{"id":282,"date":"2017-08-05T21:28:19","date_gmt":"2017-08-05T19:28:19","guid":{"rendered":"http:\/\/pacoperez.com\/blog\/?p=282"},"modified":"2017-08-05T21:28:19","modified_gmt":"2017-08-05T19:28:19","slug":"la-tempestad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.pacoperez.com\/blog\/2017\/08\/05\/la-tempestad\/","title":{"rendered":"La tempestad"},"content":{"rendered":"<p>El mar saltaba en colores de piedras: basaltos, malaquitas, granitos, colores oscuros. Est\u00e1bamos en medio de la tempestad, Ram\u00f3n al tim\u00f3n, Jenny desmayada en el camarote interior, Cecilia desmayada en el camarote de cubierta, justo detr\u00e1s del asiento del timonel, Felipe y yo luchando en la popa contra las rachas de lluvia huracanada, helada, que nos calaba hasta los huesos, dej\u00e1ndonos la ropa pegada y pesada sobre la piel. Felipe me gritaba instrucciones para desenganchar las ca\u00f1as instaladas en largos tubos de acero, recoger r\u00e1pidamente el hilo, aguantando el poderoso carrete para pescar piezas de hasta ciento cincuenta kilos, de tal forma que no girase m\u00e1s aprisa que el hilo que sacaba del mar. Antes hab\u00eda que apretar el embrague lateral para impedir que la fuerza de las corrientes tirase del sedal m\u00e1s que el propio carrete.<\/p>\n<p>El barco escoraba peligrosamente en todas direcciones, porque las olas hab\u00edan dejado de atacar solo en un sentido, y la superficie del mar se hab\u00eda convertido en una formaci\u00f3n de enormes colinas agitadas y espumosas sobre la cual el barco brincaba, insignificante frente a la fuerza incontrolable de la tempestad. El cielo se hab\u00eda oscurecido como si fuera a caer la noche, la visibilidad se hab\u00eda reducido a trescientos metros, una densa niebla cubr\u00eda el resto. \u00cdbamos descalzos, la superficie de teca de la cubierta de popa imped\u00eda que resbal\u00e1semos cada cinco segundos. Habl\u00e1bamos a gritos, los motores rug\u00edan, el mar rug\u00eda, el cielo reventaba en truenos que hac\u00edan vibrar los cristales de las ventanillas. Los m\u00fasculos de los hombros empezaban a quemar por el esfuerzo ininterrumpido de tirar de las ca\u00f1as, de los hilos, de agarrarnos donde pod\u00edamos. Ram\u00f3n, desde el interior del camarote, aferrado al tim\u00f3n, nos gritaba que el radar estaba en blanco, se\u00f1al inequ\u00edvoca de que nos hall\u00e1bamos en el centro de la tempestad. El peligro de seguir avanzando es que pod\u00edamos empotrarnos en el costado de un petrolero sin verlo siquiera. El peligro de parar los motores era que la tempestad pod\u00eda arrastrarnos durante horas hasta que descargase toda el agua de las nubes. Girando la cabeza por encima de mi hombro izquierdo, le grit\u00e9 a Ram\u00f3n, sin soltar el hilo de la ca\u00f1a que estaba recogiendo, que subiese el volumen de la emisora, por si alg\u00fan otro barco nos ve\u00eda a nosotros antes que nosotros a \u00e9l. El GPS funcionaba perfectamente, as\u00ed que sab\u00edamos que nuestro rumbo era cuarenta y cinco grados y que a menos de veinte millas estaba la costa, puerto seguro, aunque por la emisora avisaban que era imposible amarrar porque las olas de cuatro metros romp\u00edan furiosamente contra el pantal\u00e1n e imped\u00edan la entrada suave de cualquier embarcaci\u00f3n. Dos de los aparejos que ten\u00edamos en el mar eran dos curris de cinco c\u00e9ntimos atados con goma el\u00e1stica a los soportes de aceros de las ca\u00f1as, y sorprendentemente, ambos tra\u00edan presa, dos bonitos de kilo y kilo y medio, mientras que las poderosas ca\u00f1as no hab\u00edan pescado nada. Los peces saltaban sobre el suelo de madera, en medio de las r\u00e1fagas de lluvia. Ten\u00edamos que quitarles los anzuelos y echarlos en la nevera port\u00e1til donde hab\u00eda seis o siete piezas m\u00e1s.