Cdmpro (Capítulo 7 de "El hombre que hablaba con las máquinas")

RELATO de Paco Pérez

¡¡CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA CHUNDA TUNDA!!.
Luces, neones y láseres relampagueaban por el interior de la gran discoteca iluminando caóticamente los brazos sudorosos y los cabellos danzantes de cientos de jóvenes que bailaban y vibraban al ritmo que el DJ Gurú inventaba tras su pecera de cristal. El DJ llevaba, sobre la cabeza afeitada, varias linternas tubulares cogidas de una cinta impresa con kanjis japoneses. Parecía una versión futurista de las serpientes de Medusa. Las lamparitas de las linternas se agitaban siguiendo el ritmo que marcaba con la cabeza mientras con las manos iba moviendo discos de vinilo que, al derrapar, creaban mágicos y sincopados ritmos que enloquecían a los jóvenes danzarines.
Durante toda la madrugada y hasta bien entrada la mañana, la discoteca retumbó con las fantasías rítmicas del DJ, que a una señal del dueño clausuró la sesión con una de las mezclas que le habían hecho famoso. Apoyó las manos entre los discos y los aparatos electrónicos que manejaba y con un impulso levantó las piernas y quedó cabeza abajo sobre los platos que giraban bajo su nariz. Entonces fue deteniendo y lanzando los dos últimos discos que sonarían antes de cerrar la discoteca golpeándolos con la barbilla, con la nariz e incluso con la lengua. Su agotado público aplaudió saltando la que sabían que era la intervención de clausura de esa noche que ya no era noche.
Los guardias de seguridad japoneses, enfundados en apretadas camisetas con los colores y el logotipo de la disco más famosa de la isla, fueron abriendo las puertas e indicando a los últimos e irreductibles danzantes que era hora de abandonar el recinto. La iluminación fue cambiando y como si el local tuviera su propio amanecer interior, las luces dejaron de parpadear poco a poco y fueron sustituidas por luz fija que iluminaba cada rincón. Camareros y personal de limpieza vestidos con uniformes fosforescentes, entraban en acción y recogían, limpiaban y abrillantaban suelos, paredes, copas y adornos del interior.
Mientras tanto, el DJ había salido de la cabina y se secaba el sudor de su calva cabeza con una toalla.
- Voy a darme una ducha antes de marcharme – le dijo al dueño del local.
- Bien, prepararé tu cheque – respondió el empresario japonés con una leve inclinación de cabeza.
Al salir del local, la luz del sol le hizo entrecerrar los ojos, se acercó a la moto de gran cilindrada que tenía aparcada cerca, se colocó el casco, las gafas de sol y con un potente rugido del motor se internó en el intenso tráfico de la ciudad.
Mientras circulaba a velocidad vertiginosa esquivando a los demás vehículos, pensaba que ya iba siendo hora de que alguien inventara la forma de hacer con los CDs lo mismo que él hacía con los discos de vinilo. Pero él no era ingeniero, él veía girar los discos compactos dentro de sus inaccesibles carcasas y no se le ocurría de qué forma podría tocarlos para conseguir el mismo efecto de scratching que conseguía en sus inimitables mezclas con vinilos. Esa misma noche, en cuanto se levantara, iría a una recepción que daba un primo suyo metido de lleno en el mundo de la tecnología digital. Al parecer la empresa para la que trabajaba había inaugurado una nueva sede al norte de Europa y le habían asignado a él la tarea de dirigirla, así que en esa recepción habría europeos y japoneses celebrando la buena noticia.
El día transcurrió con normalidad en la isla japonesa. Millones de personas se movieron frenéticamente de un lado a otro en lo que, para un observador extraterrestre, serían comportamientos caóticos y cuando ya hacía rato que el sol se había ocultado tras los edificios del oeste del país y todo se iluminaba con la luz artificial de la ciudad, el despertador de la pequeña habitación del DJ Gurú conectó la radio y activó una iluminación tenue que gradualmente fue intensificándose hasta conseguir que, cuando la órbita de la tierra ya tenía completamente oculta la isla de los rayos del sol, amaneciera en el micromundo artificial de este joven que dormía de día y vivía de noche. Se enfundó un pantalón rojo y verde con inscripciones en una de las piernas, una camiseta blanca ceñida y sobre ella otra camiseta gris desgarrada estratégicamente para que pareciera el único superviviente de un accidente de aviación. En la calva se pintó varios kanjis rojos y negros que venían a decir “Enamorado de la Tecnología”.

