| ¡¡CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA
CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA!!.
Luces, neones y láseres relampagueaban por el interior de la gran
discoteca iluminando caóticamente los brazos sudorosos y los cabellos
danzantes de cientos de jóvenes que bailaban y vibraban al ritmo
que el DJ Gurú inventaba tras su pecera de cristal. El DJ llevaba,
sobre la cabeza afeitada, varias linternas tubulares cogidas de una cinta
impresa con kanjis japoneses. Parecía una versión futurista
de las serpientes de Medusa. Las lamparitas de las linternas se agitaban
siguiendo el ritmo que marcaba con la cabeza mientras con las manos iba
moviendo discos de vinilo que, al derrapar, creaban mágicos y sincopados
ritmos que enloquecían a los jóvenes danzarines.
Durante toda la madrugada y hasta bien entrada la mañana, la discoteca
retumbó con las fantasías rítmicas del DJ, que a
una señal del dueño clausuró la sesión con
una de las mezclas que le habían hecho famoso. Apoyó las
manos entre los discos y los aparatos electrónicos que manejaba
y con un impulso levantó las piernas y quedó cabeza abajo
sobre los platos que giraban bajo su nariz. Entonces fue deteniendo y
lanzando los dos últimos discos que sonarían antes de cerrar
la discoteca golpeándolos con la barbilla, con la nariz e incluso
con la lengua. Su agotado público aplaudió saltando la que
sabían que era la intervención de clausura de esa noche
que ya no era noche.
Los guardias de seguridad japoneses, enfundados en apretadas camisetas
con los colores y el logotipo de la disco más famosa de la isla,
fueron abriendo las puertas e indicando a los últimos e irreductibles
danzantes que era hora de abandonar el recinto. La iluminación
fue cambiando y como si el local tuviera su propio amanecer interior,
las luces dejaron de parpadear poco a poco y fueron sustituidas por luz
fija que iluminaba cada rincón. Camareros y personal de limpieza
vestidos con uniformes fosforescentes, entraban en acción y recogían,
limpiaban y abrillantaban suelos, paredes, copas y adornos del interior.
Mientras tanto, el DJ había salido de la cabina y se secaba el
sudor de su calva cabeza con una toalla.
- Voy a darme una ducha antes de marcharme – le dijo al dueño
del local.
- Bien, prepararé tu cheque – respondió el empresario
japonés con una leve inclinación de cabeza.
Al salir del local, la luz del sol le hizo entrecerrar los ojos, se acercó
a la moto de gran cilindrada que tenía aparcada cerca, se colocó
el casco, las gafas de sol y con un potente rugido del motor se internó
en el intenso tráfico de la ciudad.
Mientras circulaba a velocidad vertiginosa esquivando a los demás
vehículos, pensaba que ya iba siendo hora de que alguien inventara
la forma de hacer con los CDs lo mismo que él hacía con
los discos de vinilo. Pero él no era ingeniero, él veía
girar los discos compactos dentro de sus inaccesibles carcasas y no se
le ocurría de qué forma podría tocarlos para conseguir
el mismo efecto de scratching que conseguía en sus inimitables
mezclas con vinilos. Esa misma noche, en cuanto se levantara, iría
a una recepción que daba un primo suyo metido de lleno en el mundo
de la tecnología digital. Al parecer la empresa para la que trabajaba
había inaugurado una nueva sede al norte de Europa y le habían
asignado a él la tarea de dirigirla, así que en esa recepción
habría europeos y japoneses celebrando la buena noticia.
El día transcurrió con normalidad en la isla japonesa. Millones
de personas se movieron frenéticamente de un lado a otro en lo
que, para un observador extraterrestre, serían comportamientos
caóticos y cuando ya hacía rato que el sol se había
ocultado tras los edificios del oeste del país y todo se iluminaba
con la luz artificial de la ciudad, el despertador de la pequeña
habitación del DJ Gurú conectó la radio y activó
una iluminación tenue que gradualmente fue intensificándose
hasta conseguir que, cuando la órbita de la tierra ya tenía
completamente oculta la isla de los rayos del sol, amaneciera en el micromundo
artificial de este joven que dormía de día y vivía
de noche. Se enfundó un pantalón rojo y verde con inscripciones
en una de las piernas, una camiseta blanca ceñida y sobre ella
otra camiseta gris desgarrada estratégicamente para que pareciera
el único superviviente de un accidente de aviación. En la
calva se pintó varios kanjis rojos y negros que venían a
decir “Enamorado de la Tecnología”.
