sabios, y cuando terminó todo ese proceso terrenal, los Reyes pasaron a existir de otra forma…

– Eso mola.

– Ahora, cada vez que llega la Navidad, esos Reyes se meten en la conciencia de todos los padres. No son imaginaciones, son ellos que existen de otra forma y que utilizan a los padres como repartidores de regalos…

– Pero entonces ¿no vienen ellos aquí a casa a traer los regalos?

– Supongo que sí, yo nunca los he visto porque no se dejan ver.

– ¡Entonces sí que existen! – exclama el niño por fin convencido.

– Evidentemente.

 

Por la tarde, el padre se marcha a la Asociación de Vecinos del barrio, se mete en el vestuario y comienza a aplicarse adhesivo a la cara con un pincel. Mientras se pega la barba blanca, piensa en la conversación que ha tenido con su hijo. Se pone el traje, la capa, el armiño y para cuando se coloca la corona nota un cosquilleo en la nuca y sabe, un instante antes de que ocurra, que el Rey Melchor se está adueñando de su conciencia.

Centauto

El once de febrero de 2010 escribí un texto sobre un término genial: «Centauto». Decía así:

Hace muchos, muchos años, un amigo del que entonces era mi cuñado acuñó un término maravilloso: “Centauto”, refiriéndose a un híbrido perfecto entre humano y automóvil, de tantas horas al día que se pasaba conduciendo.

Hoy me he reencarnado en su monstruo. Son las diez y media de la mañana, voy camino de Konabari, a visitar una fábrica de accesorios textiles. Cuando me he subido al coche, antes de arrancar, he abierto el maletín del portátil y he sacado el ordenador, su cargador para el mechero del coche, los auriculares pequeños que son como conchas sin peso y que se cuelgan imperceptiblemente de la parte superior de las orejas, lo que los médicos llaman el pericondrio tras el hélix, los auriculares diminutos del móvil, la tarjeta pcmcia con el módem edge para conectar a Internet usando un tarjeta sim y por último he sacado el móvil de mi bolsillo izquierdo.

He puesto el portátil sobre mis piernas y he abierto la tapa. Mientras arrancaba he insertado en el lado izquierdo la pcmcia y el jack verde de los auriculares, el rosa del micrófono no lo he enchufado porque no tengo suficiente ancho de banda para hablar por skype. A continuación he enchufado los auriculares del móvil y lo he dejado junto a la palanca de cambio. Me he metido los auriculares del móvil bien adentro del pabellón auditivo y sobre ellos me he puesto los auriculares del ordenador. Una vez que Windows ya está en marcha veo que casi no me queda batería y enchufo el cargador al mechero del coche y detrás del portátil.

Tengo que preparar unas tablas de excel para discutirlas en la fábrica, abro la carpeta de mp3 y me pongo al Kiko Veneno.

Recuerdo perfectamente aquel viaje que hacía a menudo, me encantaba el Bangladesh de 2010. Yendo desde Gulshan, había que atravesar Uttara, Tongi y Gazipur. La avenida del aeropuerto, atestada de tráfico como el resto de las pocas carreteras del país, con coches impecables como el Toyota en el que iba yo y con vehículos desastrosos que parecían sacados de Mortadelo y Filemón, abollados, repintados, con reparaciones hechas con cañas, con trapos, con cuerdas…. Todo eso mezclado con gente y animales que cruzaban indiferentes al tráfico. En fin, se tardaba una hora y media en hacer esos treinta kilómetros.

En aquellos viajes empecé a sentirme centauto, encajado en el asiento izquierdo del copiloto, atado con el cinturón de seguridad, con cuatro cables saliendo de las orejas porque tenía unos auriculares puestos sobre otros, esos cables bajaban por el cuerpo y junto con el portátil y el cargador me unían al coche haciéndome parte de él, haciéndolo parte de mí, pero aún faltaba algo que sentí ayer, casi siete años después.

Marshall McLuhan contaba cómo un martillo en la mano de un hombre se convierte en una extremidad nueva y otros neurobiólogos, hablando sobre plasticidad  neuronal, cuentan cómo el cerebro se adapta, con mágica plasticidad, tanto a miembros de menos como a miembros de más. El automóvil es la extensión del centauto.

Durante una temporada trabajé de copiloto en un camión y mi compañero, que sabía de camiones más que yo, en esas largas rutas en las que hablábamos de todo, me dijo una vez «al camión lo sientes en los riñones». ¡Exacto!, pensé ayer al volante de mi coche sintiéndolo en los riñones, como hago siempre desde aquel comentario y atando todos los cabos: los riñones, la parte baja del tronco, el centauto, McLuhan, la plasticidad del cerebro… Además con la graciosa coincidencia de que quien acuñó el término se llamaba McMilan.

Centauto: Hombre unido por el tronco a un automóvil.