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KM1242
En un rincón casi olvidado de la fábrica, donde sólo
de vez en cuando alguien entraba a buscar herramientas o repuestos de
papel higiénico, se encontraba KM1242, una máquina pequeña,
naranja y negra, cuya única misión en la vida era dar la
temperatura de cinco cámaras de congelación que se encontraban
situadas en otro punto de la fábrica y KM1242 tenía extendidos
dedos como cables como dedos que llegaban hasta el frío interior
de las cámaras a treinta grados bajo cero. Pero KM1242 llevaba
mucho mucho tiempo sin dar la temperatura para nadie, porque hablaba un
idioma tan remoto que ninguna persona viva que no estuviera encerrada
en un asilo era capaz de entender. Bueno, en realidad sí que había
una persona que podía hacerlo, pero KM1242 ni siquiera lo sospechaba,
la posibilidad de que esa persona encontrara a KM1242 era prácticamente
inexistente. Se resignaba a su mudo destino.
Esa persona es Blídimin, un científico poeta que con el
tiempo había descubierto que las máquinas le hablaban y
le contaban sus penas y sus secretos, y se reían con él,
porque Blídimin, que tenía buen corazón, no podía
dejar sufrir a una máquina si veía que tenía problemas,
era superior a sus fuerzas.
El caso es que un día llamaron a Blídimin para que acudiera
a la fábrica a hablar con un ordenador que desde hacía unos
días se negaba a hacer su trabajo. Ese ordenador se llamaba AMDK62.
Cuando Blídimin llegó a la fábrica lo primero que
le llamó la atención es que estaba toda pintada de verde,
parecía que hubieran traído un campo de olivos, y lo hubieran
frotado a fondo por el interior de la fábrica, donde se habían
quedado pegados todos sus colores. Pero no había ningún
olivo, claro.
Blídimin subió unas escaleras verdes y entró en el
despacho blanco donde se encontraba AMDK62 en silencio. El despacho blanco
era la nota de color en la fábrica verde, y eso que el blanco no
es ningún color. Bien, pues Blídimin se sentó frente
a AMDK62 y lo observó atentamente, mientras el ordenador se hacía
el indiferente, porque no sabía quién se le había
sentado delante, porque otra cosa que le pasaba a AMDK62 es que no estaba
conectado a Internet, así que estaba bastante desinformado y por
eso no reconoció a Blídimin, si no, hubiera reído
carcajadas felices desde que él entro por la puerta. Entonces Blídimin
le preguntó que qué le pasaba y AMDK62 no pudo disimular
su sorpresa por haber oído y entendido perfectamente la pregunta,
porque las personas que se sentaban delante a pedirle que hiciera lo que
tenía que hacer sólo sabían pronunciar unas pocas
palabras y sin embargo este hombre hablaba tan correctamente como si fuera
un ordenador de su misma generación. AMDK62 sólo pudo decirle
por señas que se había quedado mudo desde hacía unos
días y que le dolía terriblemente la cabeza. Blídimin
asintió comprendiendo al instante cuál era el problema.
El ordenador no salía de su asombro, ¡le había entendido
a la primera!, ¡y eso que estaba mudo y sólo se lo había
podido decir por señas!. ¿Quién demonios era este
humano?. Así que Blídimin desatornilló parte del
cuerpo del ordenador y AMDK62 comprendió por la forma en que le
tocaba y la suavidad con que le tumbaba sobre la mesa para reparar sus
circuitos, que este humano sería su amigo para siempre y que se
lo contaría a todos los humanos y máquinas que quisieran
escucharlo. Blídimin extrajo una pieza de su interior, la olfateó
y arrugando la nariz la lanzó a la papelera. Abrió su maletín,
cogió otra pieza igual pero de colores verdes y dorados aún
por estrenar, reluciente y con cuidado pero con seguridad la sustituyó
por la que producía esos dolores de cabeza a AMDK62. Lo incorporó,
volvió a atornillarle todas las piezas y le preguntó qué
tal se encontraba. A AMDK62 le llegaba la sonrisa de oreja a oreja y eso
que no tenías orejas. Los dolores habían desaparecido y
volvía a funcionar a la perfección, no podía parar
de darle las gracias con enorme respeto a Blídimin, que a su vez
le dijo que había sido un placer poder devolverle el habla y conocerle.
Blídimin bajó las escaleras verdes y fue al aseo a enjabonarse
las manos. Cuando terminó, con las manos mojadas, miró a
un lado y a otro en busca de algo con qué secarse, pero no había
ni toallas, cosa impensable en Betelgeuse, por ejemplo, ni aire caliente
ni nada. Alguien desde el pasillo, que seguramente esperaba impaciente
para entrar, intuyendo lo que pasaba le dijo en voz alta, si se ha acabado
el papel tendrás que subir a la habitación de Mantenimiento
a buscar un rollo. Así que dejando un rastro de gotitas de agua
en cada peldaño de la escalera verde, subió a buscar la
habitación y un rollo de toallas de papel. La habitación,
verde también, estaba atestada de herramientas, latas de todos
los colores, botes, y, por fin, rollos de papel de varios tamaños.
Cogió un rollo de toallas y se secó las manos que de todas
formas ya estaban casi secas. Mientras se frotaba las manos con el papel
observó que una pequeña máquina, naranja y negra
le observaba atentamente y en silencio desde un rincón, se encontraba
en una mesita a la que llegaban un manojo de cables. Era KM1242.
- Hola – dijo Blídimin, acercándose a ella. KM1242
no respondió pero no dejó de observarle.
- ¿Qué te pasa, por qué no dices nada? – preguntó
Blídimin.
- Es que nunca nadie había hablado conmigo, por lo menos desde
que yo recuerdo – respondió tímidamente KM1242.
- ¿Qué haces tú aquí? – siguió
preguntando Blídimin.
- Informo de la temperatura de cinco cámaras de congelación
– se animó a responder KM1242 – pero ya hace mucho
tiempo que nadie me lo pide, simplemente se me quedan mirando con cara
rara, me toquetean las teclas y se marchan resoplando. No sé por
qué.
- Veo que no sabes qué hora es ni en qué fecha estamos,
¿verdad?.
- Nadie me lo ha dicho nunca.
Blídimin, pulsó varias teclas que emitieron pitiditos y,
mientras tiraba la toalla de papel a una papelera, le dijo:
- Bueno, ¿qué te parece?.
- Que es una fecha muy bonita – dijo sonriendo KM1242.
- Y ahora vamos a ver, te voy a colocar este rollito de papel para imprimir
y averiguaremos qué te ocurre.
KM1242 se dejó hacer ronroneando de placer en las expertas manos
de Blídimin. Cuando estuvo todo listo, Blídimin le preguntó
la temperatura de la cámara número uno y KM1242, con un
ruidito de su pequeño cabezal de impresión lo escribió
con caracteres perfectos y nítidos sobre el papel a continuación
de la fecha y la hora que ahora ya sabía. Sonreía ampliamente.
Blídimin siguió pulsando las teclas de KM1242 y absolutamente
satisfecha imprimió la temperatura de una, dos, tres, cuatro y
cinco cámaras de congelación, las imprimió cada treinta
segundos, cada minuto, en grados Celsius y Fahrenheit. Al final la dejó
programada para que imprimiera la temperatura cada hora.
- Hasta otro día KM1242, me alegro de haberte conocido –
se despidió Blídimin.
- Muchísimas gracias – dijo KM1242 – creí que
nunca más volvería a funcionar.
- Para que veas las sorpresas que se lleva uno – dijo Blídimin
sonriendo y levantado la mano en señal de saludo.
Mientras estaba en el despacho de Contabilidad rellenando el albarán
y esperando para cobrar, le preguntó a la señorita que se
encontraba tras la mesa acompañada de un hermoso ordenador, orondo
y con cara saludable:
- ¿Qué le ocurre a la máquina que hay en la habitación
de Mantenimiento?
- Nada, que no funciona, un día de estos la tiraremos a la basura
– el hermoso ordenador no pudo menos que fruncir levemente el ceño
sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.
- Bueno, quizá no haga falta – contestó Blídimin,
dirigiendo una leve sonrisa al ordenador que le miraba de reojo.
La señorita sonrió sin entender muy bien, le pagó
lo que le debía y le agradeció cortésmente que hubiera
arreglado a AMDK62.
Blídimin le dio las gracias y se marchó silbando mientras
bajaba las escaleras verdes en dirección a la salida.
2
Ekomilk
Era un día tórrido de verano, donde el aire no se movía
ni un poquito siquiera. Blídimin conducía por una autopista
desierta en dirección a una granja remota donde tenían un
problema con una máquina de la que no habían querido decirle
nada por teléfono. La salida 11 de la autopista era una carretera
secundaria, terciaria o quizá cuaternaria, a juzgar por la escasez
de asfalto y la abundancia de agujeros y baches que contenía. Eso
y los huesos de mamut y diplodocos que había a ambos lados.
Paró el motor del coche al llegar a la granja con lo que también
se detuvo la nubecilla de polvo que le siguió durante todo el trayecto
por la carretera cuaternaria, que inmediatamente cayó al suelo
emitiendo un sordo siseo.
Le acompañaron al interior de una vaquería donde el calor
ya no era asfixiante sino que olía a caca de vaca. Eso le hizo
recordar dulces momentos de su juventud cuando entrenaba atletismo campo
a través y él siempre corría detrás de una
compañera de equipo que tenía el culo mejor dibujado de
la historia del cómic. Siempre hacían una pausa de pocos
segundos al pasar junto a las granjas de cerdos y vacas para observar
lo grandes que eran esos animales, se reían y seguían corriendo,
ella delante y él detrás.
Bueno, allí estaba la máquina, grande, robusta, como si
fuera una más de las vacas alineadas en el establo.
- Hola Ekomilk – que así se llamaba la máquina.
Silencio.
Sacó un pequeño ordenador portátil de su maletín
cuyo primer comentario fue:
- Blídimin, ¡qué peste!.
- Vamos, Compaqpiv, no seas tan delicado, dentro de un minuto te habrás
acostumbrado – le respondió Blídimin – Ahora
te voy a enchufar a Ekomilk para que me hable a través de ti, ¿de
acuerdo?.
- Be abuerbo – respondió Compaqpiv tapándose la nariz.
Blídimin conectó unos cables y volvió a saludar a
la máquina:
- Hola Ekomilk.
- Holaholaholaholaholaholaholahola – respondió Ekomilk apresuradamente.
- Bien, parece que no está tan mal después de todo –
murmulló Blídimin.
Blídimin le pidió entonces un análisis de leche a
lo que Ekomilk respondió: humedadhumedadhumedadhumedadhumedadhumedadhumedadhumedad87988798879887988798879887988798...
y así una larga retahíla que Blídimin leyó
pacientemente. Cuando terminó, Blídimin le dijo a Compaqpiv
que de cada 8 palabras que dijera Ekomilk escribiera sólo una.
- Pale – respondió Compaqpiv con la nariz tapada.
- Ekomilk, dame de nuevo el análisis de la leche, por favor.
- Humedad: 87,98 / Proteínas: 3,22 / Grasas: 3,18 / Cenizas: 0,74
/ Hidratos de Carbono: 4,88 / Sólidos no grasos: 8,84 / Energía:
61 Kcal – respondió Ekomilk con voz profunda y alegre.
Blídimin golpeó amistosamente el lomo de la enorme máquina
y le dijo a sus dueños que funcionaba perfectamente. Pero le dijeron
que ese no era el único problema, sino que en la oficina había
un ordenador que tenía que registrar los resultados y que no registraba
nada. Así que le dijo a Ekomilk que repitiera el análisis
cada minuto hasta que él volviera a avisarle, a lo que la gran
máquina respondió agradecida obedientemente.
Salieron de nuevo fuera del establo donde el sol tostaba lenta e implacablemente
la tierra de la granja. Blídimin, mientras caminaba, se hacía
sombra en los ojos con la mano izquierda y observaba el cable que iba
desde lo alto de un poste junto a los establos hasta otro poste adosado
a una esquina del edificio de oficinas. Pudo ver perfectamente cómo
los análisis de Ekomilk iban perdiendo fuerza a medida que se desplazaban
por el largo cable, pero eso era algo que sólo él podía
ver, por eso los granjeros que le acompañaban le miraban extrañados.
En la oficina le presentaron al ordenador que tenía que registrar
los análisis de Ekomilk. Era uno pequeñito llamado I386
que en ese momento se dedicaba a jugar al solitario con un oficinista,
aunque eso parezca imposible.
