Lunes por la mañana

RELATO de Hugo Camps

Lunes por la mañana. Es el peor día de todos. Estoy triste y tengo el pelo sucio, y frío ni te cuento. Me visto inventando mentalmente dos mil excusas para no ir a trabajar. Pero nada, me siento peor incluso. Entro en el cuarto de baño y apoyo la cabeza en el mueblecito de los potingues mientras meo toda la taza del water. Me lavo las manos y la cara. Los dientes. Me peino sin mucho resultado. Tengo cara de zombie. Hago gestos y muecas. Me miro de reojo. Tengo que perder esa barriga. Meto la panza y la vuelvo a sacar. Nada, si no como bien y no hago ejercicio no hay nada que hacer. Exacto. Para ejercicios estoy yo a estas alturas. Me pongo los zapatos chillones. Tienen algo en el talón que rechina como si degollaras a un cerdo. Me tomo mi zumito multivitaminas (¿No tomas café?, Noooo...). Me abrigo todo lo que puedo que hace rasqui. La mochila con los impresos del censo. Otro día más. El coche sigue estando en el mismo sitio que creía recordar. Está totalmente empañado, no veo una mierda. El coche está más frío que yo. Tengo que echar gasolina. Enciendo un cigarrito para no quedarme dormido, que se consume en el cenicero del coche.
La SE-30 está hasta la bandera. Primera parada en la gasolinera de BP. Dos mil de súper (de aquí no puedo rascar). Caminito al tajo. Pienso en las mil cosas que haría si no tuviera que ir a trabajar, y que sé que no haría aunque no fuera. Ir al centro a comprar ropa (recuerdo la barriga y desisto). Pasear por el parque (¿Con este frío?). Perder el tiempo mirando la tele (mira...). Cuando dejo de hacer cábalas estoy a punto de llegar.
Raposillas, idílico enclave. Me encuentro fetén. Hoy toca la calle Comadreja. Me viene que ni pintado con la mala leche que llevo encima, ya lo contaré más adelante. Aparco lo más cerca posible y en un periquete me planto en la primera casa. Llamo. Vuelvo a llamar. Insisto. Nada. A por otra. Idem. Miro a mi alrededor y no veo ni un alma. ¿Qué hora es? La hora de la compra. Decido seguir probando fortuna. Me fumo un cigarrito. Otra casa. Al segundo intento escucho una voz en la lejanía del hogar. ¡¿Quién es?! Hola buenos días, vengo a realizar el censo de población y vivienda y los datos del padrón. ¡¡¿Quién?!! Buenos días, que vengo a por lo del censo. Me abre la puerta. ¿Ein? ¡El padrón, señora! Ah, el patrón. Dígame.
Empezamos bien. Después de explicarle con pelos y señales, recurriendo a psicología conductiva y mis caras más amables, decido hacerle yo el censo de los cojones. La práctica me ha enseñado ha hacerlos en apenas dos minutos. Cuando llevo diez ya empiezo a desesperarme. Intento sutilmente meter prisa. Nada. Una vez revisados los datos padronales vienen los cuestionarios. Cójame el Señor confesado. El de vivienda. Mirada furtiva al reloj y ruego al niño Jesús. ¿Desde cuando lleva viviendo en ésta casa, señora? “Uy, po mira, te voy a explicar... Mi Juani era chico, vamos que no tenía ni cuatro añitos cuando nos vinimos aquí, justo cuando la cosa esa de la expo que... Decido que en mil novecientos noventa y dos. Otra pregunta (miedo me da). ¿Tiene usted problemas de ruidos exteriores? ¡¡¿¿Qué??!! Está pasando el Boeing 747 de las doce treinta con destino Lanzarote. ¡¡¿Si tiene problemas de ruidos exteriores?!! Ah, no. Magnífico. Decido poner los puntos sobre las íes y me pongo serio. Ya está. He tardado quince minutos pero lo he logrado. Salgo de la vivienda y me fumo un cigarro desesperado. Pienso en el futuro cobro y me animo un poco. Soy un iluso. El ayuntamiento de mi pueblo me debe diez mil pesetas desde hace dos años largos. El INE ya veremos. Termino la calle en apenas dos horas. Teniendo en cuenta que son cinco casas no está mal del todo. Próximo objetivo. Andandito que te crió. Me encuentro en medio del campo. Huele a vaca cosa mala. De hecho estoy en una vaquería. Buenas, ¿Don Fulanito de Tal? Asfañadagadaente saío. No entiendo ni papa. Creo que no he prestado atención. Insisto en localizar a Don Fulanito. Ezezaíoya (algo incomprensible entre medio) ...dercuñao. Mejor me voy. Bueno, hasta luego, ya volveré. Azdaueio (ni miro).
Me encuentro con una señora de la calle Anguila que me saluda. Le devuelvo el saludo. ¿Qué, todavía por aquí? ¡Y lo que me queda, señora! Contesto con mi mejor sonrisa. Así me paso media mañana. Me encuentro con todo el mundo menos con quien toca. En fin. Sigo probando suerte. Sigo en medio del campo pero ya no huele tanto a vaca. Es un chalet. Compruebo el número. Sale un perro del tamaño de un rinoceronte y me deja sordo, acojonado y con el corazón a ritmo de swing. Sale un viejecito. Menos mal. Suelen ser muy amables. Hola buenos días, vengo para lo del censo (paso ya de parrafadas que no llegan a ningún sitio). ¿ Ezo que e? Pues mire, el censo de población y vivienda que se realiza cada diez años, junto con los datos padronales del ayuntamiento que son cada cinco... Pues eso... Son unos cuestionarios que tiene que rellenar la familia y que... ¿Pero ezo qué e? Encima que le suelto la parrafada, me topo con un ateo censal. Verá. Son unos cuestionarios muy facilitos que si quiere lo podemos hacer entre... ¡Yo no hago ezo! Yo ya estoy empatronao. Dios. Empieza a chispear. Genial. El perro se ha callado pero me mira con cara de malas pulgas, así que tras intentar convencer al anciano y amenazarlo con multazo al canto, hace amago de abrir la puerta y soltar al bicho. Decido irme lo más rápido posible. Crucecita de negativa al canto. Ya vendrá mi encargado a conocer a la bestia y a su dueño.
