| Este post es como una papa llorona pero sin
papa. Sólo me he bebido un cubata.
Película de Philippe Claudel, título original “Il
y a longtemps que je t'aime”. Yo no paraba de pensar en Darren Aronofsky
y en los comentarios del director de “Requiem por un sueño”,
donde dice que las adicciones son la búsqueda de la liberación
de la realidad, de la ausencia de la realidad que no nos gusta. Y las
mías, que son leer y escribir, cuadran perfectamente con esa definición
y me da un poco de miedo, o de rabia tal vez, por no ser capaz de disfrutar
de la realidad de cada día.
Viendo la película “Hace mucho que te quiero” hay un
momento en el que sale el recibidor de una casa. Un recibidor precioso,
de una casa francesa de una zona rural. El suelo es un mosaico con verdaderas
teselas de barro, hay madera por todos lados, los cristales de algunas
puertas y ventanas tienen algo de vidrieras, con colores unidos por tiras
de plomo.
Más tarde sale una hoguera grande, o mejor dicho, las ascuas de
lo que era una hoguera grande. Se me han saltado las lágrimas por
todas las hogueras que he tenido y por las que me estoy perdiendo. Y pienso
¿debería irme ya de aquí?, ¿debería
abandonar Asia después de sólo cuatro años para volver
a donde he vivido treinta y seis? No, no quiero, pero odio tanto mi trabajo
asfixiante que no paro de planteármelo. Cada vez más.
|
| Yo siempre he escrito. Cuando tenía
nueve o diez años escribí sobre una excursión que
hicimos en familia a Valdelarco, un pueblo de la sierra de Huelva. Leí
ese breve relato como veinticinco años después y seguía
gustándome. Todavía era un niño, todavía no
había leído ni a Cortázar, ni a Faulkner, ni a Antonio
Muñoz Molina, bueno quizá a Cortázar sí, pero
ya me preocupaba de que las frases fueran bellas, de que no hubiera más
adjetivos de la cuenta, de que no hubiera metáforas, nunca me han
apasionado, siempre me ha gustado el esfuerzo de utilizar un vocabulario
tan amplio como el castellano para expresar exactamente lo que quiero
expresar, sin necesidad de acudir a sustitutos. Por eso adoro a Antonio
Muñoz Molina, y por eso nunca podré olvidar el “Ahí,
pero dónde, cómo” de Cortázar, donde se esfuerza
por describir lo indescriptible.
Estoy en una isla, pequeña, diáfana, como dice la canción
de La excepción, en el Mar de Andamán. El viento sopla moviendo
las ramas de los árboles y encrespando la superficie turquesa del
mar que, normalmente, es plana como el agua de un lago. Y tibia.
No quiero marcharme de aquí. No por la indolencia, no por el descanso,
sino porque aquí tengo el tiempo necesario para dedicarme a lo
que me apasiona, leer y escribir. En una semana me he leído tres
libros, no hacía algo así desde el 2000, desde que dejé
la casa en la que vivía y el trabajo que tenía, para mudarme
a Sevilla a verlas venir.
Dentro de poco volveré a Dhaka, a enfrentarme de nuevo al infierno
textil, a las prisas, las presiones, los desastres producidos por unos
trabajadores desastrosos paridos por un país desastroso. Y mira
que son buenos espiritualmente. En ningún sitio como en Bangladesh
he encontrado tanta calidez humana, sencilla y asequible.
Pero tengo que torcer mi vida de nuevo. El otro día le escribí
a otra editorial preguntándoles si una editorial es lo que necesito
para dedicarme sólo a esto, o fundamentalmente a esto, a escribir.
Porque realmente no sé si una editorial es la solución.
La solución para dedicarme todos los días a escribir es
tan simple como “dedicarme todos los días a escribir”,
ya está, pero después viene mi relación con la sociedad,
después viene el casero a cobrar y no puedo pagarle con diez relatos,
claro, tengo que soltarle cuarenta y ocho mil takas, o quinientos treinta
y cuatro euros, si el casero se llamase Manolo en vez de Karim.
¿Qué puedo hacer? me pregunto desde hace veinte años,
para despreocuparme de los caseros y preocuparme por lo que de verdad
me merece la pena. La respuesta es que no lo sé, todavía
no lo he encontrado. Pero sigo insistiendo. Algún día lo
encontraré o moriré en el intento.
La G. dice que esta música discotequera que nos han puesto de fondo
mientras tomamos el sol en las tumbonas de la piscina no es música
de paraíso. Y tiene razón, la verdad.
Me voy a pedir otra cerveza Chang. |