| La primera vez que me confundieron con Paul
McCartney fue en el otoño de 1962. Él acababa de publicar
con The Beatles su primer single, Love me do. Por mi parte, yo ya llevaba
varios meses trabajando en la tienda de electrodomésticos de mi
tío. Un buen día, en el camino de vuelta a casa desde el
trabajo una joven de unos diecisiete años se me quedó mirando
muy fíjamente. Mi primera reacción fue pararme y mirarla
con la misma atención pues supuse que si me observaba de esa manera
tal vez nos conociésemos. De repente, ella esbozó una sonrisa
que interpreté como una confirmación de su sospecha y acto
seguido, se avalanzó sobre mí. Mis continuos fracasos con
las mujeres hicieron que no pusiera yo obstáculo alguno a su efusividad
y que la abrazase como habitualmente las chicas no me dejaban. Para cuando
empezó a besuquearme, yo ya había abandonado la tarea de
localizar en mi memoria a mi repentina conquista. Por si me quedaba alguna
duda de que aquella muchacha estaba en un lamentable error, ésta
desapareció por completo cuando comenzó a gritar: “¡Paul!
¡Paul! “ Ni me inmuté. Mi orgullo si lo notó
un poco más, pero en cualquier caso merecía la pena. En
la mayoría de las ocasiones la humillación era aún
mayor y no era yo ni de lejos besado y manoseado de aquella manera. Pero
claro, poco dura la felicidad en la casa del pobre. Mi San Martín
particular fue la señora Helen Clodish, una cliente habitual. Al
verme en una actitud tan poco de recibo, como ella la definió,
no dudo en reprenderme, en azotarme con su bolso y, por supuesto, en pronunciar
mi nombre a voces: “¡Billy!“
Disuelta la indecencia, la señora Clodish abandonó la escena
del crimen con aire de orgullo por el deber cumplido y dejándome
a mí a solas con aquella chica y con una mentira al descubierto.
A pesar de ser yo experto en calabazas y similares, aquella situación
no la había vivido antes. Decidí entonces aguantar el chaparrón
y recrearme, antes de que desaparecieran, en la contemplación de
aquellos labios que yo acababa de saborear. Para mi sorpresa, cuando volví
a mirarla descubrí en su cara un gesto más cercano a la
incredulidad y a la duda que al enfado o al resentimiento. “¿Eres
Paul?“, me preguntó. Seguir con la farsa me pareció
cruel. Muchas veces había sido yo humillado sin piedad, pero entendí
que aquella muchacha, que no me regateó un ápice de su cariño,
no debía ser objetivo de mi venganza. “No, no soy ese tal
Paul. Soy un caradura llamado William Campbell. Billy, si quieres.”
Mi confesión no pareció sacarla del estado de shock en el
que entró al verme. “¿No eres Paul McCartney?”,
insistió. Por aquel entonces mi relación con The Beatles
se limitaba al par de veces que había escuchado Love me do por
la radio, por lo que aquel nombre no me dijo nada. La chica entonces me
contó quién era Paul McCartney y que éramos dos gotas
de agua. A duras penas conseguí convencerla de que no era quien
ella deseaba, que no es que se me hubiese subido la fama a la cabeza y
pretendiese escurrir el bulto, que mi mayor logro musical hasta el momento
había sido vender dos radios en el mismo día.
En días sucesivos, confusiones como ésta se fueron convirtiendo
en habituales. Yo seguía la corriente o no según me interesase,
aprovechándome de fama ajena. Llegó un momento en que me
vi carente de recursos para sostener mi patraña, es decir, concluí
que si quería ligar vía Paul McCartney no me llegaba con
saber que era uno de los componentes de un grupo musical llamado The Beatles.
Por tanto, no dudé en comprar el single, recopilar todo recorte
de prensa por irrelevante que pudiera parecer y escuchar todo programa
de radio que, aunque fuera de pasada, mencionara a mi clon. Siguiendo
el plan, una mañana me ausenté un rato del trabajo para
ir a la tienda de discos de Frankie Adams. Fue allí donde entendí
toda la retahíla de confusiones que me venía persiguiendo,
donde tomé conciencia de “El milagro de los peces y los McCartneys”,
como lo bautizaría John Lennon años más tarde. Mirar
la portada y mirarme a mí mismo era como esos pasatiempos en los
que tienes que descubrir siete errores. Volví apresuradamente al
trabajo para poder examinar con tranquilidad la portada en la trastienda.
Una vez de vuelta, no tardé en encontrar matices distintivos. En
principio me decepcionaron tales diferencias pero las terminé juzgando
como positivas pues me daban argumentos cuando no me interesase la confusión.
En tales casos, solía hacer notar mi cicatriz en el labio superior,
mi nariz más respingona o mi frente más ancha. De todas
manera, intuí (acertadamente) que mi vida iba a experimentar un
cambio radical, sobre todo en lo referente a mi relación con el
sexo opuesto.
*
Mi éxito con las mujeres fue creciendo de forma proporcional a
la fama y reputación de The Beatles. Llegó un momento en
que incluso tuve que cambiar el trabajo en la tienda por otro que pudiera
ejercer sin estar de cara al público, ya que corría el riesgo
de ser reconocido mientras suplantaba a Paul McCartney. Pero mi éxito
iba inexorablemente acompañado del suplicio que era para mí
escuchar todas y cada una de las canciones del grupo. Algunas de ellas
incluso las memorizaba y las cantaba para consolidar mi mentira. También
aprendí a tocar un poco la guitarra. Empezé tocándola
con la derecha hasta que una tarde una chica me descubrió y me
informó de que Paul era zurdo, así que tuve que aprender
a tocar con la izquierda. Al principio, todo aquello me divertía
y realmente merecía la pena, pero con el paso del tiempo se convirtió
en una estúpida obligación autoimpuesta que no resultaba
tan entretenida. Todas las chicas de Darlington y la mayoría de
las del condado conocían ya a “Peter McCarthy, el falso beatle”,
por lo que mi parecido con Paul McCartney terminó siendo motivo
de mofa. En ese punto, decidí ampliar horizontes y objetivos. Resolví
trasladarme a Londres, donde nadie me identificaría, y utilizar
mi parecido no sólo para ligar los fines de semana. Cansado de
tararear las mismas canciones a una chica tras otra y de ser en ocasiones
objetivo de burla me propuse ser yo quien tomara el pelo a los demás.