- Hola I386 – le dijo cuando el oficinista le cedió el puesto
- ¿puedes oír lo que dice Ekomilk?.
- Si te refieres a un tartamudo autista con voz de barítono, te
diré que con la voz que tiene podría hablar más alto
porque prácticamente no oigo nada de lo que dice.
Blídimin sonrió y le dijo que estuviera atento porque iba
a salir un momento. Pidió una escalera a los granjeros y se dirigió
al poste que estaba junto a los establos. Abrió el maletín
y sacó una máquina pequeñita llamada 4wsd9r que cabía
en la palma de su mano, una cajita blanca y algunas herramientas que distribuyó
por los bolsillos del pantalón.
- ¿Has estado alguna vez en el campo, 4wsd9r? – preguntó
Blídimin.
- Pues no – respondió la maquinita mirando a todos lados
con ojos curiosos.
- Esta es tu oportunidad – dijo Blídimin sonriendo y encaramándose
a la escalera hasta la punta del poste donde colgaba el cable que unía
a Ekomilk con I386.
Allí arriba parecía que el sol iba a derretir el poste,
el cable, la escalera, sus sesos y los iba a dejar a todos juntitos en
un charco en el suelo.
- ¡Qué calor! – dijo 4wsd9r completamente sorprendido.
- No te preocupes que te pondré una cajita con aire acondicionado
para ti sólo.
Cortó unos hilos, empalmó otros y cuando 4wsd9r encendió
el piloto verde intermitente con cada palabra que decía Ekomilk,
pudo oír con nitidez como I386 gritaba desde la oficina:
- ¡¡Que alguien le diga al autista tartamudo que deje de gritaaaaaaaaarrrrrrr!!.
Blídimin soltó una carcajada, envolvió a 4wsd9r en
la cajita blanca aislante y antes de cerrarla le dijo:
- Disfruta, 4wsd9r – y la cerró con un doble clic hermético.
Bajó de la escalera, guardó las herramientas en el maletín
y se dirigió a la oficina muerto de risa porque I386 estaba con
los ojos en blanco y los dedos metidos en los oídos. Se sentó
con él y le colocó dos filtros, uno para que oyera a Ekomilk
sólo si se lo pedían y otro el filtro que había fabricado
para el problema de las ocho palabras. Así que cuando le pidió
que le informara de qué decía Ekomilk en ese instante, I386
tranquilo, aliviado y sonriente mostró en pantalla la lista de
proteínas, grasas y demás componentes de la leche que estaba
transmitiendo Ekomilk. Además preguntó que si lo quería
imprimir, Blídimin aceptó y la impresora traqueteó
un momento antes de mostrar los resultados en un papel. Por último
le pidió a Ekomilk, a través de I386, que dejara de transmitir
porque ya estaba todo resuelto, a lo que éste respondió
con su estentóreo, y ahora calmado, vozarrón:
- OK
Los satisfechos granjeros, después de que el oficinista pagara
los servicios de Blídimin y volviera a la tarea que le ocupaba,
le agradecieron efusivamente todo lo que había hecho y como muestra
de buen rollito le regalaron una caja de 11 tetra-briks de leche recién
recién ordeñada.
Blídimin puso en marcha el motor y salió despacio del recinto
de la granja, la nubecilla de polvo se levantó penosamente del
suelo en el que descansaba y volvió a perseguir al coche mientras
se alejaba por la carretera cuaternaria.
3
Ibm5150
Que Blídimin pudiera hablar con todo tipo de máquinas no
había ocurrido desde siempre. Hubo una primera vez. Esta es la
historia de esa primera vez.
En realidad Blídimin pudo oír las máquinas desde
el mismo día en que nació, pero eso él no lo recordaba.
Mientras no tuvo uso de razón, y su mente de niño no estaba
todavía intoxicada por los conceptos de una persona adulta estándar,
Blídimin oía lo que decían todas las máquinas
de su alrededor, cuestión que no le sorprendía porque no
sabía que eso era sorprendente y desde luego nadie le tomaba en
serio.
La primera máquina que le habló, en todos los sentidos,
fue TelefunkenU1653, que era una radio que tenía su abuela sobre
la cómoda de su habitación. Blídimin correteaba por
la casa en un andador que iba chocando con todo lo posible, mientras mantenía
entre los labios rítmicamente un chupete que llevaba cogido con
una cadenita de plástico a la tiranta de un peto vaquero. Todas
las máquinas, que no eran muchas, la televisión en blanco
y negro, la lavadora, la secadora, le decían algo, aunque eran
conscientes de que un bebé de tan tierna edad poco podía
entender. Hasta que TelefunkenU1653, la radio, dijo algo que captó
por completo su atención:
- Todas las máquinas funcionamos con la energía que sale
de los enchufes, si es que es eso lo que quieres saber.
Blídimin detuvo el movimiento del chupete y se quedó mirando
fijamente hacia arriba de la cómoda desde donde divisaba una parte
del enorme aparato de radio. TelefunkenU1653 continuó diciendo:
- El enchufe es eso que tiene dos agujeritos que está en la pared
que tienes al lado.
Blídimin siguió con la vista el cable que bajaba desde la
cómoda hasta el enchufe, comenzó a mover el chupete y empujó
el andador hasta la pared para tocarlo. Aunque lo intentó no consiguió
sacar el cable y pudo oír cómo la radio reía con
voz socarrona.
Desde ese día intentó meter los dedos en todos los enchufes
de la casa, mientras sus padres colocaban delante sillas, tapones especiales
y todo inútilmente, porque Blídimin podía oír
el siseo lejano de la electricidad en el fondo de la pareja de agujeritos
y eso le llamaba tremendamente la atención. Todo esto duró
hasta que su padre, hombre enérgico y de decisiones contundentes,
lo llevó un día de la mano junto a un enchufe y le preguntó
si de verdad quería tocarlo. Blídimin asintió emocionado
y su padre introdujo un cable en cada uno de los orificios, y le explicó
por última vez:
- Esta es la forma de tocar lo que hay dentro del enchufe, ¿aún
quieres tocarlo?.
Blídimin alargó las manos hacia los dos cables y su padre
permitió que los tocase durante una fracción de segundo.
El impacto fue decisivo, el chupete salió disparado de la boca
y fue a parar debajo del sofá con cadenita y todo, Blídimin
cayó de culo despedido por el calambrazo, y desde ese instante
dejó de oír a las máquinas y desde luego dejó
de acercarse a un enchufe más allá de un prudente perímetro
de cuatro metros.
- Problema solucionado – vaticinó su padre.
Durante catorce años Blídimin siempre tuvo una especial
habilidad para manejar bien cualquier cacharro, pero su capacidad de hablar
con las máquinas permanecía aletargada en el interior de
su cerebro. Hasta que le llamaron para solucionar un problema con un ordenador
que de pronto había dejado de arrancar.
Por aquel entonces Blídimin trabajaba en una empresa de programación
a medida y con aquello de que estaba aprendiendo le tocaba hacer de todo
un poco. Un día le enviaron a hacer una difícil misión.
Una empresa encargada de llevar la contabilidad de otro montón
de empresas había avisado de que el ordenador principal donde se
llevaba todo el proceso había dejado de funcionar y eso era un
desastre, así que allá enviaron a Blídimin con un
maletín y un millón de dudas sobre cómo resolvería
algo para lo que se sentía altamente no cualificado, a pesar de
que había puesto cara de póquer a su jefe y le había
dicho que no era ningún problema. El problema era ser tan vacilón,
pensaba por el camino, mientras el autobús le acercaba a los pies
de un edificio de oficinas que le pareció ex-tre-ma-da-men-te grande.
Por aquel entonces a Blídimin le comenzaban a despuntar los pelos
del bigote, un bigotito adolescente que junto con su andar desgarbado
no podía dar peor imagen para un aterrado cliente que veía
peligrar el trabajo de meses y meses que había en el interior del
ordenador. De todas formas su jefe, en paralelo, había avisado
a la empresa de que enviaban a un genio y de que no se asustasen de su
aspecto, los genios ya se sabe, claro, claro.
- Holabuenosdíasvengoarepararelordenador – dijo Blídimin
nerviosamente desde la puerta de las oficinas en cuanto hubo cruzado el
umbral.
A él le pareció que absolutamente todas las personas que
trabajaban allí giraron la cabeza para mirar con aire incrédulo
al personajillo alto y desgarbado que acababa de hacer semejante afirmación
a pie de puerta. Cuestión que era cierta excepto en el caso de
las únicas tres personas a las que les había llegado el
previo aviso de su llegada. Eran dos secretarias, que se encargaban de
introducir los datos a diario en el ordenador y un jefe calvo y con bigote
que las supervisaba. Sí, sí, nada de políticamente
correcto, un jefe varón, y dos mujeres que cobraban menos que él
las dos juntas, ¡y a callar!, así estaban las cosas, ¿siguen
así?.
Blídimin se sentó delante del ordenador y fue completamente
consciente de que no tenía ni idea de qué hacer con aquel
aparato que era lo último que había sacado el mercado de
la electrónica. Era la primera vez que lo veía, y para colmo
la primera que lo veía averiado. Comenzó a sudar en silencio.
El jefe y las dos secretarias le observaban desde atrás con los
brazos en jarras y cruzados respectivamente.
Blídimin probó a encender el aparato haciendo previamente
una Inspección Técnica Reglamentaria Estándar alrededor
del equipo que disimuló el hecho de que no sabía dónde
estaba el botón de encendido. Cuando el aparato empezó a
zumbar, el jefe y las secretarias aliviaron un poco la tensión
rezando para que la Inspección Técnica Reglamentaria Estándar
que había hecho el Genio hubiera solucionado el problema. Evidentemente
no fue así.
Durante minutos que parecieron horas, Blídimin probó todos
los disquetes que llevaba en el maletín, incluso un juego de ajedrez
que afortunadamente pudo quitar antes de que saliera nada en pantalla.
Sudar no podía sudar más, si hubiera sido así habrían
tenido que hospitalizarlo de inmediato. Y mientras miraba atentamente
el error que aparecía en pantalla desde que encendió el
ordenador por primera vez y el jefe y las dos secretarias se sentaban
y levantaban de sus asientos, fumaban, daban vueltas por la habitación,
oyó una voz que decía claramente:
- Creo que vas a tener que abrirme porque el problema está dentro.
Blídimin no movió ni una pestaña aunque el estómago
pegó un apretón y su tripas se recolocaron como los fans
de un concierto justo antes de abrir las puertas del estadio.
- ¿Y tú quién eres? – murmuró Blídimin
en un susurro, para que nadie le oyera.
- Me llamo Ibm5150 y hay algo en mis tripas que no va nada bien. Llevo
un rato diciéndotelo porque cuando te vi entrar tuve la sensación
de que me mirabas de forma distinta a como me miran ellos y me entenderías.
Pero te has hecho el sordo todo este rato.
- Pues que sepas que no te he oído hasta ahora mismo – protestó
quedamente Blídimin. Las secretarias intercambiaron una mirada
de silencioso estupor.
Blídimin abrió el maletín, cogió un destornillador
y empezó a sacar todos los tornillos que vio a mano. Extendió
el despiece de forma ordenada sobre una mesa y cuando el desconocido interior
de Ibm5150 quedó a la vista, una enorme pieza tosió dos
veces y respiró agitadamente. Era el disco duro, el primero que
veía en su vida. A esas alturas ya estaba embarcado en una huída
hacia delante, así que metió las manos, desconectó
cables y aflojó tornillos y lo extrajo mostrándolo a sus
dueños como un cirujano exhibe un órgano extirpado. Lo colocó
sobre la mesa y lo miró de arriba hacia abajo y de izquierda a
derecha, y el disco duro con voz asmática le dijo:
- Estoy que no puedo respirar, cof, cof.
Blídimin se dirigió a las secretarias y pidió una
goma de borrar. El efecto fue definitivo, estaban ante un Genio. Con la
goma empezó a borrar concienzudamente las doradas conexiones traseras
del disco, que estaban cubiertas de una suciedad oscura, mientras éste
ronroneaba de gustito. Una vez realizada la operación volvió
a montar el puzzle de Ibm5150. Blídimin tenía otra cualidad
respecto a las máquinas, si las desmontaba una vez, nunca olvidaba
cómo había que hacerlo las demás veces.
