Tejido por hilos invisibles

RELATO de Paco Pérez

Tenían en común un planeta habitado por ideas mágicas y gente que se amaba con la misma gracia que aman los niños. Ambos sentían una sobredosis de corazón cuando se miraban, era por eso por lo que la primera vez ella se volvió roja.

 

1

No era una noche especial. Los amigos serían los de siempre, los músicos más o menos también. Quizá la diferencia era que él se sentía más solo. Pero no tristemente solo, no, sino agradablemente abandonado a su suerte, al azar de lo que pudiera encontrar entre su gente de toda la vida y quizá algunos nuevos, algunas nuevas, que sin duda se habrían añadido durante todos los años que él había permanecido alejado de su tierra natal. De alguna forma también era un retorno, un hijo pródigo pero huérfano, porque en realidad nadie le esperaba. Pero eso tampoco era triste, qué va, a él siempre le había gustado juguetear con la nostalgia, no con la nostalgia llorona, sino con la del reconocimiento de sus raíces, que al reencontrarlas, le producían un cosquilleo en la boca del estómago, como si se sintiera más viejo y más sabio porque se había adentrado en el mar de lo desconocido y había vuelto para contarlo.

Los músicos tardaban en llegar, el bar comenzaba a llenarse de público, de mil conversaciones, de copas y humo de tabaco.

Tengo que desvelar un pequeño secreto, me lo he pensado mejor: él soy yo. Ya está dicho. Y me cuesta describir, casi con indiferencia, lo que pasaba en aquel bar, aquella noche, las conversaciones que tuve con gente que no conocía con quien compartí barra, cerveza y cigarrillos. Me cuesta contar sin emocionarme que llegó una mujer, o una niña, o una ninfa, como diría Nabokov, y saludó a los que estaban a mi alrededor y a mí no, aunque tuve que apartarme para dejar que penetrase en el interior del círculo que formábamos, sentados en banquetas altas junto a la barra de madera. Y esa ninfa, que se llamaba Nada, no me llamó la atención más allá de que tenía un nombre pintoresco, que además pensé que era un apodo. Pero me cuesta contarlo sin emocionarme porque sé todo lo que vino detrás, aunque en aquel momento yo apenas reparase en ella.

Esa noche ella no paraba de sonreírle a Pedro, su novio, quería que él supiera lo orgullosa que se sentía cuando lo veía en un escenario. No paraba de mirarlo, cuando de repente alguien, un desconocido, le robó una mirada y más tarde una sonrisa y luego toda la noche. La multitud que no paraba de gritar se volvió muda y luego invisible, o por lo menos eso creyó Nada, que así se llamaba ella. Sin embargo una sombra, muda también, rondaba, Pedro.

La noche se acababa, la gente recuperaba su voz, todos se hacían visibles y se besaban en forma de despedida. Nada cerró los ojos más cerrados que nunca gritándose en silencio ¡No! ¡No! ¡No quiero despertar!, pero todos se iban a dormir y entonces ella se dio cuenta de lo despierta que estaba y lloró sin llorar hasta que el sol despertó a los demás.

Más tarde, ya durante el concierto, tropecé con su espalda mientras yo llevaba unas cervezas para mí y mis amigos nuevos y viejos. Puse un vaso helado contra su piel durante un segundo y Nada se volvió sorprendida y quizá un poco molesta. Por qué hice eso, no lo sé, no pretendía tontear con ella, en absoluto, me pilló de paso y fue un pequeño saludo, pero ella levantó unos muros infranqueables a su alrededor, ¡qué risa!, el bajista es mi novio, me dijo, y a mí me pareció estupendo, sonreí y continué mi camino.

El concierto arrancó, la luz bajó un poco y los primeros acordes de canciones de toda la vida me entraron por los nueve sentidos. Qué contento estaba. Comencé a cantar mientras pensaba que no iba a madurar en la vida oyendo y cantando “La bola de cristal” otra vez. Y qué, si eso de madurar yo ya sabía que era una falacia como tantas otras de esas que nos inventamos los de este hemisferio y quizá los del otro, porque es más fácil escribir en papel pautado que escribir por el otro lado. Más fácil pero no más grato, en absoluto. ...quétie-nesa-bola-queato-doelmun-dole-mooo-laaa....

Pasó el concierto, el público se reconvirtió en parroquianos de taberna, la sala de conciertos volvió a ser un bar de copas sólo porque cambió la luz y el sonido de los vasos y los hielos adquirió otra gama distinta de ritmos.

Así se teje el azar, yo estaba hablando con Nada, de pie, un poco en medio del bar, mientras se iban agrupando los corrillos de amigos en distintas zonas para fumarse lo que quedaba de noche. Nada y yo hablábamos de posibles amigos comunes, intentábamos ubicarnos en el espacio-tiempo. ¿Dónde y cuándo se habían cruzado nuestras vidas, sin saberlo, en el pasado? ¿de qué hablan dos personas que no se conocen de nada?, de lo que haya en común entrellas. En un ascensor que sube al piso cincuenta y dos no se habla de nada, más allá de lo único común, el clima, que es un bálsamo de comun-idad para la comun-icación. Pero si el ascensor falla, y se queda atascado entre el piso cuarenta y seis y cuarenta y siete, entonces la nueva situación se hace común para los pasajeros y ya pueden hablar de otra cosa que no es si el día ha arrancado lluvioso, y eso ocurre hasta en Nueva York, donde hablar con desconocidos sólo se ve en las películas de ficción y a mi hermana y a mí, que hablamos con las piedras. En Nueva York nadie habla con desconocidos, de hecho nadie ve ni siquiera a los desconocidos porque nadie mira a nadie.

Nada y yo hablábamos de una amiga común de la que yo me había acordado mucho últimamente. Una actriz con la que tuve un romance precioso bastante tiempo atrás. Hubo un silencio entre nosotros, en medio de la conversación, Nada es más bajita que yo, sin pretenderlo y sin pensarlo me incliné lentamente y le besé la mejilla. Me miró perpleja, miró su copa, volvió a mirarme y sacudió fugazmente la cabeza, como si se estuviera diciendo a sí misma que acababa de imaginar que yo la besaba y que no era posible, que no había sucedido.

Alguien atravesó la burbuja aislante que se había formado a nuestro alrededor, era uno de los músicos, borrachísimo, claro, se despedía de nosotros y se iba a casa a dormir. Yo, de naturaleza generosa, le pasé la mano por la cintura y le dije te llevo en el coche, “ñgñgñglasiastío”, respondió, y se dejó llevar. Nada susurró un inaudible “no te vayas” cuando ya le dábamos la espalda, sonreí y le dije histriónico, volveré, lo prometo.

Bandit, el mejor saxofonista en cientos de kilómetros a la redonda, cabeceaba en el asiento del copiloto y tarareaba alguna melodía inventada que sólo él oía completa en su cabeza. Un músico espasmódico, que se agarraba a su saxofón en los conciertos y se inclinaba haciendo reverencias rítmicamente, levantando un pie y golpeando el suelo con fuerza marcando las crestas de sus frases melódicas preferidas, soplando con algo más que los pulmones y el diafragma, soplando con la luz de su interior. Bandit era capaz de hacer que un tetrapléjico moviera los hombros cuando inventaba síncopas y omitía las notas que el oído adivinaba que sonarían y las metía casi en el golpe siguiente, y a uno no le quedaba más remedio que encoger los hombros, como cuando sabes que te va a caer algo en la cabeza pero no sabes exactamente cuándo, no sabes exactamente cuándo va a sonar la nota siguiente, aunque seas tetrapléjico tienes que encoger los hombros.

Y Bandit tarareaba con los ojos ebrios semicerrados y movía suavemente la punta de uno de sus zapatones mientras yo callejeaba con el coche en busca de su casa, alumbrados por la luz amarillenta de las farolas. Se despidió con un abrazo pegajoso, de boxeador, y me recetó ñgñgfóllate a la Nadañgñgñgquestá muy buenañgñg. Pero yo no quería follarme a la Nada, lo que quería era volver a esa burbuja aislante que había surgido sólo un rato antes. Lo que quería era aterrizar en ese planeta que vislumbraba muy distinto a todo lo que conocía y habitarlo y averiguar por qué se me había caído un beso de los labios atraído por su gravedad.

Volví al bar, a su útero cargado de humo, de música y de mezcla de conversaciones. Me uní al grupo donde se encontraba Nada, ¿ves?, he vuelto. Nos separaban algunas banquetas que poco a poco se fueron vaciando de forma que pudimos ir bajando el volumen hasta compartir asientos contiguos. El planeta de Nada era un mundo rojo y verde, habitado por cosas pequeñ-itas, donde mariposas y estrellas se mezclaban entre las palabras vistiéndolo todo de poesía, quizá cursi, pero no ñoña. El arte de ser cursi. ¿Quién con más de veinte años se atreve a ser cursi durante más de diez minutos con una sonrisa en el rostro?, no sólo ser cursi sino crear un entorno poético agradable, navegable, como si se hubiera materializado a nuestro alrededor algo del mundo de Amélie, pero no de ficción, sino de carne y hueso. El arte de ser cursi, de pronto volví a tener cinco años, pero no de ficción, sino que había salido a flote el niño de cinco años que me habitaba. Y nos contamos historias de cada uno como si escribiésemos cuentos. No hizo falta pactar nada, no tuvimos que decir mira, te voy a contar mi vida como si fuera el personaje de un cuento, sencillamente ella me hablaba de una niña que habitaba en un mundo, no sólo feliz, sino cargado de adjetivos y verbos hermosos, que reía, miraba todo con asombro, con una ingenuidad real, nacida de saborear con atención todo lo que estaba a su alcance. A nuestro alrededor se desarrollaban otras conversaciones, otros movimientos que, días después, pudimos sorprendernos de lo inexistentes que fueron para nosotros.

Por aquel entonces yo me dedicaba a reparar máquinas informáticas, sobre todo ordenadores personales, pero no sólo eso, así que le conté cuál era la última máquina que había reparado de la siguiente forma, aunque en realidad yo no le dije que reparaba máquinas sino:

- ¿Sabes qué hago yo bien? – y ella movía la cabeza, veloz, negativamente y en silencio, mirando con sus enormes ojos oscuros mi interior. – sonrió y le conté lo siguiente:

 

En un rincón casi olvidado de la fábrica, donde sólo de vez en cuando alguien entraba a buscar herramientas o repuestos de papel higiénico, se encontraba KM1242, una máquina pequeña, naranja y negra, cuya única misión en la vida era dar la temperatura de cinco cámaras de congelación que se encontraban situadas en otro punto de la fábrica y KM1242 tenía extendidos dedos como cables como dedos que llegaban hasta el frío interior de las cámaras a treinta grados bajo cero. Pero KM1242 llevaba mucho mucho tiempo sin dar la temperatura para nadie, porque hablaba un idioma tan remoto que ninguna persona viva que no estuviera encerrada en un asilo era capaz de entender. Bueno, en realidad sí que había una persona que podía hacerlo, pero KM1242 ni siquiera lo sospechaba, la posibilidad de que esa persona encontrara a KM1242 era prácticamente inexistente. Se resignaba a su mudo destino.

Esa persona es Blídimin, un científico poeta que con el tiempo había descubierto que las máquinas le hablaban y le contaban sus penas y sus secretos, y se reían con él, porque Blídimin, que tenía buen corazón, no podía dejar sufrir a una máquina si veía que tenía problemas, era superior a sus fuerzas.

El caso es que un día llamaron a Blídimin para que acudiera a la fábrica a hablar con un ordenador que desde hacía unos días se negaba a hacer su trabajo. Ese ordenador se llamaba AMDK62. Cuando Blídimin llegó a la fábrica lo primero que le llamó la atención es que estaba toda pintada de verde, parecía que hubieran traído un campo de olivos, y lo hubieran frotado a fondo por el interior de la fábrica, donde se habían quedado pegados todos sus colores. Pero no había ningún olivo, claro.

Blídimin subió unas escaleras verdes y entró en el despacho blanco donde se encontraba AMDK62 en silencio. El despacho blanco era la nota de color en la fábrica verde, y eso que el blanco no es ningún color. Bien, pues Blídimin se sentó frente a AMDK62 y lo observó atentamente, mientras el ordenador se hacía el indiferente, porque no sabía quién se le había sentado delante, porque otra cosa que le pasaba a AMDK62 es que no estaba conectado a Internet, así que estaba bastante desinformado y por eso no reconoció a Blídimin, si no, hubiera reído carcajadas felices desde que él entro por la puerta. Entonces Blídimin le preguntó que qué le pasaba y AMDK62 no pudo disimular su sorpresa por haber oído y entendido perfectamente la pregunta, porque las personas que se sentaban delante a pedirle que hiciera lo que tenía que hacer sólo sabían pronunciar unas pocas palabras y sin embargo este hombre hablaba tan correctamente como si fuera un ordenador de su misma generación. AMDK62 sólo pudo decirle por señas que se había quedado mudo desde hacía unos días y que le dolía terriblemente la cabeza. Blídimin asintió comprendiendo al instante cuál era el problema. El ordenador no salía de su asombro, ¡le había entendido a la primera!, ¡y eso que estaba mudo y sólo se lo había podido decir por señas!. ¿Quién demonios era este humano?. Así que Blídimin desatornilló parte del cuerpo del ordenador y AMDK62 comprendió por la forma en que le tocaba y la suavidad con que le tumbaba sobre la mesa para reparar sus circuitos, que este humano sería su amigo para siempre y que se lo contaría a todos los humanos y máquinas que quisieran escucharlo. Blídimin extrajo una pieza de su interior, la olfateó y arrugando la nariz la lanzó a la papelera. Abrió su maletín, cogió otra pieza igual pero de colores verdes y dorados aún por estrenar, reluciente y con cuidado pero con seguridad la sustituyó por la que producía esos dolores de cabeza a AMDK62. Lo incorporó, volvió a atornillarle todas las piezas y le preguntó qué tal se encontraba. A AMDK62 le llegaba la sonrisa de oreja a oreja y eso que no tenías orejas. Los dolores habían desaparecido y volvía a funcionar a la perfección, no podía parar de darle las gracias con enorme respeto a Blídimin, que a su vez le dijo que había sido un placer poder devolverle el habla y conocerle.

Blídimin bajó las escaleras verdes y fue al aseo a enjabonarse las manos. Cuando terminó, con las manos mojadas, miró a un lado y a otro en busca de algo con qué secarse, pero no había ni toallas, cosa impensable en Betelgeuse, por ejemplo, ni aire caliente ni nada. Alguien desde el pasillo, que seguramente esperaba impaciente para entrar, intuyendo lo que pasaba le dijo en voz alta, si se ha acabado el papel tendrás que subir a la habitación de Mantenimiento a buscar un rollo. Así que dejando un rastro de gotitas de agua en cada peldaño de la escalera verde, subió a buscar la habitación y un rollo de toallas de papel. La habitación, verde también, estaba atestada de herramientas, latas de todos los colores, botes, y, por fin, rollos de papel de varios tamaños. Cogió un rollo de toallas y se secó las manos que de todas formas ya estaban casi secas. Mientras se frotaba las manos con el papel observó que una pequeña máquina, naranja y negra le observaba atentamente y en silencio desde un rincón, se encontraba en una mesita a la que llegaban un manojo de cables. Era KM1242.

-  Hola – dijo Blídimin, acercándose a ella. KM1242 no respondió pero no dejó de observarle.

