Querido Fiat

No verlo más, después de trece años, duele un poco, aunque sólo sea un coche. No es sólo un coche, es un pedazo de mi existencia, como mi brazo no es sólo carne, es una parte de quién soy y cómo soy.

Esta mañana, cuando me subí, pensaba que iba a ser el último paseo, le notaba taciturno. Un viejo coche con veintitrés años a cuestas, como un anciano de noventa que está más o menos sano, sólo tiene los achaques de la edad.

Notaba su miedo. No pasa nada hombre, le decía yo con voz tranquila, mientras la carretera de camino a la oficina pasaba bajo nosotros, has tenido una vida estupenda, te has portado bien todos y cada uno de estos miles de días, incluso cuando te has averiado.

Notaba cómo la personificación de su alma de coche en anciano humano asentía sin dejar de caminar y sin dejar de mirar hacia adelante.

Lo llevé al lavadero, le aspiré todas las ramitas y hojas de la última excursión que hicimos con los niños. Antes de ir, frente a la puerta de casa, saqué las sillitas del asiento trasero, las sombrillas de la playa del maletero y la botella de cinco litros de refrigerante verde. Todas las cosas inútiles de la guantera. Sólo dejé el librito con tapas de plástico que contiene los papeles del coche.

Después de lavarlo y aspirarlo el anciano lucía su mejor aspecto, su ropa vieja, de usada, pero no ajada, ni maltratada y una expresión de inevitabilidad, de entender su destino inminente.

– ¿Me va a doler?

– ¡Anda ya! – le decía yo con una punzada de pena. – Irás al desguace y desde allí, poco a poco, irás dándole piezas a otros coches que las necesiten. Igual que otros coches te las han dado a ti.

Él guardó silencio, se caló mientras esperábamos al ralentí en un stop y continuamos de camino a la oficina. De vez en cuando yo acariciaba muy suavemente el salpicadero, sin decir nada.

La chica del concesionario nos llamó antes de llegar a la oficina. Había llegado el momento. Cambié de rumbo y en diez minutos estuvimos frente a la puerta del garaje. Hice unas complicadas maniobras con el volante sin dirección asistida del anciano y por fin entramos en un aparcamiento de tienda, todo luz, brillos y cristales.

Bajé del coche, saqué las dos únicas cosas mías que aún quedaban dentro y cerré la puerta. Esa sí era la despedida, aunque estuviera allí mismo, aunque no me hubiera movido ni medio metro. Mirando por última vez la chapa gris donde habían saltado algunas lascas de pintura y sin pronunciar palabra, le dije adiós.

Alrededor había coches jóvenes, fuertes, adolescentes, inconscientes y desmedidos. Uno de ellos mi nuevo coche.

Ahora ya es medianoche, estoy en casa en el silencio donde todos duermen y sé que, a pocos kilómetros, mi viejo coche permanece insomne en la oscuridad, recordando los días de lluvia, los días de sol, las locuras de las noches de fin de año, las ruedas enterradas en arena de playa y echándome de menos como yo le echo de menos a él.

Día 64, miércoles

El almuerzo

Granada saca una sartén y un paquete de seis hamburguesas de pollo crudas. Echa aceite y pone el fuego al nueve. Al cabo de unos minutos coloca tres hamburguesas con suavidad sobre el aceite caliente.

Ha abierto un bote de aceitunas gazpachas, muy amargas, y vamos picoteando mientras se hace la carne.

Corta un repollo en dos mitades y una de las mitades en hojas más pequeñas. Las coloca en un escurridor y las enjuaga bajo el grifo.

Le ha dado la vuelta a las hamburguesas, que ya se han oscurecido por una cara. Coloca una loncha de queso cheddar amarillo oscuro sobre cada una de ellas. Las lonchas comienzan a doblarse por las puntas. Mientras las observo, Granada coloca una tapa sobre la sartén.

Al poco, intenta sacar las hamburguesas con una paleta de madera pero el queso las ha soldado. Con un cuchillo corta las uniones, saca las tres hamburguesas y pone tres más (pero solo somos cuatro).

Coge el bote de mayonesa y dibuja un garabato de líneas horizontales sobre las hamburguesas. Coge el bote de kétchup y dibuja líneas verticales.

Mientras se hacen las tres nuevas hamburguesas, corta un tomate en once trozos y los echa en la ensalada. Y ¡oh dioses!, acabo de ver cómo prepara la salsa con la que aliña la ensalada. Yo pensaba que iba a ser magia arcana pero lo que ha echado en el pequeño tarro de cristal ha sido aceite y vinagre, lo ha cerrado y lo ha dejado en la encimera. Cabe la posibilidad de que esté esperando a que yo no mire para echarle algo más. No le quito el ojo de encima. Agita el tarro como si fuera un instrumento de percusión y, entonces, ¡llaman al timbre! Cuando vuelvo parece que sigue agitando el tarro como si nada, pero puede que haya aprovechado para echarle algo. Lo abre y riega la ensalada.