Algunos compañeros de los demás despachos se habían
apretujado en el marco de la puerta para observar las operaciones del
Genio, cuando días después contaron lo sucedido a quienes
no habían podido verlo por estar de baja, de vacaciones o tomando
café, lo relataban contando que Blídimin llevaba una bata
blanca y los pelos de un loco. Y Blídimin no llevó bata
hasta muchos años después.
Como un director de la filarmónica de Londres, Blídimin
puso el dedo en el interruptor y las dos moscas que había en la
habitación, que eran primas hermanas, se posaron en la pared y
durante dos segundos contuvieron la respiración como todos los
demás. Ibm5150 comenzó a zumbar y el disco duro de su interior
comenzó a cascabelear. A continuación, el programa de Contabilidad
hizo acto de presencia en la pantalla y saludó a tan distinguido
público con una sonrisa y pidiendo, por favor, un nombre de usuario
y una contraseña para comenzar a trabajar.
Todos prorrumpieron en aplausos y las moscas primas hermanas efectuaron
un vuelo rasante sobre las cabezas de todos en señal de reconocimiento
de la hazaña de Blídimin. El jefe calvo y bigotudo se secó
el sudor de la frente con el último centímetro de pañuelo
que le quedaba sin usar y estrechó efusivamente la mano de Blídimin,
que aunque no estaba habituado a estos éxitos sin fronteras, sonreía
ampliamente.
En el autobús de vuelta todavía no había sido capaz
de borrarse la enorme sonrisa de la cara.
4
El suceso de las lluvias de octubre
Desde hacía muchas horas había reunión plenaria
en el cielo. No el Cielo de Dios, sino el cielo de las nubes. Y discutían
sobre los vientos, sobre si debían transportar el agua que llevaban
más hacia el norte o más hacia el sur. Pero no había
consenso, algunas nubes llevaban cargando agua desde hacía muchos
días y deseaban depositar su carga sin esperar ni un día
más, estaban agotadas. Otras, en cambio, deseaban ir hacia el norte
para que su agua se convirtiera en nieve, porque las fechas eran tempranas
para eso, y ser la nube que descarga las primeras nieves del invierno
siempre da mucha categoría y reconocimiento en el clan de las isobaras.
Mientras ocurría esto, Blídimin recibió una llamada
en su teléfono disponible veinticuatro horas, para montar una instalación
de muchas máquinas en una gran empresa que había al norte
del país. En ese momento se encontraba intentando elegir la palabra
adecuada que cerrase la estrofa de un poema que había comenzado
a escribir, que llevaba así:
Amor mío, no te pido que me beses,
pero bésame si encuentras valor,
no te pido, amor mío, que abandones todo,
para venir junto a mí, mi amor,
pero ven.
No te pido lo que no me pides,
no imagino lo que no decides,
sólo quiero, y lo sabes bien,
vivir en tu planeta
y acompañarte para....???
Y ahí estaba atascado, pensando que “siempre” quedaba
bien, pero le sobraban tres letras. En esto recibió la llamada
de las tierras del norte. Cerró a Zauruszx3500x, que era su compañero
inagotable de andanzas al que cariñosamente llamaba Zaz, y antes
de guardarlo en el maletín le dijo:
- A ver qué se te ocurre, Zaz – a lo que éste asintió
con cara reflexiva.
Bajó al garaje de su casa, encendió la luz donde estaban
aparcados sus coches y motos y preguntó caminando entre ellos:
- ¿Quién se apunta a un viajecito de dos mil kilómetros
ida y vuelta al norte?.
- ¡Uf!, yo paso – contestó inmediatamente Fiattipo14ie.
- Mira que eres vago – le recriminó sonriente Blídimin.
- Yo iría – dijo con voz achacosa Vwpolo – pero es
que ya no estoy para estos trotes, prefiero acercarme al supermercado
a buscar las compras necesarias para el viaje.
- Va a llover – dijeron a la vez Yamaha250sr y Yamaha600xj –
y mucho, se nota en el cosquilleo de las pastillas de freno, ¿verdad
tú?, sí, sí, verdad, verdad – se contestaron
ellas mismas.
- Pues te va a tocar a ti, Slk230k – dijo Blídimin acariciándole
un faro.
Slk230k sonrió con su mejor sonrisa de escualo y respondió:
- Me encanta ir al norte, me trae recuerdos de la infancia.
Blídimin preparó un sencillo equipaje, cargó de música
el maletero de Slk230k, se sentó al volante del descapotable y
puso el motor en marcha con un potente y suave ronroneo.
Durante sus viajes, Blídimin siempre iba acompañado de Sanyom1119,
que aunque ya estaba pasadísima de moda, había oído
tantas veces su voz que era capaz de imitar cada uno de sus diferentes
tonos de reflexión, sorpresa o duda. Cuando se los soltaba sin
aviso a Blídimin, éste no podía menos que sobresaltarse
ante la exactitud de sus imitaciones.
Atravesaron montañas y extensas llanuras donde el viento dibujaba
oleajes en las plantaciones de trigo y en las copas de los olivos. La
música, que giraba inagotable en el maletero, confeccionaba distintas
bandas sonoras para las curvas, las rectas, las sombras cambiantes que
inventaba el sol e incluso los pensamientos de Blídimin.
- La temperatura está comenzando a bajar – pronosticó
Slk230k – será mejor cerrar la capota.
Eligieron un precioso paraje montañoso donde Blídimin comió
algo paseando tranquilamente delante de Slk230k y éste, con exquisitos
movimientos articulados, cerró su capota tomando el aspecto de
un avión sin alas.
Mientras tanto, todavía muchos más kilómetros al
norte, la sesión plenaria acabó como suelen acabar las sesiones
plenarias en el cielo: mal. Y el resultado fue que cuando las nubes se
liaron a porrazos, se abrieron las primeras heridas y comenzó a
llover, una lluvia sin pausas pero todavía lejos de lo que se entiende
por un chaparrón en las tierras del norte. Sus confiados habitantes
abrieron los primeros paraguas, cerraron ventanas y corrieron a las azoteas
a destender las toallas.
Slk230k comenzó a mover el limpiaparabrisas en cuanto cayeron las
primeras gotas, faltaba apenas una hora para llegar al destino.
Cuando llegaron al hotel caía lo que se entiende en las tierras
del sur como una manta de agua pero que en las tierras del norte, más
habituadas al fenómeno, se conoce como lluvia. Slk230k cogió
el sueño de inmediato en cuanto aparcaron en el garaje del hotel,
prácticamente al mismo tiempo que Blídimin cerraba el maletero.
Todavía le dio tiempo de desearle buenas noches con un rápido
parpadeo de los intermitentes.
Blídimin cenó algo en el bar del hotel y se tomó
una última copa en su habitación releyendo el poema inacabado
y contrastando opiniones con Zaz, para resolver la cuestión de
la última palabra. De vez en cuando levantaba la vista y miraba
la superficie oscura del mar que se divisaba por los grandes ventanales
de su habitación, percibiendo la agitación de su superficie
barrida por la lluvia incesante.
A la mañana siguiente, ya los habitantes de las tierras del norte
calificaban la situación meteorológica como “está
lloviendo bastante”, los habitantes de las tierras del sur habrían
opinado que “qué barbaridad la cantidad de agua junta que
cae”. Blídimin llegó a la empresa donde le recibieron
con alegría porque ya había hablado con sus máquinas
en otras ocasiones siempre (me sobran tres letras, pensaba Blídimin)
con muy buenos resultados. La situación era la siguiente, en la
empresa se habían criado dos familias de máquinas que prácticamente
no habían mantenido relación entre ellas salvo esporádicos
intercambios de mensajes en soportes magnéticos y ópticos
cuando se hizo imprescindible, pero la verdad es que sin llevarse mal,
se conocían muy poco. La misión de Blídimin era construir
un puente para que estas dos grandes familias se conocieran y unieran
sus esfuerzos para hacer crecer las posibilidades de la empresa.
Le presentaron a los miembros nuevos de las dos familias, los más
jóvenes guardaban un respetuoso silencio porque habían oído
mil y una historias sobre las hazañas de Blídimin, los adultos
saludaban cordialmente al que consideraban como uno más de la familia.
Blídimin se puso manos a la obra y durante todo el día fue
construyendo un precioso, novedoso y azuloso puente entre las dos naves
industriales que albergaban a las dos familias de máquinas. Las
pruebas se sucedían con buenos resultados, y los primeros saludos,
todavía sin llegar a romper el hielo, entre los miembros de las
dos familias se producían a primeras horas de la tarde cuando la
potencia de la lluvia ya era calificada por los habitantes de las tierras
del norte como “un verdadero chaparrón”, los habitantes
de las tierras del sur hace horas que habrían huido en barca hacia
las tierras de más al sur.
El desastre estaba a punto de suceder pero nadie lo sospechaba. Blídimin
se encontraba en un amplio despacho de una de las naves desde donde se
divisaba por las ventanas la luz de las ventanas de la otra nave, separada
unos cincuenta metros por un camino que buceaba ya a un palmo por debajo
del nivel que había alcanzado el agua. Intentaba hacer entender
a dos de los miembros de las distintas familias que el puente tenían
que usarlo respetando cada una la prioridad del otro, porque si se ponían
a hablar los dos a la vez, sería imposible que se entendieran.
En esto las luces parpadearon un par de veces y se apagaron por completo.
Todas las máquinas de la nave donde se encontraba Blídimin
empezaron a avisar al unísono de que la luz se había ido.
Blídimin sonreía mientras les decía que se tranquilizaran
que las iría apagando una por una y que las que supieran apagarse
solas podían hacerlo en cuanto deseasen, porque suponía
que el trabajo del día ya se había terminado. La situación
no tenía aspecto de devolver el suministro en muchas horas, y aunque
todavía no había empezado a oscurecer, no quedaban más
de dos horas de claridad dado el impenetrable techo que suponía
la batalla campal de las nubes para un sol que, por experiencia, prefería
no inmiscuirse en esos asuntos, las pocas veces que lo intentaba siempre
(me sobran tres letras, tres) conseguían sacarle los colores.
Blídimin se asomó a la entrada principal de la nave y entonces
se dio cuenta de que era el último en abandonar el barco, al parecer
todo el mundo había cruzado el camino que llevaba a la otra, que
era la principal y por la que se salía de la gran empresa, antes
de que el agua que cubría el camino subiera más arriba de
los tobillos. Recogió sus herramientas y cerró el maletín.
Entonces se percató del sordo temblor.
Al asomarse a las puertas, maletín en mano, detrás de él
y viniendo desde su derecha, a unos trescientos metros, bajaba el que
normalmente era un cauce tranquilo y seco casi todo el año, que
pasaba bajo los cuatro arcos de un antiguo y altísimo puente romano
y bordeaba los terrenos donde se encontraban las instalaciones de la empresa.
Lo que sucedía es que ya no era un cauce tranquilo, sino una poderosa
tromba de agua que saturaba los veinte metros de luz de los cuatro arcos
haciendo temblar todo lo que se encontraba a un kilómetro a la
redonda.
Blídimin estaba fascinado con el imponente espectáculo de
las aguas marrones de tierras, piedras, barros, brotando incontenibles
por los arcos del puente.
Entonces lo vio.
Cauce arriba, antes de que el poderoso caudal llegase al puente romano,
una roulotte blanca, zarandeada violentamente por la corriente, se dirigía
como un misil derechita hacia el que iba a ser su particular encuentro
con la historia de la humanidad.
Impactó.
Como consecuencia del poderoso choque partes de la roulotte salieron despedidas
por encima de la carretera que pasaba sobre el puente, pero el cuerpo
principal quedó atascado en uno de los arcos, cada vez más
y más encajado.
Y el puente estalló.
Fue un suceso a cámara lenta, los cuatro arcos parecieron dar un
paso o dos hacia delante como policías cogidos de los brazos intentando
contener con sus espaldas a la multitud, entonces la carretera desdibujó
la rectitud de sus líneas blancas, fue engullida por la corriente
y los pilares del puente explotaron hacia delante cayendo estruendosamente
en el torbellino de las aguas enloquecidas. Al instante el río
pareció bajar de nivel, aunque lo que de verdad estaba ocurriendo
es que se estaba desbordando.
Su área de barrido incluía los terrenos de la empresa, sus
naves, sus caminos, sus árboles, sus coches alineados en los aparcamientos
y por supuesto a Blídimin agarrado, aún estupefacto, al
marco de la puerta principal.
