| 1. La llegada
Ella, encantada, me dejó conducir. Sólo de pensar en los
seiscientos kilómetros que me quedaban por delante se me ponía
la piel de gallina porque en ese momento ya estaba cansado; aunque mejor
eso que dejar conducir a ese peligro de anciana. Así que enganché
la autopista noventa y cinco y rumbo norte desde Miami, atravesando Cape
Canaveral, Daytona Beach, Palm Beach, Orlando (donde está Disney
World) y otras geografías que no recuerdo. Gemma me acompañó
mucho rato despierta pero después le venció el sueño
y conducir fue todo un ejercicio de voluntad para no quedarme dormido
agarrado al volante, porque la anciana Kate en el asiento trasero no decía
ni mu. Tiempo para reflexionar. En el avión nos dieron un cuestionario
para rellenar antes de entrar en los Estados Unidos, había seis
o siete preguntas a las que había que responder sí o no,
tanta risa me daba que primero respondí a todas que sí y
cuando por fin llegamos a las puertas de Inmigration, entonces cogí
otro cuestionario y lo rellené contestando a todo que no porque
las preguntas eran del tipo: ¿lleva consigo en su equipaje algún
tipo de armamento convencional o nuclear?, ¿lleva consigo productos
radiactivos?, y la más bestia de todas, ¿tiene intenciones
de cometer en los Estados Unidos algún acto terrorista o buscar
trabajo?, ¡sí, sí, en la misma interrogación!,
¡cometer un acto terrorista o BUSCAR TRABAJO!, equiparables al parecer.
Así que al principio contesté que sí, que llevaba
armamento nuclear, que iba a cometer actos terroristas, que iba a buscar
trabajo y que era portador de virus no menos peligrosos que el Ébola.
Al bajar del avión, por los pasillos interiores del aeropuerto
de Miami nos separaron en ciudadanos americanos y aliens (cara de monstruo
se me puso). Las colas larguísimas las despacharon en un momento.
Todo el personal hablaba español chicano e inglés, la mayoría
de los que trabajaban allí eran sudamericanos. Todos negros, eso
sí. Nos atendió una negra gorda con cara de malas pulgas
que después resultó tener una sonrisa encantadora porque
probé a sonreírle mientras ella revisaba nuestros pasaportes,
ahora en regla (jeje), y me devolvió la sonrisa con la lentitud
acorde a los ciento veinte o ciento treinta kilos que debía pesar.
Un híbrido entre tortuga y Java el Hutt (el sapo grande de ‘El
Imperio contraataca’). Cuando por fin pasamos Inmigration, Luggage
y Customs, en la llegada de vuelos internacionales estaba Kate con un
cartelito ‘Gemma & Paco’. Era la primera vez que veía
a esta señora y como al fin y al cabo yo era extranjero en tierra
extraña me comporté como me dio la real gana, salí
corriendo hacia ella y la abracé como si fuera mi abuela materna
y la reencontrara después de veinte años. Afortunadamente
ella me correspondió.
Las autopistas norteamericanas, por ley, tienen una milla recta por cada
cinco millas por si algún avión necesita hacer un aterrizaje
de emergencia. Son bonitas pero aburridas. Los márgenes están
infestados de bosque y vegetación, son casi todas rectas y no se
puede pasar de sesenta o setenta y cinco millas por hora, noventa o ciento
diez kilómetros por hora. Lo dicho, siendo extranjero en tierra
de infieles le pisé duro al Toyota de Kate y no bajé de
las noventa y cinco millas por hora. Días después me enteré
que por esa infracción te meten en la cárcel sin miramientos,
lo peor es que en Florida es legal la pena de muerte y la cárcel
es mejor no pisarla ni por casualidad. Una milla, por si no tienes una
agenda a mano, equivale a un kilómetro y medio, un galón
son cuatro litros y medio, un dólar es un euro con décimas,
ciento sesenta y cuatro pelas. ¿Quieres más números?,
la gasolina súper va a dólar el galón, o sea unas
treinta pelas el litro, sí, sí, la misma que aquí
va a ciento veintinueve y subiendo. Cuando creí que la voluntad
no podría retener mis ojos abiertos por más tiempo vi la
salida a Jacksonville. Eran las diez y media de la noche, hora de la costa
Este, para nuestros cuerpos humanos eran las cuatro de la mañana
hora de Greenwich. “Tenía legañas pa pressintar un
tupervare, niña”.
