| Sin respuestas |
08.02.2011 00:35 22ºC |
| “Ground control to major Tom, your
circuits dead, there's something wrong David Bowie Hace ya unos años que cuando escribo no me responde nadie. Hoy me han discutido que eso no es cierto, me respondió aquel de una editorial, cierto, me pidió la primera página de todos los relatos que tenía, se las envié y nunca más. Me respondió aquel japonés a las dos de la madrugada para que le enviara urgentísimamente mi pasaporte y, cuando le pregunté por los quince mil dólares de diferencia que había conforme a lo que había anunciado, se esfumó. No me respondió aquel famoso escritor con el que siempre me escribía antes cuando le pedí un mecenas, un contacto, un algo. Tampoco me respondió aquel jeque árabe al que le propuse apadrinar a un escritor desconocido, y mira que era buena la idea. No me han respondido ninguno de los doscientos japoneses a los que les he enviado el curriculum. Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Y cuando ya creí que no me iba a responder la benemérita al final lo ha hecho, y además muy rápido. Resulta que el otro día, por hacer las cosas con prisas, respondí un email de esos que no debería haber respondido, porque lo envía una gente que va buscando pardillos para blanquear dinero ofreciéndoles un trabajo sencillo y bien pagado, como si eso existiera. Este es el email que me enviaron:
Después me enviaron otro más, pero para entonces ya había avisado al Grupo de Delitos Telemáticos y me recomendaron poner una denuncia. Ya está puesta, casi. Esto me pasa desde hace unos años sólo, antes siempre obtenía respuestas. La G. dice que es que soy post-moderno, que escribo unos mensajes muy serios y que la gente aún no está preparada para eso y se asusta. No sé qué pensar, pero no puede ser casualidad que no me responda nadie. En la cuenta de Facebook que recién he abierto la G. ha decidido invitar a todos los que podrían ser mis amigos. Y está bien que lo haya hecho ella en vista del poder de respuesta que tengo: ninguna :))
|
|
| reflexiones al respecto | |
| Puedo sentir los terremotos, ¡mierda! |
05.02.2011 16:54 27ºC |
| Estoy escribiendo y lo estoy sintiendo. Mi silla se balancea imperceptiblemente de cuando en cuando, en un despacho de la planta diez. Ya me pasó hace año y pico, en noviembre de 2009, y después en septiembre del año pasado. En aquel noviembre empezó, pero el suelo de Bangladesh estuvo oscilando suavemente durante tres meses. Podía sentirlo. En ese tiempo hubo temblores de cinco y pico en los países de alrededor, Nepal, India, Pakistán, Bután y sobre todo en Myanmar, antigua Birmania. Si son de cinco y pico y están a menos de quinientos kilómetros de Dhaka todo el mundo los siente. Ya hace una semana que noto cómo se mueve el suelo de nuevo. Es tan imperceptible que si me quedo quieto lo confundo con el latido de mi corazón. Si apoyo mi peso sólo en un pie y me apoyo a su vez en una pared, noto cómo pierdo el equilibro sólo un poco, también si me agarro a la barandilla del balcón noto cómo se balancea el edificio. Ayer a las siete y media de la tarde estábamos jugando al Monopoly, en una sexta planta, en la azotea de un edificio, entonces todo empezó a moverse. Donde primero se siente, cuando estás sentado, es en los riñones. Se movía la mesa, los vasos, la silla, el suelo, las plantas de las macetas. Sólo duró diez segundos, en USGS salió inmediatamente que el epicentro había sido en la frontera de Myanmar con India, a cuatrocientos kilómetros de aquí, a ochenta y ocho kilómetros de profundidad, y que su intensidad fue de seis coma cuatro. No me gustan ni un pelo los terremotos en Dhaka. No sé cuánto serían capaces de aguantar estos edificios armados con hormigón hecho de ladrillo picado y cemento. En Bangladesh no