Echó una rápida mirada atrás, todas las máquinas
estaban apagadas, morirían sin enterarse. ¡Mierda!, ¡todavía
quedaba una encendida en un despacho del fondo!. Blídimin salió
corriendo por la nave como el atleta que llevaba dentro, frenó
patinando los pies junto a la máquina, puso la mano sobre el interruptor,
la miró a los ojos y le dijo:
- No te preocupes, H., todo va a salir bien. – Y la desconectó.
Pero no salió bien en absoluto, para nada. Salió tela de
mal. Su nombre era Hplaserjet5100. Blídimin nunca olvidó
su nombre.
Volvió a correr en dirección a la salida. Ahora ya podía
sentir en la planta de los pies la vibración del suelo a medida
que la tromba de agua invadía los terrenos de la empresa. Atravesó
las puertas como una exhalación cogiendo el maletín al vuelo
y bajando los escalones de la entrada. La feroz lluvia lo empapó
al instante desde la cabeza hasta las rodillas, el resto no hizo falta
que se lo empapase porque estaba sumergido en el agua que ya inundaba
el exterior. Con el corazón retumbando en el pecho fue corriendo
a saltos en dirección hacia la nave de salida como si fuera un
ave acuática vestida con traje, corbata y maletín. Cruzó
las puertas traseras y las cerró por dentro un segundo antes de
que la tromba de agua impactara contra ellas y contra todo el lateral
del edificio. El nivel de las turbulentas aguas marrones trepaba agitadamente
por los cristales de las ventanas que por suerte estaban todas cerradas.
Por los bordes de los marcos y por debajo de la puerta se colaban chorros
que manchaban todo el interior de las oficinas. Blídimin observaba
esto mientras atravesaba veloz los pasillos observando con profunda conmoción
las máquinas aún encendidas que le miraban pasar aterradas.
Pudo apagar al vuelo cuatro o cinco pero no dio tiempo a más. Salió
por las puertas principales como escupido por el edificio y corrió
cuesta arriba donde ya divisaba a los trabajadores que le azuzaban para
que corriera más deprisa. Los terrenos de la empresa estaban en
una hondonada. Iba a ser una masacre. Cuando por fin se detuvo arriba
y se dobló apoyando las manos en los muslos para recobrar el aliento
en medio de la lluvia que cada vez caía con más fuerza él
y todos los demás pudieron oír el grito aterrado de una
mujer que todavía estaba dentro del edificio. Sin recuperar el
aliento soltó el maletín dio media vuelta y descendió
corriendo la pendiente convertida en atracción de parque acuático,
le siguió uno de los trabajadores al que todos conocían
bien por sus locuras constantes. El nivel del agua hacía muy difícil
abrir las puertas, entre los dos lo consiguieron, la mujer seguía
gritando socorro. Estaba muy cerca de la entrada, atrapada en un despacho
con la puerta hinchada y atascada en su marco como si la hubieran hecho
así de fábrica. Sin perder el impulso de la carrera que
llevaban y como si los dos se hubieran puesto de acuerdo embistieron la
puerta con los hombros y se abrió al instante reventando de astillas
por los cuatro lados. Cogieron a la mujer por los brazos y tiraron de
ella de vuelta hasta la parte alta de la pendiente donde los demás
compañeros aplaudían emocionados.
Arf.
Desde allí arriba observaron cómo el agua derrumbaba la
nave de la que había escapado Blídimin hacía sólo
un minuto, sus pilares despuntaron inquebrantables cuando el techo se
hundió y los tabiques fueron arrastrados por la fuerza de la corriente.
En la distancia, Blídimin pudo ver con nitidez como Hplaserjet5100
atravesaba un tabique y se desmembraba antes de sumergirse arrastrada
entre los ladrillos.
Esa noche Blídimin tardó en conciliar el sueño. No
podía dejar de ver las caras de las máquinas que le miraron
pasar como un rayo y se quedaron inmóviles sin saber lo que estaba
pasando. Suerte que un encargado de los aparcamientos pudo sacar a Slk230k
a tiempo del aparcamiento antes de que llegara la tromba de agua.
Al día siguiente amaneció el sol tímidamente, al
parecer las nubes habían decidido volver al mar a recoger más
agua, lo cual no significaba que hubieran aclarado nada ni que hubieran
dejado de discutir, pero, claro, con las fuerzas ya muy menguadas. Hay
seres cuya única vía de comunicación es la violencia.
Blídimin se dirigió a la empresa inmediatamente después
de desayunar, con el corazón en un puño por lo que pudiera
encontrar allí.
En la nave principal habían sobrevivido felizmente casi todas las
máquinas porque el agua no alcanzó el nivel de las mesas,
incluso las que Blídimin no pudo apagar sólo se llevaron
el susto y algunos daños menores cuando sus Sistemas de Alimentación
Ininterrumpida se ahogaron bajo el agua, de éstos las bajas fueron
totales, no se salvó ni uno. Blídimin llevaba unas botas
de agua reconvertidas en botas de barro.
En la nave que se derrumbó las bajas fueron más numerosas
y Blídimin se encargó de desenterrar del barro a cada una
de las máquinas y a alinearlas en el lugar más seco que
pudo encontrar. La tarea fue difícil y peligrosa porque el edificio
todavía tenía muchas partes en equilibrio que podían
derrumbarse. Pero después de todo un día de trabajo, consiguió
rescatarlas a todas.
Los días sucesivos se dedicó a limpiar todas las piezas
que podían volver a funcionar con trapos, pinceles, líquidos
especiales y un compresor de aire que extraía hasta la última
brizna de barro de los rincones más escondidos. Con todas esas
piezas Blídimin volvió a reconstruir a la familia, que ahora
era una familia menos numerosa pero más unida, porque no había
ni una sola máquina que no tuviera una pieza de otra que había
caído en el desastre acuático.
Después de muchos días de trabajo, las máquinas estaban
de nuevo operativas, el puente lo construyó hacia una tercera nave
que estaba en desuso y que se habilitó provisionalmente como oficinas.
Las nubes habían decidido posponer la reunión para el mes
siguiente, tiempo más que suficiente para que todas pudieran reflexionar
y decidir sus nuevos itinerarios sin tanta bronca.
El último día de trabajo de Blídimin, la empresa
organizó una fiesta para agradecer con solemnes y breves discursos
la labor impecable que había realizado. Hubo cava y canapés,
risas y bromas. Por último, el gran jefe, acompañado de
la mujer que quedó encerrada, hizo entrega a Blídimin y
al trabajador majareta de dos trofeos de plata en los que dos estilizadas
figuras apoyaban sus hombros contra una puerta asimétrica al más
puro estilo Dalí. La mujer los abrazó a los dos y todo fueron
aplausos y vítores.
De vuelta hacia las tierras del sur, Blídimin y Slk230k rememoraban
los agitados días que habían acontecido, aportando cada
uno detalles que no conocía el otro, la música del maletero
les fue acompañando con melodías valientes y triunfantes
acordes con lo emocionante del suceso.
Blídimin aparcó a Slk230k en el garaje junto a sus compañeros
y éste de inmediato soltó haciéndose el interesante:
- ¿A que no sabéis lo que nos ha pasado en las tierras del
norte?.
- ¡Ja, ja, ja! – rió Blídimin sacando sus cosas
del maletero – ¡pero mira que te gusta contar cuentos!.
Blídimin tomó un largo baño de agua caliente, se
preparó algo de cena, y la disfrutó en el porche acompañado
de Zaz, mientras la luna iluminaba la noche. El poema seguía sin
resolverse. El cursor parpadeaba en la pantallita de Zaz justo al final
de la palabra “siempre” y mientras Blídimin masticaba,
intentaba encontrar la palabra que cerrase con acierto el poema. Blídimin
se sirvió más vino y al ir a colocar la botella sobre la
mesa, le resbaló de la mano y tuvo que hacer un rápido gesto
para que no volcara, propinando, sin querer, un manotazo a Zaz que salió
despedido por los aires. Manoteando en un intento de que no se estrellara
contra el suelo, Blídimin acabo de rodillas sujetando a un mareado
Zaz que mostraba el cursor más allá de donde había
estado tres segundos antes. Blídimin aún de rodillas tuvo
que exclamar:
- ¡Zaz, eres el mejor!.
Porque lo que Zaz había escrito con ayuda de los manotazos que
le dio Blídimin para evitar la caída era:
Amor mío, no te pido que me beses,
pero bésame si encuentras valor,
no te pido, amor mío, que abandones todo,
para venir junto a mí, mi amor,
pero ven.
No te pido lo que no me pides,
no imagino lo que no decides,
sólo quiero, y lo sabes bien,
vivir en tu planeta
y acompañarte para siem
para siem
pre.
5
El primer virus
El monitor de fósforo mostraba veinticinco líneas verdes.
Al final de la última parpadeaba lentamente un cursor gordo y rectangular.
El texto, escrito en un lenguaje muy muy primitivo, contenía unas
instrucciones breves y concretas. El ordenador que permitía hacer
esto a dos inteligentes, aunque perversos, estudiantes de la Universidad
de Jerusalén, los miraba sorprendido porque era consciente de que
algunas de las instrucciones implicaban la destrucción no autorizada
de información. Intentó advertirles pero ellos no eran de
los que hablaban con ordenadores, simplemente habían aprendido
a programarlos. Habían leído unas pruebas de seguridad que
se habían realizado años antes en las que en teoría
se podía infiltrar un programa en un ordenador que realizara tareas
ocultas al usuario. Y lo estaban poniendo en práctica. Se encontraban
en un pequeño despacho de la Universidad, del que previamente habían
conseguido una llave despistando al conserje que las custodiaba esa misma
mañana.
Probaron su programa. Funcionaba. Conseguía permanecer bastante
oculto y alteraba el funcionamiento normal del ordenador que se sentía
como si le hubieran metido una pelota de tenis en la boca y le hubieran
atado a una silla. Vaciaron la caja de enormes y flexibles disquetes que
pertenecía al catedrático de matemáticas y computación
y los fueron introduciendo uno a uno en el impotente ordenador que no
pudo evitar que el programa se copiara en cada uno de ellos.
La noche sin luna estaba avanzada cuando terminaron, lo dejaron todo tal
como estaba y devolvieron la llave a conserjería. A continuación
escaparon furtivamente por las ventanas del primer piso.
El joven Blídimin, por aquel entonces, se encontraba en su año
asceta. Decidió que durante un año no se afeitaría,
ni cortaría los cabellos y no hablaría con nadie. Teniendo
en cuenta que estudiaba en la Facultad no fue una tarea nada fácil.
Pero entre estudiantes se asimilan con facilidad las rarezas, así
que sus amigos asumieron que Blídimin había dejado de hablar
misteriosamente y aunque compartían clases, cafetería y
horas de biblioteca no se preocuparon más del asunto pasados los
primeros días.
Hacía ya dos años que Blídimin había recuperado
la capacidad de hablar con las máquinas y, en ese mundillo, aunque
nadie sabía exactamente cómo lo hacía, era respetado
por la facilidad con que reparaba cualquier avería, por muy rara
que fuese.
Un día le pasaron una nota en la que decía: “El ordenador
del Decano está haciendo cosas extrañas, ¿puedes
pasar a echarle un vistazo?”. El Decano no aceptaba con la misma
facilidad que los compañeros de Blídimin el que éste
no hablara con nadie, así que prefirió que lo avisaran indirectamente
para no verse obligado a soportar su extraña actitud.
Blídimin acudió al despacho del Decano, llamó a la
puerta y desde dentro una voz le invitó a pasar. Entró y
levantó la mano en señal de saludo, el Decano resopló,
se levantó de su asiento tras el gran escritorio y le dijo:
- Bien, aquí está el ordenador. Va muy muy despacio desde
hace unos días y están empezando a desaparecer programas
de forma inexplicable.
En cuanto Blídimin se acercó a Ps2mod50 notó que
realmente tenía un problema. Olía mal, olía rancio,
y Ps2mod50 se encontraba con los ojos apretados y tiritando como si estuviera
enfermo. Comenzó a hacerle preguntas escribiendo en el teclado
y memorizaba sus respuestas intentando encontrar la causa de su enfermedad.
Hasta la fecha Blídimin había hablado con máquinas
averiadas o heridas, pero nunca se había encontrado una máquina
enferma. Introdujo un gran disco flexible en la disquetera, copió
algunos archivos y a continuación pegó un post-it amarillo
en el monitor que decía: “Volveré mañana. NO
TOCAR”. Y apagó el ordenador. Se levantó del asiento
del Decano, le saludó inclinando brevemente la cabeza y salió
del despacho ante su estupefacción.