La una y media. Huele a puchero y a papas fritas por toda la barriada. Mi estómago ruge. Un cigarrito. Mi estado es lamentable. Estoy empapado, mocoso y el cigarro se me ha apagado. Me dirijo al coche con paso lastimero. Menos mal que por la tarde toca recogida de sobres y tengo apuntados a más de treinta familias. Me recreo en éste pensamiento y empiezo a gastarme mentalmente el dinero que tendré el año que viene si Dios quiere. Subo al coche. Las dos de la tarde. La liamos. Media barriada va a recoger a la otra media que se encuentra en el colegio. El autobús que sale. Coches que llegan después de la media jornada. El semáforo que me tiene manía. Las tres menos cuarto. Acabo de aparcar el coche y llego a casa. Ya están comiendo. Serie americana cómica.
No caliento la comida y veo la tele un rato. Me río. Acaba la serie. Empieza otra de la misma guisa. Me vuelvo a reír. Los Simpsons. Me parto. Terminada la comidita, me quito los zapatos estridentes y me tumbo en el sofá. No tardo ni tres minutos en quedarme sopa. Las cuatro y media. Coño, ya estamos. Me lavo los dientes con un dentífrico ideado por asesinos. Me bebo tres vasos de agua. Me voy pitando. Entro en el coche y salgo. Me estoy meando y he olvidado los papeles.
De nuevo en Raposillas, idílico enclave. Me froto las manos pensando en la cantidad de sobres que voy a recoger. Primera casa. No. Se le ha olvidado firmar al cabeza de familia y dice su mujer que él le ha dicho que me diga que no le entregue el sobre hasta que él no lo firme. Ya empezamos. Paso de líos. A por otro perrito piloto. Ésta vez ni siquiera saben dónde está el sobre y que no, que no les ha dado tiempo en todo el fin de semana para hacerlo. Estupendo.
Consigo tres o cuatro del tirón. No me lo creo. Tendré que comprar un cupón o algo. Ya que estoy en racha, intento establecer el primer contacto con una casa que se resiste. Vaya, hay alguien. Huele un poco raro, eso sí. Una ancianita sentada en la penumbra me dice que entre. No me atrevo. Huele muy raro. Hay muchas moscas en el pasillo de entrada. La anciana insiste y yo cojo todo el aire posible. Le entrego el formulario y le explico hasta el último detalle de cómo se tiene que rellenar. He batido un récord seguro. Salgo apresuradamente y vuelvo a coger todo el aire que caben en mis pulmones. La alegría que dan las cosas más sencillas. De nuevo me veo en mitad de la campiña. Sale una rata, del tamaño de un mapache, de unos matojos. El día no da para sustos. Llamo a una casa. Me dicen que sí, pero que el sobre lo han dejado en casa de la suegra que vive en la otra punta del barrio. Suspiro y doy un rodeo (paso de un nuevo encuentro con la hermana salvaje de Mickey). En la otra punta del barrio me dice la suegra que lo llevó por la mañana a casa de su hija, pero que no le dijo nada porque estaban trabajando. Suspiro. De nuevo en camino. Como me salga la rata le pego una hostia. Por fin tengo el sobre, sin rellenar eso sí. Lo hacemos entre todos. Qué bonita la unión familiar. Me invitan a un café o una Coca-Cola. Les digo que no, que muchas gracias. Que tengo que seguir trabajando. Me dicen que cuánto me deben. Nada, señores, ya me pagan por esto (sí, ya...). Insisten en que coja algo para un café. Me tengo que ir corriendo. Ya es de noche. Las siete menos cuarto. Dirijo mis pasos hacia el coche con la sensación del trabajo realizado y la alegría de irme a mi casa de una puñetera vez, que vaya día que llevo. El semáforo me sigue teniendo manía. Atasco en la entrada a la ciudad. Siete y media y aún estoy en la carretera. Todos los semáforos en rojo, qué país. Llego con la intención de aparcar lo más cerca posible de casa. Ni soñarlo. Aparco donde puedo. Cuando era chico había tres coches y una moto en toda la calle... Qué tiempos. El portal de mi casa está lleno de niñatos moteros fumando porros. Entro en casa. Duchita. Pijama. Miro el correo electrónico. Mucha publicidad. Afganistán está que da pena con tanto bombardeo. Elimino la publicidad y los malos rollos. Echo una partida de un juego que me relaja mucho. Los mato a todos. Me preparo la cena. Intento ver algo en la televisión y me doy por vencido. Otra partidita. Los vuelvo a matar a todos. La película de turno. Me quedo cuajado en el primer corte publicitario. Niño, acuéstate en tu cama. Me levanto y me desvelo. Echo otra partidita con el mismo resultado y número de bajas. Las tres menos cuarto de la mañana. Creo que me voy a acostar ya.
Oscuridad. Silencio. Mente divagante. No, por ahí no... Mal rollo. Me como la cabeza un rato y me acuerdo de la canción de Sabina (cuánta razón tiene y qué coraje me da). Quinientas noches me esperan. Paciencia, mañana, otro día.

 
reflexiones al respecto