-  ¿Qué te pasa, por qué no dices nada? – preguntó Blídimin.

-  Es que nunca nadie había hablado conmigo, por lo menos desde que yo recuerdo – respondió tímidamente KM1242.

-  ¿Qué haces tú aquí? – siguió preguntando Blídimin.

-  Informo de la temperatura de cinco cámaras de congelación – se animó a responder KM1242 – pero ya hace mucho tiempo que nadie me lo pide, simplemente se me quedan mirando con cara rara, me toquetean las teclas y se marchan resoplando. No sé por qué.

-  Veo que no sabes qué hora es ni en qué fecha estamos, ¿verdad?.

-  Nadie me lo ha dicho nunca.

Blídimin, pulsó varias teclas que emitieron pitiditos y, mientras tiraba la toalla de papel a una papelera, le dijo:

-  Bueno, ¿qué te parece?.

-  Que es una fecha muy bonita – dijo sonriendo KM1242.

-  Y ahora vamos a ver, te voy a colocar este rollito de papel para imprimir y averiguaremos qué te ocurre.

KM1242 se dejó hacer ronroneando de placer en las expertas manos de Blídimin. Cuando estuvo todo listo, Blídimin le preguntó la temperatura de la cámara número uno y KM1242, con un ruidito de su pequeño cabezal de impresión lo escribió con caracteres perfectos y nítidos sobre el papel a continuación de la fecha y la hora que ahora ya sabía. Sonreía ampliamente. Blídimin siguió pulsando las teclas de KM1242 y absolutamente satisfecha imprimió la temperatura de una, dos, tres, cuatro y cinco cámaras de congelación, las imprimió cada treinta segundos, cada minuto, en grados Celsius y Fahrenheit. Al final la dejó programada para que imprimiera la temperatura cada hora.

-  Hasta otro día KM1242, me alegro de haberte conocido – se despidió Blídimin.

-  Muchísimas gracias – dijo KM1242 – creí que nunca más volvería a funcionar.

-  Para que veas las sorpresas que se lleva uno – dijo Blídimin sonriendo y levantado la mano en señal de saludo.

Mientras estaba en el despacho de Contabilidad rellenando el albarán y esperando para cobrar, le preguntó a la señorita que se encontraba tras la mesa acompañada de un hermoso ordenador, orondo y con cara saludable:

-  ¿Qué le ocurre a la máquina que hay en la habitación de Mantenimiento?

-  Nada, que no funciona, un día de estos la tiraremos a la basura – el hermoso ordenador no pudo menos que fruncir levemente el ceño sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.

-  Bueno, quizá no haga falta – contestó Blídimin, dirigiendo una leve sonrisa al ordenador que le miraba de reojo.

La señorita sonrió sin entender muy bien, le pagó lo que le debía y le agradeció cortésmente que hubiera arreglado a AMDK62.

Blídimin le dio las gracias y se marchó silbando mientras bajaba las escaleras verdes en dirección a la salida.

Al terminar, Nada sonreía y el bar estaba a punto de cerrar, éramos de los últimos, casi todas las luces estaban ya apagadas. Nuestros amigos nos arrastraban hacia la calle nocturna. En la puerta todos nos despedimos de todos. Nada y yo nos despedimos dos veces, porque con la primera no nos bastó para creer que nos teníamos que separar.

Pensé en Nada mientras caminaba por las calles solitarias de vuelta a casa, pensé en Nada justo antes de dormir y escribí cosas que luego destruí por no complicarle la vida a ella, por no complicármela a mí. Sabía que pasaría mucho tiempo antes de que nos volviéramos a ver. Tendría que ser por casualidad. Me conformé con haberla conocido, me bastó con las horas en las que pude visitar su mundo de maravillas, porque pude detectar cómo me cambió la respiración, porque soy consciente de que no existe una realidad para vivir, de que puedo vivir en la que me plazca. Y la suya me encantó, me liberó de las estupideces de los adultos, de las trabas que nos inventamos y los límites que demarcamos sólo por miedo, pobres, sólo por miedo a descarnarnos, a que escuezan hipotéticas cicatrices, sólo por miedo a morir de dolor, oh, pobres bichos asustadizos, resguardadizos tras sus fronterizas.

Aquella mañana nueva Nada vio despertar a Pedro, y al contrario que todas las mañanas viejas fue ella la que se encontró dentro del abrazo. Estaban en una cama desconocida de la casa de unos amigos. Todo ese día Nada creyó estar con todos sus amigos invisibles y uno de ellos le recordó al Diego que ella no se sacaba de la cabeza, y le regaló su número de teléfono. Antes de acostarse miró al cielo y quiso regalarlo, luego sonrió y se durmió con la sonrisa.

Yo caminaba por el parque de la mañana siguiente disfrutando del recuerdo y del sol que se filtraba a través de los árboles, sabedor de que nunca más. Entonces a mi móvil llegó un mensaje. Era un regalo: el dibujo de una constelación, con asteriscos como estrellas.


 

2

Los dígitos iluminados en verde del despertador, en la mesita de noche, marcaban las 3:00. Se había despertado de repente, intranquilo, sin recordar qué estaba soñando. Se giró bajo el liviano edredón de plumas, miró el despertador respirando pausadamente de nuevo y cuando los dígitos marcaron las 3:01, ya estaba profundamente dormido.

A las 4:00, volvió a despertar sobresaltado. Esta vez recordó una parte del sueño, soñaba que iba paseando en bicicleta, cuando tenía seis años, por un camino de tierra con muchos baches y piedras, y despertó al chocar la rueda delantera con una de las piedras haciéndole perder el equilibrio. Volvió a dormirse a las 4:02.

A las 5:00 le despertó su propio grito. Soñaba que había saltado de un avión, equipado con un paracaídas, el suelo se acercaba velozmente y el paracaídas no se abría. Esta vez se levantó, fue al baño, tomó un sorbo de agua y volvió a acostarse intentando reconciliar el sueño. A las 6:00 abrió los ojos, como platos, y se quedó mirando al techo, empapado en sudor, sin saber por qué estaba teniendo una noche tan intranquila. No se había emborrachado, sólo había cenado un poco de ensalada y no tenía grandes preocupaciones. Volvió a quedarse dormido a las 6:15 y a las 7:00 el despertador conectó la radio con la emisora de las noticias. Pero para entonces ya había vuelto a despertarse con la intranquilidad invadiendo su consciencia. Apagó la radio, de todas formas tampoco sonaban las noticias, sólo el ruido blanco de la estática.

Era miércoles. Se apoyó en el lavabo y miró cansadamente los ojos rojos en el espejo. Se duchó, se afeitó mecánicamente y mientras preparaba el desayuno, se fue vistiendo. Los primeros rayos de sol entraban por las ventanas. Amanecía en el horizonte Mediterráneo. Mar en calma, hoy haría un buen día, pensaba bebiendo despacio el café con leche hirviendo. Cuando salió a la calle, mientras cerraba la puerta de casa, constató que el día se anunciaba precioso, era febrero pero no hacía demasiado frío, el sol calentaba agradablemente y la tranquilidad era total. Se quedó mirando al mar sorprendido por su extrema calma. No sabía definir qué tenía esta mañana de especial, porque hacía muchos años que vivía frente a la misma costa, con la misma playa, la misma vegetación y se había acostumbrado tanto al paraje y a sus ritmos que ningún día reparaba en la belleza del lugar donde vivía. Parecía domingo. Miró el reloj de pulsera, miércoles indicaba, pero parecía un domingo tranquilo a las ocho de la mañana. Bajó al garaje, los intermitentes del Mercedes parpadearon velozmente cuando accionó el mando a distancia. Dejó el maletín en el asiento de atrás y entró en el confortable recinto del coche. Puso el motor en marcha y antes de salir eligió un CD de Bonnie Raitt y metió primera. Le encantaba conducir oyendo country suave. En el stop del primer cruce que le permitía incorporarse a la carretera nacional paró y observó, de nuevo sorprendido, que no circulaba ni un solo vehículo. De hecho estuvo parado más tiempo que de costumbre, cuando se incorporaba en el primer hueco que encontraba en el abundante tráfico de esa carretera. Giró suavemente a la derecha y puso rumbo a la ciudad, a quince kilómetros, donde se encontraba el laboratorio donde trabajaba. La atmósfera estaba limpia como si hubiera terminado de llover, pero hacía una semana que no caía una gota. Circuló a ochenta, pensando en lo incongruente de ir despacio cuando tenía toda la carretera para él cuando cada día no bajaba de ciento veinte sorteando camiones y coches que se dirigen en la hora punta a la misma ciudad que él, a incorporarse al trabajo. Pero no iba más deprisa porque realmente ocurría algo extraño con el tráfico. Quizá había ocurrido un accidente y estaba cortado ese tramo de carretera, pero es que se respiraba una calma como de día festivo, no había movimiento a la vista ni siquiera en las extensiones de campos de naranjos por las que atravesaba que normalmente a estas horas bullen de trabajadores descargando cajas agrupadas en colores para la cosecha del día. Paró el CD y puso la radio para oír alguna noticia que le revelase el por qué de tanta tranquilidad. En la radio un absoluto silencio en la emisora que siempre oía, activó la búsqueda automática de emisoras y el dial digital dio la vuelta completa sin parar en ninguna sintonía en la que hubiera algo distinto al silencio, desactivó una opción que sólo sintonizaba emisoras con señal fuerte y volvió a intentar la búsqueda, mientras seguía en dirección a la ciudad a ochenta kilómetros por hora sin cruzarse con nadie. Esta vez la radio paró en una emisora. Sonaba el Across the Universe de los Beatles. ¿Es que había ocurrido un terremoto y él no se había enterado?. Sintió una punzada de intranquilidad en la boca del estómago. A lo lejos divisó una gasolinera donde paraba habitualmente a repostar. Puso el intermitente, ¿para qué?, pensó, si ningún coche iba detrás ni venía delante. Aminoró la marcha y comenzó a entrar en la gasolinera. ¿Cerrada?. Paró el motor y bajó del coche. La calma era total, sólo se oía el roce de las hojas de los naranjos movidas por una tranquila brisa matinal. Las rejas de la tienda estaban echadas. Miró de nuevo su reloj de pulsera, las ocho y cuarto, miércoles veintisiete. Es que había tan poco ruido que pudo apreciar el sonido del motor de la máquina de Coca-Cola cuando se puso en marcha de forma automática. No recordaba haber oído nunca el motor de esa máquina. Realmente estaba pasando algo fuera de lo normal. Volvió de nuevo al asiento del coche, iba a cerrar la puerta cuando le dio un vuelco el corazón. Junto a la tienda había un naranjo en el que siempre estaba atado un perro, un enorme mastín que pertenecía al dueño de la gasolinera. Hasta sabía su nombre, Grandot. Pero el perro no estaba, lo peor no era eso, es que no estaba ni siquiera la larga cadena a la que permanecía atado. Bajó de nuevo del coche y se acercó a inspeccionar el lugar donde siempre estaba el enorme y manso animal. Ni rastro de perro, ni de cadena, ni siquiera había marcas en el tronco del árbol allí donde la cadena había arañado la corteza después de muchos años. Se incorporó con los brazos en jarra y echó un vistazo a todo lo que le rodeaba. Calma y más calma. Un paraíso, bien mirado, porque cada día a esta hora la zona hervía de actividad, y no podía ser más relajante el ambiente que le rodeaba, ni claxon, ni motores, ni voces. Un paraíso inquietante por descontextualizado, como encontrar la Quinta Avenida después de una duna en medio del Sahara.


 

3

Diego aquella noche que no paraba de contar cuentos, le dijo a Nada que escribiría uno que no tuviera fin, un cuento que nunca se acabaría, y Nada, que siempre todo lo ve de colores y en dibujos, quiso ilustrárselo.

Quedaron en un bar. Nada iba tan nerviosa que se tropezó varias veces con sus propios pies, miraba a todo el mundo buscando en alguien la sonrisa de aquel Diego que creía que no reconocería. Pero fue tan fácil, allí, con la misma ropa que el día que se conocieron, con un libro y unos papeles bajo el brazo estaba esperándome la sonrisa más grande que he visto nunca, tan grande que quise imitársela y entonces me di cuenta de lo pequeños que eran mis labios. Me acerqué a él lentamente, casi sin mover las piernas, casi levitando, le devolví la sonrisa más grande que me cabía a mí y me encogí de hombros como si algo malo estuviera haciendo.

Me veo sentado en el capó del coche, esperando. Nada vendría por la espalda, caminando con pasos todavía desconocidos para mí. Yo miraba el suelo, miraba mi ropa, me metía las manos en los bolsillos, ¿estaría guapo?, ¿y qué si no lo estaba?, yo quería su compañía, su mundo, su conversación. Aunque la conversación y el sexo son distintas longitudes de onda del mismo espectro, son comunicación al fin y al cabo, follar es hablar y hablar es follar. Puede ser usando las cuerdas vocales, quizá con la piel, quizá con la mirada. ¿Por eso quería estar guapo?. En realidad creo que buscaba su reconocimiento, su adulación. Es mejor ser adulado por alguien importante que por una desconocida, ¿no?; esa opinión pesa más, ¿no?, vale más. Y Nada era importante, yo no sabía en qué, pero presentía una gran mujer detrás de esos modales de seda, de su timidez silenciosa. Yo todavía no sabía nada, pero haberme acicalado para gustarle era un poco una farsa que más adelante abandoné. Con el tiempo Nada consiguió sacar, si no lo mejor de mí, sí lo más auténtico. Mientras esperaba, leía. Estaba impaciente por estar en su compañía, pero no nervioso, al contrario, con Nada siempre he sentido que estaba en mi casa, en mi sitio, incluso desde el principio.

Ella llegó vestida de colorines, casi avergonzada de verme, pero en cuanto nos saludamos volvimos a detectar ese lugar común, ese planeta común que habitábamos. Entonces todo volvió a ser fácil.

Hablamos de algo que por aquellas fechas me sorprendía mucho pero que a día de hoy experimento con naturalidad, de cómo percibimos a la gente que nos importa a pesar de las distancias. Yo sé cuándo mi hermano piensa en mí porque justo en ese momento también pienso yo en él, a pesar de que se encuentre a cuatro mil kilómetros trabajando en una plataforma petrolífera en el Mar del Norte. De hecho, a veces le he telefoneado y he podido constatar que era así, que él también estaba pensando en mí.

Una vez me pasó una historia terrible y fascinante. En la madrugada de un miércoles a un jueves, hace muchos años, dormía yo profundamente debido al exceso de trabajo de las últimas semanas. En esa época, durmiendo cinco o seis horas cada noche y trabajando catorce horas al día no es que durmiera, más bien me quedaba inconsciente. La probabilidad de que algo más suave que un temblor de tierra o un ataque aéreo a gran escala pudiera despertarme era ínfima. Esa noche me desperté.

Los dígitos rojos del despertador señalaban las 4.40, tenía la respiración alterada y el corazón me iba a doscientos. Recién salía de una pesadilla, lo único que tenía en la mente era una frase clara e insistente que repetía NO OLVIDES ESTE SUEÑO, ES IMPORTANTE. Cerré los ojos, me dormí al instante y olvidé el sueño en el acto.