Los padres de Blídimin no estaban nada contentos con su hermético
comportamiento. Pero no se les ocurría nada que pudieran hacer
que no hubieran hecho ya. Así que cuando Blídimin llegó
a casa fue directo a su habitación encendió a Ps2mod30 y
soltó sus cosas encima de la cama mientras el ordenador se ponía
en marcha.
Blídimin había decidido no hablar con nadie durante un año
por varios motivos. El principal era que consideraba que hablaba demasiado,
y que había hecho daño a gente que quería por tener
menos tacto que un guante de madera. Pero también tenía
curiosidad por saber de qué forma le afectaría tan extraña
actitud. Y pudo descubrir algo insólito, cada veintiún días
se le repetían los pensamientos. Al principio, los primeros meses
no se percató del hecho, pero a medida que pasaba el tiempo fue
haciendo anotaciones en lo que pronto se convirtió en un diario,
que muchos años después quemaría en una chimenea,
aunque esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión,
y contrastándolas pudo observar que de forma involuntaria repetía
los mismos pensamientos una y otra vez cada veintiún días.
Jamás llegó a descubrir por qué, la única
conclusión clara que sacó es que necesitaba comunicarse
con los demás y cambiar de ambiente frecuentemente para no entrar
en un bucle infinito y de paso en algún manicomio. Aún así
aguantó no un año natural, sino un año de estudiante,
es decir diez meses, desde septiembre a junio del año siguiente.
Esa forma de medir el tiempo le acompañó para siempre, los
años no empezaban para él en enero. Cuando pasaron los diez
meses, con unas barbas enormes y una melena rizada y montuna que le bajaba
de los hombros, aspecto por el cual se había ganado en la facultad
el apodo de “El Mesías”, salió del último
examen al implacable sol de las tierras del sur, paró un taxi,
subió al asiento trasero y por primera vez en todo ese tiempo abrió
la boca y le dijo al taxista:
- A la estación de autobuses, por favor.
- Del tirón – respondió el taxista que no sabía
que eran las primeras palabras de un joven asceta que llevaba diez meses
en silencio. Aunque llegó a saberlo porque Blídimin se lo
contó durante el trayecto ante la risa y la incrudulidad del conductor.
Lo primero que hizo Blídimin al llegar a su casa fue afeitarse
las barbas y la cabeza. Al cero. Llamó a los amigos que aún
eran amigos diez meses después de su silencio y pasaron toda la
noche de juerga con él, que pasó a ser apodado “El
Calvo”.
Pero todo esto aún estaba por suceder, cuando Ps2mod30 se puso
en marcha Blídimin introdujo el disquete que había copiado
en el despacho del Decano y examinó su contenido cuidadosamente
mesándose las barbas. No encontró nada anormal, así
que hizo la prueba de fuego y arrancó algunos de los programas
que había copiado. Al instante Ps2mod30 puso los ojos en blanco
y comenzó a dar signos de asfixia.
- ¿Por qué me haces estooo? – susurró Ps2mod30
sorprendido.
El estado de su ordenador favorito empeoró con las horas, sin que
él pudiera evitarlo. Se había contagiado con algo que llevaba
en el disquete y que se había transmitido al disco duro, así
que la situación estaba casi fuera de su control. Casi.
Volvió a examinar cuidadosamente el contenido del disquete y descubrió
que los programas que había copiado en él hacían
una cosa extraña aunque muy insignificante que le había
pasado desapercibida. Tenían como un pequeño apéndice
extra, algo que no tenía que estar allí pero que aparentemente
no afectaba a su funcionamiento. Blídimin estaba a punto de descubrir
el primer virus de la historia de las máquinas. Con sumo cuidado,
analizó el apéndice y observó que cada vez que el
programa se ponía en marcha el apéndice se hacía
más y más grande y tomaba un aspecto desagradable y enfermizo.
La madrugada avanzaba lentamente y Blídimin hacía horas
que había cenado el plato que su madre le colocó delante
del teclado sin darse cuenta siquiera. Muchos años después
sabría valorar la infinita paciencia con que la mujer trató
sus extravagancias.
En sus ojos se iba creando una telilla sólida que incluso pudo
retirar con los dedos. Llevaba demasiado rato mirando la pantalla de suaves
letras blancas sobre fondo negro.
Fabricó pinzas, bisturís y herramientas que no tenía
pero que comprendió que necesitaría para extirpar aquella
cosa. Con el primer bisturí hizo un corte limpio y sacó
el apéndice que había crecido de forma increíble
en el extremo de un procesador de textos. Lo guardó en un recinto
de seguridad donde no podía afectar a ningún otro programa.
Pero el procesador de textos murió en la operación. Esa
no era forma de solucionar el problema, estaba claro, porque ahora tenía
un programa sano pero muerto. No, por ahí no.
La solución la encontró cuando empezaba a amanecer. Tenía
que fabricar un bypass para los programas infectados, que a esas horas
ya estaban todos en cuarentena, así que Ps2mod30 tosía y
se encontraba mal pero estable, ya no empeoraría. Tenía
que rodear al apéndice con un implante sano y después extirparlo.
Funcionó. El procesador de textos funcionó bien tras la
operación aunque al rato observó que increíblemente
comenzaba a desarrollar de nuevo la enfermedad, así que primero
tenía que curar a Ps2mod30 y después a todos los programas
que estaban en cuarentena. Esto también funcionó.
Cuando su madre entró en la habitación con el desayuno se
echó las manos a la cabeza al comprobar que la cama estaba sin
deshacer y que el ermitaño que tenía por hijo la miraba
con los ojos inyectados en sangre y con una sonrisa de felicidad extraterrestre.
En un rato más, Blídimin pudo curar a todos los programas
que tenía en cuarentena y, en una cajita apartada de cualquier
zona peligrosa, tenía 111 apéndices extirpados de distintos
tamaños que se movían suavemente dándose mordisquitos
entre ellos. Los destruyó todos, excepto uno que guardó
para analizarlo detenidamente, ante los aplausos de todos los programas
que habían pasado la peor noche de su vida binaria.
Se dio una ducha y, sin dormir como estaba, se dirigió a la facultad,
derecho al despacho del Decano.
Igual que el día anterior, Blídimin saludó con la
mano y el Decano resopló. Blídimin se sentó frente
a Ps2mod50, despegó el post-it de la pantalla, introdujo un disquete
y conectó el equipo.
Antes de salir de su casa había fabricado un antídoto que
funcionaba como un soldado exterminador curandero. Cuando el soldado abrió
los ojos en el interior de Ps2mod50, desenfundó las herramientas
que Blídimin había fabricado durante la noche, empuño
cada una con sus múltiples brazos y comenzó a cortar apéndices
y a coser heridas a toda velocidad. Lo único que el Decano podía
ver en la pantalla eran dos números que iban creciendo por separado.
El de la izquierda contaba el número de programas infectados y
el de la derecha el número de programas curados.
Poco a poco Ps2mod50 iba recuperando el color y una sonrisa asomaba a
su cara. Cuando los dos números alcanzaron el 411 el soldado saludó
y se quedó en posición de firmes, sus armas humeaban incandescentes.
Blídimin le fabricó un barracón y lo dejó
residente allí para que no volviera a entrar ningún apéndice
de aquel tipo.
Para demostrarle el correcto funcionamiento de su ordenador, Blídimin
fue abriendo en silencio un programa tras otro ante los asombrados ojos
del Decano. A continuación se levantó, extendió la
mano hacia él, y tras un segundo de sorpresa éste la estrechó
y vio cómo Blídimin se marchaba por la puerta tal como había
llegado el día antes. En silencio.
Semanas después Blídimin pudo leer sonriente en la prensa,
cómo los técnicos se esforzaban en descubrir un antídoto
para lo que se llamó un virus informático, que inutilizaba
y destruía los programas de miles de ordenadores al llegar un viernes
13. Pero para entonces Blídimin ya había repartido un ejercito
de soldados curanderos entre sus mejores amigos.
6
Las máquinas místicas
Muchos años antes de que llegara el año 2000, los ordenadores
habían entrado en algunos recintos eclesiásticos de las
tierras del sur. Aunque los estamentos siempre anquilosados de la Iglesia
Católica se resistían a mezclar lo divino con lo tecnológico,
la infiltración era inevitable, debido a los nuevos miembros que
por cuestiones naturales de vida y muerte iban sustituyendo a los que
Dios llamaba a su lado.
La mayor congregación de las tierras del sur superaba lo que en
términos sindicales se llamarían once mil afiliados, pero
que en la terminología apropiada se llamaban hermanos. Así,
estas congregaciones se denominaban Hermandades. Pues la mayor de las
Hermandades tenía serios problemas cada año cuando llegaba
el momento de organizar su celebración mayor, la Semana Santa.
Había llegado al punto de que, dos meses antes del evento, un enorme
número de voluntarios participaba desinteresadamente en la elaboración
de cartas, etiquetas, notificaciones y horarios todo multiplicado por
once mil y hecho a mano. Escribir once mil cartas, once mil etiquetas,
pero sobre todo pegar once mil sellos requería de toda la fe que
los voluntariosos hermanos podían aportar. Aún así
los errores y equívocos se multiplicaban año tras año,
porque aunque en teología Dios trata a todas sus criaturas por
igual, en la práctica no sucede así, de forma que si un
hermano tenía una antigüedad superior a otro, tenía
derecho a estar más cerca de los pasos de la Virgen o del Cristo,
lo cual resolvía los problemas topológicos que implicaba
el interpretar la teología al pie de la letra, porque once mil
hermanos situados todos equitativamente a la misma distancia de los pasos
implicaría que formaran un círculo de casi dos kilómetros
de diámetro cogidos del brazo, con el Cristo o la Virgen en el
centro, un corro de la patata pero con capirotes. Siendo así, la
Semana sólo se podría celebrar en las pistas de aterrizaje
de los aeropuertos. Bueno, bueno, bueno, las cosas están bien como
están y no se hable más.
Llegado el momento necesitaron ayuda técnica, y como Dios todo
lo sabe, les dio la tarjeta del hombre que podría ayudarles. Era,
claro está, Blídimin, el hombre que hablaba con las máquinas.
En el instante en que efectuaron la llamada de teléfono, Blídimin
se encontraba muy muy al norte, a unos cuatro mil kilómetros, más
o menos, sopesando un champiñón que había encontrado
en el bosque que debía rondar los cinco kilos. Un champiñón
increíble pero cierto. Su Teléfono Siempre Disponible comenzó
a vibrar en el bolsillo. Acuclillado, sin dejar de sopesar el enorme ejemplar
con la mano derecha, respondió la llamada con la izquierda.
- Hola, soy Blídimin.
- Buenos días, le llamo desde la Mayor Hermandad de las tierras
del sur, necesitamos de sus servicios – dijo la voz al otro lado.
- ¿De qué se trata?, ¿la Hermanad tiene máquinas?
– preguntó sorprendido.
- Sí, pero no sabemos qué hacer con ellas, por eso le necesitamos.
- Estaré ahí mañana sobre las cinco de la tarde,
¿le parece bien?.
- Estupendo, le esperamos sobre las cinco. Gracias y un saludo.
- Un saludo. – Y cortó la comunicación.
Hay que aclarar que en las tierras de muy muy al norte es imposible quedar
sobre las cinco, o sobre la hora que sea. Allí o se queda a las
cinco y diecisiete, por ejemplo, o no se queda. Sin embargo, en las tierras
del sur, por algunos efectos colaterales de la relatividad especial de
Einstein, el tiempo tenía una elasticidad conocida por todos sus
habitantes, lo que permitía quedar sobre una hora y que todas las
reuniones fueran posibles.
Blídimin depositó el agaricáceo de cinco kilos sobre
la crecida hierba, se incorporó y respiró profundamente
el limpio y frío aire del bosque. Tendría que volar antes
de lo que pensaba.
Al día siguiente, Blídimin se presentó sobre las
cinco en el histórico edificio de la Mayor Hermandad de las tierras
del sur. La tarde era apacible y la luz del sol iluminaba las vetustas
piedras de la construcción, sembradas de líquenes en los
intersticios, de forma que éstas relataban con facilidad, los miles
de años de historia que habían pasado por sus ojos. Hombres
y mujeres, durante siglos y siglos, con distintas vestimentas, distintos
idiomas, distinto anhelos y pensamientos habían tocado aquellas
piedras que daban al edificio el porte y la solemnidad que sólo
una Hermandad como aquella podía contener.