2. Preliminares.
Llegar a Miami con el pasaporte en regla puede parecer lógico,
incuestionable, pero yo soy Paco el Fantástico, querida, y hay
cuestiones que, por muy complejas que sean, siempre llevo al día
y otras terriblemente sencillas que se me pasan por alto con asombrosa
facilidad.
La noche del miércoles la pasamos en Barcelona, en casa de unas
primas de Gemma, que viven en una bocacalle de las Ramblas, ésa
en la que está el Café donde se ha grabado el anuncio de
Nescafé en el que sale el protagonista levitando sobre la barra.
Barcelona por la noche es toda luz. Intentamos ir a cenar a sitios creo
que muy conocidos (no recuerdo los nombres) pero estaban a tope y en todos
había cola para entrar, así que acabamos en un chino cenando,
en una mesa giratoria, pan de gambas, aleta de tiburón y gato con
bambú. Al marcharnos nos llevamos los vasos de licor. Pobres chinos.
De mañana, muy tempranito, a esa hora que me encanta y no disfruto
tan a menudo como debiera, con la luz incipiente del amanecer y la fresca
antes de que asome el sol, cogimos un taxi y al aeropuerto. Eran las cinco
y pico.
Ya sabes lo que hay en el aeropuerto. Mucha reverberación, gente
descontextualizada, maletas, carritos, monitores, croisants y sandwiches
de jamón y queso envueltos en plástico. Facturación,
la espera en la sala de embarque, los pequeños pánicos de
los que vuelan por primera vez. Da igual haber volado mil veces o volar
por vez primera, si te toca el avión que se estrella no lo cuentas.
Aterrizamos en el Charles de Gaulle de París en un par de horas.
Mmmm, otro país, otro idioma, otras gentes. Disfruto con los cambios.
Encontramos nuestra siguiente puerta de embarque, la de Miami. Esperamos
un rato y después todos en fila pasillo adentro supervisados por
una azafata francesita monísima. A nadie le pidieron el pasaporte.
A mí sí. Pues bien, saco mi pasaporte muy ufano, sonrisa
amplia, y se lo entrego a la preciosa azafata. Your passport is out of
date, me dice, y me quedo a cuadros, hacía ¡una semana!,
¡siete días!, que me había caducado el pasaporte y
yo sin saberlo. A Gemma le dice que ella sí puede subir, pero que
yo no. Operación Chuleta de Ternera: me pongo el disfraz de El
Santo, saco el móvil, el PDA, que es como una agenda electrónica
pero con mil funciones más y comienzo a hacer llamadas. El que
tenía que haber sido nuestro avión despegaba ya rumbo al
Nuevo Mundo. Yo quería llamar al consulado español en París
pero no fui capaz. ¿Por qué?, pues porque el teléfono
de información francés que es el 012 o el 123, o algo así,
no se podía marcar desde mi móvil ibérico. Tuve que
llamar a un amigo a España que me localizó el consulado
en cuestión, en la calle Malesherbes (ni te lo traduzco). Cogimos
un taxi desde el aeropuerto a París Centro y, mientras, yo iba
hablando por teléfono. Eran las doce y pico de la mañana.
Antes de salir del aeropuerto me tuve que ligar a una chica de ventanilla
para que nos metiera en el vuelo del día siguiente a Miami. Tuve
que usar mi mejor sonrisa, mi tono de voz más cálido, mi
mejor tono despreocupado y todo mi arte sevillano para conseguirlo. Piensa
que en los billetes, en letra sobreimpresa y de gran tamaño decía:
ESTE BILLETE NO PUEDE CAMBIAR SU FECHA DE SALIDA NI SU FECHA DE RETORNO
BAJO NINGÚN CONCEPTO. ¡Bajo ningún concepto!. Claro,
yo podía alegar que tenía el pasaporte caducado y que necesitaba
todo el día para hacerme uno nuevo (todo el mundo me decía
que necesitaría más de un día), pero ¿y Gemma?,
ella no había subido al avión por propia voluntad, nada
se lo había impedido. Imagínate. Desde el taxi, camino del
consulado me enteré que llegábamos tarde, que era la una
menos poco, que el cónsul se iba a la una y no volvía hasta
el día siguiente a las ocho, y que estábamos en un atasco
porque estaban asfaltando la autovía del aeropuerto a París.