Al día siguiente, a las ocho de la tarde, recibí una llamada en la oficina, mi amigo Paco, camionero, compañero de cabina durante meses, confesor, consejero, consuelo, risa, ejemplo, amigo, amigo mío, moría de madrugada estrellado contra otro camión en una carretera de Cuenca, el otro camionero se había dormido, se llevó a Paco por delante y salió indemne. Paco murió a las 4.30 de la madrugada, pero me jugaría algo a que fue a las 4.40, porque mientras estaba boquiabierto, alelado e inmóvil con el teléfono pegado a la oreja, pude recordar con extrema nitidez el contenido de la pesadilla que había tenido esa noche, era el siguiente:

Un hermoso y gigantesco tigre de bengala se paseaba parsimoniosamente por el interior de un local de oficinas en obras. Dentro del local se estaban instalando parabanes, tabiques prefabricados de madera y poliéster, el suelo estaba sucio de cemento y cal. El tigre se dirigía hacia una puerta situada en algún lugar del local. La puerta en sí no era una puerta, sino sólo un marco de puerta hecho de electricidad pura, nada de madera, nada de metal, de ningún tipo de material. Yo estaba al otro lado de la puerta intentando avisar al tigre, de alguna forma, de que traspasarla significaba su muerte. Él avanzaba lento e inexorable. En otro lugar del local, un tío mío, hermano de mi padre, estaba echado en el suelo hurgando con unos destornilladores en los magnetos que controlaban la electricidad del local con la intención, supongo, de desconectar la puerta mortífera. Mi tía, de pie a su lado, le observaba extremadamente preocupada por lo peligroso de hurgar en semejante rincón eléctrico. Lo previsible sucedió, mi tío equivocó el gesto con un destornillador y miles de voltios le traspasaron fulminándolo horriblemente, la cara desencajada los ojos colgando de sus órbitas...

En ese instante me desperté con la consigna de no olvidar, no olvidar.

Me pregunto incansablemente qué pudo unir a Paco, muriendo a 500 km de mi cama, con mi sueño. ¿Cómo es posible que yo despertase justo cuando Paco moría?. ¿Qué pliegue del Universo compartíamos Paco y yo que al alterarlo él lo percibí yo?. Algo hay, me resisto a creer en semejante casualidad, pero qué. Tendré que recurrir a alguna fórmula de la termodinámica, de Maxwell, o incluso de las leyes de la radiofrecuencia. ¿Qué emitió Paco que me llegó al instante?. ¿Con qué órgano recibí esa señal?, ¿con el cerebro?, ¿con el alma?, ¿tenemos alma?, ¿es capaz de comunicarse a distancia?. ¿Qué está pasando aquí?.

Ante la falta de respuestas, mi imaginación fabrica un Universo en el que una parte, aquella que contiene las relaciones entre todas las demás partes, nos es invisible, imperceptible, aunque con la cantidad de gente que hay preguntándose por qué, cada día creo que es menos invisible y menos imperceptible.

 

Eso también nos estaba ocurriendo a nosotros, para nuestra más absoluta diversión. Ella se acordaba de mí, yo de ella, y desde ciudades distintas nos enviábamos un mensaje al móvil en el mismo instante por casualidad, sus palabras y las mías, digitalizadas, cruzaban el aire en direcciones opuestas, las ondas de radio de ambos mensajes se encontraban en algún momento y se mezclaban a la velocidad de la luz por una infinitesimal fracción de tiempo. Lo cierto es que en nuestra conversación estábamos de acuerdo en que casualidad no podía ser, pero ¿con qué órgano y por qué medios podíamos transmitir algo así? ¿Qué parte de mi cuerpo hacía cuál cosa para que ella a kilómetros de distancia percibiese algo que le hiciera pensar en mí? Nos resignábamos a no tener respuesta, sencillamente sucedía así.


 

4

Volvió a la carretera, en la radio seguían sonando temas de los setenta. Intentó buscar otra emisora pero ésa era la única disponible. Un kilómetro antes de entrar en la ciudad, decidió parar de nuevo. La intranquilidad se había convertido en verdadera curiosidad por saber qué estaba sucediendo, no en vano era científico, su quehacer diario consistía en hacerse preguntas y encontrar respuestas satisfactorias. Paró el coche en el arcén, encendió los cuatro intermitentes y bajó mirando por el retrovisor antes de abrir la puerta, gesto mecánico que de nuevo no servía para nada porque no se veía un alma. Cruzó la cuneta y se asomó a los primeros naranjos del campo junto al que había parado. La tierra estaba arada, pisada, trabajada, los naranjos estaban recolectados en su mayoría, sólo quedaba alguna naranja suelta en algunos de ellos. De pronto cayó en la cuenta de que en esta ausencia repentina faltaba además algo inconcebible, ¡pájaros!. No se sospechaba ni un ave en los alrededores, ni en los árboles, ni en el aire. Indudablemente estaba sucediendo algo fuera de toda lógica. Se le vino a la mente las veces que había despertado por la noche en horas punta. ¿Había relación?. Volvió al coche y arrancó, esta vez sin miramientos, pisó a fondo y en un instante entró en la ciudad, la radio seguía con su emisión ininterrumpida de música.

Las calles estaban desiertas. No había nadie ni en las aceras, ni en las tiendas, que además estaban cerradas, ni circulaba ningún vehículo excepto su hermoso Mercedes gris ártico. Llegó al aparcamiento del edificio donde trabajaba, una enorme construcción modernista cubierta de mármol y cristal. Por no haber no había ni vigilante en la garita de entrada. Usó una tarjeta magnética y la valla de entrada se alzó para dejar paso al vehículo, bajando inmediatamente después de cruzar la línea de entrada. Aparcó en su lugar reservado, paró el motor y bajó del coche. El impacto del silencio era sobrecogedor. Jamás había imaginado que ese lugar pudiera estar acompañado de la ausencia de sonido que ahora lo inundaba todo. Abrió la puerta trasera para coger su maletín y al cerrarla fue como si lo hubiera hecho con mucha más fuerza de lo que lo hizo, tal fue el sonoro golpe que produjo el cierre.

Las puertas automáticas de la entrada principal no se abrieron cuando él se acercó, el edificio estaba cerrado por completo. Utilizó de nuevo su tarjeta, las puertas se abrieron con un leve siseo, que nunca antes había oído, y entró en el vestíbulo del edificio. Nadie. Ni Seguridad, ni el personal habitual de recepción. Nadie. Había mucha claridad en el vestíbulo gracias a la abundante luz del sol que entraba por los enormes ventanales y por las puertas de cristal, sin embargo las luces estaban apagadas. Buscó los interruptores en la pared detrás del mostrador donde cada día había personal de recepción. Nunca antes había pisado esos metros cuadrados reservados a otras personas. Hasta le pareció que estaba en un lugar desconocido al ver los monitores de ordenador tras el mostrador, las tiras de enchufes, las bandejas de documentos y los vasos con bolígrafos y lápices que nunca antes había observado porque su lugar de paso siempre era por el otro lado. Conectó todos los interruptores y la estancia se llenó con la luz que conocía. Oyó el chasquido de cada fluorescente al iluminarse tras las diversas rejillas del techo. Cuánto silencio.

Todas las cosas estaban en su sitio, al menos a simple vista, pero ni una sola persona se cruzó con él ni por los pasillos, ni en el ascensor. Tuvo que ir buscando y pulsando los interruptores de cada sala por la que pasaba porque todos estaban apagados. Abrió la puerta de su despacho, encendió las luces y subió las modernas persianas intracristales con un pequeño mando a distancia. Su despacho se encontraba en el décimo piso del edificio, desde la ventana observó la ciudad que parecía congelada en un instante de postal, sólo algunos árboles se movían suavemente al ritmo de la brisa. La nube de polución que a diario cubría la ciudad había desaparecido. Podía ver hasta el horizonte, hasta el mar con una nitidez de prismáticos. ¿Qué habrá pasado?, ¿dónde están la gente, los perros, los pájaros?. Como cada mañana, colgó la americana en una percha dentro de un pequeño armario y se enfundó en una bata blanca, con sus credenciales sin la cual se sentía desnudo andando por las dependencias del edificio. Recordó que muchos años atrás, cuando empezó a trabajar para esta empresa, se sentía casi ridículo con su bata blanca como si fuera un médico o un carnicero.

Se dirigió al laboratorio, en la misma planta, donde tenía las cepas de bacterias que estaba utilizando en su trabajo diario, sobre todo para comprobar si había algún compañero, más que por las bacterias. La misma situación: nadie en el laboratorio y otro hecho curioso, todos los indicadores de alarma automatizados que vigilan el progreso de las colonias de bacterias, en sus distintos recipientes, y que cuidan de la temperatura, de la humedad y de otros factores que afectan al buen desarrollo de cada cepa, estaban parpadeando en rojo. Esto no era un gran desastre, de vez en cuando algunas cepas no progresaban porque eso formaba parte de los posibles resultados de los experimentos. Lo extraño es que estuvieran parpadeando todos los indicadores, sin excepción. Todas las cepas habían muerto. Todo esto lo había observado desde la puerta, sin entrar del todo en la sala. Ahora, encendió las luces y fue a inspeccionar una por una las cepas fracasadas. Después de quince minutos de observación se sentó en uno de los altos taburetes alineados frente a las blancas mesas atestadas de frascos, probetas, etiquetas, balanzas y material de laboratorio y mirando por las ventanas hacia la ciudad y el cielo en calma contuvo el aliento casi medio minuto, reflexionando sobre lo que estaba ocurriendo, porque no sólo es que hubieran fracasado todas las cepas, es que no había bacterias, ni vivas ni muertas, pero además no estaban los ratones de laboratorio, sólo sus jaulas vacías y cerradas. Su mente, acostumbrada a resolver los pequeños misterios del trabajo diario, acotados por parámetros conocidos donde los imprevistos eran una parte más, no era capaz de dar una vía razonable a lo que estaba observando. Este imprevisto era de los grandotes, se dijo. En realidad estaba asustado por la magnitud de lo que ocurría. Aún así probó a hacer un pequeño experimento. Cogió dos recipientes nuevos de los que se utilizan para incubar cepas de bacterias, dos placas de Petri. Preparó el medio de cultivo adecuado para que crecieran las colonias de bacterias y untó las dos placas de Petri con él, una de las placas la dejó abierta sobre la mesa y la otra la cerró. Una vez en el pasillo abrió la segunda placa y la mantuvo abierta en su mano, como si llevara una pequeña bandeja de canapés, mientras recorría el pasillo inspeccionando el resto de los despachos, los aseos, la planta nueve, la once. Todo vacío. Volvió a su despacho, cerró la placa de Petri y la guardó en el bolsillo de la americana colgada en la percha. Al día siguiente comprobaría las dos placas y sacaría conclusiones. Por el momento había decidido tomarse el día libre y dar una vuelta por la ciudad para intentar descubrir qué estaba ocurriendo.


 

5

Nada era tan normal que su normalidad la hacía especial. No era alta ni baja, gorda ni flaca, guapa ni fea, simpática ni antipática...

Detrás de unas gafotas esconde unos ojos grandes y abiertos que no paran de mirotear, es por eso por lo que siempre se da cuenta de todo. Vive en un silencio que siempre le respetan, incluso cuando ella quiere romperlo no le sale porque su voz es tan pequeña que no es capaz. Cuando todos hablan, ella se imagina participando y a veces se le escapa de su pensamiento y se hace material en la conversación, entonces, hay veces que todos la escuchan sorprendidos y otras, que nadie es capaz de percibirla y su vocecilla remolonea con el viento.

De pequeña vivía en una callecita peatonal con el suelo de piedrecitas, se pasaba las horas estudiando sus formas y colores. Pasaron los años y Nada y los demás niños del barrio tienen todas esas formas cicatrizadas en sus rodillas. Desde entonces Nada siempre caminaba mirando el suelo, jugueteando a saltear rayitas y colores. Un día un amigo suyo le enseñó todas las cosas que se perdía al caminar así, le cogió su mano prestándole seguridad y se lo demostró. Ahora siempre evita coger el autobús, le encanta caminar y entretenerse por el camino.

Le gusta mirarse en los charcos y en los espejos pequeños porque puede seleccionar los trozos que más le gustan y mirar sólo esos. Y los mira sin parpadear un rato hasta deformarlos por la vista ya cansada.

De la primera vez que lo vi, recuerdo su sonrisa, la tiene pegada a la cara, no sé si ella forma parte de la cara o si es ésta la que forma parte de su sonrisa.

A veces creo que sus labios son tan grandes para que le quepa esa sonrisota, pero qué va, también se le mete en sus ojitos turquesas. Y casi siempre se mete también en la cara de todo el que lo mira, hasta el más serio se ve sonriendo si tiene delante a Diego.

Un día no sonrió, ese día, nadie en el mundo sonrió. Y cuando llegó la noche, la luna, que le tocaba uno de esos cuartos que parecen la sonrisa del gato de Alicia en el País de las Maravillas, no salió, la luna no salió.

Su nombre nunca me importó demasiado hasta que me contó la historia que llevó a su madre a ponérselo.

En los años setenta, la señora Rosalía contaba ya con dos hijas y dos hijos, y tal y como marcaban las costumbres de esos años en España, no tenía intenciones de engendrar ninguno más. Después de su cuarto parto sus ovarios habían adquirido unos ritmos extraños e inexplicables. Su menstruación, la que tendría que haber sido su regla, se convirtió en una constante excepción. Podía estar meses y meses sin ella, aún así su señor marido y ella tomaban las precauciones necesarias para disfrutar del amor y del sexo sin mayores sorpresas.

Una veraniega tarde de julio, se celebraba una fiesta de cumpleaños en la que participaban casi todos los miembros de la familia, tíos, primos, hermanos, sobrinos, hijos y nietos, treinta y tantas personas, riendo a gritos, hablando a voces, cantando de todo lo que se les ocurría y comiendo tartas y pasteles que después engordarían más de una hermosa barriga, tendiendo hacia el ideal hindú de la felicidad, el buda rechoncho y sonriente.

La señora Rosalía sintió unas ganas irresistibles de ir al baño, su vejiga, de pronto, no aguantaba más. Se levantó corriendo, pero a los pocos pasos un charco se formó a sus pies. Era un fluido que reconocía a la perfección, acababa de romper aguas para su más absoluta sorpresa. Toda la familia acudió en su ayuda intentando averiguar en voz alta cómo era posible semejante suceso. Siempre hay un médico en las familias numerosas, y el tío Juan tomó las riendas de la situación, una vez que la señora Rosalía ya estaba tumbada en un sofá, los niños y los hombres habían sido despachados fuera y las mujeres que ya habían sido madres revoloteaban eficientemente alrededor, apartando muebles y preparando paños y sábanas por si lo que estaba ocurriendo era un parto completamente inesperado.

Todo sucedió en pocos minutos, sintió unas contracciones irrisorias en comparación con lo que habían sido sus partos anteriores y, antes de que pudiera plantearse el hacer fuerza, el tío Juan levantó, envuelta en unas sábanas blancas y manchadas de sangre, el cuerpecito delicado de una niña pequeñísima, y aparentemente sana, que había nacido de la nada. Nadie salía de su asombro, incluida la señora Rosalía, que llevó durante nueve meses a su hija en el vientre sin notar nada de nada. Lo importante ya no fue cómo había sucedido un hecho tan excepcional, sino cuándo harían la siguiente fiesta gigante familiar para celebrar el nacimiento de la nueva hija, eso y también qué nombre ponerle. La madre lo tuvo claro desde que pudo ponerse junto al pecho a su pequeña e inesperada hijita.