En Londres asistiría a fiestas y exposiciones haciéndome
pasar por Paul McCartney, firmaría autógrafos y, por supuesto,
seguiría ligando todo lo que pudiera.
Con ese plan en mente, a finales de 1964 entré a trabajar en un
almacén de muebles a las afueras de Londres y alquilé un
ático cerca de Hyde Park. Hasta las seis cargaba y descargaba aparadores,
mesitas de noche y demás mobiliario doméstico. Una vez en
casa, cenaba, me duchaba y me transformaba en quien no era sobre las ocho
y media. Aprovechaba los ratos libres para seguir estando al tanto de
todo lo relacionado con Paul y su grupo. También a veces tocaba
la guitarra, pero lo hacía más por afición que para
hacer verosímil mi montaje. De hecho, solía tocar canciones
de The Animals o de The Rollings Stones en lugar de canciones de The Beatles.
Hacia las nueve menos cuarto, salía de casa en dirección
algunos de los clubs de moda como el Ad Lib, el Talk of the Town o el
Blue Angel. Procuraba llegar temprano para poder controlar a todos los
clientes y desaparecer en caso de que entrara Paul McCartney u otro miembro
de The Beatles. En ocasiones, llegaba incluso a engañar a amigos
del propio Paul, como la noche que confesé mis problemas de hemorroides
a Pete Townshend o la vez que me insinué a Keith Richards. Una
noche conocí a una fotógrafa americana de la revista Rolling
Stones llamada Linda Eastman. Al principio, temí que advirtiera
mi falsa identidad pues veía en ella cierta actitud reticente,
pero a medida que charlábamos me fui sintiendo cada vez más
a gusto con ella. Cuando nos despedimos me invitó a una exposición
suya que una galería londinense había organizado y que era
el motivo por el cual se encontraba en Inglaterra. A la mañana
siguiente, me levanté ansioso por volver a verla. La jornada de
trabajo se me hizo interminable, el día parecía no avanzar.
Cuando regresé a casa, cené apresuradamente, me acicalé
como nunca y me morí de impaciencia hasta que fue la hora convenida.
Llegué a la galería a las nueve en punto. Allí saludé
a multitud de amigos de Paul, algunos ya sabía quiénes eran
pero la mayoría eran perfectos desconocidos para mí. En
medio de aquel bullicio encontré a Linda. Verla por segunda vez
me resultó aún más desestabilizante que nuestro primer
encuentro la noche anterior. Se me erizó el vello, se me encogió
el estómago y el pulso adquirió autonomía y se aceleraba
o se aplacaba según él mismo estimaba oportuno. Conseguí
enganchar su mirada con la mía a lo que ella respondió agarrando
mi sudorosa mano izquierda y enseñándome foto a foto toda
la exposición. Hube de dar verdaderos saltos mortales cuando comentábamos
alguna de las fotografías relacionadas con The Beatles. Linda iba
asentando con la cabeza a medida que yo improvisaba, por lo que poco a
poco me fui sintiendo más cómodo y seguro. Fue entonces,
en el momento en que mi corazón bajó de las setenta pulsaciones,
cuando comprendí que no tenía más remedio que enamorarme.
La mujer que una y mil veces había diseñado en mi cabeza
y que pensé que jamás existiría estaba justo delante
de mí agarrándome la mano. Casi sin darme yo cuenta, Linda
me condujo a un cuartito que servía de almacén. Bajo una
bombilla de cuarenta watios me miró de manera cómplice arqueando
la ceja izquierda y me dijo: “¿Qué tal está
Jane?” Jane Asher era la novia de Paul. Sin darme tiempo a elaborar
una respuesta y de manera más agresiva, prosiguió el interrogatorio:
“¿Cómo os fue en el Ed Sullivan Show?” Mi cara
desencajada empezaba a delatarme y su sonrisa socarrona empezaba a hacerme
pensar que Linda estaba jugando conmigo. “Diez segundos tardé
anoche en descubrirte.” Ella no era una quinceañera enamoradiza,
ella era una profesional que había detectado de inmediato los diferentes
matices de nuestras respectivas caras. Me sentí ridículo,
fracasado y, lo que era peor, humillado por alguien de quien me estaba
enamorando. Se hizo entonces un silencio, cuya duración no sabría
precisar, en el que dudé entre salir corriendo, besarla, confesar
o incluso inventar una excusa. Fue ella la que volvió a tomar la
iniciativa. Esta vez me cogió con fuerza por la cintura con ambas
manos y me apretó contra sí. Yo la abrazé y le correspondí
besándole el pelo. Entre limpiacristales, mopas, cubos y algún
olvidado viejo marco confesamos nuestros sentimientos respectivos hacia
el otro. Conocer a Linda supuso mi jubilación como falsa estrella.
Ya nunca más me haría pasar por Paul aunque que me confundieran
era algo inevitable y que no estaba en mis manos. En cuanto le fue posible,
Linda se trasladó a Londres y nos fuimos a vivir juntos. Atrás
quedaron todas mis mentiras y la soledad a la que me empujaba mi secretismo.
