| <Sin título> |
RELATO de Chumy |
| ¿De día o de noche?, me resultaría difícil de determinar, todo transcurrió bajo techo, un techo exageradamente plano que se perdía en todas las latitudes más allá de donde eran capaz de divisar mis ojos, no importaban las montañas, los árboles, esas raras construcciones rugosas, porosas y granates claro, ni tan siquiera mi padre que me sacaba una cabeza, no importaba donde me pusiese, juraría que alzando la mano y poniéndome de puntillas hasta forzar el tirón muscular sería capaz de tocarlo, pero nada ni nadie lo rozaba tan siquiera y todo estaba de él a la misma escalofriante distancia, eso me daba miedo, plano y horizontal como a nivel, no había paredes, ni pilares, ni nada de nada que lo sujetase. Conducía un vehículo, un coche, recuerdo estar muy cómodo relajado en el asiento, un sillón de orejas de la casa de alguien en la que alguna vez he estado y allí frente a la palanca de cambios toda esa gente -¿como cabían?- con sus instrumentos y la mesota con aquellos ceniceros desbordados de colillas que consumían al presentador, con mesa de mezclas y demás bártulos con técnico de sonido y todo, eran más altos de lo que parecían en los otros programas, pero yo estaba solo, no contaban, era la radio. Sí es cierto que corría, mas no veía por qué no hacerlo, siempre estuve allí, un solo carril sin señalización, sin posibilidad de cambiar físicamente el sentido de la marcha, lo justo para circular y lo hacía en esa dirección, simplemente avanzaba, ¿Qué?, ¿Cómo?, ¿Quién? o yo qué coño sé, se tomo las molestias de rodearme de ese caprichoso escenario, de crear para mí tales circunstancias, yo no sé, antes de mí para mí no había nada, con todo lo que conlleva, es así que lo hacía, tantas molestias eran para algo, bueno, malo, pero sin azar, calculado con un final previamente escrito al que yo no daría vuelco alguno, tenía prisa por saber cómo acabaría, además la carretera era recta, recta hasta que al fondo se acercaba una curva que no me forzó a disminuir la velocidad, el frenazo vino de sopetón y provocado por aquella avestruz, Dios con qué claridad la dibuja mi mente, su plumaje era el de un buitre leonado, marrones, grises oscuros y blancos sucios y sus patas hinchadas como las de una mujer mayor se quebraron salvajemente, no había sangre derramada sin embargo grandes bolsas de ella le pendían a la altura de los tobillos semejando las ubres de una vaca, pero su rostro ya traía pánico, pavor y no pareció sorprenderle el brutal accidente, el espejo retrovisor me enseño horrorizado el ave, solo el tronco un trozo de cuello y por otro lado el final de sus extremidades inferiores con aquella piel dura inflada a forma de globo llena de eso, sangre. Giré rápidamente la cabeza asomándola por la, bueno no, no había puerta, tampoco ventanilla, me asomé y la vi, estaba entera, nada amputado, era el espejo el roto, se intentaba incorporar con las rodillas y tambaleando de ahí hacia arriba el resto de su cuerpo, arrastrando los tobillos por el asfalto rasgó la piel de aquellas bolsas repentinas y toda aquella sangre formó un charco y pequeñas avestruces, crías, se asfixiaban en contacto con la atmósfera. Sus ojos no entendían lo que pasaba y cuando sus rodillas partidas flaquearon astilladas quiso huir reptando con la cabeza, bruscos movimientos de largo cuello y ayudado por las alas, era inútil, apenas unos pocos metros. Los míos, mis ojos inundados de impotencia y amargura y mi conciencia peleando un conflicto, el creado en mi mente que pedía acabar con aquel sufrimiento tan enorme por un lado y por otro no intervenir más en su destino, Javi decía que rematarlo era cruel a menos que tuvieras instrumentos y técnica de cómo hacerlo, podría sufrir más aún, yo no lo creo-¿más sufrimiento existe? y Mario, el veterinario, dejaría actuar la naturaleza aunque era consciente de que la naturaleza no entendía de carreteras ni vehículos. No intervine más, cobardemente proseguí la marcha, continué girando aquella curva y a su término lo comprendí todo... |
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