 

6

Era como pasear por un decorado fabricado hasta los últimos detalles con el fin de parecer una ciudad. Las aceras no estaban absolutamente limpias, las papeleras contenían algo de basura, los semáforos seguían funcionando para nadie, junto a un kiosco de prensa había un fardo de periódicos del día, con las noticias del día anterior, noticias reales que él recordaba sobre el funcionamiento normal del mundo. En una calle encontró un coche aparcado en doble fila con el motor encendido y los cuatro intermitentes parpadeando, como si el conductor hubiera bajado para volver en medio minuto, pero no se veía ninguna actividad cerca, el ruido del motor del coche, a pesar de ser leve, alteraba el silencio general como una tos en una sala de conciertos. Se acercó al coche, abrió la puerta del conductor y giró la llave de contacto, el motor paró y se conectaron los ventiladores del coche, hacía mucho más de un minuto que el coche estaba en marcha. ¿Era posible que hubiera desaparecido todo el mundo, todos los animales, así por las buenas?. ¿Y por qué él no?. Encontrarse ante una situación tan irreal le produjo un vahído, se apoyó un instante en el techo del coche que acababa de parar, inspiró lentamente, volvió a recobrar la serenidad, estado que cuadraba a la perfección con todo lo que le rodeaba. Siguió caminando y en una esquina divisó una comisaría de policía con las luces encendidas. Se aproximó a las puertas de cristal y observó el interior perfectamente iluminado y desierto como el resto de la ciudad. Atravesó la entrada y comprobó, adentrándose en cada oficina y abriendo todas las puertas, que ningún ser humano habitaba aquellas dependencias, sin embargo flotaba en el aire una sensación de vida que sólo quebraba la evidencia de su ausencia. Un vaso de café con leche, frío, a medio terminar, una silla retirada de la mesa como si su dueño acabara de levantarse para ir a algún sitio, una radio pequeña sobre una mesa cuya única emisión era la estática, la calefacción estaba en marcha. A pesar de todo, la inmovilidad era absoluta, sólo su paso aleteaba algunos impresos sobre las mesas y las mangas de los abrigos que colgaban de las perchas. Salió de nuevo al exterior y puso rumbo al edificio donde trabajaba caminando por distintas calles, todas con el mismo aspecto, parecían calles de madrugada a plena luz del día, sin tránsito, con todos los coches aparcados, sin actividad.

Cuando llegó a la entrada del edificio, activó su pequeño mando a distancia, el Mercedes emitió unos pitidos y desbloqueó las puertas. Decidió averiguar hasta dónde llegaba la desertización fulminante con la que había amanecido el día.


 

7

Hacía tiempo ya que Pedro no me miraba. Creo que hasta dejé de ponerme guapa para él.

A mí me encantan las margaritas, es mi flor favorita, y él lo sabía.

Un día me regaló un ramo entero, arrancó una, me miró y me la puso en el pelo. Me puse tan nerviosa... pero es que mi pelo no aguanta, se me caía. Sin darme cuenta mis dedos jugueteaban con ella. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere... ¡oh no!, no me quiere. No quise conformarme y arranqué otra: me quiere, no me quiere... no, tampoco me quiere. Tampoco me quiere. Tampoco me quiere. Deshojé el ramo entero esperando que alguna margarita me dijera que sí. El ramo entero me dijo que no. Luego me lo dijo él.


 

8

Eran las dos del mediodía, había recorrido casi cuatrocientos kilómetros de autopistas rumbo norte sin encontrar absolutamente a nadie. Al pasar por los distintos puestos de peaje había tenido que bajar del coche, entrar en las cabinas de control y pulsar botones al azar hasta descubrir cuáles eran los que abrían las barreras.

Estaba en el último peaje español, los siguientes metros ya eran suelo francés. Había aprendido a abrir las barreras con destreza asomándose por la ventanilla de las cabinas de peaje. Los coches ordenadamente aparcados y en escaso número, se divisaban inmóviles en el área de servicio próxima al peaje. La mañana había transcurrido y el miedo inicial ante un hecho tan excepcional se había transformado hasta convertirse en una tranquila y sosegada búsqueda del motivo que había hecho desaparecer a todo animal viviente en todo el territorio que había podido abarcar, contando además con que en ninguna emisora se oía más voz humana que las pregrabadas en programas musicales. Tan cerca como se encontraba de la frontera francesa era de esperar captar alguna emisora gala, pero todas permanecían en silencio o emitiendo el crepitante ruido de la estática. La calma reinante, de alguna forma, vaticinaba que en algún momento podía irrumpir la presencia de alguien más, pero la realidad no podía ser más dominical y campestre, sólo faltaba el piar de los pájaros.

En el restaurante del área de servicio, absolutamente desierto, todavía quedaban algunas bandejas con restos de comida sobre varias mesas, vasos de plástico con cervezas desvaídas y migas de bocadillos en los asientos de plástico de las sillas. Ver estos restos del sosegado desastre de desaparición masiva le convencían de su cada vez más completa soledad. Sin embargo se sentía cada vez mejor, aun se movía con dificultad en un mundo tan desconocido, como cuando uno mastica con una muela menos o se prueba momentáneamente las gafas de otro, con dioptrías tan distintas que obligan al ojo a recalibrarse para observar el universo de distinta forma. De un plumazo y de forma inexplicable habían desaparecido sus congéneres, pero también sus relaciones con ellos. Ahora, con tan pocas horas habitando un mundo radicalmente despoblado, se despojaba lentamente de las vestiduras imaginarias que le habían acompañado durante toda la vida, de pronto habían desaparecido todo protocolo social (porque una sociedad necesita por los menos dos individuos), podía hacer lo que se le antojara en el lugar que prefiriese del mundo (¿estaba vacío todo el planeta?). El lugar reservado a su intimidad, que hasta ayer había sido su casa, se había ampliado hasta abarcar todo un planeta, o quizá todo un universo. Una creciente excitación arrancaba desde sus tripas, rugientes ya a esas horas, y le subía hasta las comisuras de los labios provocándole una sonrisa que hacía muchos muchos años que no practicaba. Casi le pareció oír como rechinaban ciertos músculos de la cara que no utilizaba desde que tenía seis años, cuando ignoraba que existía todo un planeta habitado por personas que toleraban la mutua existencia tallando, desbrozando un camino propio con distancias precisas y establecidas para los demás. Entonces sí que se reía, con la boca grande, ignorando que tocarle una teta a una amiga de su madre era un acto no reconocido como prudente, como tirarse un pedo en el ascensor del hospital, como alcanzar un prestigio, como tener la necesidad del reconocimiento de los demás. De esos días de feliz ignorancia del resto del mundo hacía más de treinta años. Pero ahora ya no había nadie más, nadie ante quien justificar ningún acto, nadie a quien rendirle cuentas, nadie que pudiera enjuiciarle por cualquier cosa que hiciese o emprendiese. Todos estos pensamientos los tuvo en la fracción de segundo que tardó en observar la cerveza a medio consumir en un vaso de plástico y las migas caídas sobre algunas sillas, de pie, a la entrada del comedor con barra de auto-servicio, bandejas de plástico, sandwiches aparcados en batería tras las vitrinas del mostrador, bebidas, postres, y la caja registradora, abandonada. Sintió un pudor inevitable al colarse tras el mostrador y coger la comida que le apetecía, dos sandwiches de atún, una ensalada de quesos, una lata de cerveza y un cucurucho helado. Durante un instante todavía miró alrededor como buscando alguien a quien pagarle los siete euros de la comida, no se había despojado aún de un hábito practicado durante toda la vida. Dudó un poco al decidir su siguiente movimiento, como un ficticio autómata al que le fallase el cerebro positrónico, y poco a poco al principio, para ganar desenvoltura a continuación, se dirigió hacia la salida del establecimiento sosteniendo la bandeja entre las manos, con una sonrisa cada vez más amplia, mezcla del placer que le producía hacer algo prohibido y de lo legítimo de su actitud. Por primera vez en más de treinta años hacía algo que realmente le apetecía sin la presión interior de guardar y cumplir todo un compendio de pequeñas normas y recatos aprendidos, heredados y compartidos por toda persona nacida en sociedad, imbuida en el mar de la humanidad. Salió fuera, al radiante día invernal, avanzo unos pasos y se sentó en el primer peldaño de los cuatro que descendían desde la entrada del restaurante, colocó la bandeja a su lado (fugazmente atravesó su cabeza la idea de que saliera alguien corriendo desde el interior del restaurante y tropezara desastrosamente contra el obstáculo inesperado), desenvolvió el primer sándwich, dejó el plástico sobre la bandeja, dio un primer y tierno mordisco y respiró tranquilamente observando el suave mecerse de las copas de los plataneros plantados en abundancia en toda el área de servicio.

Nunca se había casado, había mantenido tres relaciones largas e intensas que habían ido fracasando en el mutuo desinterés, en la falta de caminos comunes. Tenía poca familia a la que veía de vez en cuando y algunos buenos amigos a muchos kilómetros de distancia. ¿Qué habría sido de ellos?, ¿habrían muerto?, ¿habitarían en otro universo en el que el único desaparecido era él?. No sentía pena porque había ido desechando la idea de una tragedia, de momento no tenía indicios suficientes para explicarse la extraña desaparición global, pero no presentía que fuese una muerte colectiva de todo ser vivo (excepto las plantas y quizá las bacterias que había dejado incubando en las placas de Petri), más bien como un desajuste en la existencia que conocía, pero si era así, ¿en que consistía?. Todas las posibles respuestas que aparecían en su mente se deshilachaban inconsistentes, necesitaba conocer a fondo qué había ocurrido.

Terminó de comer y con el estómago satisfecho fue adentro del restaurante para vaciar la bandeja en una de las papeleras. Si de repente el mundo entero se había convertido en su casa le apetecía mantenerlo limpio, actitud que en realidad le había acompañado desde siempre. Ahora le apetecía fumar y se había quedado sin tabaco, se dirigió a la maquina expendedora y sonriendo por la funcionalidad que habían adquirido las monedas, desvestidas de todo poder moral o de la codicia, dada la nueva situación, introdujo las necesarias, eligió su paquete de cigarrillos y mientras la máquina devolvía el cambio y decía "su tabaco, gracias", él se alejaba ya hacia la salida abandonando la calderilla en el buzoncillo de las monedas.

Le quedaba poca gasolina, así que se dirigió a pie a la gasolinera cercana al restaurante. Estaba perdiendo todo sentido de la prisa, total no llegaba tarde a ningún sitio. Estaba abierta, ahora tenía que averiguar cómo dar servicio a las mangueras de combustible desde la caja registradora del interior de la tienda. Al cuarto intento consiguió abrir el servicio de todas las mangueras. En la vía donde él debía repostar había un coche estacionado, con las puertas desbloqueadas pero sin la llave de contacto. Se sentó al volante, quito el freno de mano y puso punto muerto, a continuación bajó, cerro la puerta y empujo el coche unos metros más adelante para dejar sitio al suyo, que veía, desde allí, parado frente al restaurante, reflejando el leve sol de invierno en sus redondeadas aristas cromadas. Realmente tenía, cada vez más, la sensación de que todo lo que le rodeaba era su casa, sensación potenciada por la ausencia de ruidos, salvo los que provocaba él mismo, y que daban un aire doméstico a todo lo que le rodeaba, su coche, su restaurante, su gasolinera, su suelo asfaltado, sus árboles, hasta su otro coche abierto y sin llaves. Se encaminó tranquilamente a su coche, con las manos en los bolsillos, impregnado por la indolencia de saberse libre de todo compromiso. Arrancó el coche, lo dirigió junto a la manguera de combustible y llenó el depósito. Después subió al coche y reflexionó un instante sobre su rumbo, nunca antes se había planteado la posibilidad de poder elegir un destino cualquiera en un miércoles laborable. Podía sencillamente quedarse por allí y echar un vistazo por los alrededores, aunque suponía que, aun sin haberlo visto, conocía todo aquello, al fin y al cabo no estaba tan lejos del lugar en el que vivía desde hacía muchos años. Ahora que tenía la absoluta libertad de ir donde quisiera, le apetecía interrogarse sobre sus verdaderos deseos. Por primera vez pensó que quizá este estado de gracia terminaría tan súbitamente como empezó, y ¡no quería!. Le sorprendía este pensamiento, el miedo primero se había transformado en un verdadero placer ante la libertad recién regalada, recién estrenada. Ahora que la había asumido, ahora que estaba empezando a notar la poderosa fuerza que brotaba en su interior y que le empujaba a cuestionarse sobre sus verdaderos deseos, como si en toda su vida pasada no los hubiera atendido. ¿Qué había estado haciendo entonces?. Sus manos reposaban en el volante del vehículo aún inmóvil junto al surtidor, miraba al frente, sin mirar nada en concreto, a través del parabrisas: el otro coche empujado hacia adelante, los campos, las montañas al fondo, mientras estos pensamientos lo alteraban interiormente produciéndole un pellizco de excitación, en las tripas, en la boca del estómago. De repente, el mundo se estaba convirtiendo en un terreno virgen por explorar, lo que estaba sintiendo se parecía mucho a la lejana alegría que sentía, siendo niño, por cosas diminutas que sin embargo dilataban el fluir del tiempo hasta tal punto que los días y las semanas residían en su mente como objetos sólidos, con forma, y color, los domingos en rojo, los demás festivos en cursiva (¡objetos cursivos!). Los años eran vastas extensiones de futuros lejanísimos poblados de excitantes misterios y aventuras. Se instalaba en él una curiosidad, unas ganas de existir y palpar todo lo que le rodeaba como si fuera la primera vez que lo viera, que hinchaban su pecho y estiraban su sonrisa, gradualmente, reconvirtiéndolo en la persona que fue cuando comenzaba a vivir sus días, pero con la capacidad multiplicada de comprender y de disfrutar, que entonces, a tan corta edad, aún no había desarrollado.

Junto con este silencioso torrente interior fue surgiendo una idea, un viaje. Arrancó el motor, enfiló despacio hacia la salida del área de servicio, y cuando se incorporó a la autopista, giró en redondo y puso rumbo a su casa circulando por el mismo carril que había utilizado para llegar hasta allí, es decir, en prohibidísima y kamikaze dirección, se aferraba al volante como si en cualquier momento pudiera aparecer otro vehículo en la dirección correcta y empotrarse mortalmente contra él. No aguantó ni dos minutos la enorme tensión de conducir en dirección prohibida por una autopista, así que en cuanto apareció el peaje cercano al área de servicio levantó la barrera del carril adecuado y condujo a toda velocidad rumbo a su casa.


 

9

Pedro no quiso explicarme nada, se fue para siempre y me dejó un gran silencio. La casa me parecía más grande que nunca. Empecé a hablar con los muebles. Dejé de abrir las cortinas por las mañanas. Y tardé dos meses en hacer la compra. Mi frigorífico se quedó igual de vacío que yo. Mis duchas se convirtieron en largos baños de agua salada que chorreaba de mis ojos. Los relojes empezaron a tictactear gritando y aprendí a dormir a todas horas.

Abrí los ojos hinchados de golpe, ¡el teléfono!, ¿Pedro? ¡oh, si es Dudabel!, ¿lo cojo? ¿qué le digo? ¿sabrá lo de Pedro?... se cortó y respiré nerviosa como si de repente algo se me hubiera resuelto solo. Pero... volvió a sonar y sin pensarlo me lo puse al oído. ¿Dudabel? Me preguntó qué estaba haciendo, no me dejó responderle, en quince minutos estoy en Sevilla, nos vemos en la puerta de las Sirenas y me colgó.

