| Exactamente esa misma revelación
la tuve yo en 1994. Por aquel entonces vivía en Vinaròs,
Castellón y, en pleno julio, con el sol derritiendo el asfalto
a plomo, un amiguete y yo decidimos irnos a Barcelona en moto, a ver
a Pink Floyd. Hacía días que era consciente de que tenía
que cambiar el neumático de atrás porque estaba muy gastado,
pero diez minutos antes de irme a un concierto de Pink Floyd a Barcelona
no podía ponerme a cambiarle una rueda a la moto, ¡no jodas!,
total, seguramente aguantaría el viaje de ida y vuelta, apenas
quinientos kilómetros. No aguantó. A la altura de L'Hospitalet
de l'Infant, a la maravillosa velocidad de doscientos quince kilómetros
por hora, noté que la moto tenía una imperceptible y extraña
vibración. Como por aquellos días yo era un centaumoto,
mitad hombre, mitad moto, conocía a la perfección hasta
las vibraciones imperceptibles de la otra mitad de mi cuerpo que era
una Yamaha XJ 600 y supe al instante que tenía que parar. Ya
por el arcén, frenando y a menos de cuarenta, la rueda reventó.
El amiguete que llevaba de paquete no se dio cuenta de nada. Decidimos
que él se iba al concierto haciendo dedo y yo iría después
de que la grúa se llevase la moto.
Por pura casualidad llevaba un cacharro nuevo que me había prestado
un amigo, era un teléfono móvil. Me senté en la
cuneta y llamé a la grúa. En cuanto colgué tuve
la revelación, el siguiente explorador real del que se tenga
noticia tendrá que serlo fuera de la Tierra, por ejemplo en la
Luna, la nuestra, en alguna de Júpiter o Marte, o en el propio
Marte. Yo estaba en una cuneta de L’Hospitalet de l’Infant
llamando inalámbricamente a una compañía de seguros
situada, probablemente en Madrid, a trescientos noventa y seis kilómetros
en línea recta, el tiempo de los exploradores se había
acabado….
Y hoy, entre Fuencarral y Alcobendas, me he sentado en una terracita,
al tibio sol de invierno, a comerme un serranito y tomarme unas cañas,
emocionado después de tantos meses sin hacerlo, y me he dado
cuenta de que el verdadero terreno que un explorador anhela descubrir
es el de su interior y como excusa, o apoyo tangible, utiliza el mundo
real.
Me está encantando esto de contrarresponderte :)) caerseporlaborda.blogspot.com
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| ¿Te animas, Paco?, ¡ya lo
creo que me animo!
Era la segunda vez que Dani venía a Dhaka. La primera fue antes
de Navidad, había quedado con una amiga común para cenar.
Teresa nos llamó buscando carabinas, porque un tal Daniel, periodista,
amigo de un amigo, había quedado con ella. Ésa fue la
primera, ésa la cuento otro día.
Ahora ya, Dani y yo somos amigos. Ser amigos, cuando vives en Bangladesh
en particular, o en el sudeste asiático en general, tiene otra
dimensión, parecida a la de los moteros cuando vas por carretera,
o a la de los músicos cuando se encuentran en un lugar donde
no conocen a nadie. Es afinidad por minoría. En Bangladesh hay
alrededor de ciento cincuenta millones de habitantes, nadie lo sabe
a ciencia cierta, no hay censo, hasta el año pasado nadie tenía
carnet de identidad. Españoles residentes somos diez exactamente.
Portugueses sólo hay uno, el Pedro, adorable. Cuando aparece
Dani, la afinidad por minoría es inmediata, si le hace falta
algo se le proporciona y punto, sea un coche, un teléfono, una
copa, un hotel o un riñón. Al español número
once no se le cuestiona nada. Si lo hubiera conocido en, pongamos, Zaragoza,
bueno, hubiera sido distinto…
En Dhaka vivo rodeado de mujeres. Puede parecer paradisíaco,
pero no es el caso. Me he visto cenando una vez acompañado de
veintidós mujeres. Es divertido, ¡pero añoro tanto
una barbita que me pinche al darme un beso en la mejilla! El año
pasado estuvo por aquí Oscar, que ahora está en la franja
de Gaza por cierto y que, si habéis prestado atención,
habréis visto estos días en los telediarios por el rollito
tan intrépido que tienen montado allí los amigos israelíes.
Oscar era mi hombre de compañía, con el que podía
hablar de mujeres y reírme de chistes burros, pero Oscar se fue.
En los pocos días que Dani ha pasado en Dhaka ha desempeñado
un papel similar, aunque ni hemos hablado de mujeres ni hemos contado
chistes burros. Esta vez nos lo llevamos a cenar langosta al Saltz,
donde te puedes pedir una de un kilo por dieciocho euros. Y además
invitó él, je!.
Bangladesh es un país musulmán, el alcohol es ilegal.
Recuerdo al principio de llegar aquí que conseguí un contacto
buenísimo en una casa de masajes thai con final feliz, donde,
además de los masajes, me traían cervezas por encargo.
Con el tiempo encontré varios sitios donde podía comprarlas
simplemente enseñando el pasaporte y ahora, que ya soy mayor,
se las encargo a mis amigos diplomáticos que me las traen a casa
por la mitad de lo que yo pagaba de contrabando. Este contexto es necesario
aclararlo antes de decir que, después del Saltz, nos llevamos
a Dani de cubatas.
Hablar de libros, utilizar palabras que expresan algo más que
el verbo inmediato, reflexionar, interiorizar, aprender, todas esas
oportunidades aporta de pronto el que aparezca fugazmente Dani por aquí.
Tuvimos que convencer al encargado de su hotel para que lo dejaran salir
de noche, incluso tuvo que firmar un papel haciéndose responsable,
por lo que pudiera pasar. Así es el surrealismo asiático.
Inagotable.
Encargo hecho por Cesar, en caerseporlaborda.blogspot.com |