Bajó al garaje, subió a su moto y tras ponerla en marcha se dirigió veloz como un felino nocturno hacia el hotel donde su primo estaría recibiendo a los primeros invitados a la fiesta de esa noche.
Su primo vestía un traje muy elegante de color gris claro, casi azulado. Mantenía una animada conversación con dos colegas europeas que, a pesar de no llevar tacones, le superaban en bastantes centímetros de estatura. Cuando se abrieron las puertas de la sala donde se celebraba la fiesta para dejarle pasar, la mayoría de los invitados se giraron para ver entrar la impactante figura del DJ. Los invitados japoneses lo reconocieron al instante porque estaba en todas las revistas y en muchas de las vallas publicitarias de la ciudad. Los europeos sólo miraron por la curiosidad de su atuendo.
Mientras cruzaba la sala inclinando la cabeza a quienes le saludaban, su primo se disculpaba con las dos mujeres y le esperaba con los brazos abiertos.
Tras el abrazo, el primo le presentó a las dos mujeres y DJ Gurú, saludándolas, les dijo en inglés:
- Disculpen que me dirija a mi primo en japonés, pero no podría hablarle de otra forma.
- No hay problema – respondieron ellas.
- Primo, he tenido una idea y seguro que a ti se te ocurre cómo hacerlo – le dijo brevemente en japonés, tal y como había avisado.
- ¿De qué se trata?.
- Tenéis que desarrollar una máquina que me permita tocar los CDs con las manos mientras suenan para poder mezclarlos con los discos de vinilo – dijo DJ Gurú mirando expectante el rostro de su primo.
Tras reflexionar un momento, se le iluminó la cara y contestó:
- Así, de pronto no se me ocurre cómo hacer una máquina de ese tipo… - a lo que DJ Gurú puso cara de decepción - …pero resulta que en esta fiesta hay una persona a la que quizá sí se le ocurra cómo enfrentarse a una máquina así – terminó la frase y sonrió enigmático.
- ¿Ah sí?, ¿quién es?, ¡preséntamelo ahora mismo! – pidió entusiasmado.
- Mira, ¿ves aquella máquina de café averiada, detrás de la barra del bar, de la que sobresale el cuerpo de un hombre con traje?, bien pues esa mitad más la mitad que está dentro de la máquina son el hombre que seguramente te pueda ayudar.