Bajó al garaje, subió a su moto y tras ponerla en marcha
se dirigió veloz como un felino nocturno hacia el hotel donde su
primo estaría recibiendo a los primeros invitados a la fiesta de
esa noche.
Su primo vestía un traje muy elegante de color gris claro, casi
azulado. Mantenía una animada conversación con dos colegas
europeas que, a pesar de no llevar tacones, le superaban en bastantes
centímetros de estatura. Cuando se abrieron las puertas de la sala
donde se celebraba la fiesta para dejarle pasar, la mayoría de
los invitados se giraron para ver entrar la impactante figura del DJ.
Los invitados japoneses lo reconocieron al instante porque estaba en todas
las revistas y en muchas de las vallas publicitarias de la ciudad. Los
europeos sólo miraron por la curiosidad de su atuendo.
Mientras cruzaba la sala inclinando la cabeza a quienes le saludaban,
su primo se disculpaba con las dos mujeres y le esperaba con los brazos
abiertos.
Tras el abrazo, el primo le presentó a las dos mujeres y DJ Gurú,
saludándolas, les dijo en inglés:
- Disculpen que me dirija a mi primo en japonés, pero no podría
hablarle de otra forma.
- No hay problema – respondieron ellas.
- Primo, he tenido una idea y seguro que a ti se te ocurre cómo
hacerlo – le dijo brevemente en japonés, tal y como había
avisado.
- ¿De qué se trata?.
- Tenéis que desarrollar una máquina que me permita tocar
los CDs con las manos mientras suenan para poder mezclarlos con los discos
de vinilo – dijo DJ Gurú mirando expectante el rostro de
su primo.
Tras reflexionar un momento, se le iluminó la cara y contestó:
- Así, de pronto no se me ocurre cómo hacer una máquina
de ese tipo… - a lo que DJ Gurú puso cara de decepción
- …pero resulta que en esta fiesta hay una persona a la que quizá
sí se le ocurra cómo enfrentarse a una máquina así
– terminó la frase y sonrió enigmático.
- ¿Ah sí?, ¿quién es?, ¡preséntamelo
ahora mismo! – pidió entusiasmado.
- Mira, ¿ves aquella máquina de café averiada, detrás
de la barra del bar, de la que sobresale el cuerpo de un hombre con traje?,
bien pues esa mitad más la mitad que está dentro de la máquina
son el hombre que seguramente te pueda ayudar.
Blídimin se había pedido un zumo multifrutas en la barra
del bar mientras conversaba en japonés con algunos técnicos
de la empresa que celebraba la fiesta. Uno de los técnicos había
pedido un whisky con hielo y el otro había pedido un café
solo. El barman asintió y se dispuso a preparar las copas mientras
pulsaba un botón en una moderna máquina de café que
tenía tras la barra. Blídimin la oyó atragantarse
al instante y, aunque seguía conversando con los dos técnicos,
tenía una parte de su atención puesta en lo que en breves
instantes sería un problema con la máquina del café.
El barman sirvió las copas de zumo y whisky pero cuando se giró
hacia la máquina de café para recoger la taza en la que
debía de estar el café solo, lo que encontró fue
que la máquina tenía encendidas varias luces rojas junto
a las cuáles se leían en japonés distintos tipos
de problemas. El barman se quedó mirando fijamente a la máquina,
como si pudiera repararla con el poder de su mente, y como tal cosa no
sucedió se volvió hacia la barra y dijo:
- Lo siento mucho señor, me temo que la máquina de café
se acaba de estropear. Avisaré a Mantenimiento pero su café
puede tardar un rato, ¿desea alguna otra cosa?.
Como el técnico, que se había quedado sin café, tardó
un segundo en responder, Blídimin intervino y le dijo al barman:
- ¿Quiere usted que hable un momento con su máquina de café?.
El barman achacó a un problema de traducción al japonés
el que Blídimin hubiera dicho “hablar” en vez de revisar
o arreglar, pero entendió que éste se ofrecía a repararla,
cosa que no le sorprendió porque sabía que la mayoría
de los asistentes eran técnicos e ingenieros de una gran multinacional
japonesa de la que, probablemente, hasta la máquina de café
tuviera algunas piezas.
- Bueno, si no es una molestia para usted… - respondió dubitativo
el barman.