Sobre las cinco se presentaron a su vez los encargados de introducir a
Blídimin en el místico mundo de la religiosidad mezclada
con máquinas de última generación.
El Hermano Mayor de la Mayor Hermandad de las tierras del sur vestía
elegantemente un traje de ejecutivo adornado en la solapa con una insignia
religiosa, sin duda de oro. Los demás hermanos, que no eran tan
Mayores, vestían más informales y no llevaban insignia.
Todos los ejércitos llevan galones.
De forma detallada, y aportando documentos de ejemplo, hechos a mano,
de la última celebración acontecida de la Semana Santa,
le mostraron a Blídimin la problemática de gestionar tan
ingente cantidad de información.
Blídimin, a la vez que prestaba atención a los pormenores
de la gran operación, no dejaba de observar la sala en la que se
encontraban reunidos. Llena de alfombras, cuadros y antiquísimos
muebles, que, al igual que las piedras del edificio, hablaban del paso
del tiempo con una tranquilidad que le relajaba y le complacía
más de lo que hubiera imaginado. Porque los ambientes en los que
Blídimin hablaba con las máquinas rara vez tenían
una antigüedad de más de unas pocas decenas de años,
y en concreto las máquinas de más de diez años siempre
eran antiguas. Mientras que allí se encontraba arropado por miles
de años de historia, que le decían que hiciera lo que hiciese,
todo eso perduraría más allá de su vejez y más
allá de la vejez de sus nietos, si es que alguna vez llegaba a
tenerlos.
Cuando toda la documentación estuvo explicada y Blídimin
hubo tomado cientos de notas sobre cada detalle, le mostraron, en otra
habitación, la maquinaria que habían adquirido para llevar
a cabo la tarea. De nuevo Blídimin tuvo que sorprenderse ante los
recursos ilimitados de lo divino en la Tierra, porque con aquella maquinaria
además de confeccionar todo lo que la Hermandad deseaba, se podía
controlar el tráfico aéreo de un aeropuerto medio sin sobrecargar
el sistema. Todos los equipos estaban embalados en sus enormes cajas,
Blídimin abrió alguna de ellas y pudo observar, como a un
gigante dormido, a As4009402. En pocos meses sería uno de sus mejores
amigos.
Esa misma noche Blídimin diseñó el plan de acción
que seguiría para mezclar máquinas del siglo XX con un entorno
del siglo XII y que todo quedase en armonía. En total calculó
que harían falta tres meses sin imprevistos para hacer todo el
trabajo, es decir que serían seis meses. En el informe que entregó
por escrito al día siguiente a los Hermanos responsables, fijó
en ocho meses la duración de la tarea. Había que ser un
buen estudioso de la relatividad einsteniana para comprender cómo
en las tierras del sur el tiempo se dilataba en función de muchas
variables que incluían el clima y el humor del pescadero de la
esquina, por señalar dos de las más relevantes.
Durante muchos días y muchas noches Blídimin estuvo enfrascado
en la complicada tarea de ordenar de forma caótica a once mil hermanos
en función de su antigüedad, de sus cuotas, e incluso de su
vestimenta y accesorios, porque un romano tenía que ir en un sitio
y el hermano que portaba la vara tenía que ir en otro, había
que contar también con los nazarenos y con mil factores más
como el orden alfabético de apellidos, o el orden en los códigos
postales y los domicilios de las etiquetas para que la Oficina de Correos
de la ciudad no se viera colapsada al tener que ordenar once mil cartas
extra de la Hermandad.
Mientras tanto, Blídimin seguía atendiendo las demás
llamadas que recibía para hablar con máquinas de otros sitios,
pero nunca con la carga histórica del proyecto de la Mayor Hermandad
de las tierras del sur.
Una mañana, Blídimin fumaba en pipa por aquella época,
y se quedó atascado diseñando un calendario interno que
debía incorporar al proyecto para que la Hermandad pudiera planificar
todos sus eventos. Ante un bloqueo mental así lo mejor era siempre
recargar la pipa pausadamente y conversar con su ordenador para que le
aportara las ideas que él no tenía. En esta circunstancia
ocurrió un hecho asombroso, mientras se llevaba una cerilla al
cuenco de la pipa para prender el tabaco que acababa de reponer y esperaba
que I486dx4, su ordenador de entonces, le diera una idea para el calendario,
éste con una voz profunda que no era la suya, le dijo:
- Hola Blídimin, ¿no crees que se te olvida algo?
Blídimin dejó de aspirar la caña de la pipa sin moverla
de entre los labios y tardó unos segundos en responder:
- ¿Por qué me hablas con esa voz, I486dx4?
- Digamos que como tú no me oyes directamente te hablo a través
de tu ordenador – respondió la voz profunda.
- Pero ¿por qué yo no te oigo directamente?, ¿quién
eres? – preguntó un tanto sorprendido.
- ¿Crees en Dios, Blídimin? – preguntó de nuevo
la voz profunda desde el ordenador.
- Pues no mucho, la verdad. Es decir, nada de nada.
- Motivo por el cual no me oyes directamente – dijo la voz dejando
que la frase resonara en el silencio de su despacho.
- Ah, ¿es que eres Dios? – preguntó Blídimin
incrédulo.
- Asín es – respondió en tono simpático la
profunda voz.
- Bien, es toda una sorpresa para mí. ¿Y qué es lo
que se me ha olvidado? – preguntó Blídimin a quien
oír a Dios a través de una máquina tampoco le resultaba
devastador. Si no hubiera estado I486dx4 de por medio quizá se
habría desmayado de la impresión.
- Bueno, pues no quedan muchos años para que llegue el año
dos mil, ¿has pensado qué vas a hacer con las fechas llegado
ese momento?.
Blídimin sopesó técnicamente lo que acababa de escuchar,
los engranajes de su mente casi podían oírse con un tiquitiquitiqui,
al pensar en ello.
- Pues no lo había pensado, pero ahora que lo dices algo tendré
que hacer con esas fechas – le comentó a Dios.
- Pues hazlo porque sé de buena tinta que será un problema,
llegado el momento.
- Dios, eres un genio de la programación – sonrió
Blídimin.
- Es lo que tiene ser omnipotente, también escribo unos poemas
que no están nada mal – comentó Dios con buen humor.
- Lo tendré presente cuando necesite inspiración –
respondió Blídimin en el mismo tono.
- La necesitarás, hijo mío, la necesitarás –
vaticinó el Creador de todas las cosas.
- ¿Entonces cuento contigo cuando llegue ese momento? – preguntó
Blídimin soltando una lenta bocanada de humo azulado.
- No me oirás, pero me sentirás en tu interior – vaticinó
Dios.
- Tú sí que sabes hacer amigos, Dios – exclamó
Blídimin sonriente.
- Para eso me pagan – dijo en tono solemne.
- ¿Te pagan? – contestó Blídimin sorprendido.
- Es broma, hombre.
- ¡Qué cachondo!.
- Encantado de saludarte, Blídimin, te dejo con tu tarea divina.
- Gracias Dios, el placer ha sido mío.
- Adios – se despidió la voz profunda.
I486dx4 parpadeó varias veces al salir del trance y comentó:
- Menuda experiencia acabo de tener, Blídimin.
- Ya, ya, qué me vas a contar – y siguió enfrascado
en el calendario.
Fue así cómo Blídimin hizo el primer programa que
no acusaría el llamado efecto 2000 y cómo conoció
a Dios sin haber creído nunca en él.
A medida que pasaban los meses, Blídimin se hizo inevitablemente
asiduo de la Hermandad, y sentía un profundo placer cuando le saludaban
los porteros y los hermanos llamándole por su nombre. De alguna
forma, se había incorporado a la historia del insigne edificio
por méritos propios.
Quedaban dos meses para que se cumpliera el plazo de seis que él
se había propuesto para terminar el trabajo. Para entonces As4009402
ya calculaba perfectamente la ordenación de los tres mil hermanos
que saldrían en procesión en la siguiente Semana Santa.
Al contrario de lo que pensó Blídimin en un principio, no
salían los once mil a la calle, sólo los tres mil de mayor
antigüedad y mayores cuotas. Enlazaba a la perfección con
otros ordenadores más pequeños que había distribuido
por las dependencias de forma que entre pocas personas pudieran gestionar
toda la documentación que originaba el evento religioso y ya sólo
le quedaba enlazar con una pequeña tiendecita de recuerdos religiosos
donde se vendían cirios, rosarios, imágenes y un sinfín
de objetos relacionados con el culto. El refrán “como a un
santo dos pistolas” se pudo decir desde entonces “como a un
santo un código de barras”, porque a Blídimin no le
quedó más remedio que etiquetar con códigos de barras
todos los objetos de la tienda, cosa que a los propietarios les pareció
horrible desde el primer momento. Pero en realidad esa actitud era algo
con lo que había tenido que trabajar todos esos meses, la resistencia
a los cambios. Si Blídimin proponía que había que
cambiar una mesa de sitio, todo eran pegas. Para una mesa, para un cuadro,
para hacer un agujero en la pared, para poner un tablón de anuncios
en la entrada, para todo. De esa experiencia aprendió Blídimin
algo importantísimo para su carrera profesional y humana, al fin
y al cabo: “Si algo merece la pena ser cambiado, da igual la resistencia
que encuentre, es cuestión de insistir, al final te lo agradecen”,
y lo contrario: “Si algo no merece la pena ser cambiado, da igual
lo que insistas, aunque lo cambies volverá sólo a su estado
anterior”.
El dueño de la tiendecita de objetos religiosos entabló
confianza con Blídimin y un día le pidió que le echase
un vistazo a un pequeño ordenador que tenía en casa porque
había dejado de imprimir. Esa visita sin importancia aparente le
aportó a Blídimin otra experiencia que no olvidaría
jamás, porque el tendero era, además, el encargado de tejer
los mantos que llevaba la Virgen en las procesiones y cuando Blídimin
entró en su casa, comprendió que al igual que le ocurrió
la primera vez que entró en el edificio de la Hermandad, acababa
de pisar otro planeta.
La casa del tendero artesano era una construcción antiquísima
con muros enormes y techos altísimos, patios húmedos y frescos
cuajados de plantas y silbidos de pájaros. Suelos enlosados con
dibujos que jamás había pisado, igual ocurría con
las paredes, adornadas con azulejos fabricados a mano por alguien que
seguro hacía mucho mucho tiempo que había pasado a mejor
vida.
En una pequeña habitación cuya puerta y ventana daban al
patio, se encontraba un ordenador igualmente anciano que Blídimin
no había visto desde niño, se llamaba Apple1 y era tan sobrecogedoramente
bonito que no lo hubiera cambiado por As4009402 en aquella casa. Estaba
hecho de madera y cerrado con tornillos gordos casi tan grandes como las
teclas, con su nombre taladrado en la madera como si fuera un mueble de
marquetería francesa más que una máquina electrónica.
Blídimin no pudo evitar acariciarlo en cuanto lo vio, mientras
su dueño le explicaba:
- Intento imprimir pero el papel o no entra en la impresora o sale completamente
blanco, ¿es grave doctor?.
¡Ese hombre le había llamado doctor!. Los ingredientes para
sentirse en otro planeta eran completos. Blídimin tecleó
suavemente para disfrutar del tacto y de las enormes letras verdes que
salían en la pequeña pantalla de televisión, aunque
desde el primer momento tuvo claro lo que ocurría. Cogió
la impresora, la inclinó sobre el borde de la mesa, que por cierto
también era una mesa de buena madera, de respetable edad y profundas
señales del paso del tiempo, y sopló enérgicamente
en varias direcciones de su interior. Volvió a colocarla en su
sitio, le cedió el asiento al tendero y le propuso que probara
su funcionamiento. Tras unos ruiditos de una maquinaria que Blídimin
pensaba que jamás volvería a oír, la pantalla se
llenó de números verdes y la impresora aceptó el
papel que le ofrecía el tendero para imprimir a continuación
todo lo que transmitía Apple1. Cuando hubo terminado, observó
la copia impresa y le dijo a Blídimin:
- Es usted un maestro, señor Blídimin.
- Gracias hombre, ha sido un placer volver a ver estas máquinas
en funcionamiento.
- Dígame cuánto le debo y le pagaré ahora mismo –
pidió el tendero soltando la hoja de papel y quitándose
las gafas para dejarlas colgando del cordón de cuero que tenía
al cuello.
- Nada, hombre, qué me va a deber, nada – respondió
Blídimin, palmeando amistosamente el hombro del artesano, a lo
que esté se detuvo un segundo y le dijo:
- Venga conmigo, por favor.
