| Hemos viajado durante veintiuna horas. Cinco
de la mañana hora española, en la acera de casa, sacando
las maletas y llevándolas al coche mientras caían unas pocas
gotas. Trece o catorce grados, sueño, un poco de prisa por no perder
el tren. Sin desayunar no puedo estar, pero bueno, la prioridad es llegar
al hotel, ya desayunaré después.
Dejo a la G. en su casa para que vaya con su familia a la estación
de tren y yo voy al pueblo de al lado a recoger a la mía. Me salto
un semáforo solitario y rojo. En ese momento no percibo lo bonita
que es la noche en la carretera desierta y mojada pero sé que lo
es, me consta, mi interior lo sabe, lo tiene bien aprendido y guardado.
Siete kilómetros y otros diecisiete más hasta la estación
de tren. Estas despedidas podrían ser un poco tristes, pero a fuerza
de repetirlas ya no lo son. Quizá lloré el primer día
que me dejó mi madre en la guardería cuando tenía
tres años, el miedo a lo desconocido, pero ya nunca más.
Podría desayunar en la cafetería del AVE, pero estoy a gusto
viendo American Gangster en mi portátil, además han puesto
enchufes en los asientos y ya no se termina la batería. Son dos
horas y media y después un taxi hasta el hotel. Dejamos las maletas
y por fin vamos a desayunar, cinco horas después de habernos levantado.
Churros, croisants y sándwich mixto con té.
Al día siguiente otro taxi hasta el aeropuerto y un vuelo de seis
horas hasta Doha, Qatar. Una hora de pausa en la que vuelvo a desayunar
o merendar unas magdalenas tiernas y sabrosas y después otro vuelo
de cinco horas hasta Dhaka, Bangladesh. Mientras tanto he visto “La
rana y la princesa”, “Sherlock Holmes”, “Crazy
heart” y capítulos de Los Simpsons. En la versión
sudamericana Homer es Homero!!! :))))) En todo ese tiempo no he podido
dormir nada. Cuando sólo quedaban tres horas para llegar he puesto
“I, Robot”, porque me encanta quedarme dormido con películas
que me gustan y que ya he visto antes. Pero me la he tragado entera.
Ya en casa hemos dormido un rato, desde las seis y media de la mañana
hasta las doce. La casa estaba polvorienta en nuestra ausencia. A la una
y media hemos ido a comer fuera y a las tres la G. se ha quedado en casa
a continuar durmiendo por donde lo había dejado y yo me he dado
un paseíto hasta la oficina.
En ese paseo de siete minutos he verbalizado lo que siempre he sabido
pero nunca antes había escrito, la certeza de que hasta el último
rincón del mundo, físico o espiritual o inventado está
repleto de contenido si no tienes otra cosa que hacer que observarlo.
Yo iba a la oficina, pero podría no haber ido y extender mis vacaciones
una tarde más, los sábados por la tarde hay poca gente trabajando
en mi barrio, pocos rickshaws, pocos coches, poca gente andando. De nuevo,
como una nota pedal en la melodía de mi vida, vuelvo a recordar
La Barrosa, en Chiclana, las tardes de verano, donde sólo se oye
el silencio de la siesta, el calor del sol y las chicharras. Donde a veces
bajaba al super caminando despacito, como hoy en Dhaka, a buscar unas
cervezas, o unos comics para volver al chalet de R. y repantigarme en
el sofá a leer hasta que no tuviera otra cosa mejor que hacer que
ponerme el bañador para ir a la playa a hacer el cafre o a no hacer
nada, como el resto de los días de las vacaciones de verano. La
calle por la que bajaba al supermercado estaba abollada donde las raíces
habían empujado lenta pero imparables. Recuerdo la corteza descascarillada
de los eucaliptos y recuerdo todos los detalles porque no tenía
otra cosa que hacer que observarlos, como hoy en Dhaka, en la calle que
va desde mi casa a la oficina, donde no había ni casa ni oficina,
ni salida ni llegada, sólo el mundo detenido para que yo lo observara.
Es en ese mundo en el que quiero vivir, en ése que me da tiempo
a observar, Tokio, Dhaka o El Viso, no importa el sitio, sino la actitud
interior.
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