Volví a ser Billy las veinticuatro horas al día, recuperé
mi vida y la compartí con Linda. Además, por su profesión,
seguí moviéndome en los mismos ambientes nocturnos, que
ya empezaba a dominar. Confesé mi farsa a muchas de mis víctimas,
la mayoría de las cuales se rieron mucho de sí mismo.
Como ya no tenía que esconderme de nadie, una noche en el Bag O´Nails
Linda me presentó a The Beatles. En cuanto me vio, John Lennon
empezó a reir como un loco y, que yo recuerde, no paró en
toda la noche. George Harrison me miró fijamente, miró fijamente
a Paul, hizo un leve gesto a medio camino de la aprobación y la
sorpresa y se fue a pedir una copa. Ringo Starr…Bueno, a esas alturas
de la noche Ringo ya no gozaba de las condiciones mentales necesarias
para hacer un juicio de valor mínimamente coherente. Finalmente,
me quedé a solas con mi doble. El mirarnos cara a cara nos dejó
mudo a ambos. Tuvo que ser Linda la que nos hiciera reaccionar haciéndole
ver mi cicatriz en el labio superior y mi nariz más respingona.
Dichas diferencias le aliviaron de alguna manera, pero en cualquier caso
no consiguieron sacarle de la perplejidad que le supuso tenerme frente
a frente. Los dos intentamos disimular nuestro mutismo con una risa nerviosa
que lo único que consiguió fue prolongar el caracajeo de
John. Aquel encuentro puso fin de manera defintiva (eso creía yo)
al cúmulo de mentiras en que se había convertido mi vida
y daba paso a una nueva época, que viviría con Linda.
*
Una vez confesada mi verdadera identidad, mi vida se convirtió
en un remanso de paz y tranquilidad. Llevaba más de dos años
temiendo ser descubierto y por fin me sentía absolutamente libre.
Además, había encontrado a la mujer más importante
de mi vida. Sin embargo tanto sosiego no iba a durar mucho. El trece de
noviembre de 1965 vinieron a casa John Lennon y George Harrison acompañados
por Brian Epstein, al cual no había conocido personalmente con
anterioridad. Poniéndose en contacto con la revista Rolling Stones,
localizaron a Linda y fue ella la que concertó la cita. Parecían
preocupados, nerviosos y me trataban de manera muy rara. En las ocasiones
en que habíamos coincidido, ambos se habían limitado a un
saludo o, a lo sumo, a un comentario jocoso sobre mi parecido con Paul.
Pero esta vez era distinto, el mero hecho de que ellos hubiesen propiciado
el encuentro ya me resultaba chocante. Fueron John y George los que llevaron
el peso de la conversación. Me hablaron de manera muy vaga del
rodaje de Help!, del estreno, del álbum que estaban preparando,
de los contratos que tenían firmados, de las giras. Todo aquello
olía a preámbulo, como si no fuesen capaces de contarme
el verdarero motivo de la cita. Brian, que parecía más tranquilo
y distante, permanecía en silencio todo el rato. Yo empezaba a
sentirme aturdido, aburrido y un poco estúpido. En un momento de
la conversación, John y George se miraron mutuamente de manera
desconcertada y ambos miraron a Brian como suplicándole. Finalmente,
fue éste quien asumió la responabilidad y directa y concisamente
me informó de lo que estaba pasando: “Paul ha muerto”.
Me desbordó la noticia en sí y la crudeza de Brian pero,
sobre todo, me conmovió el desconsolado llanto de John y George.
No se podía decir que yo estuviera especialmente afectado por la
noticia, que nos pareciéramos físicamente no era un agravante.
Mis contactos con Paul habían sido mínimos, por lo que juzgué
más urgente ayudar a John y George a sobreponerse que mis propios
lamentos. Tras unos instante realmente dramáticos, la situación
se calmó y relajó un poco. Tuve entonces tiempo para pensar
y preguntarme por qué habían venido a contármelo,
pero no fui capaz de plantear mis dudas. El tenso silencio que se había
creado lo rompió Brian, que volvió a tomar la responsabilidad.
Relató de manera detallada cómo había sucedido todo.
Nos contó, a Linda y a mí, que dos días antes Paul
había sufrido un accidente de tráfico y había fallecido
en el acto. Iba acompañado de una chica llamada Rita, por lo que
Jane Asher (su novia) aún no había sido informada del fatal
percance. Brian continuó dándonos datos sobre el accidente,
sobre quién estaba al tanto y quién no, sobre por qué
tanto secretismo. Tanta información privada no hacía sino
que me sintiera más lejano al problema, no conseguía entender
por qué era yo uno de los elegidos. Finalmente, John se armó
de valor, respiró profundamente y, mirándome a los ojos,
me dijo: “Queremos que seas Paul.” Mi primera reacción
fue la de no sentirme ni tan siquiera aludido, mi asombro me impidió
recordar que Paul y yo éramos dos gotas de agua. Sin darme tiempo
a articular palabra, George siguió con la propuesta. No creían
que aquella fuera la manera idónea de que un beatle muriese, querían
que Paul tuviera otro final. Mi papel consistía en fingir un fallecimiento
más digno para Paul y en participar en la sesión fotográfica
de Rubber Soul, que sería publicado como homenaje póstumo.
Me dieron un par de días para reflexionar y nos despedimos.
