| El sol bajo de la tarde resaltaba la orografía
de arrugas del rostro inmóvil de Salvador Manos Santas. Salvador
Manos Santas disfrutaba de la tenue y acogedora compañía
de sus habituales amigos de banco. Él no hablaba mucho, pero esto
ya lo sabían sus amigos. Y es que Salvador Manos Santas no tenía
ese nombre por casualidad, que va, lo tenía porque perdió
las dos manos, hacía treinta años, intentando salvar a Kokó.
Este hecho era conocido no sólo por los habitantes de su pueblo,
sino por todo el país y, en fin, por todo el mundo que vivió
la conmoción de la existencia de Kokó, o sea, todo el planeta,
prácticamente.
En la plaza, unos chiquillos jugaban incansablemente a hacer carreras.
Salvador Manos Santas los observaba con la respiración tranquila
y los muñones de las muñecas tomando el sol en sus costados.
Entonces el chaval que ganaba todas las carreras perdió, según
las últimas reglas recién hechas. Y se lió la de
Dios. El ex-ganador puso el grito en el cielo alegando que la tenían
tomada con él, los perdedores, que eran mayoría, aprovechaban
para echarle en cara al ex que no sabía perder y que si no sabía
perder que se fuera a jugar con otros, gilipollas. Y conmigo no te metas
que te parto la boca cuatro ojos capitán de los piojos. A mi amigo
no le digas cuatro ojos, cara culo. ¡Cara culo yo!, pues toma hostia.
¡A por él, que le ha pegado a Juanmi!. ¡Pelea, pelea!.
Y el niño malo, ese que nadie sabe ni sabrá nunca alberga
una maldad innata, y que siempre está calladito pero no veas cuando
abre la boca, ese niño agarra un “piedro” y desde prudente
distancia le acierta al ex-ganador en la frente. Salvador Manos Santas
ya se había puesto en tensión cuando, desde la perspectiva
que le daba su posición en el banco, vio agacharse traicioneramente
al pequeño agresor. Salvador Manos Santas no hablaba mucho, ya
lo he dicho antes, pero esta vez se puso en pie de un salto y gritó:
- ¿Es que no os han enseñado a ser buenos en la escuela?
- y mantenía en alto el muñón derecho como si en
el extremo todavía pudiera haber un puño crispado - ¿es
que nadie os ha contado la lección que Kokó le dio al mundo?,
¡panda de malcriados!.
Los compañeros tertulianos del banco apaciguaban los ánimos
de Salvador Manos Santas invitándole a que se sentase donde estaba
y dejara a los críos con cosas de críos. Y se sentó,
sí, pero cuando volvió a fijar la mirada al frente, ya casi
tranquila e inmóvil, su memoria le trajo con nitidez las vivencias
de treinta años atrás, en el tiempo en que existió
Kokó.
***
A Johnie Huevos de Acero no había Cristo que le hiciera inmutarse.
Trabajaba en el departamento de homicidios y tras quince años de
servicio había visto, oído, olido, palpado y saboreado las
salvajadas más indescriptibles e inhumanas sin que nadie le viera
alterar el gesto, con la tranquilidad del que ha nacido para el oficio.
De él se contaban mil historias, seguramente todas ciertas.
Pero, claro, Johnie Huevos de Acero tenía un inconveniente, digamos,
social. Y es que si algo le molestaba de alguien, fuera quien fuese el
desdichado, eliminaba la molestia, aunque eso supusiera tirar al pobre
tipo por la ventana desde la planta cincuenta. Y eso fue lo que le perdió,
porque un día, estando en su casa, decidió que el volumen
de la tele del vecino estaba demasiado alto. Salió al rellano de
la escalera, aporreó la puerta del vecino, y como efectivamente
la tele estaba demasiado alta, el vecino ni se enteró. Johnie Huevos
de Acero echó la puerta abajo de una patada, entró hasta
el salón donde se encontraba el vecino, levantó la tele
sin miramientos, y justo cuando el presentador decía si quiere
jugar con nosotros venga de cabeza a “el-que-piensa-pierde”,
ante la mirada atónita de su vecino, le incrustó la pantalla
hasta los hombros. En ese instante, por la ventana del salón, entró
volando suavemente Kokó, y por primera y única vez en su
vida, Johnie Huevos de Acero, abrió la boca y los ojos de par en
par y emitió un corto gemido. Kokó le puso una mano en el
hombro derecho, le miró sonriente y Johnie cayó fulminado
sobre el suelo del salón.