Blídimin se había pedido un zumo multifrutas en la barra del bar mientras conversaba en japonés con algunos técnicos de la empresa que celebraba la fiesta. Uno de los técnicos había pedido un whisky con hielo y el otro había pedido un café solo. El barman asintió y se dispuso a preparar las copas mientras pulsaba un botón en una moderna máquina de café que tenía tras la barra. Blídimin la oyó atragantarse al instante y, aunque seguía conversando con los dos técnicos, tenía una parte de su atención puesta en lo que en breves instantes sería un problema con la máquina del café. El barman sirvió las copas de zumo y whisky pero cuando se giró hacia la máquina de café para recoger la taza en la que debía de estar el café solo, lo que encontró fue que la máquina tenía encendidas varias luces rojas junto a las cuáles se leían en japonés distintos tipos de problemas. El barman se quedó mirando fijamente a la máquina, como si pudiera repararla con el poder de su mente, y como tal cosa no sucedió se volvió hacia la barra y dijo:
- Lo siento mucho señor, me temo que la máquina de café se acaba de estropear. Avisaré a Mantenimiento pero su café puede tardar un rato, ¿desea alguna otra cosa?.
Como el técnico, que se había quedado sin café, tardó un segundo en responder, Blídimin intervino y le dijo al barman:
- ¿Quiere usted que hable un momento con su máquina de café?.
El barman achacó a un problema de traducción al japonés el que Blídimin hubiera dicho “hablar” en vez de revisar o arreglar, pero entendió que éste se ofrecía a repararla, cosa que no le sorprendió porque sabía que la mayoría de los asistentes eran técnicos e ingenieros de una gran multinacional japonesa de la que, probablemente, hasta la máquina de café tuviera algunas piezas.
- Bueno, si no es una molestia para usted… - respondió dubitativo el barman.
- Ninguna molestia – sonrió Blídimin, y rodeó la barra hacia el interior hasta situarse frente a la atragantada máquina de café. Los dos técnicos sabían de las habilidades de Blídimin, pero aún así les sorprendió el gesto.
- A ver Koffeeshop, ¿qué te ocurre?.
- Bezemaatlagantadoalgo – respondió con esfuerzo Koffeeshop. Hay que tener en consideración el mérito de Blídimin para entenderla contando con que la máquina decía esto además en japonés.
- Abra la máquina, por favor – dijo Blídimin al barman. Éste sacó una pequeña tarjeta electrónica de un cajón, la introdujo en una ranura lateral de Koffeeshop y todo el frontal se desprendió suavemente hacia un lado.
Blídimin empezó a hurgar en su interior, cada vez más profundamente, y en esta posición fue como le encontró DJ Gurú.
- ¿El señor Blídimin? – dijo en inglés desde la barra DJ Gurú.
- Un momento, ya casi acabo – contestó en inglés igualmente Blídimin.
- Sí, es él – dijo uno de los técnicos que estaban con Blídimin antes de que se metiera dentro de Koffeeshop.
- Y habla japonés bastante bien – dijo un tanto admirado el otro técnico – por cierto, tú eres DJ Gurú, ¿verdad?, ¿me firmas un autógrafo?.
DJ Gurú sacó un rotulador del bolsillo y sin mediar palabra cogió el vaso de whisky de su admirador y le garabateó “Vive de noche. DJ Gurú”. Estaba claro que este joven era una fuente inagotable de frases publicitarias.
- ¡Burp! – eructó Koffeeshop – ahora me encuentro mucho mejor. Muchas gracias señor Blídimin, jamás pensé que le conocería. – dijo mientras Blídimin sacaba la cabeza de cabellos ensortijados de su interior y cerraba la parte frontal con unos suaves plup-plup de hermético ajuste.
- Eso me dicen todas, amiga Koffeeshop – dijo golpeando amistosamente su lomo.
- ¿Podría firmarme un autógrafo, señor Blídimin? – dijo Koffeeshop.
Era la primera vez que le pedían un autógrafo en su vida, y desde luego la primera vez que lo hacía una máquina. Miró alrededor y vio como DJ Gurú escribía en el vaso de whisky.
- ¿Me lo prestas un segundo, por favor? – pidió Blídimin cortésmente.
- Claro, claro – respondió el joven y calvo artista pasándole el rotulador e inclinando levemente la cabeza, donde Blídimin pudo leer “Enamorado de la Tecnología”. A continuación escribió en japonés sobre el frontal, en un rincón que no alteraba la armonía de los adornos de Koffeeshop, “Para mi amiga Koffeeshop. Afectuosamente Blídimin.”. El barman y los tres clientes de la barra le miraban asombrados.
- Me lo ha pedido ella – se justificó Blídimin. El asombro se convirtió en incredulidad.
- Gracias – dijo y le devolvió el rotulador a DJ Gurú. Pulsó el botón de café solo y abandonó el interior de la barra del bar para volver fuera donde dialogaba con los técnicos y donde ahora le esperaba ese personaje con un gusto tan exquisito para su aspecto.
- Mi primo – comenzó DJ Gurú dirigiendo la mirada brevemente hacia donde se encontraba el ingeniero hablando con las dos europeas altas – me ha recomendado que hable con usted sobre una máquina que necesito pero que aún no existe.
- Eso suena bien – dijo Blídimin dando un sorbo a su frío multifrutas. Los dos técnicos comenzaron una conversación aparte en vista de que Blídimin comenzaba a hablar en exclusiva con el DJ.
- ¿Sabe lo que es el scratching? – preguntó el DJ.
- Claro, por supuesto – contestó Blídimin – consiste en frenar los vinilos para crear ese efecto de derrape en el sonido.
- Bien, pues necesito hacer lo mismo con los CDs.
Blídimin, tragando muy despacio el sorbo de multifrutas que tenía en la boca, asimiló la idea y los engranajes de su cerebro comenzaron con su tiquitiqui habitual en estos casos.
- Podría hacerse – respondió lentamente Blídimin.
- Asombroso, ¿cómo puede estar tan seguro si sólo lo ha pensado un minuto? – preguntó DJ Gurú.
- Bueno, tengo una amiga que está empeñada en hacerme una radiografía de cuerpo entero porque sostiene que seguramente soy un robot con piel humana, – sonrió Blídimin – pero no me atrevo por si acaso tiene razón. Sencillamente entiendo con facilidad el sentido de la vida de las máquinas. Y bebió otro sorbo de zumo.
- ¿Cómo podría hacerse? – preguntó con total curiosidad el DJ.
- El viaje en avión de vuelta a Europa dura unas treinta horas. Aprovecharé para hacer unos bocetos y en cuanto llegue se los enviaré y hablaremos del tema.
- ¡Eso es maravilloso, señor Blídimin!, por cierto soy el DJ Gurú – y le extendió la mano para estrecharla.
- Es usted muy famoso en esta isla, un día de estos igual le pido un autógrafo – y estrechó la mano que le presentaba sonriendo.