A mí todo aquello me pareció lo más descabellado
que había escuchado en mi vida, pero Linda me hizo ver lo afectados
que estaban y que no me habrían pedido semejante favor si realmente
no lo necesitasen. Me convenció que de alguna manera tenían
razón en que un beatle no merecía dejar este mundo por la
puerta de atrás. Me hizo pensar también en Jane Asher. Así,
tras dos días meditando decidí embarcarme en aquel proyecto,
con la única condición de que Linda dirigiese la sesión
fotográfica de Rubber Soul. Me disponía a localizar a Brian
Epstein para comunicarle mi decisión cuando recibí una llamada
telefónica de John Lennon. Fue casi tan intrigante como breve:
“Hay cambio de planes”. Le dije que estaba dispuesto a suplantar
de nuevo a Paul pero no pareció importarle demasiado y se limitó
a citarme esa misma noche en el despacho de Brian. Eran casi las diez
cuando George Harrison me recogió en su Rolls Royce. Apenas cruzamos
un par de palabras, se limitó a conducir a gran velocidad hasta
el punto de encuentro. Al entrar, vi de frente a Brian sentado tras su
mesa. A su izquierda había un sofá en el que se encontraban
John Lennon y George Martin. Me presentaron a éste último
ya que no nos habíamos visto hasta entonces. Al advertir mi presencia,
Ringo salió de una habitación contigua y me saludó
de manera más efusiva que el resto. Se sentó en una silla
junto al escritorio de Brian y me invitó a tomar asiento en un
sillón frente al sofá. George se quedó de pie. Se
volvió a crear entonces el tenso clima de indecisión que
tantó me incomodó en la anterior reunión. Nuevamente
fue Brian el que tomó la palabra. Me agradeció enormemente
mi ofrecimiento y que fuese tan receptivo, pero me confirmó el
anuncio de John. Habían cambiado de idea. Di por hecho que dirían
públicamente la verdad y se olvidarían de mí, lo
cual me alegró por un lado pero por otro me dejaba sin mis quince
minutos de gloria. Antes de que Brian me sacara de mi error, llegó
el último invitado a la reunión. Sólo George Martin
lo conocía y tras presentarlo a los demás dijo: ”Este
es”. El tipo en cuestión se llamaba Lewis Kite y se sentó
junto a mí, daba la impresión de estar aún más
despistado que yo. Una vez sentados los dos, Brian Epstein comenzó
la exposición del nuevo plan:
“Nunca antes ha habido un grupo como The Beatles, lo sabéis.
No te rías, Billy. Sé que prefieres a Mick y a Keith…
Aunque ellos no hayan tenido tantos números unos como nosotros.
En un futuro próximo, si no hoy día, tendréis conciencia
del punto de inflexión que suponen The Beatles para la historia
del rock. Habrá un antes y un después, abundarán
los imitadores que buscarán el oasis en el desierto, que buscarán
ser como John o como George. Pero desgraciadamente, Paul ha muerto. ¿Se
acabó? Os supongo al tanto de la discografía que hasta el
momento ha publicado el grupo. Bueno, os aseguro que no conocéis
ni el diez por ciento del talento de estos chicos. Yo sí he escuchado
Rubber Soul, el nuevo disco. También os quiero hablar de las giras
pendientes, de la gente que está deseando ver de cerca a The Beatles.
Tenemos muchos contratos firmados por cumplir. Esos contratos no son dinero
sino gente a la que le gusta la música, a la que le gusta The Beatles…Pero
esa gente está en vuestras manos, en tu voz, Lewis, y en tu cara,
William. Vosotros podéis ser Paul. Él lo habría querido
así, por la gente, por la música. Estos chicos tocaron en
todos los antros de Hamburgo para llegar hasta aquí, durmieron
hacinados para llegar hasta aquí. Ahora pueden llegar mucho más
allá y vosotros podéis ir con ellos.”
Me quedé un poco confuso. La poca claridad de Brian y lo inverosímil
de mi sospecha me dejaron sin palabra. George recriminó a Brian
que fuera tan poco concreto y solicitó menos rodeos. A tal petición,
respondió diligentemente el otro George. Su discurso fácil
y directo confirmó mi intuición. Querían que entre
Lewis y yo resucitáramos a Paul para que The Beatles pudieran seguir
adelante. Lewis suplantaría la voz de Paul en el estudio y yo daría
la cara en ruedas de prensas, conciertos y demás actos públicos.
Ante nuestra manifiesta incapacidad para articular palabra, fuimos acribillados
a base de argumentos, explicaciones y detalles que no consiguieron sino
que nos sintiéramos aún más desbordados. Lewis fue
el primero que supo zafarse del acoso y solicitó tiempo de reflexión.
Uno a uno fueron abandonando el despacho hasta que nos quedamos solos
los dos. Casi no había salido Ringo de la sala cuando Lewis se
puso de pie ante mí y me espetó: “Yo me monto en el
barco. ¿Y tú? “ “Si lo tienes tan claro, ¿por
qué pides tiempo?”, respondí. “Porque a ti te
quiero convencer yo”, replicó. Me hizo ver que, a diferencia
de mí, él sí tenía aspiraciones musicales.
Llevaba varios años cantando en garitos de media Inglaterra y esta
era su oportunidad para dedicarse en serio a la música. Además,
subrayó razones que nos dieron los demás pero que expuestas
por él parecían más convincentes. Así, entre
la desesperación de unos y las aspiraciones de otro me vi obligado
aceptar. De inmediato, Lewis convocó en el despacho al resto y
anunció nuestra decisión. Percibí en los ojos de
John y George una mirada melancólica pero al mismo tiempo ilusionada,
que daba paso al resurgir de The Beatles.
*
La reunión en el despacho de Brian era sólo la punta del
iceberg, aún quedaban muchos detalles por perfilar. El más
complicado sin duda era informar a Jane Asher de lo ocurrido y convencerla
de que colaborase en la farsa. Nuevamente fue Brian el que asumió
el papel de portavoz y el que sin demasiadas dificultades consiguió
su complicidad. Así, ya teníamos vía libre para elaborar
la portada de Rubber Soul. En las sesiones fotográficas, que dirigió
Linda, se puso de manifiesto lo que parecía evidente: Paul y yo
éramos distintos. Al verme en una portada, cualquier fan de The
Beatles advertiría nuestras diferencias físicas. Linda intentó
disimular mi frente más ancha con el flequillo hasta las cejas,
mi nariz más respingona haciendo la foto desde un punto inferior
y mi cicatriz en el labio superior maquillándola. La portada quedó
bastante bien, era bastante convincente pero había que buscar soluciones
permanentes. La nariz me la retocaron con una sencilla operación
de cirugía plástica. El problema de la frente siempre era
fácilmente disimulable con el flequillo, pero más complicado
fue lo de la cicatriz. Para justificarla, simulamos un accidente de moto
el veintiséis de diciembre, del que Paul saldría ileso pero
con el labio superior dañado.