Me lavé la cara, me miré al espejo y me resigné, salí dejando atrás un gran portazo.

Dudabel y yo apenas habíamos compartido nada. La conocía porque era la novia del mejor amigo de Pedro. Con ella había patinado un par de veces, y fue ella la que convenció a Pedro para que me regalara unos patines por Navidad. Dudabel me dijo que ella no sabía contar nada, que sólo sabía preguntar. Ese día a mí no me preguntó nada.

Empecé a hablar con ella como si hiciera días y días y días... que no hablaba con nadie, y es que así era. Se lo solté todo de golpe, atragantándome con las palabras. Mi mayor preocupación era que tenía que buscar piso, no quería seguir viviendo en ese piso verde, quería empezar de nuevo, en otro sitio, y es que el tiempo pasaba fuera y yo empezaba a darme cuenta.

Mientras, no paraba de hablar, llorar, suspirar, tartamudear... miré a Dudabel, por primera vez en mucho tiempo me vi contándome y luego me avergoncé y me callé.

Dudabel se levantó con una sonrisa, me cogió de la mano, me levantó y me dijo:

-         Vamos a buscar piso.- Y salió corriendo tirando de mí.

Ese día llamamos a un anuncio que encontramos en la calle, que por cierto en ese momento me encontré con un libro bajo el brazo, como siempre, a Diego, nos saludó y se fue con su sonrisa y su libro.

Quedamos con el dueño de un piso, lo vimos y nos lo quedamos, ¡qué fácil fue!.

No había quedado con nadie, simplemente me apetecía salir a dar una vuelta, sólo, porque la atmósfera ya era irrespirable. Qué pena, qué fracaso, yo amaba a esa mujer pero erré el camino, tendría que haberme bajado mucho antes de ese tren. Y no lo hice, acepté cambios en mi vida que la orientaban a una vida mucho más estable, más cabal, más adulta, pero no debería haberlos aceptado, porque todavía soy un niño, porque vivir es un juego y lo único importante es morir a tiempo de haber disfrutado plenamente de la única partida que tengo. Así que me embarqué en proyectos que no eran míos porque pensaba que el amor me compensaría, pero no, ese amor no compensa, ese amor siempre acaba en pantomima porque el amor que yo esperaba era un invento de mi imaginación. En todo caso debería haber prestado atención al amor por mí mismo y haberme negado a participar en esos proyectos ajenos, proyectos de ella. Cierto que todo hubiera terminado entonces, pero es que así debería haber sido, porque el retraso en esas decisiones sólo me trajo complicaciones y dolores del alma. Dos años de caída en picado lenta e imparable.

Yo sólo quería salir un rato, de copas, porque después de tantos meses engañándome a mí mismo en dosis imperceptibles, venenosas sólo a largo plazo, ya no tenía ni la lucidez, ni las fuerzas, ni las ganas de enmendar nada. Ya sólo me quedaba el deseo de escapar. Huir y descansar, harto de tanto desamor. Un gran error, un gran aprendizaje, un gran dolor.

En la calle hacía un calor bochornoso, era medianoche y el termómetro marcaba treinta y cinco grados. A pesar de la climatología, aparentemente desagradable para estar lejos de una habitación bien climatizada, el centro de Sevilla estaba a rebosar. Gente sudando, gente hablando a gritos, que es como se habla en esa ciudad, con una copa en la mano, gente con poca ropa encima, gente sonriendo, hormigueando las terrazas de albero, esa arena amarilla y ocre que identifica inequívocamente a Sevilla en cualquier retina, la arena de las plazas de toros y de la Feria de Abril.

Daba igual que hicieran treinta y cinco grados y fuera el comienzo de la madrugada. Al contrario, era una excelente alternativa estar en la calle bebiendo cerveza y charlando banalidades con gente querida, o apreciada, o desconocida, sobre todo si además es en la Alameda. Porque aunque no tenga bares especialmente agraciados en nada, hay muchos, y además, desde hacía unos años era centro de reunión de gente bohemia y con ganas de vivir en presente, pero también de gente de toda índole, los menos. La Alameda de Hércules, para quien no lo sepa, es una plaza rectangular de unos trescientos metros por treinta, cubierta de albero y circundada por grandes árboles de los que sólo dos son álamos, y vuelta circundar por bares con veladores en la calle. Un sitio antaño repudiado por ser nido de prostitutas y maleantes, y ahora reconvertido por Don Dinero en hogar de niños bien a los que les molaba vivir en el casco histórico de la ciudad a dos pasos de El Corte Inglés.

A la primera cerveza siempre le arranco la mitad del contenido de un solo trago. Me encanta que entonces me lagrimeen los ojos por el frío y el gas carbónico del líquido. Aunque bebía en solitario, no tardaron en aparecer amigos con los que compartir conversación un rato. No duró mucho la tranquilidad, porque recibí una llamada al móvil de esas que presagian desastres. Dejé la cerveza inacabada, la conversación a medias y volví al epicentro de mi pequeña tragedia particular. Temblores, temblaron los labios, temblaron los ojos, no tuvimos fuerzas para hacer muchos aspavientos y decidí abandonar, tarde y mal, aquel campo de batalla que una vez fue un refugio cálido.

Los días siguientes, aunque entorpecidos por el dolor, también estaban iluminados por lo que, en realidad, debería estar iluminada siempre mi vida, el gozo de lo inesperado. De nuevo, como tantas veces me ha ocurrido, cada día, cada hora, estaban abiertos a cualquier posibilidad. La libertad, al final, no es más que eso, una argucia de la psique, quizá estaba haciendo lo mismo que el día antes, pero había más adrenalina en mi sangre, me sentía más vivo, más yo mismo, más libre. Con el tiempo he aprendido que la Realidad es tan voluble que puedo corregir mi estado de ánimo focalizando mis pensamientos en las ideas de mi presente que más me llenan, que más me emocionan. Esa, quizá, es la única diferencia entre ser optimista y ser pesimista, elegir la idea adecuada que inunde mi materia gris y despreciar las demás. El Banco ha cancelado mis tarjetas, ha devuelto mis facturas y en un plazo probablemente corto dejaré de disfrutar de estas banalidades de tener teléfonos y cable para internet y un coche con el depósito lleno y otras maravillas del siglo veintiuno, pero yo me concentro en que quizá a final de la tarde podré ir a las ruinas de Itálica, que es gratis entrar, y sentarme en alguna piedra labrada hacer dos mil años, con los avíos de escribir y de leer para quedarme enmimismado, mientras el sol va cayendo con su temperatura terrible, navegando entre mis textos y los de otros. Me concentro en esa idea y todo resulta más sencillo, todo lo que tengo que resolver cuesta menos así.

Igual que tras una borrachera contundente o un atracón de comer, el cuerpo no quiere que entre nada más sino sólo expulsar y depurar, así me sentía el alma en los días sucesivos respecto a todas mis pertenencias. ¡No quería ni una!

Tardé mucho en encontrar piso, todo estaba impagable. Viviendas horribles a precios vergonzosos. No me di cuenta de que buscaba un piso vacío hasta que vi uno por casualidad. Todo blanco, lleno de luz y de resonancia.

Entré con el chaval de la inmobiliaria y me gustó el torrente de luz que se colaba por el balcón. Balcón con persianas de las antiguas, de las de listones de plástico blanco, que se enrollan de abajo hacia arriba gracias a un cordelito pasando por una pequeña polea superior. Persianas de las de antes, de cuando yo era un niño y mi tía y su madre, mi abuela, me hacían pan frito y lo ponían en el zócalo de la ventana para que se enfriara, yo me asomaba de puntillas al borde de la ventana y movía aquella persiana, igual que estas pero de listones verdes y madera en vez de plástico, intentando cazar algún trocito de pan. Recuerdo con nitidez el tableteo, muy parecido a éste que oigo ahora, cuando aparto las persianas para ver el barrio al que quizá me venga a vivir. Un barrio de inmigrantes africanos, rusos, mejicanos, ecuatorianos, brasileños. Seguramente yo era allí el único sevillano, minoría entre minorías. También es el barrio más limpio y mejor cuidado de cuantos conozco en la ciudad.

Me lo quedé, claro. No había ni casquillos de bombillas, ni frigorífico, ni lavadora, ni instalación de gas, una ventana rota y el único mueble era una especie de recibidor de edad avanzadísima cubierto con papel de periódico y sobre el que reposaba una botella de lejía.

Ya tenía dos llaves y dos pisos, ahora sólo me quedaba habitar uno y deshabitar otro. Dudabel tardaría un mes más en mudarse.

Cada día que pasaba era más largo que el anterior y pesaba más. Creí que ya no podría con más peso. Me miré a un espejo y me detuve en los ojos, tenía un montón de arbolitos rojos dentro. Mis lagrimas los regaban, cerré los ojos y seguí viéndolos. Salí de ese espejo y me metí en otro, mucho más grande, podía verme entera y todo lo que me rodeaba, sin embargo no me veía nada. Veía la Nada.

Dentro de ese espejo entendí mi desesperación, me volví, me agarré las orejas clavándome las uñas y grité y grité abandonando mis modales. Imaginé que hacía una gran O en el suelo, me hice lo más pequeña que pude y me metí dentro para que no me pasara nada más.

No sé cuánto tiempo había pasado y tampoco quería saberlo. Intenté ser valiente y saqué poco a poco mi cuerpo de ese círculo, cogí un papelito, escribí “Tengo piso nuevo y por primera vez tengo una habitación para mí sola” y lo pegué en el espejo.

Al día siguiente me llamó Dudabel para decirme que me había comprado un tazón para desayunar. Lo escribí en otro papelito y lo pegué en mi espejo. Todos los días tenía algo bueno que recordarme, llegó un día en el que fui a mirarme al espejo y no me veía, sólo veía todas las cosas buenas que me habían pasado en los últimos tiempos.

Sonreí, cogí el espejo bajo el brazo, me lo llevé a la nueva casa, y ese día empecé la mudanza.

Decidí habitar esa casa como un ermitaño. Traería un colchón, frigorífico, lavadora, gas, internet, bombillas y unas estanterías para colocar la ropa y algún libro. Un ermitaño urbanita, un urbataño.

Después los planes nunca salen como se proyectan, pero con eso ya contaba. Tardé en instalarme, todavía recurría a quedarme en casa de algunos amigos porque necesitaba exteriorizar todo lo que estaba viviendo. Siempre necesito contarlo todo, siem, siem, siempre. Cuando más me gusto es cuando me muestro completo, cuando tengo permiso para contarle a quien me quiera oír todo lo que me pasa por las entrañas. Lástima que esto no ocurre tan frecuentemente como yo querría.

Lo primero que hice fue pintar las puertas de blanco. Necesitaba más blanco, una casa blanca, un papel en blanco, un punto de partida donde escribir mi historia, vacía, sin muebles. Como no había pintado puertas nunca en la vida, el primer intento fue un poco desastroso, tardé horas en pintar una sola cara, quedó horrible porque aún se veía la pintura marroncísima de debajo y los brochazos eran irregulares, el papel de periódico que puse en el suelo para no manchar se quedó pegado bajo la puerta, se quedó pegado en mis pies, se quedó pegado en el suelo y después tuve que desmontarla para arrancarlo todo. La experiencia, por fortuna, es acumulativa, y la segunda cara quedó bastante mejor. Cuando me enfrenté a la segunda puerta, era ya todo un experto. Repetir el proceso con el resto de las puertas fue coser y cantar.

Cuando sólo hubo un sofá azul, me pasaba las tardes tumbado, leyendo y reflexionando, disfrutando de la luz del sol que entraba por el balcón.

Después busqué una lavadora que costó horrores subir por las escaleras, un frigorífico que costó aún más, una hornilla de butano y varias estanterías que utilicé indistintamente para colocar libros, utensilios de cocina y ropa.

El primer lavado siempre es mi evento memorable cuando me cambio de casa, como la botadura de un barco, así que cargué el tambor de la lavadora, añadí detergente y suavizante, seleccioné el programa cuatro, para blanco poco sucio y pulsé el botón de encendido. Las tuberías comenzaron a gorgotear y el tambor dio sus primeras vueltas. Cogí una palangana de plástico que tenía a mano, la puse bocabajo y me senté a contemplar el hipnótico giro de la ropa revuelta en jabón. El programa cuatro dura dos horas y cuarenta minutos, y sirve para blanco poco sucio, como dicen las instrucciones, pero también sirve para ropa de color, que es lo que yo había metido en realidad, ropa de todos los colores, incluido el blanco, que no es un color, sino una obscenidad, como dice Rachel. Es relajante observar un lavado completo, me recuerda a otros lavados que hacía en una lavadora que había en un jardín que tenía un algarrobo enorme y centenario bajo el que me sentaba a observar el proceso. Tener tiempo para una necedad así es tener tiempo para vivir.

Compré grandes maceteros que colgué del balcón y los llené de flores: geranios y gitanillas, y colgué cuadros de mis amigos por las paredes. Más que una vivienda parecía una galería de exposiciones.

Por las noches abría el balcón para que corriera algo de brisa inexistente, y me dormía contando las estrellas.

Empecé a hacer de aquella casa mi casa. Descolgué aquellos cuadros de repinte y los escondí. Cambié las cortinas, coloqué libros, puse una planta en el balcón y mi cepillo de dientes en el baño.

Me asomé a mi nueva habitación y me quedé apoyada en el marco de la puerta sin atreverme a entrar y de pronto quise llenarla corriendo, me metí las manos en los bolsillos, esperando encontrarme un montón de tesoros como me pasaba cuando era pequeña, pero estaba vacío y volví a recordar que soy una adulta. Así que pisé la línea de la puerta y pensé como adulta. Tengoquetrabajartengoquetrabajartengoquetra-bajartengoquetrabajar... Y suspiré.

Me dolían los brazos de cargar con las cosas, las piernas de subir y bajar tantos escalones, la cabeza de tanto pensar y la boca de tanto simular sonrisa.

Era la primera vez en mi vida que tendría una habitación para mí sola. De pequeña lo deseé tantas veces que ahora no podía creerlo. Así que decidí hacer de aquella habitación, la habitación que nunca tuve y siempre me hubiera gustado tener de pequeña. Lo pinté todo de rosa y la llené de una gran colección de todas las cosas rosas que encontré. Hice unas cortinas de tul de bailarina. Colgué estrellas por todas las partes que pude, cubrí mi cama llena de mis amigos los muñecos con una mosquitera rosa con un montón de mariposas revueltas, y poco a poco se transformó.

La primera noche que dormí allí no pude cerrar los ojos de tanta ilusión, no podía dejar de mirar la obra que acababa de construir. Y la última vez que entré creía haberme metido en la habitación de alguna princesa.

Hacía unos meses que no tenía noticias de Nada, desde que fue motivo de discordia en la casa que ya no es mi casa. Dejé de verla, de hablarle, de escribirle. Otra concesión, otra puñalada autoinfringida, otro gramo de rencor donde ya había un generoso saco relleno. A pesar de la incomunicación no había dejado de tener presente a aquella personita de magia perturbadora, que durante unos pocos días inundó mis ojos de colores y mi alma de risas, además fue una musa, una pequeña, una musita, que consiguió hacerme escribir un cuento de un montón de páginas en esos pocos días, por el simple empuje de su entusiasmo por leerlo.