El interior de un avión en vuelo nocturno tiene algo de sala de estar al amor de la lumbre, sólo algunas luces encendidas iluminaban otros tantos asientos, donde sus ocupantes se dedicaban a leer, a trabajar con sus ordenadores portátiles o sencillamente a dormir con la luz encendida. Blídimin tomaba notas a lápiz en un cuaderno. Dibujaba círculos y los miraba largamente acariciándolos con la punta del lápiz, mientras en su cabeza se iba construyendo la máquina capaz de hacer scratch a un cd. Por diseño, un lector de discos compactos sólo lee hacia delante, el motor no puede girar hacia atrás y aunque se le colocase un motor capaz de hacerlo, no serviría de nada porque el láser y sus correspondientes circuitos electrónicos están diseñados para leer un dato y a continuación el siguiente, por lo tanto los discos de audio tienen la información grabada para ser leída sólo en un sentido. En resumen, el problema del scratching era leer los cds hacia atrás. Aunque otro verdadero problema era que al poner la mano encima a un cd, los circuitos se bloquearían al instante y perderían la pista, por lo que el audio dejaría de sonar en ese mismo momento. Eso sin contar con problemas secundarios, como por ejemplo las exiguas dimensiones de un disco compacto, muy poca superficie para apoyar los dedos. Miraba por la ventanilla hacia el cielo nocturno, parte del ala derecha del avión iluminada por los focos de dirección, con el extremo parpadeando en verde, cada segundo; el ala izquierda lo haría a la vez en rojo. A mil kilómetros por hora y a cincuenta grados bajo cero, la tenue atmósfera de los trece mil metros de altura debía de ser como una pared de látex a la que vencer. Roja, roja, roja... verde, verde, verde... divagando en estos pensamientos se le ocurrió una idea brillante, probablemente la solución al diseño de esa máquina. El lector de cds podría seguir leyendo hacia delante sin ningún problema y al disco no habría que tocarlo con la mano, porque lo que se le ocurrió fue usar una técnica muy conocida en programación, la técnica del buffer o memoria intermedia. Diseñaría un aparato con suficiente memoria para almacenar algunos minutos de audio y que tuviese un disco de vinilo para poder girarlo con la mano, así que lo único importante que necesitaba era hacer un programa que estirase o comprimiese la onda de audio a su antojo. No parecía muy difícil. Comenzaba a excitarle la idea de parir una máquina, ¿hablaría con él como todas las demás, o lo haría de forma especial?. Al disco de vinilo se le ocurrió hacerlo con una corona circular con radios como de bicicleta, para que al girar entre dos células fotoeléctricas se pudiera convertir el movimiento en señales que un circuito pudiera interpretar. Como cuando una pierna pasa por la puerta de un ascensor y tapa las células que están a ambos lados para impedir que se cierre, cada radio del disco de vinilo como si fuera una pierna, interrumpiendo un diminuto rayo de luz que atravesaría desde la cara A hasta la cara B, de abajo hacia arriba, un rayo de menos de un centímetro de longitud, parpadeando entre los radios del disco, justo en el borde, generando inteligentes pulsos eléctricos con cada roce de una mano sobre el vinilo, parpadeando como las luces de posición roja y verde de ese avión intercontinental.
