| Miro el hermoso cielo azul. Estoy tumbado
boca arriba y ha-ce un día calmo y espléndido. Sopla un
poco de brisa y... pero ¿dónde cojones estoy tumbado?. Intento
incorporarme de golpe pe-ro me duele mucho la espalda y la cabeza, ¡joder,
llevo un cas-co!, ¡LLEVO UN CASCO!, ¡HE TENIDO UN ACCIDENTE
DE MOTO Y ME HE QUEDADO PARAPLÉJICO, LO MENOS! ¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!.
Calma, calma, tranquilo, no me he quedado parapléjico porque me
duele todo. Me incorporo con dificultad pero consigo sentarme. ¡Pero
si estoy hecho un trapo!. Estoy en un camino de tierra, sólo veo
un árbol, un olivo creo que es, una moto tirada por los suelos,
que evidentemente es mía, y una gran extensión de campo
salvaje, muchos arbustos, y el camino de tierra que lo cruza en línea
re-cta, que, por cierto, está repleto de baches. Seguro que me
he dado la gran hostia con un bache de estos. ¡Aug!, cómo
me duele la espalda. Me quito el casco, examino mi estado. Tengo los pan-talones
rotos por las rodillas, que me sangran, y la cazadora rota por los codos
que también tengo magullados. Me pongo en pie con dificultad y
gimiendo como un anciano. Me quedo, de pie, do-blado sobre mí mismo,
con las manos apoyadas en los muslos y mi-rándome los zapatos,
que están horriblemente sucios pero parece que no rotos. Suena
un teléfono. Móvil, claro.
La musiquilla electrónica sale de la maleta trasera de la moto.
Me acerco resoplando, (¡cómo me duele la cabeza, coño!),
intento abrir la maleta pero está cerrada con llave. El teléfono
sigue sonando. Saco las llaves del contacto y abro la maleta. Dentro hay
un maletín de tela con muchos bolsillos, en uno de ellos hay un
cupón de la ONCE y en el de al lado parpadea la luz del teléfono
móvil que no para de sonar. Lo saco del maletín y cuelgan.
“1 llamada perdida”, pone en la pantallita. Lo vuelvo a dejar
en el maletín y me incorporo de nuevo, con gran esfuerzo, porque
para coger el móvil me he tenido que agachar hasta la mo-to tumbada.
Ahora resulta que no recuerdo haber visto antes ese teléfono, ni
esa moto, ¡joder, ¿cómo me llamo?, ¿CÓMO
ME LLAMO?!. Me estoy poniendo nervioso. Del golpe que me he dado al caer
de la moto no me acuerdo de nada. Levanto la moto y noto que la muñeca
izquierda la tengo hinchada como un globo. Es bonita, la moto esta. Una
Kawasaki 450 negra y blanca. Parece que está bastante entera, tiene
la maneta izquierda, la del embrague, torcida ha-cia arriba y el retrovisor
doblado hacia adentro, el espejo que-brado, pero no inutilizable. Y a
pesar de todo hace un día pre-cioso. Afianzo el soporte central
de la moto y respiro entrecortadamente porque me duele el abdomen una
barbaridad.
Estoy intentando recordar cómo he llegado hasta aquí pero
no lo consigo. Bueno, supongo que si sigo en línea recta por el
camino, a algún sitio llegaré. A algún sitio conocido
como, pongamos, Soria o Bollullos de la Frontera. Porque una cosa tengo
clara, hablo español (y para confirmarlo digo “hola”
en voz al-ta) y estoy en España. Pero ¿dónde?, y
¿cómo he podido olvidar quién soy y cuál es
mi nombre?, ¡por Dios!.
Me busco en los bolsillos a ver si hay un carné o algo identificativo
pero sólo encuentro cinco duros. ¡Qué miseria, coño!.
¡Ya está, voy a mirar la agenda del teléfono móvil!.
Seguro que habrá nombres que me recuerden algo, a lo mejor está
grabado mi número y mi nombre. En cuanto intento utilizar el teclado
del móvil aparece el mensaje “Introduzca PIN”. No me
acuerdo de mi nombre y me voy a acordar del código del móvil,
¡no te jode!. Tiro el móvil dentro del maletín y comienzo
a rebuscar en el interior a ver qué encuentro. Un puñado
de partituras y cantidad de papeles que mencionan constantemente ordenadores
y vocabulario técnico que no entiendo.