***
La noche era cálida y estrellada. La luz de la luna iluminaba,
con la luz de los sueños, los árboles y los senderos del
gran parque central de la ciudad. En uno de los rincones más oscuros
y apartados había un coche aparcado. Entre risa y gemido Kokó
le decía a Jorge que no la apretará tanto con la mano, que
estaba tocando a una mujer, no empaquetando una mochila, cojones. Jorge
se reía y le faltaban manos para tocar todo lo que quería,
ahora un pezón, ahora el ombligo, ahora el vello centro de su deseo,
ahora las nalgas.
Entonces Kokó oyó algo. ¿No has oído eso,
Jorge?. Venga Kokó, no me líes que me cortas el rollo. La
libido se les cayó a los pies. Antes de que pudieran reaccionar
alguien saltó sobre Jorge y empezó a patearlo sin darle
ocasión más que de aullar con cada patada. Otro ya había
echado mano de las bragas de Kokó y de un tirón las lanzó
lejos. Kokó chillaba, manoteaba y pataleaba. Jorge recibía
la paliza de su vida.
El Creador y Zeus contemplaban con desolación la escena desde las
inconmensurables alturas de las divinidades.
- Qué desastre, Zeus. Les he puesto todos los ingredientes que
se me han ocurrido y nada, que no se aclaran.
El Creador se mesaba la barba y reflexionaba sobre todo esto.
- Quizás necesitan que les cuentes de forma más cercana
a sus entendederas cuál es tu objetivo - decía Zeus intentando
hallar soluciones.
- Mira, ya sé lo que vamos a hacer - dijo el Creador ilusionado
- sácate un par de rayos de la aljaba de los rayos mortales y me
haces el favor de fulminar certeramente a esos dos individuos. Y te sacas
un tercer rayo de la aljaba de los rayos mágicos y convierte a
ese chaval que le están haciendo una cara nueva en un semidiós
terrenal.
- Eso está hecho, Creador - dijo Zeus buscando en su baúl
de asuntos divinos las famosas aljabas.
- Y apunta bien, amigo Zeus, que te veo ya muy mayor para estas emociones.
Zeus lanzó el primer rayo, el segundo y el tercero, y tanto él
como el Creador aguzaron la vista, con la mano derecha sobre las cejas
para evitar el brillo de los cientos de millones de soles que les rodeaban,
siguiendo la trayectoria de los flamígeros proyectiles.
Los rayos cruzaron vertiginosamente el espacio infinito, atravesaron el
cielo estrellado del parque e impactaron con furia divina sobre Kokó,
Jorge y los dos violentos.
- ¡Pero bueno, Zeus, dios del cielo y soberano de los Dioses!, ¡estás
más ciego que tu sobrino Hoder, dios de la oscuridad!.
- Lo siento, Creador, hace tantos milenios que no practico - dijo Zeus
mirando avergonzado el resultado de su puntería.
El resultado de su puntería fue: Kokó, negra como el hollín
con los pelos al más radical estilo rastafari, conmocionada en
el suelo a sesenta metros de donde sucedía la refriega, y cuatro
montoncitos de cenizas donde, hacía un instante, se hallaban Jorge,
los tipos malos y el coche, respectivamente.
Y el Creador extendió el brazo y, con la mirada fija en la aún
alucinada Kokó, le transmitió un objetivo divino: que los
humanos dejaran de comportarse como las bestias que fueron milenios atrás.
Kokó, sentada en la hierba, se llevó las manos a la cara
y a las sienes. ¿Qué ha pasado?, joder, ¿qué
ha pasado?, se preguntaba interiormente. Se levantó, con menos
dificultad de la que esperaba, y caminó sesenta metros en dirección
al coche. ¿Y el coche?. Un poco de brisa en la nítida noche
elevó nubecillas de ceniza de los restos del coche, o de Jorge,
quién sabe. Kokó gritó. Gritó de miedo, de
histeria, de rabia. Tantos pulmones le puso al empeño que el árbol
donde Jorge y ella se apoyaban hacía un rato (¿cuánto
rato?) pegó un brinco y voló, raíces incluidas, hasta
el sendero más cercano, quince o veinte metros más allá.
Kokó calló. Estaba tranquila, pero inquieta, muy inquieta.
