| Érase una vez un médico de
campaña que atendía a los heridos de una guerra larga y
feroz que se desarrollaba en su país. Bajo las lonas del hospital
improvisado entraban hombres con heridas de metralla, fracturas, quemaduras.
Vendas y medicamentos con olor a medicamentos se movían velozmente
en las manos del médico y sus ayudantes. Este médico genial
y milagroso nunca dejó un herido sin sanar, nunca una baja tuvo
que anotar en su historial. Pero un día llegó un soldado,
transportado urgentemente por los camilleros, casi desangrado, una bala
le había acertado en pleno corazón, su estado era gravísimo.
El médico respiró hondo, ni una baja en su historial y este
hombre no iba a a ser el primero, no señor. El proyectil estaba
alojado en el corazón, pero sorprendentemente aún latía
con fuerza, este hombre quería vivir a toda costa. Tras una larga
y delicada operación, el médico extrajo la bala y cosió
todas las heridas, que dejarían profundas cicatrices, sin duda.
Cuando el soldado recobró la conciencia, notó un hueco tan
grande en el corazón que no paraba de tocarse la herida, a pesar
de las advertencias del médico. Intentaron atarlo a su cama para
que la herida pudiera sanar, pero todo fue inútil, de una forma
o de otra siempre acababa hurgando la cicatriz y, aunque el médico
le dio el alta, la herida todavía sangraba de vez en cuando. El
soldado conservaba la bala que estuvo a punto de matarle y se le ocurrió
la descabellada idea de devolvérsela a quien le disparó.
Arriesgó su vida de nuevo infiltrándose entre el enemigo
y, después de más de un año, encontró al francotirador.
No hablaban el mismo idioma, pero, como pudo, le hizo entender todo lo
sucedido y, ante la estupefacción de su enemigo, dio media vuelta
y se marchó por donde había llegado. A pesar de todo la
herida no acabó de cicatrizar y algunas noches, antes de quedarse
dormido, una lágrima de sangre dibujaba una línea en su
pecho y acababa manchando la sábana. Sólo con el paso del
tiempo descubrió que, con la guerra ya terminada, lo único
que conseguía cerrar su cicatriz casi por completo era vivir. Este
soldado, en tiempo de paz, era panadero y tuvo cocer mil panes para empezar
a darse cuenta de que cada vez tenía más clientes, de que
cada vez sus bollos eran más y más apreciados. Cuando centró
su atención en el horno, en hacer el pan más rico de la
ciudad y en la sonrisa satisfecha de los que lo compraban, la herida dejó
de sangrar y se convirtió sencillamente en una cicatriz en su pecho,
que para nada le impedía ser un panadero exquisito y un vecino
sonriente.
“Dedicado a todos los heridos de guerra”.
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