| EL BLERKER DEL HIPOPÓTAMO MANOLO |
RELATO de Antonio Mediano |
| “¿Cuándo y dónde fue la última vez que lo viste, Manolo?”, le preguntó su amigo José Luis. “Hace un hiposegundo lo tenía en las manos, lo he soltado en la mesa frenkel y ya no lo he vuelto a ver.” El gorrión José Luis mantenía aún los nervios templados, pero el pánico empezaba a apoderarse del hipopótamo Manolo. A medida que pasaba el tiempo y no encontraban el colgante, se iba temiendo que se hubiera hecho realidad su peor pesadilla. Desde que su padre se lo regaló el día que cumplió su cuarto diente, Manolo jamás se había despegado de aquel blerker sideral. El blerker era una esfera de mercurio sólido que contenía todo un universo dentro de sí. Eran incontables las propiedades que otorgaba el colgante a quien lo luciese y sólo uno su defecto: el phinster. El phinster era un agujero de dimensiones microscópicas pero capaz de absorber al portador del blerker, a quien lo acompañase y a la habitación en que se encontrase. No encontrar el colgante hacía pensar al hipopótamo Manolo que tal vez habían sido absorbidos. No quería ni siquiera abrir las ventanas por miedo a no ver su mundo. El gorrión José Luis rebuscaba afanosamente entre la colección de gafas de sol verdes del hipopótamo Manolo, mientras éste revisaba los cojines del sofá de quintopelo amarillo. Miraron en el interior de los 240,3 jarrones que tenía Manolo en la salita, descolgaron los cuadros y fotos de la familia. La desesperante búsqueda hizo que el gorrión José Luis se empeñara en abrir la ventana y salir de dudas de una vez por todas. El hipopótamo Manolo, siempre queriendo huir de la realidad, se negaba. Finalmente, el gorrión José Luis, más sensato y maduro, le convenció. Primero descorrieron la cortina de seda salvaje, luego abrieron la portezuela de cristal beige y después subieron la persiana de cartón piedra. Ya sólo les separaba una contraventana de la realidad. El gorrión José Luis dio el último empujoncito a su simbiótico amigo para ver qué había en el otro lado. El hipopótamo Manolo se encomendó a Santa Popótama, patrona de los imposibles, para que ante sí apareciese la matutina cabalgata de tortugas y galápagos. Sin embargo, lo que vio fue un cartel que decía: “SUPERMERCADO”. El desconcierto se apoderó de ambos. “¿Super qué?”, preguntó el hipopótamo Manolo casi indignado. “Será la oficina del superhéroe de este mundo”, propuso el gorrión José Luis. No sin miedo, salieron a la calle. Respirar allí les resultaba tremendamente desagradable y molesto. Se vieron sorprendidos por varios vehículos motorizados que casi los atropellan. De repente, el hipopótamo Manolo vio el phinster en el cielo. “Allí, allí está”. Fue agradable ver algo conocido, aunque fuese precisamente lo que había provocado su desdicha. Advirtieron que el phinster cada vez se enrojecía más y, lo que era más importante, cada vez se acercaba más al suelo. Así, animosos ambos, comenzaron a correr en busca del phinster para intentar volver a casa. Llevan ya tres hipomeses corriendo y no hay noticias de que hayan llegado, pero aún así su ilusión sigue intacta. |
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