Superada con buena nota la dura prueba que era la publicación de
Rubber Soul y la presentación a la prensa, quedaba aún por
pasar el examen más difícil. Éste no era otro que
las actuaciones en directo. En cuanto cumplí el periodo de reposo
necesario tras la operación de nariz, empecé a trabajar
duro en el estudio para aprender a tocar el bajo. En mi época de
farsante (no profesional) había aprendido a tocar un poco la guitarra
pero nunca el bajo. Además hacía tiempo que no tocaba. Fueron
los dos Georges (sobre todo Harrison) los que se encargaron de instruirme
por ser los más cualificados y por tener John Lennon una extraña
animadversión al instrumento. De lo que sí se encargó
John, y un poco Ringo, fue de enseñarme a moverme, a comportarme
como Paul. Me enseñaron infinidad de gestos, ademanes que debía
asumir como propios y sacarlos a relucir de manera natural. Me obligaron
a sonreír en público casi de manera constante, a arquear
ambas cejas a modo de saludo, a ser educado y reverente. Poco a poco me
fueron también inculcando el sentido del humor beatle y sus formas
pensar y de vivir. Este cursillo acelerado de cómo ser Paul McCartney
inundaba el estudio de un sentimiento colectivo de nostalgia pero al mismo
tiempo ayudaba a tener presente su recuerdo. Mientras yo recibía
clases de bajo y de interpretación, Lewis pasaba mucho tiempo trabajando
con George Martin. Éste le ayudaba a pulir ciertos aspectos de
su voz y de su forma de cantar para que su imitación fuese lo más
perfecta posible. Lewis, al principio, se limitaba a seguir las indicaciones
de George pero a medida que nos fuimos integrando en el grupo, él
fue trayendo posibles aportaciones para el siguiente disco. Era su obsesión.
No pasaba día en el que no preguntase por el comienzo de las sesiones
del nuevo trabajo. Yo me mantenía absolutamente al margen pues
me consideraba a mí mismo como una marioneta o un maniquí,
pero a los demás, sobre todo a John, les molestaba bastante que
quisiera asumir tanto protagonismo. Sin embargo, cuando conocieron en
profundidad sus ideas musicales no tuvieron más remedio que reconocer
su calidad, lo que le concedió un pequeño hueco en el triunvirato
Lennon-Harrison-Martin.
En abril de 1966 empezaron las sesiones de nuevo disco, Revolver. Al principio,
todo fue muy frío. No estaban acostumbrados a trabajar sin Paul,
era como si a todo el mundo tuviese remordimientos cuando proponía
alguna melodía o alguna letra. Para romper esta barrera psicológica
fue de gran ayuda el descaro y la ambición de Lewis, al que no
le costaba tanto trabajo compartir sus ideas. Él era el único
que no había conocido a Paul y, por tanto, no tenía tan
presente su recuerdo. Así, poco a poco Lewis fue contagiando a
los demás de su entusiasmo y el disco fue saliendo adelante. Yo,
por mi parte, seguía trabajando en un estudio aledaño de
cara a las giras de verano por Alemania, Japón, EEUU y Canadá.
A veces, trabajaba solo y otras veces me acompañaban George Harrison,
George Martin o, la mayoría de las ocasiones, Ringo Starr. Un día,
sin previo aviso, se presentó en el estudio para hablar conmigo
Jane Asher. El rato que estuvimos a solas fue realmente duro. Le costó
trabajo arrancar a hablar, yo le recordaba demasiado a Paul. Me agradeció
enormemente mi colaboración, ella entendía todo aquel montaje
como una manera para mantenerse cerca del que había sido y era
el hombre de su vida. No dudó en compartir conmigo todos sus recuerdos
más íntimos con tal que me pareciese a Paul lo más
posible. A medida que iba evocando su figura, a medida que iba recreando
cada detalle de su personalidad, se mezclaban en ella sonrisas y lágrimas
que, poco a poco, fueron limando mi integridad anímica. Al final,
nos fundimos en un abrazo de consuelo mutuo y se fue con la misma discreción
con la que vino. Aquella visita, además de para conocer mejor a
Paul, me sirvió para valorar en su justa medida a Linda, a la cual
tenía un poco abandonada desde que me incorporé a The Beatles.
Procuré pasar más tiempo con ella. Propuse que se volviese
a encargar de la portada del disco, pero ya habían hablado con
Klaus Voorman, un viejo amigo de Hamburgo.
Era inevitable que el disco contuviese referencias más o menos
claras a Paul. Su huella permanecía inalterada en las memorias
de John y George cuando éstos componían. El guiño
a Paul más evidente tal vez fuese la canción de John Tomorrow
never knows, cuyo nombre está sacado de El libro tibetano de la
muerte. En ella se habla de “jugar al juego de la existencia hasta
el final”. Una noche, Ringo soñó que tras ser enterrado,
Paul se subía a bordo de un submarino amarillo y viajaba por las
entrañas de la Tierra. Al día siguiente se lo contó
a John que compuso Yellow submarine, canción que cantaría
el propio Ringo. También George hizo su pequeño tributo
a Paul con su canción Taxman. En realidad, el título encubría
la palabra “taxadermist” (taxidermista). Algunas de las nuevas
canciones de Revolver salieron al mercado un poco antes que el propio
disco. Fueron incluidas en un extraño disco promocional que nunca
llegó a las tiendas. El disco en cuestión se llamó
The Beatles Yesterday and Today pero siempre será recordado como
The Butcher Album (El Disco del Carnicero). El apelativo se debe a la
portada, en la que aparecíamos los cuatro con bata blanca y jugueteando
con trozos de carne cruda y muñecas decapitadas. Esta fue la macabra
manera en la que The Beatles “hicieron pública” la
muerte de Paul.