Hacía una tarde maravillosa, me apetecía pasear, conocer vecinos, el barrio... y ¿con quién me encontré? ¡con Diego! Era mi vecino y había decidido hacer justamente lo mismo que yo. No sé lo que me pasó, fue como en los dibujitos animados, Cupido me había tirado una flecha justamente es ese momento y me sentí totalmente enamorada de ese hombre. Estaba más guapo que nunca y a mí sólo se me ocurrió decirle hola y adiós y me volví dejándolo atrás como si todo el mundo me mirara.

De repente, el mundo empezó a recordarme, yo que creía haber pasado veinticinco años desapercibida ante él, y me equivoqué. Ismael, el guitarrista de un grupo me llama:

-         Nada, que tocamos este finde, ven.

Y yo ingenua de mí le respondo:

-         ¿Yo?, yo ya no, Pedro y yo ya no...

Y me dijo que lo sabía, que él me llamaba a mí porque quería que yo fuera. Lo escribí en un papelito y lo pegué en mi espejo.

Dejé de ser Pedro y yo, la gente me reconocía como un ser independiente. Todos sus amigos sin excepción me llamaban para quedar conmigo. Todos me dijeron lo que siempre me habían querido decir y nunca antes me dijeron. Me puse a pensar en Dudabel y me di cuenta de lo que Pedro me había aportado, de lo que me había dejado después de dejarme. Un montón de amigos. Y me sentí bien.

Un día encontré dos llaves nuevas en el piso, en una ponía “Azotea”, quise subir, allí arriba me di cuenta que hacía falta subir un montón más de montones de escalones para acercarme un poquitín más al cielo. En la otra llave ponía “Buzón”, y bajé para abrirlo, y... encontré un sobre amarillo para mí, era de Alemania, de Diana Rodríguez para contarme su viaje, ¡mi primera carta!.

En mi espejo los papelitos empezaban a subirse unos encima de otros. Pensé que mi autoterapia ya había funcionado. Ya no hizo falta escribirlos más, ya era capaz de reconocer todos eso buenos momentos en mi interior.

Mientras estuve sola sin Dudabel en el piso, aprendí a escuchar el silencio, dejé de poner música mientras hacía las cosas y mi voz empezó a endurecerse de tanto reposar. Cada día me iba acostumbrando más a mi nueva casa y dejé de sentir la sensación de estar de vacaciones. De vez en cuando venía Dudabel y traía verduras y frutas del huerto que tiene allí en su pueblo.

Me decidí, cogí el teléfono apretándolo fuerte para no arrepentirme, marqué el teléfono de Diego, hizo la llamada, me lo cogió... y le colgué. Respiré hasta vaciarme y me estaba llamando él. Descolgué el teléfono y le respondí sin aire en los pulmones con una voz rota.

-         ¿Nada?, ¿eres tú? – preguntó

Y lo invité a cenar.

Yo miraba por el balcón pensando en cómo habitar ese espacio recién alquilado y sonó el móvil en mi bolsillo, una llamada perdida, de un número que no estaba mi agenda, pero tengo buena memoria para los números y el corazón me dio un vuelco al reconocer el número de Nada. De nuevo este universo conectado por hilos que no consigo ver pero que percibo con claridad.

La llamé y quedamos para cenar. En el bar de Las Madres, sentados en sillas de plástico rojas de la Coca-Cola. Decidimos que era un día especial, porque había sido especial encontrarnos y porque en su momento fue especial cómo nos conocimos, así que había que pedir alguna comida especial, pero el bar de Las Madres es un bar de barrio, de tapeos y comida llana y sencilla, aunque había pizzas, de muchas clases. Leímos la lista completa y la única que podía servir para una ocasión así como de festejo, era la pizza treinta y seis, la Suprema, que llevaba tomate, mozarella, orégano, caviar y salmón. De beber pedimos cava. Y nos reímos mucho, los camareros también. Entonces ella me relató, a veces con detalle, a veces muda, sólo con alguna mirada perdida, su pequeña gran tragedia personal. Lloró y me entristeció verla así, yo tampoco tenía un estado de ánimo como para alegrar a nadie, pero con esfuerzo conseguimos reírnos de tantas penas.


 

10

Cuando paró el motor en el garaje aún no habían dado las seis de la tarde, oscurecía en púrpura frente a su casa, en el horizonte mediterráneo. Sólo hacía unas horas que había abandonado su hogar y cuando abrió la puerta de madera de la entrada, miró el interior, el salón, los muebles, sus libros, como si hiciera mucho tiempo que no los veía. Hasta casi pudo percibir el olor a cerrado de las casas deshabitadas por una larga temporada. Activó, pulsando una tecla, el monitor de su ordenador en reposo, constantemente encendido, conectado a Internet sin interrupción, y formuló una consulta sobre mapas que abarcaran desde su situación actual hasta las costas del norte del país. Mientras el ordenador buscaba y procesaba su petición, encendió la televisión con el mando a distancia y comenzó a desvestirse para cambiar su traje de trabajo por ropa de andar por casa. Los ruidos de los aparatos encendidos le parecían, de pronto, un estruendo a la luz del silencio recién descubierto. Ningún canal, local o internacional, transmitía nada en directo. Sólo unos cuantos canales del satélite emitían cine programado por los ordenadores incansables y ajenos a la desaparición de sus dueños. Ver actores en las distintas películas fue impactante. Por una fracción de segundo sintió que en la tierra sólo habían quedado él y Penélope Cruz. Pues sería un puntazo, pensó, y soltó una sonora carcajada que oyó como ajena, porque hacía mucho tiempo que ni se reía así, ni utilizaba palabras como puntazo. El cambio interior cobraba cuerpo, se instalaba como alma nueva. Apagó la televisión, puso un CD de música clásica y volvió al ordenador para imprimir todos los mapas encontrados que cubrían el territorio solicitado. Sólo pudo oír la música durante cinco minutos, después le pareció que, a pesar de su belleza, ultrajaba el silencio con el que de pronto había sido obsequiado. La paró, y además del zumbido de la impresora, sólo pudo oír las mansas olas derramándose rítmicamente sobre la playa frente a su casa. La de tiempo que hacía que no oía esas olas, pensaba. Fue a su habitación, abrió los armarios, y en jarras, contemplativo, se quedó inmóvil decidiendo qué tipo de equipaje es el que tenía que preparar. Había decidido hacer su viaje al norte a pie, él que nunca había sido un gran caminante. Le divertía la idea y por otra parte tampoco tenía nada que perder. Cogió un pantalón de chándal, unos vaqueros, dos camisetas de manga corta, calcetines de deporte, zapatillas, también deportivas, y un anorak inflado y liviano que aislaba del frío como una piel de oso. En otros armarios buscó una gorra, unos guantes, una linterna y los objetos consiguientes eran una cantimplora, un saco de dormir y una mochila, pero de eso no tenía. Los dejó para más tarde y preparó un pequeño neceser con pasta de dientes, cepillo, hilo dental, agua de colonia, desodorante, maquinillas de afeitar eléctrica y manual, espuma de afeitar y una pastilla de jabón. Reflexionó un instante sobre lo adecuado de la selección y volvió a soltar una carcajada que mantuvo mientras vaciaba el neceser sobre el mármol del lavabo y escogía únicamente el cepillo, la pasta de dientes y el hilo dental. Volvió al coche para ir a comprar (¡a comprar!) la mochila y lo que le faltaba para este viaje no planeado. El hipermercado al que solía ir siempre estaba cerrado, eso le hizo pensar que sólo estarían de servicio aquellos establecimientos que estuvieran abiertos la noche en que sucedió la desaparición global, y que en el resto del mundo, seguramente, había ocurrido lo mismo pero a las horas correspondientes, si es que el fenómeno había sido simultaneo en todo el planeta, así que en Australia estaría todo abierto, a no ser que fuera fiesta nacional. Se dirigió a un 24 horas. El establecimiento estaba desierto, como todo lo demás, pero las puertas automáticas le franquearon la entrada. Cogió un carrito y fue en busca de la sección de campaña. Cogió unas botas de montaña, una mochila, una cantimplora, una brújula que al final decidió descartar, un saco de dormir, un gorro de lana y, antes de pasar por caja, cogió frutos secos: nueces, cacahuetes, pasas y tiritas, seguro de que sus pies se las reclamarían en algún momento. Llegó a las cajas y, resuelto, paso por una de ellas; saltaron las alarmas. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?, pensó en dejarla sonar pero el sonido era tan insoportable en el mar del silencio que tuvo la paciencia de buscar el botón que desactivaba el mecanismo. Por pura costumbre, hizo cálculos y la compra ascendía a unos doscientos euros, bueno, aunque no lo pagó, podía haberlo hecho en condiciones normales. Volvió a su casa contento con la compra (¡ja!), vació las bolsas sobre el sofá del salón y fue organizando su improvisado equipaje de campaña metiéndolo todo en la mochila recién estrenada.

Deseaba partir inmediatamente, pero decidió que sería mejor hacerlo a la luz del día, el reloj pasaba de las ocho de la tarde, ya era de noche y pensó que antes de irse debía dejar la casa preparada para una larga ausencia. Así que comenzó a limpiar, a fregar platos, a doblar ropa y a vaciar de la nevera todo lo perecedero. Preparó una cena ligera y se llevó un libro a la cama. Antes de la medianoche dormía profundamente.

Durante la madrugada, en la oscuridad más absoluta, en uno de los bolsillos de su americana colgada en el interior del armario, miles de bacterias crecían exponencialmente en el espacio hermético de la placa de Petri que había sacado del laboratorio.

A las siete de la mañana se despertó tranquilamente sin la compañía del despertador que la noche antes había decidido no conectar. Su cuerpo conocía el momento de activarse con la misma precisión que los circuitos electrónicos del aparato.

Le asaltó, tras un segundo de felicidad, la duda terrible, ¿habría sido todo un sueño?. Miró inmediatamente el despertador, agitado, y comprobó que estaba desconectado, se incorporó sobre los codos en la cama y echó un vistazo al trozo de salón que se veía desde allí. La mochila asomaba en el sofá. Se dejó caer de nuevo sobre la almohada respirando aliviado. Todo era real, había sucedido el día antes. Aún sin levantarse pensó en el viaje que quería hacer, pensó en levantarse rápido para partir lo antes posible, todavía cargaba con la inercia de hacer todo de una forma concreta y en un momento determinado; pero volvió a invadirle, pleno, la indolencia de no tener prisa, en absoluto. Dio media vuelta en la cama y se durmió.

Despertó cerca de las nueve. Miró los dígitos iluminados del reloj, largamente, cuando el minutero avanzó un minuto más alargó la mano hacia el enchufe y tiró hacia fuera. Con el enchufe en la mano observó, inmóvil, la pantalla negra y vacía del despertador. Ya no tenía sentido saber qué hora era.

Se levantó y abrió todas las ventanas y la puerta de entrada, el silencio, habitado únicamente por el compás de las olas, inundó el interior de la casa. Se duchó y desayunó sin prisas intentando adivinar qué se iba a encontrar en el viaje que estaba a punto de emprender. Un pellizco de emoción le rondaba el estómago.

Giró la llave en la cerradura de la puerta de entrada y la miró consciente de que tardaría tiempo en volver a verla. La mochila pesaba poco. Atravesó el jardín y comenzó a caminar junto a la costa, en dirección norte. Una ancha sonrisa le atravesaba la cara de lado a lado, de hecho se reía en voz alta cada poco porque sentía, en el sentido más sensorial del verbo, todo lo que le rodeaba. Oía la tierra crujir bajo sus pies, la luz de la mañana le parecía más real que nunca, los detalles de la costa, tantas veces ignorados a fuerza de verlos a diario, se le revelaban como por primera vez. A medida que caminaba era consciente del lento ascender del sol en el cielo. ¿Cómo era posible que todos estos abrumadores ingredientes del lugar donde vivía desde hacía años no le hubieran calado como lo hacían ahora?. ¡Es que estaba todo precioso, coño!.

El mundo parecía más amplio desde que lo pisaba en solitario y en silencio. Se detuvo en un punto cualquiera de su recorrido, allí donde una enorme roca junto a la carretera le permitió sentarse a descansar un rato, masticar unos frutos secos y beber un poco de agua. Todo le parecía nuevo, se detenía a tocar los árboles, a observar el perfil que las montañas recortaban en el horizonte. Al atardecer, y antes de que oscureciera, decidió quedarse en el pueblo al que estaba a punto de llegar.

El pueblo,  deshabitado como el resto, producía la sensación de vacío que reina en una sala de teatro sin público ni actores, sólo un decorado. Estaba acostumbrado a hablar consigo mismo de vez en cuando, pero en esta situación su voz sonaba demasiado alta.

Buscó un hotel para no tener que forzar ninguna puerta, y, aunque no había casas con dueño, se sentía incapaz de asaltar las viviendas ajenas, se imaginaba observado por ojos acusadores. Al entrar en el recibidor del hotel no podía esperar un botones que le atendiera o una recepcionista que le diera las buenas noches y anotara su inscripción, así que entró tras el mostrador de recepción y cogió una de las llaves de la primera planta. Por las ventanas de la habitación se veían las farolas del pueblo que acababan de encenderse. Dios mío, vivimos (¡o vivíamos!) engranados en una maquinaria, casi todo sigue funcionando para unos habitantes inexistentes. Inspeccionando el edificio encontró la cocina, y allí estaba él utilizando una sartén insignificante y una freidora en uno de las decenas de fogones que de pronto tenía a su disposición. Después de cenar fregó todo lo que había utilizado y, de camino a su habitación, pasó por recepción para buscar algo de música. El silencio estaba muy bien, pero más de un kilo empalaga, pensaba y se sonreía. Tras el mostrador de recepción encontró un pequeño radio-cassette y varios compactos, escogió uno de Diana Krall y subió a dormir. La voz profunda y dulce de la cantante le acompañó hasta que el cansancio le hizo hundirse en un plácido sueño.

A la mañana siguiente despertó en la misma postura que al acostarse, se sentía completamente descansado. Se duchó, arregló lo poco que había utilizado en la habitación y fue a la gran cocina, como Pedro por su casa, para desayunar. Trasladó el desayuno a la terraza del hotel y disfrutó de la primera y fresca brisa de la mañana junto al hirviente café con leche y la verde vegetación del cuidado jardín. A lo lejos, en el horizonte, despuntaban los picos escasamente nevados de los montes mediterráneos. Al terminar, recogió todo, se colocó tiritas nuevas en los pies y, tras abandonar el hotel, prosiguió su camino a pie hacia el norte. Quería llegar a la costa.

Durante más de tres meses recorrió la geografía que le separaba del que había fijado como su primer destino, siguiendo el mismo patrón de comportamiento. La mayoría de las noches dormía en algún albergue, hotel o pensión que encontraba en su camino, aunque cuando el clima se tornó más caluroso dormía al aire libre en prados, bosques y campos que encontraba de su agrado. Descubrió un cielo plagado de estrellas que ya no recordaba. La serenidad de sentirse minúsculo en un sistema incomprensible de escalas difíciles de asimilar. Esas noches sólo faltaba el chirriar de los grillos.

Una tarde, aunque ya lo esperaba por los mapas, el aire empezó a oler a sal y a humedad. Al poco, la enorme presencia del mar se dejó ver en el horizonte. Buscó alojamiento cerca del puerto de la ciudad a la que llegó y se durmió viendo mecerse, por la ventana de la habitación, los mástiles de las embarcaciones amarradas.