Saca las tres hamburguesas, les pone la cuadrícula de mayonesa y kétchup y las corta por la mitad. Seis entre cuatro a una y media cada uno.

De un bote de col lombarda rellena un cuenco pequeño para ella. No le gusta a nadie más.

La cena

La mexicana habla desde la pantalla del móvil. Mientras yo paseaba a la perra, Granada ha pelado una calabaza, tres zanahorias y cinco patatas. Media calabaza la ha cortado en doce trozos. Le corta las raíces a un apio y le pela la primera capa, luego corta el tronco longitudinalmente y cada palito resultante lo pica en trozos muy pequeños.

No había visto que hay una olla al fuego con dos trozos de mantequilla derritiéndose al nueve. Pica el resto del apio y lo echa todo en la olla. Coge un pellizco mediano de sal y lo echa también. Remueve todo.

A las patatas les hace lo mismo que al apio, las corta en tiras y después en taquitos. Remueve la olla con el tenedor de madera. Echa las patatas y remueve más fuerte. Más patatas, más taquitos, más remueve y entonces coge un vaso, lo llena con agilidad bajo el grifo y lo echa en la olla donde, al enfriarse, cesa de repente el burbujeo que emitía todo lo que se estaba cociendo. En pocos segundos vuelve a burbujear.

Saca otra olla, con mango, no con asas, la llena de agua y pone cuatro huevos dentro, al nueve. Inmovilidad absoluta.

Corta las zanahorias en rodajas y las echa en la olla. Lo hace tan rápido que no me da tiempo a meter la mano para comerme una.

Corta los trozos de calabaza en tacos más pequeños y los echa en la olla que ya no para de burbujear. Y, cuando ya estaba a punto de decirle que burbujeaba demasiado, le echa otro vaso de agua y cesa el burbujeo. Tapa la olla. Destapa la olla y echa la otra mitad de la calabaza que ha cortado igual que la anterior.

El burbujeo se convierte en un rumor sordo bajo la tapa de metal, como si por la calle se estuviera acercando un peligro de enormes dimensiones y lo estuviéramos escuchando desde dentro de la casa. Más agua del grifo. Remueve.

Los huevos comienzan a repiquetear en la otra olla.

Pica un trozo de jengibre y lo echa en la olla grande separándolos de la hoja del cuchillo can la punta de los dedos.

Ha cogido una latita de especias con una etiqueta escrita a mano, un poco despegada y desteñida que pone nuez moscada.

Muele pimienta sobre la olla.

Ahora las dos ollas hierven sin miramientos.

Saca una sartén pequeña con la bolsa de las pipas de calabaza dentro. Saca también un pequeño tetrabrik de nata sin lactosa.

Aparece un bote transparente de recortes del jamón que se había terminado. Granada pica varios recortes en trozos muy finos. Meto la mano en el bote y agarro un recorte, Granada dice eh. Cuando lo guarda en el frigorífico abro la puerta, abro el bote y cojo dos trozos gordos, amorfos, nada que ver con todas las lonchas finas y fotogénicas que sacamos del mismo jamón. Las mastico como si fueran caramelos.

Echa las pipas (un puñado) en la sartén pequeña y la pone al nueve.

Echa la nata en la olla grande y, sin levantarla del fuego, comienza a triturarlo todo con una batidora de brazo. Sin soltarla, utiliza la mano izquierda para mover la sartén de las pipas.

Le ha saltado un grumo sobre la ropa. Para de triturar, moja un paño de cocina y se limpia la mancha. Continúa triturando.

El extractor lleva un rato encendido pero hace tanto ruido que ni siquiera he podido pensar en él.

Apaga la vitro y todo comienza a relajarse. Se quedan encendidas tres H rojas.

Corta una rebanada de pan sin gluten en tropezones.

Llena un cuenco cuadrado con el puré de calabaza de color amarillo calabaza y le echa queso rallado por encima. Repite la operación con un segundo cuenco cuadrado de porcelana blanca, sin embargo al tercer cuenco le echa un queso en polvo que se llama Grana Padano. Al cuarto cuenco también.

Con una cuchara va sacando las pipas tostadas de la sartén y las reparte por los cuencos.

Con la punta de los dedos reparte los taquitos de jamón y los tropezones de pan.

Apaga el extractor y es como si nos hubiéramos trasladado a la ISS y flotáramos en el silencio del espacio.