| Primeros pasos.
Decidí dejar de llorar cuando contaba tres años de vida,
y es que el momento del nacimiento fue muy duro para mí. Me dio
mucho miedo todo aquello, con tanta gente enmascarada, tanta sangre, tanto
llanto. Tanto es así que no paré hasta el día de
mi tercer aniversario.
Ese día hubo un silencio sideral en toda la casa. Mis padres bailaron
una jota, emocionados, y yo no pude más que sonreír ante
aquella muestra de folclore improvisado. Hemos de tener en cuenta que
soy sevillano, y lo normal hubiera sido bailar una sevillana, digo yo...
Soy un miedoso, es cierto, todo me da pánico. Cierto día
del verano de 1978, cuando contaba la tierna edad de siete añitos,
me regalaron mi primera bicicleta. Fue un error. Me daba miedo hasta el
sonido del timbre. Y no digamos la altura a la que tenía que estar
sometido en el sillín. Mi padre, como todos los padres de la época,
abogaba por el método de enseñanza de conducir por cojones,
y esto último consistía en soltarme de buenas a primeras,
con alevosía y nocturnidad y sin avisar que iba a dejar de controlar
mi equilibrio. Tuve un auténtico ataque de pánico, de miles
que llevo hasta el día de hoy. Grité tanto que me quedé
afónico en treinta segundos. Y me metí una ostia contra
una farola que para qué. Parar, paré, pero de forma muy
lastimera. Tiritaba de miedo y rabia. Menos mal que mi madre, previsora
y conocedora de mi cobardía, me había cubierto por entero
de esos plásticos que sirven para embalar objetos delicados, de
esos que tienen pompitas de aire que, una vez probado, no puedes parar
de explotar. Yo no lo hacía (explotar pompitas) porque me daba
miedo que una estallara más fuerte de la cuenta.
El choque fue de lo más surrealista. Yo intentaba gritar, pero
estaba afónico como acabo de relatar, y al chocar contra aquella
dura farola se produjeron cientos de estallidos, de las pompitas, que
le dieron ese toque rayuelesco a la situación.
La bicicleta estuvo guardada muchos años en el trastero de casa,
hasta que un día, mi madre con la neura del espacio vital, se la
dio a un niño que me caía fatal. Mi intento por recuperarla,
el ruego de rodillas a mi padre y la consiguiente llantera que duró
todo un fin de semana, no dieron resultados. Contaba entonces la tierna
edad de dieciséis añitos.
Parvulitos.
Mirando hacia atrás recuerdo perfectamente el día que mi
madre decidió que ya era hora de que empezara mi vida académica
y me metió en la guardería. Lo hizo para bien de mi futuro
y para poder desconectar las alarmas que teníamos instaladas en
toda la casa debido a mi pavor a que entrara un ladrón, un ratón,
una mosca o el mismo demonio. Así que ella pensó que lo
mejor para mi sería que me relacionara con gente para variar, y
que de camino me espabilara un poco. Mujer cruel. Como a parte de claustrofobia
(superada por cojones, ya que no salía a la puerta de la calle
ni para comprarme los aricuquis), tenia agorafobia, salir a la calle fue
un trauma que aún sigo pagando a mi psiquiatra.
Entonces tenia cuatro añitos y era más inocente que un cubo
de cáscaras, pero pusilánime y cobardica como hasta la fecha,
y llegar hasta la puerta de la guardería fue todo un espectáculo.
Como no paraba de berrear y patalear, la gente animaba a mi madre a arrearme
un buen par de bofetadas y alguno incluso iba más lejos y pedía
directa y encarecidamente el degüello. Por Dios, qué bochorno
fue para mamá... Total, que viendo que la gente no pararía
de corear y hacer la ola a nuestro paso, me pegó una colleja que
me tiró de boca al suelo. Inmediatamente reaccioné a tan
alentadora muestra de autoridad, y , pensando en que podían caer
varias más y, sobre todo, viendo el cuchillo que le ofrecía
aquél desalmado que abogaba por cortarme el gañote, decidí
ponerme en pie como un machote y coger la mano que tenía libre
mi madre (realmente astuto por mi parte), y dirigirme con lo poco que
me quedaba de dignidad hacia la entrada del parvulario.