Jamás había subido a un barco. No sabía si, a pesar de que lo deseaba con fuerza, estaría “hecho para el mar”. Quizá él era un ser de secano de los que se marean en una barca en un estanque, pero hasta que no lo probara no saldría de dudas. Por la mañana, después del desayuno, paseó por los embarcaderos curioseando las distintas embarcaciones. Tenía claro que quería una grande para soportar bien el mar abierto, pero no tanto que se le hiciera inmanejable. Y quería motor. No se imaginaba capaz de aprender a manejar un velero por su cuenta y riesgo por muy bonitos que parecieran. Encontró un yate (¿era ese el nombre adecuado?) de unos doce metros de eslora, aparentemente de dos motores, el Trueno III, qué mono. Tenía dos cubiertas, la de abajo era la principal, tenía acristalado el interior donde se veía el timón (un volante como de Fórmula I), una cocinita, unos sofás empotrados alrededor del suelo enmoquetado y al fondo la puerta de lo que suponía el camarote para dormir. La popa del barco era un espacio abierto aunque techado de unos dos metros cuadrados, con el suelo de teca, al que se accedía desde el embarcadero por una puertecita que le llegaba a la altura de los muslos. Los alrededores de la cabina acristalada tenían un suelo blanco hecho de un material  antideslizante, y en la proa había una gran colchoneta tendida sobre la cubierta para tomar el sol. Una bandera ondeaba pausadamente desde el soporte en la punta de la proa (¿cuál sería su nombre?, porque seguro que lo tenía).


 

11

La noche en la carretera. Llevaba el coche cargado de músicos, de instrumentos y de humo de porros. Hacía sólo unos minutos que habíamos terminado el ensayo, Prudencio, el cantante, siempre afina cuando está deprimido, y esa noche lo había abandonado su novia número cincuenta y seis, así que estaba muy deprimido y cantó desgarradoramente bien. Yo me agarraba al bajo intentando seguir los requiebros de su voz negra, cerraba los ojos y oía su lamento de animal herido e intentaba colocar con rotundidad las notas graves de mi bajo eléctrico, los otros músicos, también con los ojos cerrados se dejaban llevar por la carga dolorida de la voz de Prudencio. Fue un ensayo poderoso. En el viaje de vuelta, rodeados de la nocturnidad del asfalto, comentábamos lo bueno y lo malo de cada compás mientras Prudencio sólo decía que tenía que rehacer su vida, que todo era una mierda. Los demás nos reíamos mucho. Pobre Prudencio, tantos amores y todos desamores. Es alguien a quien querer, siempre lo he dicho.

En cuanto conecté el móvil comenzaron a entrar los mensajes rosas de Nada, poesía transmitida y digitalizada a la velocidad de la luz desde su corazón al mío. Pero ya era tardísimo, mi coche seguía devorando kilómetros de asfalto y yo no me veía capaz de tentar mi cansancio en una visita relámpago a Nada. En mi afán de darle lo mejor de mí no quería reunirme con estas ojeras y la extenuación de varias noches sin dormir ante mi musa, mi musita. Pero las ganas eran tantas que agarré el volante con las piernas y tecleé un mensaje de respuesta y amor que atravesaría mi piel, la chapa del coche, y el aire caliente de la noche de verano para llegar a su móvil, seguramente bajo su almohada, diciéndole que sí, que nos encontraríamos fuera como fuese, contra todo pronóstico, contra todo cansancio, en cuanto dejase a los demás músicos en sus casas de alquileres misérrimos con varios meses impagados y con el casero como un ave rapaz en su busca y captura.

El ronroneo del motor conseguía a ratos que callásemos todos a la vez y entonces podía mirar las siluetas oscuras de los árboles moviéndose veloces a través de las ventanillas del coche y cada uno se quedaba a solas con sus pensamientos. A solas pero en realidad acompañados, porque entre músicos que viajan juntos al final nunca quedan secretos. Cada uno de nosotros sabía de los triunfos y pequeñas tragedias de los otros.

Yo pensaba en Nada, en encontrar un rincón oscuro de la ciudad donde poder hablar porque aun sin haberlo pactado así, nuestras bocas transmitían palabras y guardaban besos quizá para cuando hubieran cicatrizado nuestras heridas de batallas recientes y perdidas. Amores nuestros que fueron y se fueron y nos dejaron malheridos, renqueantes, amores con otros novios y otras novias.

La oscuridad se aclaraba a medida que nos acercábamos a las afueras de Sevilla, por la carretera de Madrid. Pasamos bajo las balizas del comienzo de pista, de una de ellas, del aeropuerto. Me gusta saber que cuando un Airbus 380 enfila el pasillo de aproximación a pista y el piloto echa un vistazo por las ventanillas, ve un camino de luces rojas que dibujan para él un sendero donde entrar con su aeronave y, en su concentración, y gracias a la oscuridad de la noche en el aeropuerto, alejado de toda luz proveniente de la ciudad, no se percata de que hay coches circulando por la autopista que pasa bajo las balizas, yo veo su tren de aterrizaje, la inclinación del avión imitando a la pose de un águila justo antes de cazar algún conejo, oigo el retemblor de sus turbinas y me imagino, por un instante, que mi coche es la presa y que el Airbus de quinientas toneladas lo va a enganchar por la ventanilla con una de sus ruedas y se lo va a llevar a un nido donde pequeñas avionetas Cesna pían y pían hambrientas.

Sevilla es una ciudad acogedora de noche. Quizá porque tiene árboles, edificios antiguos y farolas de luces anaranjadas que cuando se encienden crean un perpetuo atardecer, el momento de recogimiento para la mayoría de los bichos. Paré en una calle del centro para que bajasen los músicos, deseándole a Prudencio que encontrase esa noche a su novia cincuenta y siete, estoy acabado, estoy acabado, decía deprimido, y yo no podía parar de reír. De nuevo solo en el coche, sintiendo aún la reverberación de las voces de mis adorables músicos, pero en silencio al fin y al cabo, oyendo únicamente mi ruido interior y el trasiego constante del tráfico en el exterior, marqué el número de Nada.

-         Hola.

-         Hola.

-         Te recojo en cinco minutos.

-         Donde siempre.

-         Donde siempre.

Quedaron otro día, se encontraron donde siempre, se miraron y se pegaron, fue un abrazo tan grande que ella sentía en el corazón cómo le golpeaba el corazón de él. Tras un rato se acordaron de despegarse y se saludaron.

Diego empezó a hablar como siempre y Nada empezó a escucharlo sin oírlo como siempre. Pasaba el tiempo, la despedida se acercó a ellos y les hizo un gesto que ambos entendieron resignados. Levantaron sus cabezas sincronizados y tuvieron un tropiezo de miradas, con el susto se les cayeron las manos y cayeron las cuatro en el mismo sitio. Mi mirada siguió enredada en la suya, tan cerca que dejé de verla.

Poooco a poooco se iba abriendo un silencio graaande graaande, y PLOF, un beso lo explotó como un globo. Aparecieron las prisas de la despedida y cada uno se llevó a su casa el recuerdo de un beso nonato.

Nada huele muchas veces a canela, presiento su olor y todavía no ha subido al coche, sólo puedo ver, por el espejo retrovisor, sus pantalones de color butano y el corazón de peluche rojo que a veces lleva en el pecho. Veo cómo se acerca y ya presiento su compañía. Muchos años después pude constatar lo que ya adivinaba en aquellos primeros encuentros, Nada es como la esencia exquisita de un ser humano. No hay nada en ella grandilocuente, ni sus gestos, ni sus actos, ni sus enfados, ni sus alegrías, con el tiempo aprendí a saborear su compañía a pequeños sorbos porque es inútil beber dos litros de golpe de un vino excelente, no sabe a nada; ni comerse seis platos de un manjar magnífico agrada a ningún paladar. Nada estaba conformada por mil detalles, mil matices y no me fue fácil darme cuenta de eso.

Subió al coche, inundando de canela el aire cálido de la noche veraniega, nos miramos, sonreímos y partimos hacia algún lugar tranquilo donde hablar o donde permanecer en silencio. Hasta entonces yo jamás había estado tanto tiempo en silencio con nadie, a no ser que fuera durmiendo. Yo aparcaba el coche en algún lugar tranquilo, me giraba hacia ella y comenzábamos a mirarnos interminablemente, a veces sonreíamos un poco, cara a cara, como si uno fuera el reflejo del otro, yo memorizaba sus gestos porque me gustaban todos, ese aire de serena timidez cuando miraba hacia abajo, a las manos que dejaba entrelazadas jugando tranquilamente con los dedos. A veces suspirábamos, sólo un poco, sin hacer ruido, acentuando ligeramente la respiración sin dejar de observarnos quizá como gatos pero sin ese aire felino. Cuando conozco a una mujer, la primera vez, justo cuando me dice su nombre, pienso en cómo será desnuda, cuál será su vocabulario gestual y sexual, qué gesto tendrá su cara durante el orgasmo. Con Nada no tuve tiempo de pensarlo, porque la conocí y descubrí en ella a una niña con la que jugar, a una extraterrestre del mismo planeta que yo. Que yo siempre haya sido un niño pequeño, a pesar de la edad, no significa que haya podido compartirlo con más gente. Con niños desde luego no, porque aún teniendo las mismas ganas de jugar, nunca me han considerado un igual, claro, lógico, hace más de treinta que no tengo aspecto de niño.

El puente del Alamillo es un puente particular, al menos para mí, que no soy ingeniero de puentes. Desde lejos parece un arpa, con un enorme mástil de hormigón pintado en blanco en uno de los extremos, contrapesando con enormes cables, como cuerdas afinadas, el resto de la estructura. A veces dejaba de mirar a Nada y me fijaba en el puente, que se veía a través del parabrisas. Un beso me subió desde la boca del estómago y se me quedó ardiendo en los labios, volví a mirarla y comencé a moverme lentamente acercando mi cara a la suya. En imperceptibles movimientos de su cara notaba su lucha interior, las ganas de recibir ese beso especial, que es el primero, porque contagia deseo y pasión, por novedoso, unos labios nuevos, una respiración desconocida, la promesa incierta de un futuro feliz amando a diario. Los humanos que piensan en el futuro son temoricas, tienden a parapetarse, a protegerse porque el futuro puede deparar cualquier cosa, hay que estar preparados para lo peor. Hay humanos que viven en presente, como los animales, pendientes y concentrados en el momento actual. Yo soy de los dos tipos. A veces previsor, y muchas, la mayoría, visceral, qué me importa lo que pase mañana. En realidad sólo pienso en el futuro cuando más cansado estoy, porque no tengo fuerzas para sorpresas.

Quizá en ese beso que se avecinaba había un anhelo de felicidad futura, además de un deseo inmediato de saborear sus labios, las ganas de olvidar los dolores recientes y disfrutar de una eterna sonrisa, aunque no como los que mueren congelados.

Cuando estaba dentro de ese terreno abstracto e indefinido que se llama espacio vital, ese que intuitivamente detectamos como ajeno, a pocos centímetros de su cara, seguí viendo en sus ojos el conflicto entre el deseo y el miedo. Quizá ella estuviera tan cansada como yo, quizá éramos dos tontos precavidos, dos gatos escaldados, pero decidí no complicar las cosas y la besé suavemente en la cara. Me río al pensar que si me hubiera visto mi amiga Rachel habría blasfemado en arameo, porque ella adora el sexo y detesta las parafernalias del amor, esas idioteces de jurarse fidelidad eterna y amor incombustible. Pero yo no soy tan sabio como ella y siento dolores abstractos como la sensación de haber perdido a alguien amado, aunque no haya muerto, y el temblor ante la mirada de Nada cuando mis labios se paran en su mejilla y, separados de su piel sólo unos milímetros, van bajando suavemente trazando la línea de su mandíbula, en busca de la comisura de sus labios, y cuando ya casi se rozan y podemos respirar casi el mismo aliento, decidimos al unísono y sin palabras, posponer ese encuentro y separamos los rostros sin dejar de mirarnos a los ojos. Sonrío y digo:

- Es el mejor no-beso que me han dado jamás.

Aprendimos a conocernos de un modo tan sincero que hasta las palabras se nos olvidaron.

Pasamos tanto tiempo mudos...

Él delante de mí y yo delante de él. Tan cerca y tan lejos a la vez. Con un silencio blando, espeso y aislante.

No dejábamos de mirarnos, estudiarnos, observarnos... jugando a los espejos. Ninguno de los dos se movía, apenas parpadeábamos, sólo cerrábamos lentamente los ojos por un rato y a la par volvíamos a abrirlos y nos seguíamos mirando y se nos escapaban algunas pequeñas sonrisas y algunos suspiros y algunas caricias... y ninguno se atrevía a dar un beso.

Me aprendí su cara, su sonrisa, sus miradas, sus gestos, su forma de sentarse, de colocar sus pies en el suelo, y sus manos sobre sus piernas, cómo humedece con su lengua los labios cuando se le secan, cómo se rasca cuando algo le pica, el movimiento de su garganta cuando traga saliva, la profundidad de su respiración y hasta el pompóm de su corazón.

Pero alguno de los dos se acordó de la hora y el silencio nos siguió hasta nuestras casas.


 

12

El problema es que la cabina estaba cerrada bajo llave y, aunque la forzara, después tendría un problema para ponerlo en marcha porque lo que ya veía más complicado es hacerle un puente al arranque de un yate. De pie, en la proa, con los brazos en jarra y observando el baile amistoso que cada barco hace con los contiguos, pensaba cómo conseguir las llaves del barco. El sol comenzaba a calentar. Mirando alrededor se fijó en las dependencias que debían ser las oficinas de administración del puerto. Se dirigió hacia ellas haciendo cábalas, quizá las llaves de los barcos amarrados se guardasen allí. La pasarela de madera del atracadero se bamboleaba con sus pasos.

El interior de las oficinas recibía toda la luz de la mañana por los grandes ventanales, desde allí se veía la colección completa de embarcaciones con su maremagnum de cabos, mástiles, radares, antenas y boyas. Más allá, al final de un largo espigón de piedra, coronaba el faro, en el que antes no había reparado. Comenzó a abrir cajones y armarios en busca de llaves, pero las únicas que encontró fueron las de las propias oficinas y locales adyacentes, los aseos, la cafetería. Un ordenador encendido junto a una emisora de radio llamó su atención. El programa que en ese momento permanecía activo era la base de datos que contenía la información de todas las embarcaciones amarradas y de los amarres libres. Su manejo era evidente, así que localizó la Trueno III y allí, bien clarito, figuraban los datos del dueño, nombre, teléfono y domicilio. Manos a la obra. Localizó en un plano de la ciudad la ubicación del chalet donde residía, a unos cuatro kilómetros del puerto. No había ningún vehículo a mano, aunque seguramente alguno de los coches aparcados en el exterior pertenecían a los empleados de las oficinas y seguramente las llaves andarían por algún cajón. Seguramente. Demasiado complicado. Prisa no tenía, pero en estos meses había recuperado cierta impaciencia infantil por todo aquello que le ilusionaba en un momento concreto. Comenzó a caminar al encuentro del domicilio de quien le iba a prestar un yate de doce metros por algún tiempo.