Bueno, pues voy a volver por donde se supone que he venido.
La moto no arranca a la primera, pero tras tres o cuatro intentos acaba
petardeando unas nubes de humo blanco y se pone en marcha. Suena muy bien
mi moto.
Giro poco a poco en el camino de tierra y meto segunda para desandar el
camino que supongo que me ha llevado hasta allí.
Campo y más campo. Al menos hay gasolina como para hacer cien kilómetros,
no creo que esté tan lejos de ningún sitio.
De pronto se me ocurre que no he mirado la matrícula de la moto.
Freno en seco, pongo el patacabra y, sin parar el motor, bajo de la moto
y voy a mirar la matrícula trasera: MA-7531-S. ¡Hombre, matrícula
de Málaga!. ¡Así que soy malagueño!. Pruebo
a decir “estornudo” en voz alta y me sale “ehtohnudo”,
así que seguramente soy malagueño porque acento tengo. Vuelvo
a subir a la moto y le doy un poco más de caña pero sin
pasarme porque todavía tengo la caída muy fresquita. Atravieso
un puentecillo de piedra por debajo del cual serpentea un pequeño
cauce de agua turbia. Paro la moto y bajo el breve desnivel hasta el agua
para enjuagarme toda la suciedad y las heridas que tengo. En cinco minutos
estoy mucho mejor, hago pinta de zarrapastroso pero seré uno más
entre tanto moderno. ¿Cómo es posible que se me vengan estas
cosas a la cabeza y no recuerde algo tan elemental como mi nombre?. La
cabeza todavía me duele.
Subo a la moto (aunque hace un momento seguro que el casco me ha salvado
la vida, lo he dejado metido en la maleta trasera), e intento arrancar,
pero parece que la caída le ha hecho también daño
a ella. A la tercera lo consigo.
Después de quince minutos de camino repleto de baches, diviso un
pueblo, las afueras de un pueblo. A medida que voy entrando, el camino
deja de ser de tierra y pasa a ser empedrado y finalmente asfalto. Todavía
no he visto a nadie pero sí he visto un coche aparcado con matrícula
de Sevilla, así que quizá no es-té en Málaga
sino en Sevilla y quizá no sea malagueño sino sevillano,
o quizá el coche es de un sevillano que está en Málaga.
¡Cómo me duele la cabeza!. Vuelve a sonar el móvil
dentro de la maleta. Paro la moto a toda prisa y consigo rescatar el teléfono
antes de que se corte, en la pantalla pone Sara. Descuelgo y contesto.
Una voz femenina me dice, con muy mala leche, que para que me entere esta
noche se va a tirar a Ramón el gordo, por imbécil. Casi
me quedo sin habla, pero consigo decir: ¿eres mi novia?, y la furiosa
me responde: “¡ERA tu novia, gilipollas! y me cuelga. Ahora,
además de haberme perdido a mí mismo, he perdido a mi novia.
El día será precioso pero vaya mierda de día que
llevo. Me vuelvo a subir a la moto y la puta no arranca hasta el tercer
intento. Cuando aún no he recorrido cincuenta metros vuelve a sonar
el móvil. En la maleta. Cada vez estoy de más ma-la leche.
Vuelvo a parar la moto, abro la maleta, cojo el móvil y esta vez
aparece “Número desconocido”, descuelgo y una voz de
hombre serio dice: ¿el señor Andrés Gómez
Latanza?, y digo “sí, soy yo”, sin la más mínima
convicción. Y me suelta: “buenos dí-as, le llamo del
Banco Bilbao Vizcaya, mi nombre es Luis Hernández, le llamo para
informarle que ha vencido el plazo que tenía para evitar que tramitáramos
por vía judicial el embargo de la hipoteca que tiene abierta en
nuestra entidad, dentro de pocos días tendrá una notificación
por escrito informándole del día en que se hará efectivo
el embargo de la vivienda, además, me temo, que también
ha caducado el plazo legal que tenía para evitar la vía
judicial por el impago de su tarjeta VISA CLASIC. Que tenga un buen día.”.
Y me cuelga el muy cabrón. Así que soy Andrés Gómez
“el mierda”, porque no llevo un duro, me he quedado sin novia,
me han embargado la casa, la VISA, tengo una moto que no arranca y no
sé dónde carajo estoy. Pues casi prefería no saberlo,
¡dita sea mi estampa!.