- Ninguna molestia – sonrió Blídimin, y rodeó
la barra hacia el interior hasta situarse frente a la atragantada máquina
de café. Los dos técnicos sabían de las habilidades
de Blídimin, pero aún así les sorprendió el
gesto.
- A ver Koffeeshop, ¿qué te ocurre?.
- Bezemaatlagantadoalgo – respondió con esfuerzo Koffeeshop.
Hay que tener en consideración el mérito de Blídimin
para entenderla contando con que la máquina decía esto además
en japonés.
- Abra la máquina, por favor – dijo Blídimin al barman.
Éste sacó una pequeña tarjeta electrónica
de un cajón, la introdujo en una ranura lateral de Koffeeshop y
todo el frontal se desprendió suavemente hacia un lado.
Blídimin empezó a hurgar en su interior, cada vez más
profundamente, y en esta posición fue como le encontró DJ
Gurú.
- ¿El señor Blídimin? – dijo en inglés
desde la barra DJ Gurú.
- Un momento, ya casi acabo – contestó en inglés igualmente
Blídimin.
- Sí, es él – dijo uno de los técnicos que
estaban con Blídimin antes de que se metiera dentro de Koffeeshop.
- Y habla japonés bastante bien – dijo un tanto admirado
el otro técnico – por cierto, tú eres DJ Gurú,
¿verdad?, ¿me firmas un autógrafo?.
DJ Gurú sacó un rotulador del bolsillo y sin mediar palabra
cogió el vaso de whisky de su admirador y le garabateó “Vive
de noche. DJ Gurú”. Estaba claro que este joven era una fuente
inagotable de frases publicitarias.
- ¡Burp! – eructó Koffeeshop – ahora me encuentro
mucho mejor. Muchas gracias señor Blídimin, jamás
pensé que le conocería. – dijo mientras Blídimin
sacaba la cabeza de cabellos ensortijados de su interior y cerraba la
parte frontal con unos suaves plup-plup de hermético ajuste.
- Eso me dicen todas, amiga Koffeeshop – dijo golpeando amistosamente
su lomo.
- ¿Podría firmarme un autógrafo, señor Blídimin?
– dijo Koffeeshop.
Era la primera vez que le pedían un autógrafo en su vida,
y desde luego la primera vez que lo hacía una máquina. Miró
alrededor y vio como DJ Gurú escribía en el vaso de whisky.
- ¿Me lo prestas un segundo, por favor? – pidió Blídimin
cortésmente.
- Claro, claro – respondió el joven y calvo artista pasándole
el rotulador e inclinando levemente la cabeza, donde Blídimin pudo
leer “Enamorado de la Tecnología”. A continuación
escribió en japonés sobre el frontal, en un rincón
que no alteraba la armonía de los adornos de Koffeeshop, “Para
mi amiga Koffeeshop. Afectuosamente Blídimin.”. El barman
y los tres clientes de la barra le miraban asombrados.
- Me lo ha pedido ella – se justificó Blídimin. El
asombro se convirtió en incredulidad.
- Gracias – dijo y le devolvió el rotulador a DJ Gurú.
Pulsó el botón de café solo y abandonó el
interior de la barra del bar para volver fuera donde dialogaba con los
técnicos y donde ahora le esperaba ese personaje con un gusto tan
exquisito para su aspecto.
- Mi primo – comenzó DJ Gurú dirigiendo la mirada
brevemente hacia donde se encontraba el ingeniero hablando con las dos
europeas altas – me ha recomendado que hable con usted sobre una
máquina que necesito pero que aún no existe.
- Eso suena bien – dijo Blídimin dando un sorbo a su frío
multifrutas. Los dos técnicos comenzaron una conversación
aparte en vista de que Blídimin comenzaba a hablar en exclusiva
con el DJ.
- ¿Sabe lo que es el scratching? – preguntó el DJ.
- Claro, por supuesto – contestó Blídimin –
consiste en frenar los vinilos para crear ese efecto de derrape en el
sonido.
- Bien, pues necesito hacer lo mismo con los CDs.
Blídimin, tragando muy despacio el sorbo de multifrutas que tenía
en la boca, asimiló la idea y los engranajes de su cerebro comenzaron
con su tiquitiqui habitual en estos casos.
- Podría hacerse – respondió lentamente Blídimin.
- Asombroso, ¿cómo puede estar tan seguro si sólo
lo ha pensado un minuto? – preguntó DJ Gurú.
