Una certeza

25.04.2010 01:11 28ºC

Hemos viajado durante veintiuna horas. Cinco de la mañana hora española, en la acera de casa, sacando las maletas y llevándolas al coche mientras caían unas pocas gotas. Trece o catorce grados, sueño, un poco de prisa por no perder el tren. Sin desayunar no puedo estar, pero bueno, la prioridad es llegar al hotel, ya desayunaré después.
Dejo a la G. en su casa para que vaya con su familia a la estación de tren y yo voy al pueblo de al lado a recoger a la mía. Me salto un semáforo solitario y rojo. En ese momento no percibo lo bonita que es la noche en la carretera desierta y mojada pero sé que lo es, me consta, mi interior lo sabe, lo tiene bien aprendido y guardado.
Siete kilómetros y otros diecisiete más hasta la estación de tren. Estas despedidas podrían ser un poco tristes, pero a fuerza de repetirlas ya no lo son. Quizá lloré el primer día que me dejó mi madre en la guardería cuando tenía tres años, el miedo a lo desconocido, pero ya nunca más.
Podría desayunar en la cafetería del AVE, pero estoy a gusto viendo American Gangster en mi portátil, además han puesto enchufes en los asientos y ya no se termina la batería. Son dos horas y media y después un taxi hasta el hotel. Dejamos las maletas y por fin vamos a desayunar, cinco horas después de habernos levantado. Churros, croisants y sándwich mixto con té.
Al día siguiente otro taxi hasta el aeropuerto y un vuelo de seis horas hasta Doha, Qatar. Una hora de pausa en la que vuelvo a desayunar o merendar unas magdalenas tiernas y sabrosas y después otro vuelo de cinco horas hasta Dhaka, Bangladesh. Mientras tanto he visto “La rana y la princesa”, “Sherlock Holmes”, “Crazy heart” y capítulos de Los Simpsons. En la versión sudamericana Homer es Homero!!! :))))) En todo ese tiempo no he podido dormir nada. Cuando sólo quedaban tres horas para llegar he puesto “I, Robot”, porque me encanta quedarme dormido con películas que me gustan y que ya he visto antes. Pero me la he tragado entera.
Ya en casa hemos dormido un rato, desde las seis y media de la mañana hasta las doce. La casa estaba polvorienta en nuestra ausencia. A la una y media hemos ido a comer fuera y a las tres la G. se ha quedado en casa a continuar durmiendo por donde lo había dejado y yo me he dado un paseíto hasta la oficina.
En ese paseo de siete minutos he verbalizado lo que siempre he sabido pero nunca antes había escrito, la certeza de que hasta el último rincón del mundo, físico o espiritual o inventado está repleto de contenido si no tienes otra cosa que hacer que observarlo. Yo iba a la oficina, pero podría no haber ido y extender mis vacaciones una tarde más, los sábados por la tarde hay poca gente trabajando en mi barrio, pocos rickshaws, pocos coches, poca gente andando. De nuevo, como una nota pedal en la melodía de mi vida, vuelvo a recordar La Barrosa, en Chiclana, las tardes de verano, donde sólo se oye el silencio de la siesta, el calor del sol y las chicharras. Donde a veces bajaba al super caminando despacito, como hoy en Dhaka, a buscar unas cervezas, o unos comics para volver al chalet de R. y repantigarme en el sofá a leer hasta que no tuviera otra cosa mejor que hacer que ponerme el bañador para ir a la playa a hacer el cafre o a no hacer nada, como el resto de los días de las vacaciones de verano. La calle por la que bajaba al supermercado estaba abollada donde las raíces habían empujado lenta pero imparables. Recuerdo la corteza descascarillada de los eucaliptos y recuerdo todos los detalles porque no tenía otra cosa que hacer que observarlos, como hoy en Dhaka, en la calle que va desde mi casa a la oficina, donde no había ni casa ni oficina, ni salida ni llegada, sólo el mundo detenido para que yo lo observara. Es en ese mundo en el que quiero vivir, en ése que me da tiempo a observar, Tokio, Dhaka o El Viso, no importa el sitio, sino la actitud interior.

 
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