| Lunes por la mañana. Es el peor día
de todos. Estoy triste y tengo el pelo sucio, y frío ni te cuento.
Me visto inventando mentalmente dos mil excusas para no ir a trabajar.
Pero nada, me siento peor incluso. Entro en el cuarto de baño y
apoyo la cabeza en el mueblecito de los potingues mientras meo toda la
taza del water. Me lavo las manos y la cara. Los dientes. Me peino sin
mucho resultado. Tengo cara de zombie. Hago gestos y muecas. Me miro de
reojo. Tengo que perder esa barriga. Meto la panza y la vuelvo a sacar.
Nada, si no como bien y no hago ejercicio no hay nada que hacer. Exacto.
Para ejercicios estoy yo a estas alturas. Me pongo los zapatos chillones.
Tienen algo en el talón que rechina como si degollaras a un cerdo.
Me tomo mi zumito multivitaminas (¿No tomas café?, Noooo...).
Me abrigo todo lo que puedo que hace rasqui. La mochila con los impresos
del censo. Otro día más. El coche sigue estando en el mismo
sitio que creía recordar. Está totalmente empañado,
no veo una mierda. El coche está más frío que yo.
Tengo que echar gasolina. Enciendo un cigarrito para no quedarme dormido,
que se consume en el cenicero del coche.
La SE-30 está hasta la bandera. Primera parada en la gasolinera
de BP. Dos mil de súper (de aquí no puedo rascar). Caminito
al tajo. Pienso en las mil cosas que haría si no tuviera que ir
a trabajar, y que sé que no haría aunque no fuera. Ir al
centro a comprar ropa (recuerdo la barriga y desisto). Pasear por el parque
(¿Con este frío?). Perder el tiempo mirando la tele (mira...).
Cuando dejo de hacer cábalas estoy a punto de llegar.
Raposillas, idílico enclave. Me encuentro fetén. Hoy toca
la calle Comadreja. Me viene que ni pintado con la mala leche que llevo
encima, ya lo contaré más adelante. Aparco lo más
cerca posible y en un periquete me planto en la primera casa. Llamo. Vuelvo
a llamar. Insisto. Nada. A por otra. Idem. Miro a mi alrededor y no veo
ni un alma. ¿Qué hora es? La hora de la compra. Decido seguir
probando fortuna. Me fumo un cigarrito. Otra casa. Al segundo intento
escucho una voz en la lejanía del hogar. ¡¿Quién
es?! Hola buenos días, vengo a realizar el censo de población
y vivienda y los datos del padrón. ¡¡¿Quién?!!
Buenos días, que vengo a por lo del censo. Me abre la puerta. ¿Ein?
¡El padrón, señora! Ah, el patrón. Dígame.
Empezamos bien. Después de explicarle con pelos y señales,
recurriendo a psicología conductiva y mis caras más amables,
decido hacerle yo el censo de los cojones. La práctica me ha enseñado
ha hacerlos en apenas dos minutos. Cuando llevo diez ya empiezo a desesperarme.
Intento sutilmente meter prisa. Nada. Una vez revisados los datos padronales
vienen los cuestionarios. Cójame el Señor confesado. El
de vivienda. Mirada furtiva al reloj y ruego al niño Jesús.
¿Desde cuando lleva viviendo en ésta casa, señora?
“Uy, po mira, te voy a explicar... Mi Juani era chico, vamos que
no tenía ni cuatro añitos cuando nos vinimos aquí,
justo cuando la cosa esa de la expo que... Decido que en mil novecientos
noventa y dos. Otra pregunta (miedo me da). ¿Tiene usted problemas
de ruidos exteriores? ¡¡¿¿Qué??!! Está
pasando el Boeing 747 de las doce treinta con destino Lanzarote. ¡¡¿Si
tiene problemas de ruidos exteriores?!! Ah, no. Magnífico. Decido
poner los puntos sobre las íes y me pongo serio. Ya está.
