| La máquina bioquímica |
16.12.2010 23:37 18ºC |
| Somos máquinas bioquímicas. Con procesos que no cambian instantaneamente. Disoluciones de sustancias que necesitan de un rato para extenderse, para llegar a los tejidos. Tenemos mucho trabajo y veo a mi compañero A., que trabaja doce o trece horas al día, como yo, que está haciendo anotaciones en una tabla mientras enreda distraídamente los dedos entre sus cabellos. Se levanta de pronto y viene a mi despacho, boss, nos han devuelto dos referencias. Le miro y veo su pelo revuelto, su mirada concentrada, no está pensando en nada más, está haciendo lo que está haciendo. Está guapo. A. trabaja bien, cuando llegue a su casa seguramente tardará un rato en poderse relajar, porque su cerebro habrá dejado de pedirle glucosa a su cuerpo para seguir pensando, pero el cuerpo tarda en reaccionar, tarda en frenar ese aporte dulce y entonces la sensación será la de una pequeña presión en el pecho, como si le sobrara algo, como de hecho así sucede. Cuando, inesperadamente, decido cogerme una tarde libre, mi cuerpo sigue produciendo todo aquello que produce a diario para que pueda hablar con mucha gente distinta, en varios idiomas, para que pueda calcular, planear, numeralizar el mundo en el que me toca vivir. Y siento el exceso de sustancias que no necesito, porque he decidido hacer algo distinto a lo que suelo hacer a diario. Obviamente no voy a tomar ninguna química extra para que compense lo que mi cuerpo está produciendo sólo por inercia. La inercia, en entornos donde existe el rozamiento, siempre termina por disipar calor para llegar al reposo. Es decir, sólo tengo que esperar a que pase el calentón para que llegue la calma. Hoy no he bebido té en el desayuno, estaba muy caliente y, para cuando estaba templado, ya me tenía que ir a la oficina. La oficina hoy estaba cerrada, es el Bijoy Dibosh, el Día de la Victoria, el día en el que los paquistaníes se rindieron a los bangladeshis en el año setenta y uno, hace hoy treinta y nueve años, y Pakistán del Este pasó a ser Bangladesh. Pero yo trabajo mucho, soy un esclavo bien remunerado, y he ido a la oficina, donde no estaba el chico del té, y yo estaba tan ocupado que no se me ha ocurrido ir a la cocina para calentar un poco de agua. La cabeza me ha dolido levemente toda la mañana. El tejido de mi cerebro esperaba algo del té en mi sangre, algo que no le ha llegado como cada mañana y por eso yo he notado el dolor. Quizá fuera una pequeña inflamación, quizá un exceso o una carencia de riego sanguíneo, no sé, la ignorancia como forma de vida. O la casi sabiduría. Somos máquinas bioquímicas. Somos biohazard, peligro
biológico para nosotros mismos. Debemos tratarnos con precaución. |
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| reflexiones al respecto | |
| El placer de dar II |
16.12.2010 20:28 20ºC |
| Dios existe y sabe lo que vale una botella
Johnnie Walker Black Label 12 años en Dhaka. |
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| reflexiones al respecto | |
| El placer de dar |
06.12.2010 00:15 23ºC |
| Yo tenía una botella de whisky güeno.
Un Johnnie Walker Black Label de 12 años. Me la regaló un
amigo la semana pasada. Todavía estaba metida en una bolsa precintada
del aeropuerto de Dubai, o de Kuala Lumpur, o de Singapur, uno de ellos.
Conseguir esa botella en Bangladesh es difícil y caro. La tenía
encima del frigorífico, con bolsa transparente y todo, junto a
las demás bebidas. Y ahí entra en juego mi botella de Johny Walker Black Label de 12 años. Obviamente se la tenía que dar, porque ¿cómo no voy a darle algo a alguien que lo está dando todo? Me dolió deshacerme de la botella, pero qué placer pertenecer al mundo de mi amigo el cura, en el que dar es un acto tan cotidiano, tan agradecido como recibir. |
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| reflexiones al respecto | |