Dicen que los perros pueden oler el miedo. Los perros y el centenar de
mocosos y mocosas que allí había Claro que tampoco ayudó
el hecho de que fuera de la mano de mi profesora hasta mi pupitre, con
más mala cara que un muñeco quemao y con dos velas de mocos
a resultas del guantazo que me arreó la que me trajo al mundo.
Se estuvieron metiendo conmigo dos años seguidos. No faltaban ni
un solo día a la cita los puñeteros. La que me tenía
totalmente acojonado era una niña preciosa pero de dudosa bondad.
Más bien la tía era perversa de nacimiento. Me traía
por la calle de la amargura, y aprovechando que además era mi vecina,
me arreaba escobazos y me tiraba escupitajos cada vez que tenía
oportunidad.
Un buen día decidí que eso no podía seguir así
y puse las cosas en su sitio. Plantar cara. Me puse un casco, unas rodilleras
y unas coderas para los escobazos y unas gafas de buzo para los esputos.
Tenía una pinta totalmente ridícula, pero resultaba de lo
más práctico. Ya no me importaba que se metieran conmigo,
ya que iba preparado para cualquier altercado que pudieran maquinar los
hijos de sus madres.
Mascota.
El verano siguiente mi padre trajo una mascota a casa. Un perro. Era
enorme y claro, yo tenía mucho miedo del chucho. Pensar en un bocado
de aquellas tremendas fauces era pavoroso, así que devolvieron
el caniche y compraron una tortuga. La cambiaron por otra más pequeña
después de que yo me subiera al armario (y eso que tengo pánico
a las alturas), y aquella duró más en casa que una telenovela
venezolana. Me acostumbré a su presencia entre las macetas, casi
inactiva todo el santo día e incluso le cogí cierto prudente
cariño. Jamás me acercaba a ella a menos de dos metros por
si se lanzaba a mi cuello.¡Yo qué sabía! Era un bicho
salvaje, ¿No?
Después de eso, mi padre, confiado en lo heroico de mi esfuerzo
con el reptil, compró dos canarios y un gatito. Fatalidad. Los
canarios tenían un pase porque estaban entre rejas y no podían
hacerme nada (aunque me miraban con mala cara), pero el gatito...
Mi padre, para desconsuelo mío, quería que acariciara al
gato de los huevos y tanto empeño puso que, tras atarme a una silla,
acercó el felino a mi cara para que lo pudiera observar con detenimiento
y comprendiera que aquella criaturita no podría hacerme ningún
mal. Me cruzó la cara, claro. Mi casa se puso en Defcon 2 al momento.
Tras recuperar el sentido y comprobar que estaba allí toda la familia,
recuperé la confianza. Por lo visto sufrí convulsiones,
eché espumarajos blancos por la boca y, cual niña del exorcista,
me cagué en los muertos de todo Dios
Lo de la niña del exorcista lo sé porque una vez me contaron,
no con mi consentimiento expreso, la película. Por lo visto era
una niña que le cogía la gripe y se ponía muy malita
en la cama, o algo de eso...
A mi aquello me acojonó porque soy un hipocondríaco de la
leche, claro. Pero bueno, el gato, que se me va el hilo narrativo.
Por supuesto el gato duró en mi casa menos que una loncha de jamón
serrano. Fue visto y no visto. Ahora gato, ahora no. Mi padre, confuso
por la situación de marras, lo lanzó por el balcón,
y teniendo en cuenta que vivíamos en un quinto, no hubo que lamentar
bajas. El puñetero gato fue a caer en la cabeza de mi vecino del
cuarto, que en ese momento asomaba la testuz, alertado por la sarta de
insultos mal sonantes que provenían en primer termino de mi boca
y luego de mi casa. Creo que se quedó con el gatito. Yo desde luego,
no lo volví a ver.