Blídimin siguió al artesano hasta otra habitación
mucho más grande que estaba tras otra puerta que también
daba al patio. En ella vio una escena por la que Velázquez o Murillo
habrían matado, porque unas doce hilanderas estaban sentadas en
círculo alrededor de un manto de color lila enorme al que le iban
añadiendo a mano bordados de oro con la lentitud, el pulso y la
maestría de años y años de experiencia.
Las mujeres, ancianas la mayoría, y jóvenes las menos, levantaron
la vista un momento, sonrieron al saludar y continuaron con su labor.
En la habitación olía a polvo, a madera, a telas. ¡Olía
a vida!. Blídimin se encontraba al borde del llanto, por la alegría
de encontrarse allí.
El artesano volvió a calzarse las gafas, se dirigió a un
montón de retales que había en un rincón, seleccionó
varios, y se decidió por uno que era más o menos triangular
y que llevaba los hermosos adornos dorados que Blídimin observaba
en la pieza enorme del gran manto.
- Tome, un trozo bordado en oro del manto de Nuestra Señora la
Virgen, por hacerme el favor de venir hasta aquí a ayudarme con
mis máquinas – dijo obsequioso el artesano mientras le tendía
el trozo de tela.
Blídimin lo cogió, lo observó emocionado un momento
y dijo:
- No sabe usted lo feliz que me hace este regalo, y cuánto le agradezco
que me haya traído a su casa y a su taller.
- Nada hombre, no hay de qué, bien está lo que bien acaba
– respondió sonriendo.
Blídimin todavía estuvo un poco más conversando con
el hombre sobre el arte de bordar el manto y, a continuación, éste
le acompañó a la puerta atravesando el hermoso patio y se
despidió de él hasta el día siguiente que se encontrarían
en la Hermandad.
Blídimin anduvo durante un rato por la calle, alejándose
de la casa del artesano, sintiendo con nitidez que estaba haciendo la
reentrada en su planeta y que venía de otro.
Poco más le queda a este capítulo. Blídimin acabó
su trabajo en los dos meses siguientes ante la satisfacción de
los Hermanos Mayores, que vieron cómo se adelantaba en dos meses
a los ocho que presupuestó en un principio.
Cuando todo estuvo terminado y las últimas pruebas salieron correctas,
hubo una última reunión para cerrar el proyecto y establecer
las condiciones en las cuáles tendrían que llamar a Blídimin
si algo imprevisto fallaba. Le felicitaron por todo el trabajo que había
desarrollado y cuando todos se pusieron en pie para despedirse, el Hermano
Mayor se acercó a estrecharle la mano y a continuación se
quitó la insignia dorada de la solapa y se la colocó a Blídimin
en la suya.
¡Así da gusto trabajar, hombre!, pensaba Blídimin
con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
Al salir del edificio fue deteniéndose en cada puerta para despedirse
de los que habían llegado a ser amigos en esos meses.
En las puertas del edificio de la Mayor Hermandad de las tierras del sur,
ante un día que aunque hubiera sido tormentoso, que no lo era,
Blídimin hubiera considerado ideal, paseó la vista por la
calle y tuvo la sensación de que había pasado mucho tiempo
en un país lejano y que volvía a casa. Aunque el hecho era
que su casa estaba en esa misma ciudad.
7
Cdmpro
¡¡CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA!!.
Luces, neones y láseres relampagueaban por el interior de la gran
discoteca iluminando caóticamente los brazos sudorosos y los cabellos
danzantes de cientos de jóvenes que bailaban y vibraban al ritmo
que el DJ Gurú inventaba tras su pecera de cristal. El DJ llevaba,
sobre la cabeza afeitada, varias linternas tubulares cogidas de una cinta
impresa con kanjis japoneses. Parecía una versión futurista
de las serpientes de Medusa. Las lamparitas de las linternas se agitaban
siguiendo el ritmo que marcaba con la cabeza mientras con las manos iba
moviendo discos de vinilo que, al derrapar, creaban mágicos y sincopados
ritmos que enloquecían a los jóvenes danzarines.
Durante toda la madrugada y hasta bien entrada la mañana, la discoteca
retumbó con las fantasías rítmicas del DJ, que a
una señal del dueño clausuró la sesión con
una de las mezclas que le habían hecho famoso. Apoyó las
manos entre los discos y los aparatos electrónicos que manejaba
y con un impulso levantó las piernas y quedó cabeza abajo
sobre los platos que giraban bajo su nariz. Entonces fue deteniendo y
lanzando los dos últimos discos que sonarían antes de cerrar
la discoteca golpeándolos con la barbilla, con la nariz e incluso
con la lengua. Su agotado público aplaudió saltando la que
sabían que era la intervención de clausura de esa noche
que ya no era noche.
Los guardias de seguridad japoneses, enfundados en apretadas camisetas
con los colores y el logotipo de la disco más famosa de la isla,
fueron abriendo las puertas e indicando a los últimos e irreductibles
danzantes que era hora de abandonar el recinto. La iluminación
fue cambiando y como si el local tuviera su propio amanecer interior,
las luces dejaron de parpadear poco a poco y fueron sustituidas por luz
fija que iluminaba cada rincón. Camareros y personal de limpieza
vestidos con uniformes fosforescentes, entraban en acción y recogían,
limpiaban y abrillantaban suelos, paredes, copas y adornos del interior.
Mientras tanto, el DJ había salido de la cabina y se secaba el
sudor de su calva cabeza con una toalla.
- Voy a darme una ducha antes de marcharme – le dijo al dueño
del local.
- Bien, prepararé tu cheque – respondió el empresario
japonés con una leve inclinación de cabeza.
Al salir del local, la luz del sol le hizo entrecerrar los ojos, se acercó
a la moto de gran cilindrada que tenía aparcada cerca, se colocó
el casco, las gafas de sol y con un potente rugido del motor se internó
en el intenso tráfico de la ciudad.
Mientras circulaba a velocidad vertiginosa esquivando a los demás
vehículos, pensaba que ya iba siendo hora de que alguien inventara
la forma de hacer con los CDs lo mismo que él hacía con
los discos de vinilo. Pero él no era ingeniero, él veía
girar los discos compactos dentro de sus inaccesibles carcasas y no se
le ocurría de qué forma podría tocarlos para conseguir
el mismo efecto de scratching que conseguía en sus inimitables
mezclas con vinilos. Esa misma noche, en cuanto se levantara, iría
a una recepción que daba un primo suyo metido de lleno en el mundo
de la tecnología digital. Al parecer la empresa para la que trabajaba
había inaugurado una nueva sede al norte de Europa y le habían
asignado a él la tarea de dirigirla, así que en esa recepción
habría europeos y japoneses celebrando la buena noticia.
El día transcurrió con normalidad en la isla japonesa. Millones
de personas se movieron frenéticamente de un lado a otro en lo
que, para un observador extraterrestre, serían comportamientos
caóticos y cuando ya hacía rato que el sol se había
ocultado tras los edificios del oeste del país y todo se iluminaba
con la luz artificial de la ciudad, el despertador de la pequeña
habitación del DJ Gurú conectó la radio y activó
una iluminación tenue que gradualmente fue intensificándose
hasta conseguir que, cuando la órbita de la tierra ya tenía
completamente oculta la isla de los rayos del sol, amaneciera en el micromundo
artificial de este joven que dormía de día y vivía
de noche. Se enfundó un pantalón rojo y verde con inscripciones
en una de las piernas, una camiseta blanca ceñida y sobre ella
otra camiseta gris desgarrada estratégicamente para que pareciera
el único superviviente de un accidente de aviación. En la
calva se pintó varios kanjis rojos y negros que venían a
decir “Enamorado de la Tecnología”.
Bajó al garaje, subió a su moto y tras ponerla en marcha
se dirigió veloz como un felino nocturno hacia el hotel donde su
primo estaría recibiendo a los primeros invitados a la fiesta de
esa noche.
Su primo vestía un traje muy elegante de color gris claro, casi
azulado. Mantenía una animada conversación con dos colegas
europeas que, a pesar de no llevar tacones, le superaban en bastantes
centímetros de estatura. Cuando se abrieron las puertas de la sala
donde se celebraba la fiesta para dejarle pasar, la mayoría de
los invitados se giraron para ver entrar la impactante figura del DJ.
Los invitados japoneses lo reconocieron al instante porque estaba en todas
las revistas y en muchas de las vallas publicitarias de la ciudad. Los
europeos sólo miraron por la curiosidad de su atuendo.
Mientras cruzaba la sala inclinando la cabeza a quienes le saludaban,
su primo se disculpaba con las dos mujeres y le esperaba con los brazos
abiertos.
Tras el abrazo, el primo le presentó a las dos mujeres y DJ Gurú,
saludándolas, les dijo en inglés:
- Disculpen que me dirija a mi primo en japonés, pero no podría
hablarle de otra forma.
- No hay problema – respondieron ellas.
- Primo, he tenido una idea y seguro que a ti se te ocurre cómo
hacerlo – le dijo brevemente en japonés, tal y como había
avisado.
- ¿De qué se trata?.
- Tenéis que desarrollar una máquina que me permita tocar
los CDs con las manos mientras suenan para poder mezclarlos con los discos
de vinilo – dijo DJ Gurú mirando expectante el rostro de
su primo.
Tras reflexionar un momento, se le iluminó la cara y contestó:
- Así, de pronto no se me ocurre cómo hacer una máquina
de ese tipo… - a lo que DJ Gurú puso cara de decepción
- …pero resulta que en esta fiesta hay una persona a la que quizá
sí se le ocurra cómo enfrentarse a una máquina así
– terminó la frase y sonrió enigmático.
- ¿Ah sí?, ¿quién es?, ¡preséntamelo
ahora mismo! – pidió entusiasmado.
- Mira, ¿ves aquella máquina de café averiada, detrás
de la barra del bar, de la que sobresale el cuerpo de un hombre con traje?,
bien pues esa mitad más la mitad que está dentro de la máquina
son el hombre que seguramente te pueda ayudar.
Blídimin se había pedido un zumo multifrutas en la barra
del bar mientras conversaba en japonés con algunos técnicos
de la empresa que celebraba la fiesta. Uno de los técnicos había
pedido un whisky con hielo y el otro había pedido un café
solo. El barman asintió y se dispuso a preparar las copas mientras
pulsaba un botón en una moderna máquina de café que
tenía tras la barra. Blídimin la oyó atragantarse
al instante y, aunque seguía conversando con los dos técnicos,
tenía una parte de su atención puesta en lo que en breves
instantes sería un problema con la máquina del café.
El barman sirvió las copas de zumo y whisky pero cuando se giró
hacia la máquina de café para recoger la taza en la que
debía de estar el café solo, lo que encontró fue
que la máquina tenía encendidas varias luces rojas junto
a las cuáles se leían en japonés distintos tipos
de problemas. El barman se quedó mirando fijamente a la máquina,
como si pudiera repararla con el poder de su mente, y como tal cosa no
sucedió se volvió hacia la barra y dijo:
- Lo siento mucho señor, me temo que la máquina de café
se acaba de estropear. Avisaré a Mantenimiento pero su café
puede tardar un rato, ¿desea alguna otra cosa?.
Como el técnico, que se había quedado sin café, tardó
un segundo en responder, Blídimin intervino y le dijo al barman:
- ¿Quiere usted que hable un momento con su máquina de café?.
El barman achacó a un problema de traducción al japonés
el que Blídimin hubiera dicho “hablar” en vez de revisar
o arreglar, pero entendió que éste se ofrecía a repararla,
cosa que no le sorprendió porque sabía que la mayoría
de los asistentes eran técnicos e ingenieros de una gran multinacional
japonesa de la que, probablemente, hasta la máquina de café
tuviera algunas piezas.
- Bueno, si no es una molestia para usted… - respondió dubitativo
el barman.
- Ninguna molestia – sonrió Blídimin, y rodeó
la barra hacia el interior hasta situarse frente a la atragantada máquina
de café. Los dos técnicos sabían de las habilidades
de Blídimin, pero aún así les sorprendió el
gesto.
- A ver Koffeeshop, ¿qué te ocurre?.
- Bezemaatlagantadoalgo – respondió con esfuerzo Koffeeshop.
Hay que tener en consideración el mérito de Blídimin
para entenderla contando con que la máquina decía esto además
en japonés.
- Abra la máquina, por favor – dijo Blídimin al barman.