Una semana después de publicarse The Butcher Album, a finales de
junio, nos embarcamos en una gira que nos llevaría en primera instancia
a Alemania y posteriormente a Japón y Filipinas. Durante casi seis
meses de trabajo en el estudio no conseguimos ponernos de acuerdo sobre
cómo hacer en los conciertos. Podía cantar yo y achacar
la diferencia vocal a una ronquera o a los escasos medios técnicos,
o podíamos optar poder hacer playback y que cantara Lewis en el
backstage. Metidos en la vorágine del nuevo disco, sólo
habíamos acordado reducir lo máximo posible el número
de canciones de Paul en el repertorio. Fui yo mismo el que cinco minutos
antes del primer concierto de la gira, en el Circus Kronen de Munich,
decidió que Lewis cantara. Fue bastante poco convincente. Los nervios
me hacían retirarme del micrófono cuando se suponía
que estaba cantando y acercarme cuando no me tocaba. Pude ver caras contrariadas
en la primera fila que no hacían sino ponerme aún más
nervioso. El siguiente concierto no era hasta dos días más
tarde, así que tuvimos tiempo suficiente para discutir qué
hacer. John y George querían que ese concierto fuese especial,
que nada fallase pues se celebraba en Hamburgo y querían dedicárselo
a Paul. Estuvimos ensayando el playback intensamente pero decidimos probar
la otra opción. Me decidí a cantar yo mismo. Salí
al escenario con una gran carga de responsabilidad pues John y George
llevaban un par de días contando anécdotas de su anterior
época en Hamburgo y rememorando a Paul y a Stu (Stuart Sutcliffe).
A medida que el concierto avanzaba, la locura inicial del público
se fue tornando en una contagiosa desconfianza. Esta vez no se percataron
del plagio sólo los de las primeras filas sino todo el Ernst Merck
Halle. El desánimo se apoderó de mí tras la actuación,
no tenía consuelo posible. Aún no repuesto anímicamente,
emprendimos viaje hacia Japón. Durante el viaje, Brian planteó
algo que todos teníamos en la cabeza desde el principio pero que
nadie se había atrevido a comentar: The Beatles estaban condenados
a desparecer como grupo en directo. Actuaciones como las de Alemania sólo
contribuirían a socavar el prestigio del grupo. Inevitablemente
el pesimismo se apoderó de todos nosotros, lo que hizo que nuestra
gira oriental fuese todo un desastre. Los conciertos se convirtieron en
un suplicio difícil de combatir y el ambiente dentro del grupo
se fue enrareciendo. Todo ello tuvo su apógeo en Filipinas, donde
la negativa de John a visitar a Imelda Marcos casi nos cuesta caro. Salir
ilesos de Filipinas y regresar a Inglaterra, nos unió un poco a
todos. Además, volvíamos para presentar Revolver, lo cual
renovó las ilusiones de todos. Sin embargo, poco duraron dichas
ilusiones pues justo una semana después de la salida del disco
nos embarcamos rumbo a la gira americana por EEUU y Canadá. Volver
a viajar y a dar conciertos nos devolvió a todos las caras largas
y la tensión. Para colmo el recibimiento fue de lo más hostil
por unas declaraciones de John en las que presuntamente manifestaba que
The Beatles eran más famosos que Dios. Así, desde el primer
concierto en Chicago el día doce de agosto, todos nos fijamos una
fecha y un lugar: el veintinueve de agosto en Candelstick Park, San Francisco.
Ése era el final del túnel, el último concierto de
The Beatles. El camino hasta Candelstick Park fue un verdadero calvario.
A nuestras anteriores dificultades para los directos se unieron las constantes
críticas de las que éramos víctimas por parte de
la prensa y de nuestros propios fans. Es por ello que el día veintiueve,
antes del concierto, no sabíamos muy bien qué sentir. Por
un lado, alivio por el final de lo que se había convertido en una
pesadilla. Pero por otro, era inevitable cierta nostalgia y pena. Además,
la decisión no había sido hecho pública, de hecho
ni siquiera era una decisión en firme, por lo que habíamos
de disimular nuestros sentimientos de algún modo. Esa complicidad
terminó siendo muy positiva y el concierto fue el mejor desde mi
incorporación.
En cuanto volvimos de EEUU, George se marchó por primera vez a
la India con Ravi Shankar. Poco después, en otoño, John
se fue a Almería, España, para rodar Cómo gané
la guerra. Parecía como si The Beatles se estuvieran desmoronando,
como si cada uno estuviera más preocupado por sus inquietudes particulares.