- Bueno, tengo una amiga que está empeñada en hacerme una
radiografía de cuerpo entero porque sostiene que seguramente soy
un robot con piel humana, – sonrió Blídimin –
pero no me atrevo por si acaso tiene razón. Sencillamente entiendo
con facilidad el sentido de la vida de las máquinas. Y bebió
otro sorbo de zumo.
- ¿Cómo podría hacerse? – preguntó con
total curiosidad el DJ.
- El viaje en avión de vuelta a Europa dura unas treinta horas.
Aprovecharé para hacer unos bocetos y en cuanto llegue se los enviaré
y hablaremos del tema.
- ¡Eso es maravilloso, señor Blídimin!, por cierto
soy el DJ Gurú – y le extendió la mano para estrecharla.
- Es usted muy famoso en esta isla, un día de estos igual le pido
un autógrafo – y estrechó la mano que le presentaba
sonriendo.
El interior de un avión en vuelo nocturno tiene algo de sala de
estar al amor de la lumbre, sólo algunas luces encendidas iluminaban
otros tantos asientos, donde sus ocupantes se dedicaban a leer, a trabajar
con sus ordenadores portátiles o sencillamente a dormir con la
luz encendida. Blídimin tomaba notas a lápiz en un cuaderno.
Dibujaba círculos y los miraba largamente acariciándolos
con la punta del lápiz, mientras en su cabeza se iba construyendo
la máquina capaz de hacer scratch a un cd. Por diseño, un
lector de discos compactos sólo lee hacia delante, el motor no
puede girar hacia atrás y aunque se le colocase un motor capaz
de hacerlo, no serviría de nada porque el láser y sus correspondientes
circuitos electrónicos están diseñados para leer
un dato y a continuación el siguiente, por lo tanto los discos
de audio tienen la información grabada para ser leída sólo
en un sentido. En resumen, el problema del scratching era leer los cds
hacia atrás. Aunque otro verdadero problema era que al poner la
mano encima a un cd, los circuitos se bloquearían al instante y
perderían la pista, por lo que el audio dejaría de sonar
en ese mismo momento. Eso sin contar con problemas secundarios, como por
ejemplo las exiguas dimensiones de un disco compacto, muy poca superficie
para apoyar los dedos. Miraba por la ventanilla hacia el cielo nocturno,
parte del ala derecha del avión iluminada por los focos de dirección,
con el extremo parpadeando en verde, cada segundo; el ala izquierda lo
haría a la vez en rojo. A mil kilómetros por hora y a cincuenta
grados bajo cero, la tenue atmósfera de los trece mil metros de
altura debía de ser como una pared de látex a la que vencer.
Roja, roja, roja... verde, verde, verde... divagando en estos pensamientos
se le ocurrió una idea brillante, probablemente la solución
al diseño de esa máquina. El lector de cds podría
seguir leyendo hacia delante sin ningún problema y al disco no
habría que tocarlo con la mano, porque lo que se le ocurrió
fue usar una técnica muy conocida en programación, la técnica
del buffer o memoria intermedia. Diseñaría un aparato con
suficiente memoria para almacenar algunos minutos de audio y que tuviese
un disco de vinilo para poder girarlo con la mano, así que lo único
importante que necesitaba era hacer un programa que estirase o comprimiese
la onda de audio a su antojo. No parecía muy difícil. Comenzaba
a excitarle la idea de parir una máquina, ¿hablaría
con él como todas las demás, o lo haría de forma
especial?. Al disco de vinilo se le ocurrió hacerlo con una corona
circular con radios como de bicicleta, para que al girar entre dos células
fotoeléctricas se pudiera convertir el movimiento en señales
que un circuito pudiera interpretar. Como cuando una pierna pasa por la
puerta de un ascensor y tapa las células que están a ambos
lados para impedir que se cierre, cada radio del disco de vinilo como
si fuera una pierna, interrumpiendo un diminuto rayo de luz que atravesaría
desde la cara A hasta la cara B, de abajo hacia arriba, un rayo de menos
de un centímetro de longitud, parpadeando entre los radios del
disco, justo en el borde, generando inteligentes pulsos eléctricos
con cada roce de una mano sobre el vinilo, parpadeando como las luces
de posición roja y verde de ese avión intercontinental.
Por aquel entonces Blídimin vivía en una casa en la playa.