hay piedras para hacer hormigón. Y sin embargo se me viene constantemente a la cabeza una foto de un terremoto en Pakistán, donde dos o tres edificios altos se habían caído unos sobre otros pero no se habían derrumbado. Pakistán y Bangladesh tienen pinta de tener más o menos la misma infraestructura, así que la idea de no morir aplastado me reconforta. En Alaska, California, Honshu y Vanuatu hay temblores todos los días, bien, pero es que yo no vivo allí y todavía no me he acostumbrado a la sensación de que algo tan imponente como un edificio entero se mueva. Una cosa es saberlo racionalmente y otra sentirlo bajo los pies. Yo sé que la Tierra está girando sobre sí misma a una velocidad enorme y que además se desplaza todavía más deprisa por el espacio en su eterna caída hacia el Sol. Entiendo que una masa heterogénea tan gigantesca como la Tierra, millones de toneladas de barro, piedra sólida y fundida, agua líquida y congelada, dando vueltas sobre sí misma y cayendo hacia el Sol a la vez que se escapa de él cruja un poco al soportar tanto estrés mecánico, lo entiendo; y que esos pequeños crujidos son desastrosos en nuestra escala también lo entiendo, pero cuando el edificio empieza a moverse busco balcones y ventanas, no quiero estar debajo de nada que me pueda caer encima y calculo qué objetos de la habitación se me pueden echar en lo alto en caso de que el edificio se tumbase, como los de la foto de Pakistán. Lo que peor llevo es pensar que el suelo se hunde y que yo caigo irremediablemente revuelto con los escombros. Letanía : Mientras tanto sigo en este país tropical
llamado Bangladesh, maquinando la forma de pasar todos los días
escribiendo o componiendo y, aunque todavía estoy lejos de conseguirlo,
la trayectoria la tengo claramente trazada.
|
|
| reflexiones al respecto | |
| La vida de verdad y la de mentira |
03.02.2011 00:46 17ºC |
| Estaba vertiendo el agua de una botella de plástico en el vaso. La boca de la botella estaba un poco torcida, como si antes de abrirla se hubiera caído al suelo. Mientras el agua llenaba el vaso yo pensaba que esa sencilla botella de plástico estaba haciendo los mismos movimientos que un búcaro… y ahí me ha llegado la evocación. ¡Un búcaro!, de arcilla, de color hueso o de color rojizo, mojado por la transpiración. Del búcaro he pasado al silencio que habita las calles de los pueblos pequeños, como Los Pánchez, por ejemplo, aunque podría ser cualquier otro. Del silencio a las paredes de las casas, de piedra y gruesas. Y de ahí a estar parado en una calle empedrada desde la que se ve todo el horizonte de encinas del valle del Guadiato. Ocurre lo mismo en la calle 111 de Dhaka. No me canso de andarla, no me canso de verla. Hace unos días que se están cayendo las hojas de los árboles, eso hace que tenga que mirar hacia arriba para ver por qué se caen. Entonces veo a los centenares de cuervos que viven en este barrio y veo que la culpa no es de ellos, sólo ha soplado un poco de viento en las copas y aquí está sucediendo algo parecido a un otoño. Ocurre lo mismo en las ruinas de unas termas en Cartago, donde todo es quietud alrededor de las columnas caídas hace siglos y desde donde se ve el mar inmenso. Y en Kioto en el parque con el palacio forrado de pan de oro y rodeado por un estanque. Esta mañana estaba esperando en la cola del cajero automático. Justo enfrente de mí, a menos de un metro, había un árbol, y lo he observado detenidamente durante los diez minutos que he estado esperando. Ese árbol tenía una vida de verdad. Una araña pequeña salía y entraba de las grietas de la corteza resquebrajada. Durante todas las veces que empleo el tiempo necesario para observar el mundo, la vida es de verdad. El resto del tiempo es mentira.
|
|
| reflexiones al respecto | |