Éste sacó una pequeña tarjeta electrónica
de un cajón, la introdujo en una ranura lateral de Koffeeshop y
todo el frontal se desprendió suavemente hacia un lado.
Blídimin empezó a hurgar en su interior, cada vez más
profundamente, y en esta posición fue como le encontró DJ
Gurú.
- ¿El señor Blídimin? – dijo en inglés
desde la barra DJ Gurú.
- Un momento, ya casi acabo – contestó en inglés igualmente
Blídimin.
- Sí, es él – dijo uno de los técnicos que
estaban con Blídimin antes de que se metiera dentro de Koffeeshop.
- Y habla japonés bastante bien – dijo un tanto admirado
el otro técnico – por cierto, tú eres DJ Gurú,
¿verdad?, ¿me firmas un autógrafo?.
DJ Gurú sacó un rotulador del bolsillo y sin mediar palabra
cogió el vaso de whisky de su admirador y le garabateó “Vive
de noche. DJ Gurú”. Estaba claro que este joven era una fuente
inagotable de frases publicitarias.
- ¡Burp! – eructó Koffeeshop – ahora me encuentro
mucho mejor. Muchas gracias señor Blídimin, jamás
pensé que le conocería. – dijo mientras Blídimin
sacaba la cabeza de cabellos ensortijados de su interior y cerraba la
parte frontal con unos suaves plup-plup de hermético ajuste.
- Eso me dicen todas, amiga Koffeeshop – dijo golpeando amistosamente
su lomo.
- ¿Podría firmarme un autógrafo, señor Blídimin?
– dijo Koffeeshop.
Era la primera vez que le pedían un autógrafo en su vida,
y desde luego la primera vez que lo hacía una máquina. Miró
alrededor y vio como DJ Gurú escribía en el vaso de whisky.
- ¿Me lo prestas un segundo, por favor? – pidió Blídimin
cortésmente.
- Claro, claro – respondió el joven y calvo artista pasándole
el rotulador e inclinando levemente la cabeza, donde Blídimin pudo
leer “Enamorado de la Tecnología”. A continuación
escribió en japonés sobre el frontal, en un rincón
que no alteraba la armonía de los adornos de Koffeeshop, “Para
mi amiga Koffeeshop. Afectuosamente Blídimin.”. El barman
y los tres clientes de la barra le miraban asombrados.
- Me lo ha pedido ella – se justificó Blídimin. El
asombro se convirtió en incredulidad.
- Gracias – dijo y le devolvió el rotulador a DJ Gurú.
Pulsó el botón de café solo y abandonó el
interior de la barra del bar para volver fuera donde dialogaba con los
técnicos y donde ahora le esperaba ese personaje con un gusto tan
exquisito para su aspecto.
- Mi primo – comenzó DJ Gurú dirigiendo la mirada
brevemente hacia donde se encontraba el ingeniero hablando con las dos
europeas altas – me ha recomendado que hable con usted sobre una
máquina que necesito pero que aún no existe.
- Eso suena bien – dijo Blídimin dando un sorbo a su frío
multifrutas. Los dos técnicos comenzaron una conversación
aparte en vista de que Blídimin comenzaba a hablar en exclusiva
con el DJ.
- ¿Sabe lo que es el scratching? – preguntó el DJ.
- Claro, por supuesto – contestó Blídimin –
consiste en frenar los vinilos para crear ese efecto de derrape en el
sonido.
- Bien, pues necesito hacer lo mismo con los CDs.
Blídimin, tragando muy despacio el sorbo de multifrutas que tenía
en la boca, asimiló la idea y los engranajes de su cerebro comenzaron
con su tiquitiqui habitual en estos casos.
- Podría hacerse – respondió lentamente Blídimin.
- Asombroso, ¿cómo puede estar tan seguro si sólo
lo ha pensado un minuto? – preguntó DJ Gurú.
- Bueno, tengo una amiga que está empeñada en hacerme una
radiografía de cuerpo entero porque sostiene que seguramente soy
un robot con piel humana, – sonrió Blídimin –
pero no me atrevo por si acaso tiene razón. Sencillamente entiendo
con facilidad el sentido de la vida de las máquinas. Y bebió
otro sorbo de zumo.
- ¿Cómo podría hacerse? – preguntó con
total curiosidad el DJ.
- El viaje en avión de vuelta a Europa dura unas treinta horas.
Aprovecharé para hacer unos bocetos y en cuanto llegue se los enviaré
y hablaremos del tema.
- ¡Eso es maravilloso, señor Blídimin!, por cierto
soy el DJ Gurú – y le extendió la mano para estrecharla.
- Es usted muy famoso en esta isla, un día de estos igual le pido
un autógrafo – y estrechó la mano que le presentaba
sonriendo.
El interior de un avión en vuelo nocturno tiene algo de sala de
estar al amor de la lumbre, sólo algunas luces encendidas iluminaban
otros tantos asientos, donde sus ocupantes se dedicaban a leer, a trabajar
con sus ordenadores portátiles o sencillamente a dormir con la
luz encendida. Blídimin tomaba notas a lápiz en un cuaderno.
Dibujaba círculos y los miraba largamente acariciándolos
con la punta del lápiz, mientras en su cabeza se iba construyendo
la máquina capaz de hacer scratch a un cd. Por diseño, un
lector de discos compactos sólo lee hacia delante, el motor no
puede girar hacia atrás y aunque se le colocase un motor capaz
de hacerlo, no serviría de nada porque el láser y sus correspondientes
circuitos electrónicos están diseñados para leer
un dato y a continuación el siguiente, por lo tanto los discos
de audio tienen la información grabada para ser leída sólo
en un sentido. En resumen, el problema del scratching era leer los cds
hacia atrás. Aunque otro verdadero problema era que al poner la
mano encima a un cd, los circuitos se bloquearían al instante y
perderían la pista, por lo que el audio dejaría de sonar
en ese mismo momento. Eso sin contar con problemas secundarios, como por
ejemplo las exiguas dimensiones de un disco compacto, muy poca superficie
para apoyar los dedos. Miraba por la ventanilla hacia el cielo nocturno,
parte del ala derecha del avión iluminada por los focos de dirección,
con el extremo parpadeando en verde, cada segundo; el ala izquierda lo
haría a la vez en rojo. A mil kilómetros por hora y a cincuenta
grados bajo cero, la tenue atmósfera de los trece mil metros de
altura debía de ser como una pared de látex a la que vencer.
Roja, roja, roja... verde, verde, verde... divagando en estos pensamientos
se le ocurrió una idea brillante, probablemente la solución
al diseño de esa máquina. El lector de cds podría
seguir leyendo hacia delante sin ningún problema y al disco no
habría que tocarlo con la mano, porque lo que se le ocurrió
fue usar una técnica muy conocida en programación, la técnica
del buffer o memoria intermedia. Diseñaría un aparato con
suficiente memoria para almacenar algunos minutos de audio y que tuviese
un disco de vinilo para poder girarlo con la mano, así que lo único
importante que necesitaba era hacer un programa que estirase o comprimiese
la onda de audio a su antojo. No parecía muy difícil. Comenzaba
a excitarle la idea de parir una máquina, ¿hablaría
con él como todas las demás, o lo haría de forma
especial?. Al disco de vinilo se le ocurrió hacerlo con una corona
circular con radios como de bicicleta, para que al girar entre dos células
fotoeléctricas se pudiera convertir el movimiento en señales
que un circuito pudiera interpretar. Como cuando una pierna pasa por la
puerta de un ascensor y tapa las células que están a ambos
lados para impedir que se cierre, cada radio del disco de vinilo como
si fuera una pierna, interrumpiendo un diminuto rayo de luz que atravesaría
desde la cara A hasta la cara B, de abajo hacia arriba, un rayo de menos
de un centímetro de longitud, parpadeando entre los radios del
disco, justo en el borde, generando inteligentes pulsos eléctricos
con cada roce de una mano sobre el vinilo, parpadeando como las luces
de posición roja y verde de ese avión intercontinental.
Por aquel entonces Blídimin vivía en una casa en la playa.
Al llegar, a pesar del cansancio producido por el largo viaje, soltó
el equipaje y miró la pantalla de su ordenador, eternamente encendido,
como el frigorífico o el despertador de la mesita de noche. Asusp3800
sonrió, se alegraba de verle, en un instante rápido y silencioso
le puso al día del correo que tenía pendiente de leer, de
cuántos spams había devorado, y al decirle eso puso una
sonrisilla de máquina malvada, de la temperatura y del clima que
había hecho esos días por casa, de cuántas llamadas
había en el contestador y otra serie de datos estadísticos
que Blídimin adoraba recibir. Hacía poco se había
incorporado otra máquina más a su vida, era Prolink1200s,
una batería inteligente encargada de mantener siempre el ordenador
encendido incluso cuando había cortes de luz. Esta nueva máquina,
ilusionada por poder hablar con Blídimin, le informó de
cuáles habían sido los picos de tensión eléctrica
que había habido esos días, mostrándole un gráfico
detallado en verde sobre negro. Blídimin se sentó cansadamente
en la silla con ruedas que había frente al ordenador, agarró
el ratón y automáticamente pensó en las ruletas con
radios que se movían en su interior, respondiendo a los movimientos
de la bola al rodar sobre la mesa. El mismo concepto que rondaba por su
cabeza para el cd del DJ japonés. Comenzó a diseñar
bocetos del software que estiraría y encogería el sonido
siguiendo los movimientos de la mano. Hasta entonces nunca se había
hecho, pero todas las piezas estaban ahí. Al rato, se quedó
dormido junto al teclado.
Durante meses estuvo viajando al norte de Europa para conseguir piezas
que necesitaba para la máquina de cds. En la última etapa
del diseño, consiguió que le hicieran un molde para fabricar
la carcasa de dos prototipos. Una mañana, después de desayunar
y leer el periódico, llegó un mensajero a su casa con ellas
dentro de una caja con muchas etiquetas y códigos de barras. Blídimin,
las ensambló cuidadosamente con el resto de todos los circuitos
que había ido diseñando. Lo enchufó todo, pulsó
los botones de encendido y sus recién paridos gemelos dijeron hola
al mundo. ¡Sus voces eran preciosas!, quizá no fueran unas
voces muy especiales, pero eran las voces que él había creado,
parte de su alma y su esfuerzo las habían hecho posible y eso contaba,
por supuesto. Blídimin nunca olvidaría que la primera canción
que pasó por sus circuitos fue The Logical Song, del concierto
que Supertramp grabó en París en el año setenta y
nueve. De fondo sonaba el mar mediterráneo con sus mansas olas
acariciando la orilla a veinte metros de la ventana de su casa. Mientras
sonaba la música, giraban los discos especiales fabricados para
Cdmpro, que en apariencia eran discos normales de vinilo. Llegó
el momento de la verdad, Blídimin puso una mano sobre uno de los
discos de vinilo y, al frenarlo, automáticamente la música
se detuvo cayendo de velocidad con el mismo efecto doppler que ocurre
en los discos normales, volvió a soltarlo y la música arrancó
recuperando progresivamente el tono y la velocidad normal, como si fuera
un disco analógico, lo mágico es que era digital, los cds
no habían dejado de girar en ningún momento dentro de las
tripas de Cdmpro. ¡Funcionaba!.
A Blídimin a veces le gustaba arriesgarse, no siempre, pero sí
cuando estaba muy emocionado, como en aquel caso. Unos días después
de haber probado los Cdmpros, llamó a DJ Gurú y le dijo
que preparase una sesión especial para el fin de semana, pero toda
con cds. El DJ no se lo podía creer, casi se sale por el auricular
del teléfono cuando se lo dijo. Blídimin volvió a
volar a Japón, acompañado de Cdmpro.
Esa noche, cuando la discoteca ageHa abrió sus puertas, todas las
pantallas de video mostraban la boca de los dos Cdmpro abiertas y vacías,
estaban excitadísimos y listos para recibir dos cds. DJ Gurú
los insertó y la música comenzó a sonar, con un dedo
hizo girar el disco de vinilo hacia atrás y la música sonó
al revés, ¡estaba entusiasmado!. La noche fue avanzando y,
mientras los Cdmpros funcionaban bajo las manos del tecno-músico,
Blídimin bebía unos whiskies tranquilamente en una de las
barras y escribía el siguiente poema:
Libreluleando
se llega volando,
no importa hacia dónde,
no importa hacia cuándo,
importa que dentro
se sigan quedando.
Y fumaba sonriente en medio de la música atronadora.
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