Veo a un señor regordete doblar la esquina, cara de bonachón,
camisa blanca por fuera de los pantalones y alpargatas. Jubilado, seguro.
Le pregunto todo lo que puedo hasta que se cree que le tomo el pelo y
se va. Pues no estoy en Málaga sino en Alcalá de Guadaira,
provincia de Sevilla y es sábado 29 de julio, por eso hace la calor
que hace y por eso no hay ni un al-ma por la calle. A veinte metros veo
cuatro mesas a la puerta de un bar de encaladas paredes blancas. La moto
ya ni intento arrancarla, voy a pie. Doy dos pasos y recuerdo que sólo
llevo cinco duros. Me giro y rebusco en el interior de la maleta y del
maletín algo de efectivo, encuentro una moneda de quinientas. Me
guardo la moneda y el cupón de la ONCE y me dirijo al bar.
El dolor de cabeza va remitiendo y empiezo a sentir que es lógico
que yo esté allí, en ese pueblo, que me siento en el lugar
adecuado. Entro en el bar, pido una caña y miro la tele. Na-da
interesante. La cerveza fresca me renueva. Me quito la cazadora porque,
sin ir en la moto, da calor de asfixiar. Miro distraídamente por
la puerta del bar y veo pasar, como una centella, los colores de mi moto.
Me quedo congestionado medio segundo y veo en mi memoria, con perfecta
claridad, cómo me he dejado las llaves puestas en el contacto.
Salgo a la calle en una carrera y veo cómo, cuesta arriba, algún
malnacido huye con lo único que me quedaba. Se me cae el alma a
los pies. Entro de nuevo en el bar, cruzo los brazos sobre la barra y
entierro la cabeza en ellos. Me quiero morir.
¿Qué te pasa, Javier?, dice el de la barra. Levanto un poco
la cabeza por si va conmigo. Y él lo repite: ¿Javier, estás
bien?. Mudo de asombro. ¿Me llamo Javier?, le pregunto angustiado,
¿cómo lo sabe?, y me dice que lo sabe porque hace cuarenta
años que tiene ese bar y porque hace veinticinco que yo nací
en ese barrio y porque es mi padre, cojones. ¿Estás drogado,
o qué?. De pronto me invade una tranquilidad tan bárbara
que me pongo a reir como un energúmeno.
Le cuento a mi presunto padre lo que me ha pasado y que lo siento por
la moto. Con cara de muy mala hostia me dice a gritos que como siga robando
coches y/o motos me volverán a meter en la cárcel, ¡gilipollas!,
y no me va a sacar ni Cristo.
Aunque no recuerdo nada de lo que está revelando mi presunto padre,
siento interiormente que tiene sentido, que he estado en la cárcel
y que esa moto no era mía y que el de la barra debe ser mi padre.
En la tele, las noticias, dan el número del cuponazo del día
antes: el cero, el nueve, el uno, el tres, el uno, serie, ochenta y dos,
doscientos cincuenta millones de pesetas. ¡Joder y yo con quinientas
pesetas robadas!. Se me viene a la cabeza el cupón que he cogido
de la moto antes de que la robaran por segunda vez. Lo saco del bolsillo
y miro: 09131 serie 082. Me da un vahído. Doblo el cupón,
lo vuelvo a guardar en el bolsillo y de pronto sé, con reconfortante
seguridad, lo que voy a hacer a continuación.
Le pido cambio de quinientas a mi padre, voy al teléfono público
verde que hay al final de la barra, con los periódicos del día.
Llamo a información y me apunto los teléfonos de información
de las tres o cuatro compañías de móviles que recuerdo,
llamo, una por una, preguntando por el número de Andrés
Gómez Latanza, hasta que lo encuentro. Marco, espero varios tonos
y responde una voz masculina muy agria. ¿Andrés?, pregunto
yo, sí, ¿quién es? (con malos modos). Mira, me llamo
Javier, esta mañana te robé la moto... me interrumpe para
insultarme a gritos. Cuan-do consigo meter baza le digo: ¿te acuerdas
del cupón que tení-as?, pues vale doscientos cincuenta millones,
estoy en el Bar (le pregunto a mi padre) El pájaro azul de la calle
Feria.
Andrés me dio, cuando nos conocimos, una hostia, un beso en los
morros y ciento veinticinco millones de pesetas; por este orden. Por cierto,
la moto me la había “robado” él.
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