Cerró los ojos, y plantada, tal como estaba, oyó (¿oyó?)
con precisión el enunciado de un objetivo: eliminar de la Tierra
a los malos. Kokó abrió los ojos, inspiró un par
de veces y se preguntó, ahora en voz alta, y ¿quiénes
son los malos?.
***
En cuanto entró supo que la violencia estaba cerca. Había
coches aparcados a ambos lados, a continuación de unos contenedores
de escombros, delante a la derecha, sabía que había un hueco
por el que se entraba a un solar en construcción. Se asomó
por el hueco, oscuro, muy oscuro, y sin verlo supo que violaban a alguien.
Supo de una mujer amordazada, un tipo la agarraba recio, otro le desgarraba
la ropa. Deseó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad e,
instantáneamente, se le aparecieron los contornos del solar. Los
pilares de hormigón, montones de ladrillos, maquinaria en reposo,
olía a obra. En un rincón vio a los tres, ella en el suelo,
pataleante, retenida, un tipo, de pie, le pisaba ambas muñecas,
los brazos en cruz, crucificada boca arriba en el suelo. El otro se colaba
entre las piernas.
- Soltad a la mujer - lo pronunció tranquilamente, pero su frase
era una orden tajante, no cabía duda.
El que estaba de pie la miró, sin moverse, sin dejar de pisar a
la presa. El que estaba de rodillas giró la cabeza, en un sólo
movimiento se puso en pie y se subió los pantalones, botón
abrochado, cremallera abierta. Dio unos pasos hasta Kokó y sin
la más mínima pausa le arreó un puñetazo brutal
en la boca del estomago. Kokó se plegó y el sujeto, con
su sonrisa ida, paranoica, pensó: dos tías por una, dos
tías por una, jeje, dos tías por una, jeje. Pero Kokó
se plegó por instinto, el terrible puñetazo de aquel animal
no le había producido ningún dolor. Kokó se irguió
de nuevo y, cuando algunas de las pobres, maltrechas y podridas neuronas
del bestia se asociaban para ordenar otro puñetazo descomunal,
Kokó metió la mano por la cremallera abierta, agarró
el miembro que andaba por allí dentro y tiró, en seco. El
alarido pudo oírse tres calles más abajo. El colega estaba
cagado, petrificado, pero ahí quedó su panorama de emociones,
Kokó se plantó a un palmo de su cara y le dio una palmada
en la frente. El cuello del tipo tomó un ángulo imposible
y cayó a plomo. A Kokó todavía le dio tiempo de apartar
a la mujer de debajo. La víctima temblaba, lloraba, no podía
mantenerse en pie, no hablaba. Kokó, poniéndole una mano
en la mejilla le dijo: tranquila, quiero que sepas que esto ya no volverá
a ocurrir, créeme, ya no tienes magulladuras, ya no tienes miedo
y lo de la ropa lo arreglamos en un momento. La calma invadía por
momentos a la mujer, Kokó no perdía un instante e iba colocando
los jirones de ropa sobre la piel. Cada trozo de tela ensamblaba mágicamente
con el siguiente para formar, al final, el vestido impecable. Esta fue
la primera mujer que tuvo consciencia de la existencia de Kokó.
La abrazó, feliz, sonriente, sin euforia, en la penumbra de la
obra y salió aprisa por el hueco que daba a la calle.
Kokó quedó inmóvil, asimilando lo que acababa de
ocurrir. Miró, a su derecha, el bulto en sombras del tipo con el
cuello roto. A su izquierda, en posición fetal, el otro violador
se convulsionaba de vez en cuando presa de un dolor indescriptible. Kokó
se acuclilló a su lado, le agarró el cuello con una mano
y apretó sin violencia. Un crujido y el tipo dejó de moverse.
Pues ya está, se había vengado. No estaba triste por Jorge,
ni asustada. Sólo sentía la necesidad de cumplir su encargo
divino.
La mañana siguiente amaneció con los noticiarios a cien.
En una sola noche la ciudad había registrado ochocientos treinta
y dos homicidios. La policía no había recibido ni una sola
llamada, se fueron encontrando cadáveres a medida que las patrullas
completaban sus recorridos. Un patrón ligaba todas las muertes.
Nadie reclamaba sus cuerpos, todos los cadáveres encontrados pertenecían
a hombres y mujeres indeseables en algún sentido. Sicópatas,
camellos, capos, hombres y mujeres con un perfil común, mataban
por sus objetivos, sin remordimiento. Incluso apareció muerto un
policía, el más temible del departamento de homicidios,
en el apartamento de su vecino, que roncaba plácidamente con un
televisor por sombrero.
