| Soy un hilo en un telar |
RELATO de Paco Pérez |
| A veces pienso en esa telaraña entrecruzada que Richard Bach describía en ‘Puente al infinito’. Todavía me pregunto qué une determinados sucesos con otros aparentemente inconexos. La semana pasada soñé por dos veces que un avión de pasajeros se estrellaba en el agua. Estaba comiendo en lo que sentía que era el salón de mi ca-sa con otras tres personas. La mesa era bonita, sólida, de madera pesada, rectangular. Junto a la mesa, a mi izquierda, sustituyendo lo que sería un tabique del salón, una gran cristalera permitía ver el lago, la otra orilla e incluso el paisaje más allá, montañas al fondo. Vimos cómo un enorme avión de pasajeros iniciaba el poderoso despegue sobrevolando la orilla opuesta. No oíamos ningún ruido. De pronto el avión empezó a perder altura, aún con el morro levantado veíamos con estupor cómo la cola bajaba peligrosamente hasta tocar la superficie del lago. Ese contacto desencadenó la catástrofe, que por sus dimensiones parecía suceder a cámara lenta. En cuanto la cola rozó el agua el morro fue bajando hasta que toda la panza del avión se desplazaba levantando por los lados grandes espumaradas y balanceándose torpemente como un animal lanzado a un terreno que no es su elemento natural. Las alas se desprendieron a trozos levantando columnas de agua espumosa. Como el avión no había dejado de avanzar ni siquiera después de amerizar tan violentamente alcanzó la tierra de la orilla opuesta a donde nos encontrábamos anonadados. Entonces me percaté de la gasolinera (Cepsa), el avión le pasaría de través. Por esos misterios irresolubles que para mí tienen los sueños, en los últimos momentos del siniestro el avión se me aparece con el morro hacia la izquierda en vez de hacia la derecha, que era la dirección original que tenía al despegar, de izquierda a derecha, ya en esa situación el cuerpo del avión se quiebra en cuatro o cinco grandes trozos de los que salen despedidos por doquier pasajeros, asientos, trapos, ropas y un millar de objetos indistinguibles por la distancia a la que sucede. Sí puedo ver con toda claridad las piernas colgando de los asientos de una fila de pasajeros que está justo al borde de uno de los fragmentos cilíndricos del avión, como si fueran los participantes de una atracción de feria tipo Dragon Khan o Jaguar. En mi alteración intuyo que a poco que observe veré trozos humanos saltar en pedazos. Esta cumbre macabra del sueño hace que me despierte sobresaltado. Este sueño lo tuve dos noches consecutivas, quizá la segunda fue menos nítida que la primera, pero era el mismo sueño. Observo lo siguiente: era una pesadilla; me agitó la sensación, ya conocida, de que además de pesadilla encerraba vaticinio; las tres personas que comían conmigo eran gente amiga pero desconocidas; la mesa sé que la tengo vista de algún sitio muy muy familiar y, a pesar de que intuyo que es importante, no consigo recordar qué mesa es; el día antes del primer sueño estuve un buen rato jugando con un simulador de vuelo y uno de los aviones que estrellé varias veces fue un Boeing 737-400; mi novia trabajaba el año pasado en una gasolinera Cepsa que fue significativa para ella por los amigos y la experiencia vivida. Dos días después de la segunda pesadilla un Boeing 767 despegó de Nueva York rumbo a El Cairo y cuando se encontraba a diez mil metros de altitud, todavía cerca de la Costa Este norteamericana, cayó en picado y en dos minutos se estrelló en el Océano Atlántico, murieron 217 personas. Oír esta noticia en el telediario me dejó helado. Las dos historias siguientes tienen para mí la misma ignota cualidad de relacionar hechos que parecen aislados. Una de las historias es inventada, la otra, desgraciadamente, no. Algo en mi interior quedó sobrecogido la primera vez que oí hablar del ‘efecto mariposa’, una mariposa mueve las alas en un jardín de un parque de California, pongamos, y en ese momento estalla la nebulosa de Orión. Historia 1 (ficticia) Historia 2 (real) Un hermoso y gigantesco tigre de bengala se paseaba parsimoniosamente por el interior de un local de oficinas en obras. Dentro del local se estaban instalando parabanes, tabiques prefabricados de madera y poliéster, el suelo estaba sucio de cemento y cal. El tigre se dirigía hacia una puerta situada en algún lugar del local. La puerta en sí no era una puerta sino sólo un marco de puerta hecho de electricidad pura, nada de madera, nada de metal, de ningún tipo de material. Yo estaba al otro la-do de la puerta intentando avisar al tigre, de alguna forma, de que traspasarla significaba su muerte. Él avanzaba lento e inexorable. En otro lugar del local, un tío mío, hermano de mi pa-dre, estaba echado en el suelo hurgando con unos destornilladores en los magnetos que controlaban la electricidad del local con la intención, supongo, de desconectar la puerta mortífera. Mi tía, de pie a su lado, le observaba extremadamente preocupada por lo peligroso de hurgar en semejante rincón eléctrico. Lo previsible sucedió, mi tío equivocó el gesto con un destornillador y miles de voltios le traspasaron fulminándolo horriblemente, la cara desencajada los ojos colgando de sus órbitas... En ese instante me desperté con la consigna de no olvidar, no
olvidar. Ante la falta de respuestas, mi imaginación fabrica un Universo en el que una parte, aquella que contiene las relaciones entre todas las demás partes, nos es invisible, imperceptible, aunque con la cantidad de gente que hay preguntándose por qué, cada día creo que es menos invisible y menos imperceptible. |
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| reflexiones al respecto | |