| cambio de email |
13.09.05 20:26 32ºC |
| Hace ocho años que utilizo la dirección pacoperez-arrakis-com (evidentemente no la escribo con arroba y punto porque me mata el spam), y durante ese tiempo he pagado siete euros al mes por tenerla, pero a estas alturas, que te regalan un email casi sin pedirlo, me parece dinero tirado, aunque sea poco. Así que he hablado con ellos y me han propuesto reducir la cuota un veinticinco por ciento, a cinco euros con veinticinco, pero es que yo la quiero gratis y eso les he dicho. Como parece que no responden, mucho me temo que dentro de unos días esa dirección, por la que han circulado palabras de amor y desamor, historias completas escritas con medio mundo, pase a mejor vida. Así que la nueva dirección que voy a usar es paco-pacoperez-com, colocando la arroba y el punto donde corresponde, claro. Adios Arrakis, fue bonito mientras duró. |
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| reflexiones al respecto | |
| Heridas de guerra |
13.09.05 10:40 21ºC |
| Érase una vez un médico de campaña que atendía a los heridos de una guerra larga y feroz que se desarrollaba en su país. Bajo las lonas del hospital improvisado entraban hombres con heridas de metralla, fracturas, quemaduras. Vendas y medicamentos con olor a medicamentos se movían velozmente en las manos del médico y sus ayudantes. Este médico genial y milagroso nunca dejó un herido sin sanar, nunca una baja tuvo que anotar en su historial. Pero un día llegó un soldado, transportado urgentemente por los camilleros, casi desangrado, una bala le había acertado en pleno corazón, su estado era gravísimo. El médico respiró hondo, ni una baja en su historial y este hombre no iba a a ser el primero, no señor. El proyectil estaba alojado en el corazón, pero sorprendentemente aún latía con fuerza, este hombre quería vivir a toda costa. Tras una larga y delicada operación, el médico extrajo la bala y cosió todas las heridas, que dejarían profundas cicatrices, sin duda. Cuando el soldado recobró la conciencia, notó un hueco tan grande en el corazón que no paraba de tocarse la herida, a pesar de las advertencias del médico. Intentaron atarlo a su cama para que la herida pudiera sanar, pero todo fue inútil, de una forma o de otra siempre acababa hurgando la cicatriz y, aunque el médico le dio el alta, la herida todavía sangraba de vez en cuando. El soldado conservaba la bala que estuvo a punto de matarle y se le ocurrió la descabellada idea de devolvérsela a quien le disparó. Arriesgó su vida de nuevo infiltrándose entre el enemigo y, después de más de un año, encontró al francotirador. No hablaban el mismo idioma, pero, como pudo, le hizo entender todo lo sucedido y, ante la estupefacción de su enemigo, dio media vuelta y se marchó por donde había llegado. A pesar de todo la herida no acabó de cicatrizar y algunas noches, antes de quedarse dormido, una lágrima de sangre dibujaba una línea en su pecho y acababa manchando la sábana. Sólo con el paso del tiempo descubrió que, con la guerra ya terminada, lo único que conseguía cerrar su cicatriz casi por completo era vivir. Este soldado, en tiempo de paz, era panadero y tuvo cocer mil panes para empezar a darse cuenta de que cada vez tenía más clientes, de que cada vez sus bollos eran más y más apreciados. Cuando centró su atención en el horno, en hacer el pan más rico de la ciudad y en la sonrisa satisfecha de los que lo compraban, la herida dejó de sangrar y se convirtió sencillamente en una cicatriz en su pecho, que para nada le impedía ser un panadero exquisito y un vecino sonriente. “Dedicado a todos los heridos de guerra”. |
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| reflexiones al respecto | |