A mí todo aquello me desbordaba, pues no tenía capacidad
para desarrollar ninguna actividad por mí mismo. Para hacer mi
papel necesitaba del grupo. Sin embargo, Lewis sí se sentía
más capaz y más independiente. No paró de proponer
proyectos individuales para Paul, es decir, él, George Martin y
yo. En ese contexto se enmarca la banda sonora de la película Luna
de miel en familia, que compusieron entre ambos. El disco en sí
no tuvo demasiada repercusión, pero sí abrió el camino
de Sgt Pepper. Sirvió para retomar el hábito de trabajo
en el estudio. Nuevamente las ganas de Lewis Kite fueron clave para el
nuevo disco. John y George parecían más centrados en otras
actividades y sus aportaciones al disco fueron mínimas aunque de
extraordianria calidad y dedicadas a Paul. La verdadera aportación
de John al disco fue la idea para la portada. Pensó que si The
Butcher Album había sido el anuncio de la muerte de Paul, Sgt Pepper
había de representar el entierro. Como pasara ya en Revolver, en
Sgt Pepper había distintas alusiones veladas a la muerte de Paul,
amén de la propia portada. La más clara tal vez fuese el
verso de John: “he blew his mind out in a car”. Además,
esta vez se hablaba de Rita, la acompañante de Paul el día
del accidente y Lewis y yo fuimos presentados. A él, John le dedicó
su canción Being for the benefit or Mr. Kite, mientras que yo fui
presentado de una manera más sútil. Fue al final de la canción
Sgt Pepper´s lonely hearts club band, en el último verso:
“Billy Shears”. Dicho nombre encubría la frase “Billy´s
here”. Durante la grabación del disco, Lewis asumió
gran parte de la responsabilidad. Esto solía provocar pequeños
enfrentamientos entre el propio Lewis y John y George. Éstos le
recriminaban el no tener nunca presente el recuerdo de Paul, el querer
sustituirlo a toda costa. Lewis respondió a aquella acusación
con la canción With a little help from my friend. Por un lado,
con la canción Lewis se reivindicaba y dejaba claro que sin nosotros
dos no habrían podido salir adelante. Y por otro lado, rendía
tributo a la figura original de Paul pues las iniciales de las palabras
de la canción coincidían con las de la frase “William
and Lewis have faked my fame”. La canción la cantó
Ringo que en todas las discusiones actuaba de mediador. Un día,
al salir del estudio, me crucé en el pasillo con un componente
de un grupo que estaba grabando en el estudio de al lado. Era Roger Waters
que estaba grabando con Pink Floyd The Pipers at the Gate of Dawn. Estuvimos
charlando un buen rato y nos fuimos a su casa a colocarnos con LSD. Entre
el ácido y el cansancio acumulado, la conversación fue degenerando
poco a poco y terminamos hablando de la película The Wizard of
Oz. Fue interesante charlar con él, pero jamás lo repetimos.
*
Con un disco en el mercado y sin gira planificada, The Beatles volvían
a disponer de gran cantidad de tiempo libre, lo que propiciaba la dispersión
de sus componentes. George viajó a la costa oeste de EEUU, John
afianzaba su relación con Yoko Ono, a la que había conocido
unos meses antes. Por su parte, Lewis siguió trabajando con George
Martin preparando el programa televisivo Our World. Nos volvimos a reunir
todos otra vez para dicho programa y, posteriormente, para hacer un crucero
por el Egeo. De regreso, George nos convenció para que fuéramos
a conocer al Maharishi Mahesh Yogui, que se encontraba en Inglaterra dando
una serie de conferencias. Al año siguiente iríamos con
él a Rishikesh. Pero sin duda alguna el hecho más significativo
de esta época posterior a Sgt Pepper fue la muerte de Brian Epstein.
Con él se murió el orden neceseario en The Beatles, el hombre
que firmaba contratos, organizaba eventos y asumía responsabilidades.
No fue otro sino Brian el que nos captó para el grupo a Lewis y
a mí. También fue él el que se había encargado
de invitar a abandonar el grupo a Pete Best para que entrara Ringo. El
talento descomunal que tenían The Beatles lo reconducía
musicalmente George Martin y Brian se encargaba de difundirlo. Así,
el grupo perdió una referencia imprescindible que jamás
supo suplir. La muerte de Brian, junto con la llegada de Yoko, fue el
principal motivo del declive y posterior desaparición de The Beatles.
Lewis, intentó muchas veces asumir el papel de Brian pero no lo
consiquió. En parte porque no le dejaban John y George (suplir
a Paul ya era bastante) y en parte porque no estaba capacitado.
En homenaje a Brian, The Beatles empezaron a sentar las bases de lo que
había sido su obsesión hasta que murió: crear una
discográfica propia. Pero The Beatles siempre habían sido
músicos y nunca empresarios y el proyecto, bautizado Apple por
ser la fruta favorita de Brian, nunca cuajó. Afanados por ser artistas
multidisciplinares (espíritu que era la idea original de Apple)
emprendieron el rodaje de The Magical Tour. La experiencia se convirtió
en un perfecto reflejo de la situación de The Beatles. No había
un guión definido, se improvisaba constantemente y cada cual iba
asumiendo la dirección según se encontrase más o
menos inspirado. El resultado fue una extravagante película de
éxito discreto. Conscientes de que el descontrol reinante abocaría
al grupo a su desaparición, The Beatles decidieron pasar una temporada
en la India con el Maharishi Mahesh Yogui practicando la meditación
trascendental. Lewis se negó realizar el viaje, lo que empeoró
su relación con el resto, sobre todo con George. Prefirió
quedarse en Londres haciendo canciones e intentando organizar Apple. La
estancia en Rishikesh con el Maharishi fue en general muy positiva. Nos
ayudó a tomar una nueva perspectiva del futuro y proporcionó
mucho material para el siguiente disco. Tan sólo los rumores surgidos
al final que ponían en duda las intenciones del Maharishi (decían
que había intentado seducir a Mia Farrow) consiguieron manchar
de alguna manera nuestro periodo en Rishikesh.
De vuelta en Londres, nos encontramos con una desagradable sorpresa. Lewis,
por su cuenta y riesgo, había contratado a unos amigos suyos para
que hicieran una película de dibujos animados sobre The Beatles.
Para colmo, la película se llamaba Yellow Submarine, que fue una
canción dedicada a Paul. Por mucho que se indignaron, John y George
se vieron obligados a colaborar porque así lo establecía
el contrato que había firmado Lewis, que se había hecho
con los poderes que tenía Brian antes de morir. Por fortuna, Rishikesh
había llenado los depósitos de energía positiva de
John y George y el incidente no pasó de una fuerte bronca y una
limitación de los poderes de Lewis. De hecho, en privado ambos
reconocían la calidad de la película.