El día siguiente, y el siguiente del siguiente, se propagó
esa especie de epidemia que mataba a todo ser humano que había
infringido el No matarás, o estaba sinceramente dispuesto a matar
a otro ser humano para conseguir un objetivo (o dos).
Kokó progresaba veloz. Aprendía, descubría sus cualidades
a marchas forzadas. Descubrió que podía volar, no exactamente
como un pájaro, pero se desplazaba por el aire, al fin y al cabo.
Descubrió que, en resumidas cuentas, si deseaba algo que sirviera
a su misión, se cumplía al instante.
Llegó, incluso, a conseguir que cuando alguien infringía
un daño, este daño no afectara a su víctima, sino
al agresor. Se detectaron decenas de casos de ejecutores, asesinos a sueldo,
terroristas que al efectuar el tiro de gracia, recibían en su cuerpo
el proyectil que iba dirigido al condenado. Lo mismo ocurría con
ahorcados, fusilados, quemados, acuchillados. El que infringía
el mal, lo recibía en sus carnes en ese instante; la víctima,
ilesa.
Zeus y el Creador contemplaban, con divina satisfacción, los actos
de Kokó.
¿En qué me diferencio yo de ellos?, se preguntó por
primera vez en seis meses Kokó. El Creador y Zeus contuvieron la
respiración allende los astros.
Kokó tomó una decisión, le preguntaría a todos
los habitantes del planeta si lo que ella hacía estaba bien. Se
materializó ante las puertas del gran hemiciclo donde se discutían
los asuntos de interés mundial y entró, desgreñada,
tiznada, con paso tranquilo, al pasillo que conducía a la tribuna.
No había dado un paso cuando dos hombres pertenecientes al equipo
de seguridad del edificio la sujetaron por ambos brazos. Kokó siguió
caminando sin esfuerzo, los guardias trastabillaron unos pasos arrastrados
por ella y, como si les hubieran dicho “un-dos-tres-duerme-ya”,
cayeron inconscientes sobre la moqueta.
Kokó subió a la tribuna, apartó con suavidad al señor
poderoso y elocuente, que no podía creérselo, y dijo con
voz clara:
- Habitantes de este planeta. Humanos. Congéneres. Yo, tengo una
misión - hizo una pausa.
Cientos de traductores vocalizaron en sus distintos y variados idiomas
la primera frase de Kokó.
- Mi misión consiste en eliminar a todos los seres humanos que
conserven en su comportamiento algo de la bestia, del animal, que fuimos
hace millones de años. En seis meses he matado a más gente
de la que nunca mató la peor epidemia. Y, hoy, por primera vez
en todo este tiempo, me he preguntado si está bien esto que hago.
La confusión se apoderó de la sala. Todos hablaban a la
vez. Delante de cada pantalla de televisión, de cada aparato de
radio, se originaron discusiones a favor y en contra de Kokó. Unos
sostenían que sí, joder, que se cargara a toda la maldita
basura que poblaba el planeta, a todos esos terroristas que mataban indiscriminadamente,
a todos los chorizos, mangantes y sicópatas que había en
la Tierra. Otros defendían que tan asesino es el que mata como
el que ajusticia matando. En general, todo el que tenía algo que
perder, veía en Kokó un elemento de salvaguarda de él,
de sus propiedades, de lo suyo. Los que no tenían nada que perder,
o no temían perder nada, atacaban en contra de Kokó, declarándola
fascista, dictadora y monstruo asesino.
Esto ocurría en el minuto siguiente a la declaración de
Kokó.
- Entiendo - dijo Kokó, tan inteligiblemente que en muchos lugares
del globo no necesitaron traductores para comprenderla.
En la Tierra las cosas iban a peor. A raíz de la intervención
pública de Kokó, estalló un conflicto mundial dividido
en tres bandos, los que estaban a favor de Kokó, a favor de sentirse
protegidos y resguardados, los que estaban en contra de Kokó a
favor de resolver su destino por ellos mismos y los que les daba igual
una cosa que otra y se limitaban a vivir sus vidas como buenamente podían.
