| La primavera no existe en Bangladesh.
El invierno, seco y frío, deja paso a una especie de otoño
pequeñito, que dura diez días. Las hojas caducas amarillean
y se caen a toda prisa. Menos de una semana después, los árboles
lucen hojas nuevas de color verde plástico y dos semanas después
ya hace un calor infernal de verano andaluz.
La primavera ha durado dos semanas y este calor de verano me recuerda
todos los maravillosos veranos de Chiclana e Isla Cristina. Incluso
antes de que la playa existiera, me recuerda a los veranos de Alcalá,
con las calles desiertas a las cuatro de la tarde, el silencio diurno
de la siesta, donde sólo se oía el ronroneo de los aires
acondicionados y el ruido blanco e inalterable de las chicharras amádemí.
De vez en cuando pasaba algún coche a lo lejos, por la autovía
Sevilla-Málaga. Yo lo veía desde el portal de mi casa,
sentado en el pollete, con los pantalones cortos, sintiendo el frío
del suelo en los muslos.
Todo esto me lo recuerda este verano repentino de Bangladesh a principios
de marzo y me tiene tiernamente emocionado, casi al borde de la lágrima
tontorrona y feliz.
A mi alrededor el tráfico es más intenso que de costumbre,
lo que significa que tardo dos horas y cuarto en recorrer veintisiete
kilómetros en vez de la hora y media habitual que tardo desde
Dhaka a Narayanganj. He visitado un fábrica nueva, una de tantas,
las mismas cajas de cartón industrial, las mismas caritas de
ojos sorprendidos tras las máquinas de coser, todo igual pero
todo distinto porque lo estaba mirando con mis gafas de los veranos
pasados. La fábrica me ha parecido preciosa, me he jartao de
reí con los chavales que me la han enseñado.
Hasta Maga me tiene emocionado con su melancólica armonía
de acordes descendentes sonando en el CD del coche mientras escribo
estas líneas conectado al ciberespacio por medio de un modem
gprs.
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