Hipocondría.
Dejemos de lado aquella época aciaga y sigamos con el relato de
mi cobardía. He de reconocer, como he dicho antes que soy un hipocondríaco.
Mucho. Lo tengo todo y, claro, se me va una pasta en potingues, ungüentos
y pastillas de todos los colores. Inyecciones no, que me dan grima. Una
vez creí que tenía salmonelosis porque me comí una
acedía. Claro, yo escuchaba campanas pero no tenía ni idea
de lo que era aquello. Sólo lo había escuchado por televisión.
Peor me puse con lo del aceite de colza. Sufría espasmos cada vez
que desayunaba mi tostada con aceite y azúcar.
Ni que decir tiene que me pasaba medio curso escolar en la cama, padeciendo
enfermedades de las que ni siquiera sabía los síntomas,
sintiendo lastimita de mi, pero felizmente acurrucado en la cama. Si es
que soy un cobarde, hombre. Con tal de no enfrentarme al mundo, me dolía
hasta el conducto semicircular posterior del oído interno.
Las cosas iban de esa guisa pero mis padres, bajo asesoramiento profesional,
decidieron por mi, que se acabó el cuento, ea. Me dieron a elegir
entre un par de collejas en la nuca o mi recuperación milagrosa
de la lepra. Decidí que la lepra podría esperar. Mi salud
mejoró una barbaridad y pude continuar con el parvulario sin más
contratiempos.
De la escuela.
Debo confesar que la primera vez que pisé ese sagrado lugar, cuna
de toda cultura y conocimiento, es decir, el colegio, lloré desconsoladamente.
Y no por falta de experiencia en esas lides, puesto que contaba con la
veteranía acumulada en la guardería. Y aunque la cosa no
estuvo mal, tampoco se puede decir que aprendiéramos una barbaridad,
ya que más allá de ponernos perdidos de tiza, plastilina
y mocos, no hicimos nada que fuera digno de mención.
A lo que iba. Lloré desconsoladamente porque allí había
demasiada gente para mi gusto espartano y esquivo.
Alumnos de todas las edades pululaban como Pedro por su casa en aquel
lugar desconocido para mi. Profesores altos, bajos, gordos, flacos, guapos
y feos intentaban organizar el caos del que formaba yo parte.
Nos hicieron ponernos en fila, como borregos en la puerta del matadero,
y fueron llamándonos por cursos para que nos dirigiéramos
a nuestras respectivas aulas.
Armarios aglomerados de color verde pálido, cartulinas de colores
chillones, una gran pizarra, foto de sus majestades los reyes del mundo,
sillas destartaladas y mesitas de aglomerado con soportes para la maleta.
Eso era todo, a excepción de la mesa del profesor que era mucho
más grande y cómoda que las nuestras, dónde va a
parar...
Ese primer día me lo pasé llorando con la cabeza escondida
entre los brazos – síntoma inequívoco de que aquello
a mi, no me hacia mucha gracia- y no puedo comprender cómo el resto
de los compañeros podían hacer otra cosa que no fuera llorar
a moco tendido como yo.
Desde el primer día se fue sentando la base de lo que después
llamaremos sociedad, y cada alumno, dado su sexo, credo y forma de ser,
fue adoptando su papel dentro de la clase.
Estaba el indócil, el pelota, el que dibujaba bien, el listo, la
guapa, el gallina (yo) y un sin fin de papeles repartidos gracias al talento
paterno y los genes.
Sea como fuere y una vez pasado el proceso de adaptación, las cosas
tomaron un rumbo bien distinto del que yo, temeroso de todo, esperaba.
Hizo el profesor que nos sentáramos por orden de apellidos, pero
siempre niño y niña, que era una escuela pública
y estábamos en los albores de la democracia, Europa y todo el rollo
patatero.
A mi me tocó en suerte una compañera que brillaba por su
silencio. Nunca supe qué decirle más allá de déjame
el sacapuntas o pásame la goma de borrar. Y eso que fueron ocho
años a su lado.
