| Einstein acaba de abrir la puerta. Sostiene
una taza de café. Derrama unas gotas, tira la taza y cierra la
puerta por la que ha entrado.
Otras veces llega con gabardina y con un bloc de notas. Me cae simpático
el vejete. Se rasca la barbilla esperando a que recurra a él. De
vez en cuando, y más por pena que por la ayuda (ahora hace un gesto
impaciente), pico sobre él y le pregunto algo. Que se gane el jornal.
El resto de la semana ha ido de la siguiente guisa. He trabajado un sólo
día. Genial por una parte, chunga por otra.
El lunes tenía un resfriado monumental y me pasé todo el
santo día metido en la cama, teniendo pesadillas y peleándome
con las sábanas. El martes fui al tajo, con el mismo resfriado
pero con mala conciencia. Tenía una zona de diseminados. Mucho
campo, vaya. Chalets y casitas llenitas de perros que, afanados en la
protección del hogar, se desgañitan de mala manera. Yo los
percibo lejanos porque tengo la cabeza embotada. Empieza a llover. Maravilloso.
Especulo ante la posibilidad de irme a mi casa y seguir metido en la cama.
No puede ser. Sigo adelante como un machote. Después de recorrer
varios kilómetros buscando fortuna, con el resultado acostumbrado,
desisto. Son las cuatro de la tarde pasadas. Mañana, otro día.
Me presento en la central para recoger impresos y hablar un rato con mi
encargado. No está. Su abuela acaba de fallecer. Tenía la
sensación de que hoy no iba a currar, pero ésta vez la excusa
es muy seria. Me voy apesadumbrado. Llego a mi casa y me meto en la cama.
Sigo pocho. Mañana, más.
Me he quedado dormido. Son las diez y media y llamo urgentemente a mi
encargado. Le doy el pésame y me da las gracias. Que no me preocupe,
que por un día que pierda... Prefiero no decirle nada. Ya se lo
contaré más adelante, pero como sigan las cosas así,
cobraré el año que viene quince euros coma tres. Cuando
llego a la central, ya se me ha ido el menda. Me tiene preparados todos,
todos los sobres que restan. Los miro y miro al techo. Busco una luz o
un milagro, no sé. Me advierten que mañana hay jornada de
huelga y que saldrá la comitiva desde una plaza que no recuerdo
ya. Estimo oportuno decir que quiero ir y luchar por la causa (cobrar
la pasta). Me invitan a ir a la reunión que se celebrará
en un par de horas. Me invento una excusa y me vuelvo a casa.
Tecleo cómo hace la aparición mi ayudante de word. Alanis
Morissette canta, chilla, grita mientras pienso en qué escribir.
La semana ha pasado muy rápida. Éste fin de semana tengo
una cita especial en Sevilla. Llega mi amigo Paco. Él me salvará
del conflicto, porque la que también llega es la señorita
M. Acompañada sin duda del otro M. Quisiera aclarar la segunda
m: mierda, mierdoso, malandrín, malcriado, maldito, maleante, malo,
maléfico, malévolo, malintencionado, malhechor, malvado,
maligno, maloliente, malparado, malquerido, malmetido, malquistado, malsonante,
maltratador, macaco, macarra, macarrónico, machacón, macilento,
mafioso, magnicida, majadero, mandril, mangante, maníaco, manido,
manipulador, manta, mantecoso, manazas, maquiavélico, marchito,
marica, marioneta, mariquita, marmota, marrullero, martirizador, mastuerzo,
matasiete, matón, matraca, maula...
Desisto porque el diccionario de sinónimos y antónimos es
demasiado extenso. Mi mala leche también, pero no le concedo más
espacio del que se merece. Ya me encargaré del tema a su debido
tiempo.
Don Galianone llega dentro de poco. Mucha mala leche es lo que tengo.
Es curioso cómo funciona la mente humana incluso en la distancia,
los hermanos sienten y piensan lo mismo (ambos pensaron en partirle las
piernas al mengano ese).
El fin de semana se plantea así: mis amigos y confidentes, Antonio
y Elvira, se marchan lejos, a Killthepoles para mantener viva la llama
erótica. Me alegro por ellos y me invade una sensación de
pena, penita, pena. No importa. Como decía antes, llega Pak de
tierras lejanas y queridas para establecer su nueva vida en un balcón
de la Alameda. Qué bonito es el amor. Se esperan grandes sorpresas.
Acabo de releer los anteriores relatos a ver si se me pega algo de la
inspiración (expediente x), que tuve ayer. Nada. Ni rastro. Son
graciosos. Se me nota mucho que adoro a Eduardo Mendoza, pero no lo hago
a propósito. Tanto cubata, como dijo ayer mi mayor crítico,
tenía que servir de algo. Y tiene mucha razón. Ibrahim se
podrá ir de vacaciones un mes. Aclaro el enigma: el dueño
del bar nuestro de cada día, amén.
Aprovechando que no llevo los zapatos chillones, sino las babuchas, y
la alevosía y nocturnidad que me caracterizan, acabo de hurtar
un par de cigarrillos a mi padre, que duerme su siesta. Me sigo dando
pena. Soy un flojo. Tengo dinero y un kiosko a diez metros de casa.
La nicotina recorre mi cuerpo. Es un placer increíble y desesperante.
Toso. Toso de nuevo. Apago el cigarro. Será mejor que cuide éste
resfriado. Lo vuelvo a encender. Mariconadas las precisas.
Mi madre hace aparición en mi habitación diciendo que la
gente tiene menos sensibilidad que un cerrojo. Asiento profundamente.
Su malhumor se debe a que echa de menos a su nieta, mi sobrina e hija
de mi hermano. En cuanto la tenga en brazos se le pasará el mosqueo.
Ahora, mi cuñada se queda sin regalo de cumpleaños, aclara
dándome un golpetazo en el hombro.
Einstein me mira con cara de incrédulo. Perra vida la suya. Esperando
y esperando algo que no llega si no es por pura costumbre o por pena.
Será mejor que lo deje por hoy. Mañana, más.
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