<\/p>\n<p>Antes de embarcar, por la ma\u00f1ana temprano, yo desayunaba unos cereales y un caf\u00e9 con leche, sin contar con que el caf\u00e9 con leche es p\u00e9simo para navegar y con que se adelantaba la hora de salida por el peligro de temporal. As\u00ed que me sub\u00ed al barco tragando el \u00faltimo sorbo del desayuno. A los cinco minutos ya estaba el caf\u00e9 con leche y los Special K de Kellogs en el fondo del Mediterr\u00e1neo, y eso que el mar estaba calmo entonces, pero pas\u00e9 los primeros minutos de navegaci\u00f3n leyendo las instrucciones del plotter para ense\u00f1arle a Ram\u00f3n c\u00f3mo calcular la distancia desde la posici\u00f3n del barco a un punto cualquiera. A continuaci\u00f3n lleg\u00f3 un mensaje al m\u00f3vil y cuando intent\u00e9 responder me vino la primera arcada. No me gusta vomitar pero tambi\u00e9n s\u00e9 cu\u00e1ndo es inevitable, as\u00ed que me asom\u00e9 por la borda de estribor y ech\u00e9 el desayuno, la cena de la noche anterior y una lenteja que ten\u00eda atascada desde hac\u00eda un mes. Me enjuagu\u00e9 la boca con agua salada y se acab\u00f3 el malestar.<\/p>\n<p>Sin embargo en medio de los tremendos vaivenes de las olas, del ruido, del viento, de la lluvia, me encontraba a mis anchas. Me sent\u00eda peque\u00f1o, insignificante en medio de tal despliegue de poder\u00edo, de fuerza arrolladora, pero era como si el mar estuviera haciendo lo que ten\u00eda que hacer, la tormenta su parte y yo la m\u00eda. Me sent\u00eda parte de la naturaleza que me envolv\u00eda y que pod\u00eda tragarme sin ser consciente de que me tragaba.<\/p>\n<p>Cuando las ca\u00f1as estuvieron recogidas me detuve a contemplar todo ese paisaje de movimiento, de agua, de sal y de espuma, agarrado al pasamanos de la escalerilla que sub\u00eda a la cubierta superior. Felipe fue junto a Ram\u00f3n para intentar sacarle alguna imagen al radar inutilizado por la tormenta, consigui\u00f3 aclarar los contornos eliminando ruido de fondo, pero tan excesivo que un barco de cincuenta metros hubiera parecido una patera en la imagen verde de la pantalla. Poco a poco la tormenta fue amainando y la visibilidad aument\u00f3. Cuando el barco dej\u00f3 de brincar, Jenny sali\u00f3 del camarote con la cara blanca como el papel. Cecilia, todav\u00eda tumbada en el asiento de la cabina, se sujetaba la frente con el dorso de la mano izquierda y el est\u00f3mago con la derecha, los ojos cerrados. Para cuando Felipe dio por buena la imagen del radar ya pod\u00edamos ver perfectamente el pantal\u00e1n del puerto, con el faro en el extremo que se adentraba en el mar.<\/p>\n<p>Ya en tierra, no paraba de pensar que podr\u00eda haberme ca\u00eddo por la borda mientras les quitaba los anzuelos de cinco c\u00e9ntimos a los bonitos, con lo f\u00e1cil que hubiera sido cortar el sedal.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El mar saltaba en colores de piedras: basaltos, malaquitas, granitos, colores oscuros. 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