Primavera en Bangladesh

09.03.2009 32(36)ºC

La primavera no existe en Bangladesh. El invierno, seco y frío, deja paso a una especie de otoño pequeñito, que dura diez días. Las hojas caducas amarillean y se caen a toda prisa. Menos de una semana después, los árboles lucen hojas nuevas de color verde plástico y dos semanas después ya hace un calor infernal de verano andaluz.
La primavera ha durado dos semanas y este calor de verano me recuerda todos los maravillosos veranos de Chiclana e Isla Cristina. Incluso antes de que la playa existiera, me recuerda a los veranos de Alcalá, con las calles desiertas a las cuatro de la tarde, el silencio diurno de la siesta, donde sólo se oía el ronroneo de los aires acondicionados y el ruido blanco e inalterable de las chicharras amádemí. De vez en cuando pasaba algún coche a lo lejos, por la autovía Sevilla-Málaga. Yo lo veía desde el portal de mi casa, sentado en el pollete, con los pantalones cortos, sintiendo el frío del suelo en los muslos.
Todo esto me lo recuerda este verano repentino de Bangladesh a principios de marzo y me tiene tiernamente emocionado, casi al borde de la lágrima tontorrona y feliz.
A mi alrededor el tráfico es más intenso que de costumbre, lo que significa que tardo dos horas y cuarto en recorrer veintisiete kilómetros en vez de la hora y media habitual que tardo desde Dhaka a Narayanganj. He visitado un fábrica nueva, una de tantas, las mismas cajas de cartón industrial, las mismas caritas de ojos sorprendidos tras las máquinas de coser, todo igual pero todo distinto porque lo estaba mirando con mis gafas de los veranos pasados. La fábrica me ha parecido preciosa, me he jartao de reí con los chavales que me la han enseñado.
Hasta Maga me tiene emocionado con su melancólica armonía de acordes descendentes sonando en el CD del coche mientras escribo estas líneas conectado al ciberespacio por medio de un modem gprs.

 
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