| Moreno |
28.07.05 12:38 25ºC |
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Ahora voy mucho a la playa, pero esto no siempre ha sido así. Como todo en mi vida, tengo temporadas extremas. Cuando era chico, qué bien, qué punto, qué alegría ser pequeño y que te lo pongan todo por delante, aunque da igual ser grande o pequeño, joven o viejo, para ronronear cuando te miman, miau Espe, miau. Entonces íbamos a la playa en familia, mi hermano, mi hermana, mi padre, mi madre y yo, a isla Cristina, a bañarnos al Cantil, que era una cala situada al lado del espigón, de las Rocas, decíamos nosotros, al borde de una planicie de tierra roja ladrillo, que lanzábamos al agua en grandes trozos para verlos disolverse en una espesa mancha roja burbujeante. Ahora el Cantil es un puerto marítimo ni bonito, ni feo, más bien mono. Así que entonces yo estaba muy moreno, casi más que nunca. Después estuve sin ver la playa unos ocho años, hasta que me fui a vivir a la costa, no querías sopa, pues toma tres kilos. Durante diez años me he dormido oyendo el oleaje romper contra los pequeños acantilados de Vinaròs y el retemblor profundo de los motores diesel de las barcas que pescan de noche, con un foco iluminando su parcela de faena. Y despertando con el sol, que siempre salía por el Este, justo hacia donde estaba orientada la ventana de mi habitación. Sin embargo, ese mar no significó para mí mucha playa, así que durante casi todos esos años estuve siempre de color pantone Warm Gray 6 CV, excepto los tres últimos, que estuve navegando y haciendo windsurf con los maños. También estuve moreno esos años. Al volver a Sevilla y dejar la costa, me olvidé por completo del
mar y de la playa y he vuelto hace tan sólo dos meses, con renovadas
ganas, hasta rematar este último fin de semana en el Fitoplancton
Festival, en la Ilha de Tavira, al sur de Portugal. El Fitoplancton Festival
es una idea original, como tantas, de los Gañafotes, unos rockeros
divertidísimos con los que últimamente salgo bastante. Por
lo visto, según contó el año pasado un amigo biólogo
brasileño, existe un tipo de alga en la playa de Tavira, que al
agitarse se vuelve fosforescente, y por la noche es un espectáculo.
Esto ocurrió en una excursión que este fin de semana hemos
repetido, mochilas, tiendas, bebidas, sacos, trece amigos y dos días
de sol, arena y mar. No recuerdo cuánto tiempo hacía que
no pasaba horas sin hacer nada de nada, sentado a la sombra o al sol,
charlando o en silencio, tonteando con la arena y las conchas vacías.
Dormíamos en la arena de la playa y una noche sopló un viento
feroz de poniente que destrozó el toldo bajo el que estábamos
cinco de nosotros, a las tres de la madrugada, qué risa!. Dormidísimos,
casi inconscientes, agarrando la estructura que se desmoronaba en las
manos, flojos de la risa y sin saber reaccionar. Cuando decidimos dejarlo
todo en el suelo y no intentar montarlo con ese viento, vimos que tener
por techo el firmamento del hemisferio norte era mucha mejor opción
que el toldo. Un millón de estrellas. |
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| reflexiones al respecto | |||||