He tardado quince minutos pero lo he logrado. Salgo de la vivienda y me
fumo un cigarro desesperado. Pienso en el futuro cobro y me animo un poco.
Soy un iluso. El ayuntamiento de mi pueblo me debe diez mil pesetas desde
hace dos años largos. El INE ya veremos. Termino la calle en apenas
dos horas. Teniendo en cuenta que son cinco casas no está mal del
todo. Próximo objetivo. Andandito que te crió. Me encuentro
en medio del campo. Huele a vaca cosa mala. De hecho estoy en una vaquería.
Buenas, ¿Don Fulanito de Tal? Asfañadagadaente saío.
No entiendo ni papa. Creo que no he prestado atención. Insisto
en localizar a Don Fulanito. Ezezaíoya (algo incomprensible entre
medio) ...dercuñao. Mejor me voy. Bueno, hasta luego, ya volveré.
Azdaueio (ni miro).
Me encuentro con una señora de la calle Anguila que me saluda.
Le devuelvo el saludo. ¿Qué, todavía por aquí?
¡Y lo que me queda, señora! Contesto con mi mejor sonrisa.
Así me paso media mañana. Me encuentro con todo el mundo
menos con quien toca. En fin. Sigo probando suerte. Sigo en medio del
campo pero ya no huele tanto a vaca. Es un chalet. Compruebo el número.
Sale un perro del tamaño de un rinoceronte y me deja sordo, acojonado
y con el corazón a ritmo de swing. Sale un viejecito. Menos mal.
Suelen ser muy amables. Hola buenos días, vengo para lo del censo
(paso ya de parrafadas que no llegan a ningún sitio). ¿
Ezo que e? Pues mire, el censo de población y vivienda que se realiza
cada diez años, junto con los datos padronales del ayuntamiento
que son cada cinco... Pues eso... Son unos cuestionarios que tiene que
rellenar la familia y que... ¿Pero ezo qué e? Encima que
le suelto la parrafada, me topo con un ateo censal. Verá. Son unos
cuestionarios muy facilitos que si quiere lo podemos hacer entre... ¡Yo
no hago ezo! Yo ya estoy empatronao. Dios. Empieza a chispear. Genial.
El perro se ha callado pero me mira con cara de malas pulgas, así
que tras intentar convencer al anciano y amenazarlo con multazo al canto,
hace amago de abrir la puerta y soltar al bicho. Decido irme lo más
rápido posible. Crucecita de negativa al canto. Ya vendrá
mi encargado a conocer a la bestia y a su dueño.
La una y media. Huele a puchero y a papas fritas por toda la barriada.
Mi estómago ruge. Un cigarrito. Mi estado es lamentable. Estoy
empapado, mocoso y el cigarro se me ha apagado. Me dirijo al coche con
paso lastimero. Menos mal que por la tarde toca recogida de sobres y tengo
apuntados a más de treinta familias. Me recreo en éste pensamiento
y empiezo a gastarme mentalmente el dinero que tendré el año
que viene si Dios quiere. Subo al coche. Las dos de la tarde. La liamos.
Media barriada va a recoger a la otra media que se encuentra en el colegio.
El autobús que sale. Coches que llegan después de la media
jornada. El semáforo que me tiene manía. Las tres menos
cuarto. Acabo de aparcar el coche y llego a casa. Ya están comiendo.
Serie americana cómica.
No caliento la comida y veo la tele un rato. Me río. Acaba la serie.
Empieza otra de la misma guisa. Me vuelvo a reír. Los Simpsons.
Me parto. Terminada la comidita, me quito los zapatos estridentes y me
tumbo en el sofá. No tardo ni tres minutos en quedarme sopa. Las
cuatro y media. Coño, ya estamos. Me lavo los dientes con un dentífrico
ideado por asesinos. Me bebo tres vasos de agua. Me voy pitando. Entro
en el coche y salgo. Me estoy meando y he olvidado los papeles.
