Hace mucho que te quiero

15.09.2010 22:06 27ºC

Este post es como una papa llorona pero sin papa. Sólo me he bebido un cubata.

Película de Philippe Claudel, título original “Il y a longtemps que je t'aime”. Yo no paraba de pensar en Darren Aronofsky y en los comentarios del director de “Requiem por un sueño”, donde dice que las adicciones son la búsqueda de la liberación de la realidad, de la ausencia de la realidad que no nos gusta. Y las mías, que son leer y escribir, cuadran perfectamente con esa definición y me da un poco de miedo, o de rabia tal vez, por no ser capaz de disfrutar de la realidad de cada día.
Viendo la película “Hace mucho que te quiero” hay un momento en el que sale el recibidor de una casa. Un recibidor precioso, de una casa francesa de una zona rural. El suelo es un mosaico con verdaderas teselas de barro, hay madera por todos lados, los cristales de algunas puertas y ventanas tienen algo de vidrieras, con colores unidos por tiras de plomo.
Más tarde sale una hoguera grande, o mejor dicho, las ascuas de lo que era una hoguera grande. Se me han saltado las lágrimas por todas las hogueras que he tenido y por las que me estoy perdiendo. Y pienso ¿debería irme ya de aquí?, ¿debería abandonar Asia después de sólo cuatro años para volver a donde he vivido treinta y seis? No, no quiero, pero odio tanto mi trabajo asfixiante que no paro de planteármelo. Cada vez más.

 
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La pasión por escribir

05.09.2010 13:26 27ºC

Yo siempre he escrito. Cuando tenía nueve o diez años escribí sobre una excursión que hicimos en familia a Valdelarco, un pueblo de la sierra de Huelva. Leí ese breve relato como veinticinco años después y seguía gustándome. Todavía era un niño, todavía no había leído ni a Cortázar, ni a Faulkner, ni a Antonio Muñoz Molina, bueno quizá a Cortázar sí, pero ya me preocupaba de que las frases fueran bellas, de que no hubiera más adjetivos de la cuenta, de que no hubiera metáforas, nunca me han apasionado, siempre me ha gustado el esfuerzo de utilizar un vocabulario tan amplio como el castellano para expresar exactamente lo que quiero expresar, sin necesidad de acudir a sustitutos. Por eso adoro a Antonio Muñoz Molina, y por eso nunca podré olvidar el “Ahí, pero dónde, cómo” de Cortázar, donde se esfuerza por describir lo indescriptible.
Estoy en una isla, pequeña, diáfana, como dice la canción de La excepción, en el Mar de Andamán. El viento sopla moviendo las ramas de los árboles y encrespando la superficie turquesa del mar que, normalmente, es plana como el agua de un lago. Y tibia.
No quiero marcharme de aquí. No por la indolencia, no por el descanso, sino porque aquí tengo el tiempo necesario para dedicarme a lo que me apasiona, leer y escribir. En una semana me he leído tres libros, no hacía algo así desde el 2000, desde que dejé la casa en la que vivía y el trabajo que tenía, para mudarme a Sevilla a verlas venir.
Dentro de poco volveré a Dhaka, a enfrentarme de nuevo al infierno textil, a las prisas, las presiones, los desastres producidos por unos trabajadores desastrosos paridos por un país desastroso. Y mira que son buenos espiritualmente. En ningún sitio como en Bangladesh he encontrado tanta calidez humana, sencilla y asequible.
Pero tengo que torcer mi vida de nuevo. El otro día le escribí a otra editorial preguntándoles si una editorial es lo que necesito para dedicarme sólo a esto, o fundamentalmente a esto, a escribir. Porque realmente no sé si una editorial es la solución. La solución para dedicarme todos los días a escribir es tan simple como “dedicarme todos los días a escribir”, ya está, pero después viene mi relación con la sociedad, después viene el casero a cobrar y no puedo pagarle con diez relatos, claro, tengo que soltarle cuarenta y ocho mil takas, o quinientos treinta y cuatro euros, si el casero se llamase Manolo en vez de Karim.
¿Qué puedo hacer? me pregunto desde hace veinte años, para despreocuparme de los caseros y preocuparme por lo que de verdad me merece la pena. La respuesta es que no lo sé, todavía no lo he encontrado. Pero sigo insistiendo. Algún día lo encontraré o moriré en el intento.
La G. dice que esta música discotequera que nos han puesto de fondo mientras tomamos el sol en las tumbonas de la piscina no es música de paraíso. Y tiene razón, la verdad.
Me voy a pedir otra cerveza Chang.

 
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