La masacre no tuvo precedentes. El resultado era de esperar, no quedó
sobre la faz de la Tierra ni un solo ser humano capaz de empuñar
un arma para agredir a otro. Bueno, sí que quedaron, unos pocos,
pero se guardaban la violencia en lo más profundo por temor a morir
víctimas de sus propias agresiones.
Contra Kokó se dispararon balas, flechas, misiles, bombas atómicas,
piedras, lanzas y hasta macetas; pero fue en vano, Kokó era indestructible,
inmune a cualquier daño. Mientras, continuó con su labor
exterminadora, apesadumbrada, sin acabar de comprender por qué
lo hacía, para qué lo hacía.
El último ser humano-bestia murió en un pequeño pueblecito.
Esperaba, agazapado entre las ramas de un árbol, a que pasara su
presa, su enemigo, por el sendero de tierra que llevaba a la entrada del
pueblo. Cuando el hombre pasaba por debajo del árbol, cuyas ramas
derramaban su sombra sobre el sendero, el agresor saltó sobre él,
machete en mano. Lo derribó y, sentado a horcajadas sobre el vientre
de su víctima, levantó el machete sobre su cabeza agarrando
el mango con las manos crispadas. Kokó apareció, como un
lento espejismo, a espaldas del verdugo arrodillado. El agresor bajó
el machete con furia directo al pecho. A medio camino, sus manos corrigieron
inverosímilmente la trayectoria y el machete cortó, con
terrible facilidad, un botón de su camisa, el esternón,
el corazón, y la tela de su camisa por la espalda.
Kokó agarró el cadáver por la cintura del pantalón,
lo levantó en vilo con facilidad y lo lanzó a un lado del
sendero, le tendió la mano al hombre que yacía boca arriba
y le ayudó a ponerse en pie. El hombre la miró fijamente
a los ojos, con serenidad.
- Gracias, mujer - dijo.
- Ese era el último ser humano capaz de matar que quedaba en la
Tierra. Ahora mi misión ha concluido.
- ¿Cómo te llamas?, nadie sabe tu nombre - dijo el hombre
en el mismo tono sereno.
- Kokó. Me llamo Kokó.
Entonces Kokó levantó lentamente la mirada al cielo, levantó
los brazos en cruz con las palmas hacia arriba, cerró los ojos
y deseó, con toda su energía, morir, desaparecer sin dejar
rastro.
Salvador, que así se llamaba el hombre, comprendió lo que
iba a pasar y gritó:
- ¡Kokó!, ¡no lo hagas!, ¡no lo hagas! - y agarró
la cabeza de Kokó poniéndole las manos a ambos lados de
la cara.
Una profunda conmoción azul sacudió el espacio donde se
encontraban Kokó y Salvador, acompañada de un retumbar largo
y poderoso, como si se oyera una gigantesca tormenta acercándose.
Kokó desapareció, y, con ella, desaparecieron también
las manos de Salvador. No sintió ningún dolor. No sangró.
Pero ya no tenía manos. Hacía unos minutos, que medio pueblo
(era un pueblo pequeño) observaba atónito los acontecimientos
desde el sendero, a prudente distancia. Salvador miraba alternativamente
los muñones y el cielo, como si buscara el lugar al cual habían
ido a parar sus manos.
Salvador es, desde aquel día, Salvador Manos Santas.
Algunos años después de que desapareciera Kokó, los
pocos seres humanos violentos que poblaban la Tierra, aún recelosos
por el reciente exterminio de Kokó, comenzaron a buscar enemigos
a los que matar. Siempre se podía encontrar un enemigo si uno tenía
la suficiente mala leche para desearlo. Los poderosos volvieron a tener
su lugar en el mundo. Los soldados tenían algo que defender; la
policía, alguien a quien detener. La especie volvió a su
cauce, a su equilibrio.
***
Salvador Manos Santas miró al cielo con los ojos entornados y,
por la posición del sol y el ruido de sus tripas, supo que era
la hora de comer. Había estado casi una hora recordando la impactante
existencia de Kokó, hacía tantos años ya. Se levantó
del banco, miró a sus amigos, que sentados charlaban taimadamente
de cualquier cosa, y, dando media vuelta dijo con voz tranquila:
- A ver qué porquería nos ha puesto hoy la mujer.
Los ancianos amigos sonrieron y levantaron la mano en un saludo mudo.
Sabían, de buena tinta, que la mujer de Salvador Manos Santas,
la dueña de la cantina del pueblo, era la mejor cocinera del mundo.
Indiscutiblemente.
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