Le rogué a la secretaria del cónsul, al cónsul y
al orgullo nacional que me permitieran tener un pasaporte para poder embarcar
al día siguiente. El consulado cerró, pero el cónsul
me esperó dentro. Nos abrieron las puertas dos hombres enormes
con pintas de FBIs con auricular de gusanillo, traje sastre oscuro y gafas
de sol. En cinco minutos de conversación con la secretaria tuve
claro todo lo que necesitaba, veinte o treinta francos, mi DNI, rellenar
un impreso y cuatro fotos carnet. Salí volando del consulado prometiendo
a los poderosos guardianes de las puertas que volvería en un verbo.
Saqué el dinero en un cajero de “La Caixa de Pensions i Estalvis
de Barcelona”, ¡no te lo pierdas!, y encontré un fotógrafo
instantáneo abierto ¡a esas horas!, casi las dos del mediodía.
Volví al consulado y los grandullones me franquearon, cómplices,
la entrada. Diez minutos después el cónsul en persona me
entregaba el pasaporte calentito y nos deseaba buen viaje a los States.
Los vigilantes eran españoles, uno de Logroño y el otro
de Orense, buenas gentes, nos indicaron dónde podíamos tomar
algo y por dónde caía la Tour Eiffel.
Bueno, pues estuvimos todo el jour de visita parisina. Bajamos por la
Avenida de los Campos Elíseos, fuimos a la Torre Eiffel, vimos
el puente, que ya se ha convertido en visita obligada, en el que la desdichada
Galesa se estrelló a bordo de aquel Mercedes, paseamos por Monmartre,
el Sena, etc, etc. París en un día. Nos quedamos en un hotel
del aeropuerto y salimos a la mañana siguiente rumbo a la costa
de Florida.
He hecho viajes demoledores en tren y en autobús por España,
así que las 8 horas que se tarda en cruzar el Atlántico
son pecata minuta.
3. Primer contacto alienígena.
En Jacksonville nos dirigimos a casa de los Steinkamp, la familia de la
novia, en la zona residencial de Queen’s Harbour, una urbanización
de superlujo en plan campo de golf, totalmente amurallada y vigilada.
Nos identificamos en la valla de entrada, junto a la garita de los guardias,
y nos dejaron pasar. Eran las once de la noche, cinco de la madrugada
para Gemma y para mí, viernes diecisiete, el día antes de
la boda.
En casa de los Steinkamp había fiesta en la parte de atrás.
Hazte una idea, casa príncipe de Bel-Air, con embarcadero y lago,
piscina y una tele de sesenta pulgadas. Hugo, mi amigo de toda la vida,
hermano de Santi, el novio, estaba de espaldas, le tapé los ojos
y lo dejé adivinar. ¡Qué alegría vernos en
un sitio tan peregrino y tan lejano como Jacksonville, Florida!. A continuación
todos los demás, Marta la novia de Hugo, Santi con una guitarra
regalo de boda de Lisa, su futura, y los ojos brillantitos por la alegría,
Hugo padre y Amalia, padres de Hugo y Santi y un incontable “yanquierío”
con los que echamos unas risas inolvidables.
Algún día te hablaré de lo que sucedió los
días siguientes. Te hablaré de las gasolineras y de los
perritos calientes. De “God is coming soon!” (¡Dios
llegará pronto!), de Lousiana, de New Orleans donde hasta los gatos
maúllan en pentatónica menor, de los enormes espacios con
que cuenta ese país, de sus leyes asfixiantes y de más historias
que ahora no recuerdo.
Un beso.
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