Por aquel entonces Blídimin vivía en una casa en la playa. Al llegar, a pesar del cansancio producido por el largo viaje, soltó el equipaje y miró la pantalla de su ordenador, eternamente encendido, como el frigorífico o el despertador de la mesita de noche. Asusp3800 sonrió, se alegraba de verle, en un instante rápido y silencioso le puso al día del correo que tenía pendiente de leer, de cuántos spams había devorado, y al decirle eso puso una sonrisilla de máquina malvada, de la temperatura y del clima que había hecho esos días por casa, de cuántas llamadas había en el contestador y otra serie de datos estadísticos que Blídimin adoraba recibir. Hacía poco se había incorporado otra máquina más a su vida, era Prolink1200s, una batería inteligente encargada de mantener siempre el ordenador encendido incluso cuando había cortes de luz. Esta nueva máquina, ilusionada por poder hablar con Blídimin, le informó de cuáles habían sido los picos de tensión eléctrica que había habido esos días, mostrándole un gráfico detallado en verde sobre negro. Blídimin se sentó cansadamente en la silla con ruedas que había frente al ordenador, agarró el ratón y automáticamente pensó en las ruletas con radios que se movían en su interior, respondiendo a los movimientos de la bola al rodar sobre la mesa. El mismo concepto que rondaba por su cabeza para el cd del DJ japonés. Comenzó a diseñar bocetos del software que estiraría y encogería el sonido siguiendo los movimientos de la mano. Hasta entonces nunca se había hecho, pero todas las piezas estaban ahí. Al rato, se quedó dormido junto al teclado.
Durante meses estuvo viajando al norte de Europa para conseguir piezas que necesitaba para la máquina de cds. En la última etapa del diseño, consiguió que le hicieran un molde para fabricar la carcasa de dos prototipos. Una mañana, después de desayunar y leer el periódico, llegó un mensajero a su casa con ellas dentro de una caja con muchas etiquetas y códigos de barras. Blídimin, las ensambló cuidadosamente con el resto de todos los circuitos que había ido diseñando. Lo enchufó todo, pulsó los botones de encendido y sus recién paridos gemelos dijeron hola al mundo. ¡Sus voces eran preciosas!, quizá no fueran unas voces muy especiales, pero eran las voces que él había creado, parte de su alma y su esfuerzo las habían hecho posible y eso contaba, por supuesto. Blídimin nunca olvidaría que la primera canción que pasó por sus circuitos fue The Logical Song, del concierto que Supertramp grabó en París en el año setenta y nueve. De fondo sonaba el mar mediterráneo con sus mansas olas acariciando la orilla a veinte metros de la ventana de su casa. Mientras sonaba la música, giraban los discos especiales fabricados para Cdmpro, que en apariencia eran discos normales de vinilo. Llegó el momento de la verdad, Blídimin puso una mano sobre uno de los discos de vinilo y, al frenarlo, automáticamente la música se detuvo cayendo de velocidad con el mismo efecto doppler que ocurre en los discos normales, volvió a soltarlo y la música arrancó recuperando progresivamente el tono y la velocidad normal, como si fuera un disco analógico, lo mágico es que era digital, los cds no habían dejado de girar en ningún momento dentro de las tripas de Cdmpro. ¡Funcionaba!.

A Blídimin a veces le gustaba arriesgarse, no siempre, pero sí cuando estaba muy emocionado, como en aquel caso. Unos días después de haber probado los Cdmpros, llamó a DJ Gurú y le dijo que preparase una sesión especial para el fin de semana, pero toda con cds. El DJ no se lo podía creer, casi se sale por el auricular del teléfono cuando se lo dijo. Blídimin volvió a volar a Japón, acompañado de Cdmpro.
Esa noche, cuando la discoteca ageHa abrió sus puertas, todas las pantallas de video mostraban la boca de los dos Cdmpro abiertas y vacías, estaban excitadísimos y listos para recibir dos cds. DJ Gurú los insertó y la música comenzó a sonar, con un dedo hizo girar el disco de vinilo hacia atrás y la música sonó al revés, ¡estaba entusiasmado!. La noche fue avanzando y, mientras los Cdmpros funcionaban bajo las manos del tecno-músico, Blídimin bebía unos whiskies tranquilamente en una de las barras y escribía el siguiente poema:

Libreluleando
se llega volando,
no importa hacia dónde,
no importa hacia cuándo,
importa que dentro
se sigan quedando.

Y fumaba sonriente en medio de la música atronadora.

 
reflexiones al respecto