La sensación de los muslos y vivir en una nube

26.02.2012 20:49 10°C

La semana pasada lo hice por casualidad, pero después lo he repetido adrede. En mi oficina nueva no hay servicios dentro del despacho. Hay que salir al pasillo de la sexta planta, bordear el hueco de los cinco ascensores y en el pasillo de enfrente están los servicios. Nunca olvidaré aquél que tenía en Dhaka, en la tercera planta, por cuyo pequeño ventanuco veía un trozo de mundo que, aislado del resto, parecía no pertenecer a Bangladesh, sino a algún paraíso tropical. Las ramas de las palmeras meciéndose al viento y ni un solo cable a la vista.

En estos servicios comunes de la sexta planta no hay ventanucos, sólo unos inodoros y lavabos con fotodiodos que echan agua cuando no estás y cuando estás, respectivamente. La semana pasada salí de la oficina camino de los servicios y noté una sensación extraña en los muslos, ¡no llevaba móviles en los bolsillos! ¡Era como ir en bañador, tener diez años y estar en la playa! ¡Era la libertad! Desde entonces lo hago siempre que puedo. Hoy domingo he bajado a comprar unos helados al McDonalds y he dejado los móviles encima de la mesa. Ya tenemos cinco móviles y sólo somos dos, ¿qué pasará cuando Rosalía empiece a hablar? Tendremos que comprar dos más por lo menos. He bajado los veintisiete pisos en el ascensor notando la levedad en mis muslos. Ya no era solo domingo, era dominguísimo.

Hace un mes y medio que vivimos en Guangzhou y ha salido el sol tres días, no uno, ni dos, ni tres, sino tres. Vivimos constantemente dentro de una nube que asciende durante las noches y vuelve a descender durante el día. Por el gran ventanal del salón de casa, desde el piso veintisiete, se ve un edificio de ochenta plantas, sólo he podido contar de la treinta hacia arriba por las noches, de día desaparece por completo dentro de la nube en la que vivimos.

Los pasillos del edificio están constantemente mojados, como si acabase de llover allí dentro. Los cristales de las ventanas siempre tienen agua y, cuando una gota crece lo suficiente como para mantenerse adherida, se desliza irregularmente hacia abajo dejando un camino de caracol.

Para nosotros, que somos andaluces, que nos hemos criado teniendo que bajar las persianas a mediodía para que no entrase más luz y calor de lo soportable, esto es otro planeta. Esto podría ser Urano, por ejemplo. Y me lo creería a pies juntillas.

De todas formas esto lo considero un entrenamiento, porque en algún momento me gustaría vivir en el círculo polar ártico una temporada. Lo más al norte que se pueda vivir. Allí donde durante seis meses no se pone el sol y durante otros seis es noche eterna.

Ya es de noche. La nube ha subido y por la ventana del salón se ve el Los Ángeles 2019 de Blade Runner.

 
reflexiones al respecto