De nuevo en Raposillas, idílico enclave. Me froto las manos pensando
en la cantidad de sobres que voy a recoger. Primera casa. No. Se le ha
olvidado firmar al cabeza de familia y dice su mujer que él le
ha dicho que me diga que no le entregue el sobre hasta que él no
lo firme. Ya empezamos. Paso de líos. A por otro perrito piloto.
Ésta vez ni siquiera saben dónde está el sobre y
que no, que no les ha dado tiempo en todo el fin de semana para hacerlo.
Estupendo.
Consigo tres o cuatro del tirón. No me lo creo. Tendré que
comprar un cupón o algo. Ya que estoy en racha, intento establecer
el primer contacto con una casa que se resiste. Vaya, hay alguien. Huele
un poco raro, eso sí. Una ancianita sentada en la penumbra me dice
que entre. No me atrevo. Huele muy raro. Hay muchas moscas en el pasillo
de entrada. La anciana insiste y yo cojo todo el aire posible. Le entrego
el formulario y le explico hasta el último detalle de cómo
se tiene que rellenar. He batido un récord seguro. Salgo apresuradamente
y vuelvo a coger todo el aire que caben en mis pulmones. La alegría
que dan las cosas más sencillas. De nuevo me veo en mitad de la
campiña. Sale una rata, del tamaño de un mapache, de unos
matojos. El día no da para sustos. Llamo a una casa. Me dicen que
sí, pero que el sobre lo han dejado en casa de la suegra que vive
en la otra punta del barrio. Suspiro y doy un rodeo (paso de un nuevo
encuentro con la hermana salvaje de Mickey). En la otra punta del barrio
me dice la suegra que lo llevó por la mañana a casa de su
hija, pero que no le dijo nada porque estaban trabajando. Suspiro. De
nuevo en camino. Como me salga la rata le pego una hostia. Por fin tengo
el sobre, sin rellenar eso sí. Lo hacemos entre todos. Qué
bonita la unión familiar. Me invitan a un café o una Coca-Cola.
Les digo que no, que muchas gracias. Que tengo que seguir trabajando.
Me dicen que cuánto me deben. Nada, señores, ya me pagan
por esto (sí, ya...). Insisten en que coja algo para un café.
Me tengo que ir corriendo. Ya es de noche. Las siete menos cuarto. Dirijo
mis pasos hacia el coche con la sensación del trabajo realizado
y la alegría de irme a mi casa de una puñetera vez, que
vaya día que llevo. El semáforo me sigue teniendo manía.
Atasco en la entrada a la ciudad. Siete y media y aún estoy en
la carretera. Todos los semáforos en rojo, qué país.
Llego con la intención de aparcar lo más cerca posible de
casa. Ni soñarlo. Aparco donde puedo. Cuando era chico había
tres coches y una moto en toda la calle... Qué tiempos. El portal
de mi casa está lleno de niñatos moteros fumando porros.
Entro en casa. Duchita. Pijama. Miro el correo electrónico. Mucha
publicidad. Afganistán está que da pena con tanto bombardeo.
Elimino la publicidad y los malos rollos. Echo una partida de un juego
que me relaja mucho. Los mato a todos. Me preparo la cena. Intento ver
algo en la televisión y me doy por vencido. Otra partidita. Los
vuelvo a matar a todos. La película de turno. Me quedo cuajado
en el primer corte publicitario. Niño, acuéstate en tu cama.
Me levanto y me desvelo. Echo otra partidita con el mismo resultado y
número de bajas. Las tres menos cuarto de la mañana. Creo
que me voy a acostar ya.
Oscuridad. Silencio. Mente divagante. No, por ahí no... Mal rollo.
Me como la cabeza un rato y me acuerdo de la canción de Sabina
(cuánta razón tiene y qué coraje me da). Quinientas
noches me esperan. Paciencia, mañana, otro día.
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