Al llegar, a pesar del cansancio producido por el largo viaje, soltó
el equipaje y miró la pantalla de su ordenador, eternamente encendido,
como el frigorífico o el despertador de la mesita de noche. Asusp3800
sonrió, se alegraba de verle, en un instante rápido y silencioso
le puso al día del correo que tenía pendiente de leer, de
cuántos spams había devorado, y al decirle eso puso una
sonrisilla de máquina malvada, de la temperatura y del clima que
había hecho esos días por casa, de cuántas llamadas
había en el contestador y otra serie de datos estadísticos
que Blídimin adoraba recibir. Hacía poco se había
incorporado otra máquina más a su vida, era Prolink1200s,
una batería inteligente encargada de mantener siempre el ordenador
encendido incluso cuando había cortes de luz. Esta nueva máquina,
ilusionada por poder hablar con Blídimin, le informó de
cuáles habían sido los picos de tensión eléctrica
que había habido esos días, mostrándole un gráfico
detallado en verde sobre negro. Blídimin se sentó cansadamente
en la silla con ruedas que había frente al ordenador, agarró
el ratón y automáticamente pensó en las ruletas con
radios que se movían en su interior, respondiendo a los movimientos
de la bola al rodar sobre la mesa. El mismo concepto que rondaba por su
cabeza para el cd del DJ japonés. Comenzó a diseñar
bocetos del software que estiraría y encogería el sonido
siguiendo los movimientos de la mano. Hasta entonces nunca se había
hecho, pero todas las piezas estaban ahí. Al rato, se quedó
dormido junto al teclado.
Durante meses estuvo viajando al norte de Europa para conseguir piezas
que necesitaba para la máquina de cds. En la última etapa
del diseño, consiguió que le hicieran un molde para fabricar
la carcasa de dos prototipos. Una mañana, después de desayunar
y leer el periódico, llegó un mensajero a su casa con ellas
dentro de una caja con muchas etiquetas y códigos de barras. Blídimin,
las ensambló cuidadosamente con el resto de todos los circuitos
que había ido diseñando. Lo enchufó todo, pulsó
los botones de encendido y sus recién paridos gemelos dijeron hola
al mundo. ¡Sus voces eran preciosas!, quizá no fueran unas
voces muy especiales, pero eran las voces que él había creado,
parte de su alma y su esfuerzo las habían hecho posible y eso contaba,
por supuesto. Blídimin nunca olvidaría que la primera canción
que pasó por sus circuitos fue The Logical Song, del concierto
que Supertramp grabó en París en el año setenta y
nueve. De fondo sonaba el mar mediterráneo con sus mansas olas
acariciando la orilla a veinte metros de la ventana de su casa. Mientras
sonaba la música, giraban los discos especiales fabricados para
Cdmpro, que en apariencia eran discos normales de vinilo. Llegó
el momento de la verdad, Blídimin puso una mano sobre uno de los
discos de vinilo y, al frenarlo, automáticamente la música
se detuvo cayendo de velocidad con el mismo efecto doppler que ocurre
en los discos normales, volvió a soltarlo y la música arrancó
recuperando progresivamente el tono y la velocidad normal, como si fuera
un disco analógico, lo mágico es que era digital, los cds
no habían dejado de girar en ningún momento dentro de las
tripas de Cdmpro. ¡Funcionaba!.
A Blídimin a veces le gustaba arriesgarse, no siempre, pero sí
cuando estaba muy emocionado, como en aquel caso. Unos días después
de haber probado los Cdmpros, llamó a DJ Gurú y le dijo
que preparase una sesión especial para el fin de semana, pero toda
con cds. El DJ no se lo podía creer, casi se sale por el auricular
del teléfono cuando se lo dijo. Blídimin volvió a
volar a Japón, acompañado de Cdmpro.
Esa noche, cuando la discoteca ageHa abrió sus puertas, todas las
pantallas de video mostraban la boca de los dos Cdmpro abiertas y vacías,
estaban excitadísimos y listos para recibir dos cds. DJ Gurú
los insertó y la música comenzó a sonar, con un dedo
hizo girar el disco de vinilo hacia atrás y la música sonó
al revés, ¡estaba entusiasmado!. La noche fue avanzando y,
mientras los Cdmpros funcionaban bajo las manos del tecno-músico,
Blídimin bebía unos whiskies tranquilamente en una de las
barras y escribía el siguiente poema:
Libreluleando
se llega volando,
no importa hacia dónde,
no importa hacia cuándo,
importa que dentro
se sigan quedando.
Y fumaba sonriente en medio de la música atronadora.
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