| Dicen que hubo un tiempo en el que desde
el aire, Extremadura se veía como una tierra muerta a puñaladas,
porque allí las madres paren a los hijos, pero los cría
la tierra, en la que los siembran.
Cuando están en edad de merecer, los arrancan y la tierra queda
con la herida abierta, como esperando que los vuelvan a plantar.
Cuando llegó su tiempo, Manuel decidió ir en busca de lo
que creía mejor para él y los suyos, y abandonó,
¡qué pena!, la tierra, desgarrándola. Abandonó
la casa, pequeña, de techos bajos, acogedora, sin aristas a plomo,
suave por la mano de cal que, cada año, se sumaba a sus paredes,
y, sobretodo, abandonó el aire perfumado por la familiar cercanía
del campo; también algunas miserias.
Llegó a Sevilla con los ojos abiertos como platos y se puso a trabajar
duro en una gran empresa de amianto, ¡Ay, dolor!
Se adaptó con prontitud a su nuevo mundo. Compró una parcela
y se construyó una casa, donde se instaló con su nueva vecindad.
Hizo amigos y simpatizó con sus compañeros de trabajo.
Tuvo que soportar, con paciencia, la desconfianza de su menuda mujer:
“Manuel, hijo, ganas un buen sueldo, te dan ropa de trabajo, tenemos
“economato”, el seguro, eres fijo, y no te tratan mal, ¡si
hasta te has comprado una escopeta nueva!. ¡Esto tiene que tener
trampa!, ¿dónde estará el truco? no me lo acabo de
creer...”
Manuel era alto, enjuto, desgarbado, confiado, dicharachero, amable y
hospitalario, ocurrente y generoso, de pelo lacio y negro, siempre despeinado,
trabajador como pocos, y, como buen cazador, siempre exagerado en sus
relatos, que prodigaba utilizando una jerga sólo para iniciados.
Pasados más de veinte años, comenzó a perder humor
y brillo en sus ojos, y se volvió más lento. Un compañero
de trabajo y cacerías comentaba: “A Manué le baila
el pescuezo en la camisa”
Los servicios médicos de la empresa se lo explicaron: “tienes
asbestosis” “¿Asbestosis?, ¿y eso, qué
puñetas es?” le contestó su mujer, ¡Qué
pena de su mujer!.
Su mujer, menuda, de ojos negros y profundos, analfabeta, de memoria prodigiosa,
le dijo: “éste era el truco, la asbestosis. Ahí está
la trampa, Manuel, ahí está la trampa”
Y Manuel se conformó. Le calcularon la pensión que debía
compensarle y pensó que era su jubilación, una forma de
darse el descanso que ya le apetecía. Pero no fue así. Llevaba
la bicha dentro.
Vivió un tiempo peor que bien, porque el poco aire que respiraba,
cada vez le sabía a menos.
Un mal día, la bicha le mordió las entrañas. Él
decía que tenía el pecho como una cafetera, le silbaba y
le quemaba. La desconfianza de su mujer aumentó cuando el diagnóstico
confirmó sus sospechas (ya entendía bastante de aquellas
cosas): “Mesotelioma”.
Casi al final de sus días, lo asaltó el insomnio producido
por la insoportable quemazón de sus costados. De noche, salía
sigilosamente de su casa buscando el fresco y se sentaba en la placita
que veía desde su dormitorio, y enseguida acudía su mujer,
a la que creía no haber despertado, con el frasco de alcohol de
romero con el que le daba friegas que aliviaban su dolor. La ciencia,
impotente, ya había tirado la toalla.
Se encorvó de tal modo, que temía que sus compañeros
no lo reconocieran. Él, que tanto disfrutaba con sus tertulias,
haciendo un esfuerzo sobrehumano, improvisaba una broma para que vieran
que era Manuel, el mismo Manuel, pero sólo le salía una
mueca.
Me distraje y, no enterándome a tiempo, no fui a su entierro. “No
me lo perdonaré nunca”
Su mujer cargó con su pena, no se acobardó, movió
Roma con Santiago proclamando la injusticia, y un tribunal solemnemente
desestimó su razón, ¡Ay, qué pena de mujer
fuerte!
Un médico, considerado experto en la materia, informó que
no encontraba relación entre la muerte de Manuel y su trabajo.
Un informe de autopsia, firmado por un MIR, en el que se signa su sexo
con una H, de una manera escueta certifica la causa de su muerte: “Parada
cardio-respiratoria”.
¡Ay, si Hipócrates levantara la cabeza!
Con estos mimbres, ¿qué otro fallo cabría esperar?
Su mujer y sus hijos se quedaron sin la pensión, ya no tienen “economato”,
sólo les queda el recuerdo imborrable de Manuel...¡ah, eso
sí, nunca se desprenderán de la escopeta!
Dicen que ahora, desde el aire, Extremadura va cambiando, porque un reguero
de viudas han incinerado los cuerpos de sus maridos, con sus correspondientes
puñaditos de amianto, y cada montoncito de cenizas, en cada una
de las puñaladas, ellos, con su asesino, vuelven a la tierra que,
tal vez, nunca debieron abandonar.
Estamos empeñados en su memoria.
¡Hay tanto dolor de tanto compañero!.
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