Tuvo más suerte otro alumno que le tocó sentarse al lado
de María, la niña más bonita de la clase, inteligente
y trabajadora, de la que yo, por supuesto, estaba profundamente enamorado.
Aunque yo era un niño muy enamoradizo y cada curso me enamoraba
de una distinta.
Fueron transcurriendo así cursos, profesores, ánimos y expectativas
de futuro incierto. Lo que no cambiaba nunca éramos los maromos
y maromas que allí crecíamos.
Crecer. Inevitablemente crecíamos físicamente y eso supuso
un cambio drástico en la forma de entenderlo todo. Ya no prestábamos
tanto interés por balones, bicicletas o patines, no, ahora la cosa
trataba de hormonas.
Hormonas en plena ebullición, intransigentes y tiranas, que hacían
que pasáramos todo el santo día calientes como estufas,
y eso era un problema. Dado que la mayor parte del día lo pasabas
en chándal, y además pensando en curvas y geometrías
sin aristas, como dice la canción, era, como digo una situación
muy incómoda que de repente te sacaran a la pizarra a resolver
un problema de matemáticas.
La cosa se ponía más interesante en clase de educación
física, claro, y no era por pegar absurdos saltitos en una colchoneta,
o dejarse los cuernos tras saltar el potro de los cojones o subir por
una cuerda llena de nudos hasta el techo.
No, no era por todo ese exagerado desgaste muscular, sino por el hormonal.
Curvas arriba y abajo, obedeciendo a la gravedad, risas y roces, alegría
de vivir y muchas ganas de sobeo.
Gimnasio.
En este punto comenzó uno de los capítulos más escabrosos
de mi infancia. Y fue culpa de la clase de gimnasia, las hormonas y María.
Oh, Maria...
Me dirigía un buen día a practicar lo que se había
convertido en mi ocupación preferida, que era el espionaje puro
y duro, rastrero y baboso de las niñas en el gimnasio, y cual fue
mi sorpresa al descubrir que estaba allí María. Oh, diosa
griega en chándal, cándida inocencia inmaculada... Lo malo
es que tenía compañía.
El chulo perdonavidas que la acompañaba era el indócil de
la clase, un matón pendenciero y vil... Oh, María, ¿Qué
demonios hacías allí con ese escarabajo pelotero? Creo que
no hace falta que conteste a una pregunta tan gilipollas.
Nunca entenderé a las mujeres, y que yo sepa ningún varón
las ha comprendido nunca ni lo hará jamás.
La imagen de mi amada en brazos de aquella cucaracha me dejó destrozado.
Estaba yo en la más absoluta desolación y ajeno al resto
del mundo cuando descubrí que era de noche. De noche cerrada. Como
cerrado estaba el gimnasio que tanto placer y dolor me había proporcionado.
Me pegué una nochecita que para qué...
Totalmente acojonado en aquel lúgubre lugar, viendo sombras donde
no las había y no viendo bancos, pelotas y demás enseres
propios del lugar, donde los había y cayéndome de boca cada
tres pasos.
Sea por el estruendo que formaba entre caídas o por el desesperado
llanto que emitía a toda potencia pulmonar, vino a socorrerme Ángel,
el guarda.
Mi ángel de la guarda, pensé. Aunque siempre lo imaginé
de tirabuzones rubios, alado y con espada de fuego o algo, pero qué
va. Era un ex guardia civil, malencarado y con muy mala leche. En fin,
la realidad siempre es así.
Cuando aquel individuo entró en el gimnasio, lo primero que hizo
fue pegarme un escobonzazo en las costillas, por si las moscas y luego,
no contento con haberme quitado el resuello, me cogió por una oreja
y empezó a propinarme puntapiés -imposibles de esquivar-
y así me sacó del pabellón.
Acto seguido me llevó a su caseta, me sentó en una silla
y, antes de llamar por teléfono a mi madre – que seguro ya
había denunciado mi secuestro a todos los cuerpos especiales del
país- me dijo:
Niñiiio, como te menees te hago lo que les hacía a los mierdas
en el cuartelillo, ¿Estamos?
