Einstein acaba de abrir la puerta

RELATO de Hugo Camps

Einstein acaba de abrir la puerta. Sostiene una taza de café. Derrama unas gotas, tira la taza y cierra la puerta por la que ha entrado.
Otras veces llega con gabardina y con un bloc de notas. Me cae simpático el vejete. Se rasca la barbilla esperando a que recurra a él. De vez en cuando, y más por pena que por la ayuda (ahora hace un gesto impaciente), pico sobre él y le pregunto algo. Que se gane el jornal.
El resto de la semana ha ido de la siguiente guisa. He trabajado un sólo día. Genial por una parte, chunga por otra.
El lunes tenía un resfriado monumental y me pasé todo el santo día metido en la cama, teniendo pesadillas y peleándome con las sábanas. El martes fui al tajo, con el mismo resfriado pero con mala conciencia. Tenía una zona de diseminados. Mucho campo, vaya. Chalets y casitas llenitas de perros que, afanados en la protección del hogar, se desgañitan de mala manera. Yo los percibo lejanos porque tengo la cabeza embotada. Empieza a llover. Maravilloso. Especulo ante la posibilidad de irme a mi casa y seguir metido en la cama. No puede ser. Sigo adelante como un machote. Después de recorrer varios kilómetros buscando fortuna, con el resultado acostumbrado, desisto. Son las cuatro de la tarde pasadas. Mañana, otro día.
Me presento en la central para recoger impresos y hablar un rato con mi encargado. No está. Su abuela acaba de fallecer. Tenía la sensación de que hoy no iba a currar, pero ésta vez la excusa es muy seria. Me voy apesadumbrado. Llego a mi casa y me meto en la cama. Sigo pocho. Mañana, más.
Me he quedado dormido. Son las diez y media y llamo urgentemente a mi encargado. Le doy el pésame y me da las gracias. Que no me preocupe, que por un día que pierda... Prefiero no decirle nada. Ya se lo contaré más adelante, pero como sigan las cosas así, cobraré el año que viene quince euros coma tres. Cuando llego a la central, ya se me ha ido el menda. Me tiene preparados todos, todos los sobres que restan. Los miro y miro al techo. Busco una luz o un milagro, no sé. Me advierten que mañana hay jornada de huelga y que saldrá la comitiva desde una plaza que no recuerdo ya. Estimo oportuno decir que quiero ir y luchar por la causa (cobrar la pasta). Me invitan a ir a la reunión que se celebrará en un par de horas. Me invento una excusa y me vuelvo a casa.
Tecleo cómo hace la aparición mi ayudante de word. Alanis Morissette canta, chilla, grita mientras pienso en qué escribir.
La semana ha pasado muy rápida. Éste fin de semana tengo una cita especial en Sevilla. Llega mi amigo Paco. Él me salvará del conflicto, porque la que también llega es la señorita M. Acompañada sin duda del otro M. Quisiera aclarar la segunda m: mierda, mierdoso, malandrín, malcriado, maldito, maleante, malo, maléfico, malévolo, malintencionado, malhechor, malvado, maligno, maloliente, malparado, malquerido, malmetido, malquistado, malsonante, maltratador, macaco, macarra, macarrónico, machacón, macilento, mafioso, magnicida, majadero, mandril, mangante, maníaco, manido, manipulador, manta, mantecoso, manazas, maquiavélico, marchito, marica, marioneta, mariquita, marmota, marrullero, martirizador, mastuerzo, matasiete, matón, matraca, maula...
Desisto porque el diccionario de sinónimos y antónimos es demasiado extenso. Mi mala leche también, pero no le concedo más espacio del que se merece. Ya me encargaré del tema a su debido tiempo.
Don Galianone llega dentro de poco. Mucha mala leche es lo que tengo. Es curioso cómo funciona la mente humana incluso en la distancia, los hermanos sienten y piensan lo mismo (ambos pensaron en partirle las piernas al mengano ese).
El fin de semana se plantea así: mis amigos y confidentes, Antonio y Elvira, se marchan lejos, a Killthepoles para mantener viva la llama erótica. Me alegro por ellos y me invade una sensación de pena, penita, pena. No importa. Como decía antes, llega Pak de tierras lejanas y queridas para establecer su nueva vida en un balcón de la Alameda. Qué bonito es el amor. Se esperan grandes sorpresas.
Acabo de releer los anteriores relatos a ver si se me pega algo de la inspiración (expediente x), que tuve ayer. Nada. Ni rastro. Son graciosos. Se me nota mucho que adoro a Eduardo Mendoza, pero no lo hago a propósito. Tanto cubata, como dijo ayer mi mayor crítico, tenía que servir de algo. Y tiene mucha razón. Ibrahim se podrá ir de vacaciones un mes. Aclaro el enigma: el dueño del bar nuestro de cada día, amén.
Aprovechando que no llevo los zapatos chillones, sino las babuchas, y la alevosía y nocturnidad que me caracterizan, acabo de hurtar un par de cigarrillos a mi padre, que duerme su siesta. Me sigo dando pena. Soy un flojo. Tengo dinero y un kiosko a diez metros de casa.
La nicotina recorre mi cuerpo. Es un placer increíble y desesperante. Toso. Toso de nuevo. Apago el cigarro. Será mejor que cuide éste resfriado. Lo vuelvo a encender. Mariconadas las precisas.
Mi madre hace aparición en mi habitación diciendo que la gente tiene menos sensibilidad que un cerrojo. Asiento profundamente. Su malhumor se debe a que echa de menos a su nieta, mi sobrina e hija de mi hermano. En cuanto la tenga en brazos se le pasará el mosqueo. Ahora, mi cuñada se queda sin regalo de cumpleaños, aclara dándome un golpetazo en el hombro.
Einstein me mira con cara de incrédulo. Perra vida la suya. Esperando y esperando algo que no llega si no es por pura costumbre o por pena. Será mejor que lo deje por hoy. Mañana, más.

 
reflexiones al respecto