La mudanza

RELATO de Paco Pérez

Miré por el retrovisor y el sol me deslumbró por un segundo, ya quedaba poco para que se ocultase tras estos pequeños y achaparrados montes del Montsià. Ya había terminado el día de trabajo y Rafa y yo volvíamos a casa fumando y charlando en mi viejito polito blanquito. Inés me había llamado por la tarde para que no se me olvidara coger cajas de cartón y espuma de embalar, que las tuve que sacar de estrangis porque estoy peleado con mi jefe.
Antes de ir a casa de Inés pasamos por el super, el Sabeco, para comprar pienso para el Karma. Mientras Rafa compraba yo lo esperaba en el coche, en el aparcamiento repleto del hipermercado. Eché una cabezadita de diez minutos mientras los últimos rayos del sol, que cada vez parece más sol de invierno, luminoso y frío, me acariciaban los párpados cerrados.
Dejé a Rafa en casa, me cambié de ropa volando, me puse los vaqueros desintegrados y una camiseta blanca de Schweppes Limón y corriendo a la casa mudante. Cuando llegué todavía no habían empezado a cargar nada en la furgoneta, una gran Peugeot Boxer. Como resulta que me ha tocado cargar más de mil furgonetas en mi vida, con todo tipo de mercancías, grandes, pequeñas, cuadradas y absolutamente irregulares, me autoasigné el cargo de Capitán General de Carga de Furgona y empecé por el colchón de matrimonio, lo más goldo. Lo puse de pie apoyado contra el fondo de la furgoneta, después fui metiendo cajas, mirando siempre de dejar debajo las más pesadas y encajándolas de forma que cubrieran el ancho de la furgoneta de lado a lado, sin dejar ni un hueco, para que no se desplazaran en las curvas que darían en su azaroso viaje a Murcia (¿qué coño se les habrá perdido allí?).
Porque resulta que Ana e Inés se van a Murcia. Inés ya estaba cansada de trabajar en la cocina de Sybaris y Ana encontró trabajo de monitora de tenis allá donde los murcianos. Llegarán a Murcia mañana por la tarde, pero dos días después Inés se va para Madrid porque el viernes se sube a un avión que cruzará el Atlántico enorme y la llevará a Richmond, Virgina (Rishhmmm Viryinia, que dicen los yanquis), junto a su hermana Aurora, que la pobre necesita un cable como yo un buen puchero (qué canijo estoy, dios mío), porque está embarazada de cuatro o cinco meses, con una niña de nueve meses, que nació la tía el 31 de diciembre del 2000, pa rematar el siglo y milenio y Ted, su marido, ingresado por complicaciones intestinales que están más allá de mi entendimiento clínico. Además Aurora, Ted, Marina y la nonata se acaban de mudar a una casa nueva donde todo está por hacer, y el salón y las habitaciones llenos de cajas por desembalar. Un numerito, vamos. Vaya pan!. Entonces Inés ha decidido irse dos meses a los USA para ayudar en todo lo ayudable, a pesar de las torres, a pesar de todo. De hecho yo me iba a ir con ella, ya se lo había prometido a Aurora, una semanita para ayudar un ratito. Pero te he conocido a ti y cambio los extensos bosques de Virginia, sus amplias carreteras, su vida de extraños deshermanados, el excitante impacto de sentirme en tierra extranjera, por tu Alameda (la mía), tu habitación (la nuestra), tu piel, tu risa, tu compañía, tu conversación y tu ternura inagotable. Indiscutiblemente.
Así que yo iba apilando cajas cuidadosamente cuando llegaron Gemma y Jorge a ayudar. Tengo que reflexionar sobre tratar a Gemma con más calidez porque con ella soy más seco que el Darth Vader con sus sucesivos comandantes. ¡Coño, trato mejor a Jorge!. Entonces ellos iban trayendo toda la carga a los pies de las puertas traseras abiertas de la furgoneta y yo iba seleccionando cada pieza para encajarla en ese espectacular tetris en que se habían convertido las posesiones de mis amigas.
Lo último que metí, ya en el techo del vehículo, fueron la silla de oficina con ruedas y esa silla imposible en la que hay que sentarse arrodillado. Las dejé para el final porque no encajan con nada.
Me tenía que marchar, porque tenía ensayo con la orquesta. Ya estaba todo cargado, sólo faltaba decidir si se llevarían un frigorífico y una lavadora que les había regalado Merce hacía un par de horas, pero yo me tenía que ir. Nos despedimos con besos y apretados y largos abrazos porque sabíamos que tardaremos un tiempo en volver a vernos y nos daba un poquito de penita. A Inés, que es mu sensiblona, se le cayeron unas silenciosas lágrimas en el último abrazo que nos dimos. La de cosas que hemos vivido juntos: perros, casas, novias, naranjas, mosqueos, birras, viajes, amores y desamores, amaneceres y atardeceres, ¡cuántos platos le he fregado yo y cuántos cuartos de baño ella!.
Al final me tuve que ir para llegar tarde, una vez más, al ensayo. Hoy hemos hablado por teléfono y han llegado sanas y salvas a Molina de Segura, Murcia. Dicen que la casa está cochina cochina, que no tienen ni luz, ni agua, pero están disfrutando de vivir, como amantes, esta aventura compartida.
Nuestro próximo punto de encuentro será Sevilla o Molina de Segura, quién sabe. Mientras tanto chatearemos algún día y nos mandaremos correitos para no perder nuestro dulce y amigable contacto.

 
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