Un silencio absoluto se apoderó de la salita en la que me encontraba,
claro. Yo no me atrevía ni a respirar y hasta las moscas interrumpieron
su vuelo porculero.
Su voz grave retumbaba y acojonaba mucho:
Señiiora, que venga a recoger a su hijo, sí, que me lo he
encontrao en el gimnasio a saber haciendo qué. Y se me da prisa
que tengo que sacar la basura, ¿Estamos?
Después de este desgraciado encuentro con aquel funesto personaje,
me volví ateo –ni ángel de la guarda ni pollas en
vinagre-, me endurecí a base de sopapos que tuvieron muy bien en
arrearme mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y un señor
que pasaba por allí, y decidí no volver a espiar de forma
tan lamentable a nadie más. A partir de ahora iba a ir bien equipado,
me convertiría en todo un profesional, sin escrúpulos, sin
sentimientos, duro como un adoquín y frío como los pies
de una mujer. Es que mi voyeurismo era patológico y patético...
Amores imborrables.
Corría el año 1983, cuando mis compañeros de clase
y a su vez compañeros de salida los sábados por la tarde,
decidieron buscarme una pareja.
Era una niña fea, canija y recta como un escobón. No recuerdo,
ni quiero recordar, su nombre, pero seguro que era muy apropiado para
aquél elemento.
Las salidas al centro del pueblo consistían en lo siguiente: los
niños quedábamos en una plazoleta –la típica
plazoleta de barrio, con cuatro arbolitos raquíticos y dos bancos
de cemento destrozados- a esperar a las niñas.
Todas ellas más o menos guapas, más o menos desarrolladas,
excepto la fregona que me habían encajado, claro.
Una vez cubierta esta primera etapa, cada uno cogía de la mano
a su parejita –excepto yo, que disimulaba su presencia como podía-
y nos dirigíamos al centro del pueblo. Allí nos comprábamos
un helado, nos sentábamos y esperábamos a que fuera la hora
de entrar en el cine. Mientras tanto no recuerdo muy bien qué diablos
hacíamos, pero imagínense a una panda de diez o veinte niñatos
con las hormonas revolucionadas. Seguro que de arte no hablábamos.
La hora del cine era un momento crítico para mí. La temía
por razones obvias: entrar en la sala del cine era la excusa perfecta
para dar rienda suelta a esa inagotable imaginación calenturienta,
para algunos y para atiborrarse de quicos, sugus, avellanas, chimos y
palitos salados, otros.
Mi estrategia consistía en esto último. Mientras el palo
de escoba tragara, no intentaría meterme mano, y yo mientras me
dejaba llevar por las increíbles historias que se desarrollaban
en la pantalla.
Después del cine –satisfechos todos a su manera- nos dirigíamos
a la iglesia. No me pregunten el por qué, porque aún me
lo pregunto yo. Las niñas se metían dentro y los niños
nos quedábamos fuera.
Supongo que irían a confesarse o algo. La verdad es que sigue siendo
un misterio. Reitero aquello de que son incomprensibles.
A la salida del templo, y con cara de no haber roto jamás un plato,
el tropel de mujercitas se encaminaba hacia el próximo destino:
las respectivas casas.
Cada niño se despedía de sus parejas a su estilo, que casi
siempre consistía en un último sobe en el portal de la casa,
a excepción de quien les narra, que consistía en un “ea”
y un movimiento sutil de la cabeza indicando dónde tenía
la puerta de su casa.
Sólo fueron dos sábados, pero suficientes para mí
y para cualquiera. Desde entonces me lo tomé con más calma
eso de las novias y sólo he tenido cincuenta y tres parejas.
Otro día le relataré mis problemas con las drogas y con
el trabajo, pero eso, otro día. Ahora aprovechando que estoy parado,
voy a tomarme un copazo y fumarme algo gracioso.
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