La moribunda Apple recibió otro duro golpe el día que comenzó
la grabación de The Beatles, conocido como The White Album. Centrados
todos en el disco, la compañía fue abandonada a su suerte.
Antes del inicio de las sesiones de The White Album, ocurrió otro
hecho clave en el desenlace final del grupo: el divorcio de John, y la
consiguiente entrada definitiva de Yoko Ono en la vida John y de The Beatles.
Era algo que se venía venir desde hacía algún tiempo
pero no hasta entonces se decidió John a dar el paso defintivo.
Por no querer separase de Yoko tras el divorcio, cometió el peor
de los errores: traerla al estudio, a las grabaciones del disco. Convivíamos
con ella de la misma manera que lo hacíamos con cualquier miembro
del grupo, pasaba las largas sesiones de grabación metida en el
estudio con nosotros. El trato con ella era agradabilísimo, era
una mujer extraordinariamente afable, en contraposición a la imagen
que después se ha querido dar de ella. Es por ello que nunca me
extrañase sus muestras de cariño hacia mí, cariño
que yo no dudaba en corresponder. Sin embargo, un día noté
que John me miraba con cierto aire de reproche y que los demás
me evitaban y no querían cruzar mirada conmigo. Me sentí
fatal, solo y, en cierto modo, indignado. John no me dirigía apenas
palabra, George casi tampoco por solidaridad con John y mi relación
con Lewis se había enfriado mucho a raíz del tema de la
película. Sólo me quedaba Ringo con el que jamás
había tenido una conversación seria. Traté de desahogarme
con Linda pero ella no vivía la situación y no supo ayudarme.
Mi decisión fue la de mantenerme firme en mi actitud y esperar
un buen momento para aclararlo todo. Por desgracia ese momento nunca llegaba.
Lo que sí llegaba era el cariño de Yoko que culminó
con la declaración de su amor. Mi rechazo la llenó de resentimiento,
mi actitud también la había confundido a ella. Al día
siguiente en el estudio, tuvieron que agarrar a John para que no me golpeara.
Me insultó y me dijo que me fuera de su grupo. Así lo hice.
De hecho, la portada del disco no llevaba foto alguna por mi ausencia.
Fueron días tristes para mí por la forma en que había
abandonado el grupo y para el resto porque mi ausencia suponía
el final de The Beatles. Sin embargo, Lewis nos tenía aún
reservada una sorpresa. Mientras los demás estábamos en
Rishikesh, había firmado varios contratos más. En concreto,
habíamos de rodar otra película y grabar otro disco: Let
it Be y Abbey Road. La noticia fue para mí más dura que
mi expulsión pues sabía que iba a tener que soportar una
fuerte presión y que John no dudaría en hacerme la vida
imposible. Y así fue. Durante varios meses hube de aguantar miradas
amenazadoras y comentarios despectivos por su parte. Tal actitud provocó
en George cierta solidaridad conmigo, que lo único que consuguió
fue agriar su relación con John. Lewis, por su parte, llevaba tiempo
que apenas se relacionaba con nadie. Para colmo, al principio estábamos
fuera de nuestro hábitat natural: los estudios Abbey Road. Let
it Be la rodamos en los enormes estudios Twickenham en los que además
de sentirnos fuera de sitio, reinaba un ambiente frío y desangelado.
Para grabar la banda sonora nos trasladamos a los estudios que habíamos
construido en el sótano del edificio de Apple. Lo claustrofóbico
de aquellos estudios no ayudó en absoluto a suavizar la tensión
imperante. De hecho, el único momento grato de aquella grabación
fue cuando subimos a la azotea del edificio a tocar.
Terminado el rodaje de la película y mientras ésta era montada,
nos pusimos a trabajar en Abbey Road en Abbey Road, tras una pausa que
aprovechamos Linda y yo para casarnos. La vuelta a nuestros estudios de
siempre facilitó mucho el trabajo. Además el deseo común
de acabar con aquella pesadilla hizo que todos tuviéramos una mejor
disposición. Dado que mi presencia en el estudio no era tan necesaria
como lo había sido para el rodaje de Let it Be, me ausenté
siempre que pude. De hecho, apenas participé salvo para las sesiones
fotográficas. De éstas cabe reseñar la última,
en Tittensburk Park la nueva casa de John en Ascot. Él impuso que
fuera en su casa y que Yoko apareciera en el reportaje. Yo no me amedrenté
y propuse a Linda como fotógrafa para las sesiones. John se opuso
pero George y Lewis me apoyaron y finalmente Linda realizó el reportaje.
Con Abbey Road en el mercado se habían acabado los compromisos
del grupo y, por tanto, se había echado el telón a una época
musicalmente brillante, sin embargo la ruptura no se hizo pública.
Problemas en el montaje de Let it Be habían hecho que todavía
no se hubiese estrenado. Además, John le dio la banda sonora a
Phil Spector para que la reprodujera lo que, por cierto, suscitó
nuevamente conflictos entre John y Lewis. También fue motivo de
crispación entre ellos el que John tratara de imponer a Allen Klein,
su nuevo hombre de confianza, como agente del grupo. Lo único cierto
de estas continuas discusiones es que retrasaban el estreno de Let it
Be y el anuncio de la disolución del grupo. Fui precisamente yo
el que hubo de hacerlo público. Fue en la presentación de
McCartney, el primer disco en solitario de Lewis. Leí un breve
comunicado en el que hacía oficial lo que ya era un secreto a voces.
Al día siguiente, salió el single Let it Be y fue número
uno. Por último, lo sería The Long and Winding Road, canción
que resumía la última de The Beatles.
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