Encontrar el chalet no fue difícil, lo complicado fue entrar. Las puertas estaban cerradas, las ventanas tenían rejas, suerte que la caseta del perro (“Cuidado con el perro”) estaba vacía, porque sus dimensiones hablaban del imponente tamaño del chucho. Dando una vuelta alrededor de la casa observó que en la planta superior había una ventana pequeña, de cristal translúcido (un baño probablemente), que no tenía enrejado. No era de extrañar porque desde el suelo estaba bastante inaccesible. Buscó durante largo rato una escalera en los chalets cercanos y encontró una con tan mala suerte que no era lo suficientemente alta para llegar a la ventana. Decidió dejarse de historias y, ni corto ni perezoso, se dirigió con la escalera a una de las ventanas delanteras, que daban al jardín, engarzó las patas de la escalera entre las rejas y con tan descomunal palanca arrancó la verja, seis ladrillos de la pared y, debido a la inercia de su empuje, perdió el control de la escalera y ésta fue a parar al interior del salón de la casa no sin antes atravesar, con gran estruendo, los cristales de la ventana y derribar en el interior alguna suerte de adornos más o menos frágiles que coronaron la orquestación con un tintineo de porcelanas y cristales. Muy profesional, decía a carcajadas tirado en el suelo del jardín con las lágrimas saltadas de la risa, mientras el último cristal de la ventana se desprendía en solitario para hacerse añicos en el suelo. Entró por la ventana, claro.

Después de buscar por toda la casa, sin más estropicios, encontró en un llavero colgado en la pared junto a la puerta de entrada, unas llaves con el rótulo TRUENO en letras de gomaespuma. Tenían que ser ésas. Volvió a salir por la ventana no sin antes barrer todos los cristales y dejar la siguiente nota encima de una mesita: “Fue por necesidad, disculpe la torpeza”, y firmó dejando su nombre, su dirección y su número de teléfono. ¿Leería alguien esta nota en algún momento del futuro?. Al salir dejó la verja apoyada contra la pared y devolvió la escalera a su lugar de origen. En el camino de vuelta al puerto no podía evitar soltar sonoras risas recordando el “profesional” asalto.

Las llaves eran las correctas. Abrió las puertas acristaladas en la popa del barco y entró en el suelo enmoquetado de la cabina de mando. Justo a la entrada, a izquierda y derecha, estaban los asientos adosados a las paredes; un poco más hacia el interior, pero dentro de la misma cabina, quedaba un pequeño fregadero a la izquierda con sus respectivos armarios por encima y por debajo de éste. En las puertas bajo el fregadero había un cubo para la basura, indiscutiblemente, aunque estaba limpio y sin bolsa. En la parte derecha de la cabina y subiendo dos pequeños escalones enmoquetados como el resto, estaba el cuadro de mandos frente a un asiento largo con cabida suficiente para dos personas. Se sentó frente al timón y le recorrió una emoción de júbilo infantil que, efectivamente, sólo había vuelto a sentir en estos meses ante el asombroso estado de cosas. A la derecha del timón estaba el contacto o, mejor dicho, los contactos de los motores. Había dos, uno rojo y otro verde. Buscó en el llavero las llaves adecuadas, insertó cada una en su lugar correspondiente y se preguntó cómo iba a hacer para pilotar semejante artefacto si jamás en su vida se había subido a uno y mucho menos lo había pilotado. Punto muerto, lo que se dice punto muerto, no se veía por ningún lado. A la izquierda del volante timón había varios monitores, un auricular de teléfono, y lo que parecía ser el frontal de una radio de coche que seguramente sería la emisora. La conectó para comprobar inmediatamente, que no era emisora sino radio y que además tenía dentro una cinta de cassette que al sonar llenó de “sabó” brasileño el interior de la cabina. Apagó la radio, a la derecha del timón había dos palancas que tenían toda la pinta de ser la potencia de los motores. Era la prueba de fuego, giró una de las llaves de contacto y, con una tos profunda, por la popa del barco salió una densa nube de humo negro que olía a gasoil. Giró la otra llave con idéntico resultado y el barco seguía en reposo pero se podía sentir el ronroneo interior de los dos motores en marcha. Lleno de júbilo por el éxito se levantó de golpe del asiento para comprobar que la altura del techo en esa parte de la cabina no daba para tan efusiva muestra de alegría. Volvió a caer sentado rascándose el tremendo coscorrón pero feliz por el descubrimiento. Salió fuera de la cabina, sin parar los motores y sin dejar de rascarse la cabeza, para subir a la cubierta superior a inspeccionar. Se subía por una escalerilla adosada a la izquierda de la puerta de entrada, en la popa. Arriba había asientos largos y blancos como para seis o siete personas, había un segundo timón, otro auricular de teléfono y una pantalla digital pequeñita bajo una cubierta de plástico transparente. La parte superior estaba al descubierto aunque había una estructura metálica y un toldo plegado que supuso que podía extenderse a modo de capota. Desde allí la vista era mucho más completa, se veían tanto la proa como la popa. Cuando sacara el barco de su amarre lo haría desde allí arriba.

Los días sucesivos los empleó en aprender algo sobre barcos. Para ello primero localizó libros que había en las oficinas del puerto y en una biblioteca de la ciudad, pero no tardó en recurrir a Internet para sacar información sobre el modelo concreto de embarcación con detalles sobre su autonomía, su estructura y sus capacidades. Para conectar a Internet primero recurrió a los ordenadores que había en el puerto pero más tarde se le ocurrió hacerse con un portátil y un teléfono móvil para lo cual volvió a repetirse la historia de las alarmas en el centro comercial al que acudió para adquirir los dos aparatos. Con ellos iba investigando sobre detalles marinos desde el propio barco, de hecho, desde que consiguió las llaves vivía por completo en el barco. El camarote que servía de habitación de descanso era muy acogedor, forrado de madera, con adornos marinos colgados en las paredes, una concha de mejillón gigantesca, unos anzuelos, brújulas, sextantes. Dos ojos de buey iluminaban con luz natural el camarote durante el día y las noches de luna.

Una mañana, cuando descubrió dónde estaban los depósitos de gasoil, decidió que iría a llenarlos. Paseando por el puerto había descubierto un surtidor al borde mismo del muelle. Puso los motores en marcha, pasó el control a la cubierta superior y, antes de subir, soltó las amarras de popa. Desde arriba, con el timón en una mano y las palancas de potencia en la otra miró a todos lados asimilando las dimensiones de la nave. Empujó suavemente las palancas hacia arriba y los motores subieron un tono las revoluciones, el barco avanzó poco a poco, un metro, dos; cuando todo el casco había rebasado la proa de los barcos adyacentes, apoyándose en las boyas laterales, giró el timón a babor y el barco respondió con la majestuosidad de un cachalote. Saltaba de alegría ante el dominio del Trueno III. Aceleró un poco más y tras varias maniobras recorrió los trescientos metros que le separaban del muelle surtidor. Lo difícil fue atracar. Maniobrando las palancas alternativamente hacia arriba y hacia abajo (así iba marcha atrás) consiguió detenerlo junto al surtidor. Amarró dos cabos de estribor, repostó y se sintió el hombre más satisfecho del mundo. Probablemente lo era.

Poco después salió a mar abierto. Sin perder de vista la costa a estribor puso rumbo 2º N, bordeando la costa francesa y los motores al 75%, a una velocidad media de 18 nudos. El viento hacía ondear la bandera de proa. Olía a sal, el sol picaba desde el cielo completamente despejado. Su gozo sobrepasaba cualquier otro que recordase en su vida.

Puso el piloto automático y se dedicó a contemplar todo lo que le rodeaba: el agua rompiente contra el casco de proa, la lejanía del horizonte, el relieve de la costa. Era un mundo que nunca antes había visitado y le gustaba. Calculó que tenía víveres para una semana, pero pararía, antes de que se terminasen, en algún puerto francés.

Estuvo navegando todo el día y cuando la última claridad se desvaneció por babor, en unas acuarelas cambiantes de púrpuras, violetas, azules y por fin negros, decidió echar el ancla.

Por la mañana despertó con indolencia, nunca antes en su vida había sido perezoso y saltaba de la cama cuando sonaba el despertador, pero claro, ya no usaba despertador, ni tenía ningún motivo para levantarse de un salto. El barco se mecía con parsimonia sobres las aguas del amanecer. En realidad, aunque algunos de sus hábitos habían cambiado de forma radical, aún conservaba una inercia interior, injustificada, que le impelía hacia la prisa. Pero ya no necesitaba darse prisa para nada, nadie le esperaba en ningún lugar, ningún trabajo requería ya de su esfuerzo para ser entregado en un plazo acordado. Aún así sentía con claridad ese bicho interior, ansioso, apaciguado pero latente, que le daba un punto de tensión y alerta discordante con la realidad actual. Respiró profundamente, se sentó en el borde de la cama y a continuación se encaminó a la popa para sentarse en el borde y meter los pies en el agua. Tenía la piel quemada por el sol del día antes. No sabía si era normal que no hubiera ni el más mínimo rastro de peces, ni de medusas ni de vida acuática en general, probablemente habían desaparecido también junto con el acontecimiento desconocido que hizo desaparecer lo demás. Puso a calentar una cafetera en la pequeña cocina del barco, levó el ancla y arrancó motores a 9 nudos. Dejó el piloto automático.

Llevó el desayuno a la cubierta superior y mientras sorbía lentamente el café hirviente dejó vagar sus pensamientos observando la costa y el horizonte del mar. Quizá había sido un acierto en su vida dedicarse con ahínco a la investigación para llegar a ser un respetado y bien pagado científico. Todos sus esfuerzos habían tenido su recompensa. Pero rodeado por ese mar inmenso y observando el perfil de la costa, que probablemente había tenido el mismo aspecto durante miles de años, se preguntó en silencio si deseaba ésas recompensas a su esfuerzo. La eterna cuestión: trabajar para vivir o vivir para morir. Ahora que no existía nadie a quien dar explicaciones, ahora que nadie coartaba su libertad de decisión, entendió que su deseo era vivir así, por ejemplo, quizá mañana de forma distinta, quién sabe, pero siempre siguiendo el dictado de sus deseos, de sus inquietudes. Y sin poderlo evitar, sin quererlo tampoco, en su interior se filtraba la idea cierta de que en realidad la libertad es más un estado de ánimo que una guerra contra la coacción de los demás. La potencia de este sentimiento le hizo retener la respiración y cerrar los ojos durante unos segundos. Veía, intuía, el mundo a su disposición, abierto para ser descubierto por él, incluso aunque un día volviera a estar habitado como siempre. Con una amplia sonrisa dibujada en la cara siguió sorbiendo el café caliente.


 

13

Todo siempre iba bien, eso era lo que Nada se repetía una y otra vez cuando lo dudaba.

Nada no quería hablar nunca de ello. Nada no recordaba nunca los malos momentos.

Hay macetas en los arriates de su balcón. Yo estoy sentado en el suelo de su salón, abrazado a una de sus piernas, ella lee sentada en una butaca baja y azul. A través de los barrotes de la barandilla del balcón, desde el cuarto piso en el que nos encontramos, puede verse el discurrir pausado, regular y monótono del tráfico de domingo. A lo lejos, más allá del tráfico se ven los cipreses del cementerio de San Jerónimo. Aunque es un paisaje urbano tiene algo de bucólico, de vacas rumiando bajo la calima y espantando con parsimonia los insectos que rondan cerca del rabo.

Puede que no sea bucólico para otros ojos, pero para mi corazón es imprescindible. Porque sólo quiero un poco de paz, la sensación de que no estoy constantemente al borde del abismo, al borde del drama, de esos dolores invisibles, inabarcables e infinitos encerrados en un cuerpo limitado que constituye la pérdida de la gente querida, ayer estaba y hoy ya no. Sólo quiero un poco de paz, por eso veo pasar el tráfico y me calma la inevitabilidad de su transcurrir, da igual que yo ría o llore, muera o siga viviendo, para ese río interminable de coches anónimos yo no existo, ni yo ni mis dramas, ni mis preocupaciones, ni este vaivén interior que me produce mi amada cuando a veces me quiere y otras también pero no lo parece y en su mirada se vela la alegría habitual y una telilla brillante como de lágrima, aunque no llega a caer, cubre sus ojos y todo mi mundo oscila produciéndome un vértigo que sólo me desaparece mirando el tráfico de parsimonia vacuna, porque todo esto que a mí me importa en realidad no existe, es una quimera que sólo yo conozco y ahora tú también que me lees. Quizá si esto lo leyesen millones de personas, quizá entonces se hiciera real y no me quedaría más remedio que llorar cuando la siento lejos y reír cuando la tengo tan cerca que puedo abrazar una de sus piernas mientras ella lee, en el fondo enamorada de mí.

La mancha de una mora con otra se quita. A veces me lo creí, otras pensaba que tenía dos manchas.

Jamás fui tan sincera. Diego estuvo conmigo para lo malo y para lo más malo. Pasé yo no sé cuántas noches llorando sin parar, hasta que me sequé. Una noche me dijo que el día que olvidara a Pedro, ese día, se casaba conmigo. Y empecé a olvidarlo.

Decidí romper nuestro triste silencio contándole algo que hasta entonces jamás le había contado a nadie, casi ni a mí mismo, por lo extraña que era la historia:

Los motores ronroneaban y el barco cabeceaba en su rumbo prefijado a pocas millas de la costa. Entonces un pitido electrónico comenzó a sonar rítmicamente en la cabina de abajo. Era el sónar. Cuando en los días anteriores estuvo aprendiendo a manejar los instrumentos de navegación, programó el sónar para que avisara en caso de un cambio brusco de profundidad con el objetivo de no encallar por descuido en aguas poco profundas. Con la taza vacía de café bajó a la cabina para comprobar cuál había sido el motivo del aviso. Dejó la taza en el pequeño fregadero y miró atentamente la pantalla en la que se dibujaba el perfil del fondo marino sobre el cual navegaba. En los últimos veinte metros la profundidad había pasado de los cuarenta metros a veinticinco y treinta metros, para volver otra vez a los cuarenta después de dibujar en la pantalla un perfil irregular que no tenía aspecto de ser rocas del fondo marino, era sin duda algo enorme hundido allí, casi con toda seguridad un barco naufragado. Al instante memorizó las coordenadas del GPS porque en el mar todas las calles parecen la misma, y sería imposible volver a pasar por encima de ese punto incluso cinco minutos después si lo intentaba a ojo. Programó el trazador para que volviera al punto sobre el que había pasado hacía solo unos minutos y conectó el piloto automático. El barco comenzó a virar describiendo un amplio círculo. Cuando alcanzó las coordenadas fijadas, el trazador emitió un pitido y una cruz comenzó a parpadear en el centro de la pantalla. En el sónar se dibujaba de nuevo la curva de lo que quiera que estuviese hundido a 40 metros. Aunque ya había parado los motores, el barco derivaba empujado por el suave viento y las corrientes. No se atrevía a echar el ancla por temor a que quedara atrapada  entre los restos hundidos, pensó que lo ideal sería plantar una boya, para eso iba a necesitar unos 50 metros de cuerda y algo que flotara. El barco se iba alejando progresivamente de la coordenada, pero en cuanto tuviera solucionado lo de la boya, volvería a usar el trazador para situarse en el lugar correcto. En el compartimento de carga de popa encontró una de plástico rojo atada a unos metros de cuerda de nylon, los contó y habría unos 30 metros, le faltaban otros 20, al menos. Mientras rebuscaba, pensaba que además iba a necesitar algo pesado para lanzarlo al fondo. Vio unos ladrillos envueltos en una red que eran evidentemente para el uso que necesitaba. Sentado en la cubierta, el sol calentaba sus hombros desnudos y la brisa salada le envolvía  como si fuera un pescador curtido por el tiempo y el uso de las artes. Enlazó varios cabos y consiguió unos cincuenta metros de cuerda con una red de ladrillos en la punta y una botella vacía de plástico rojo en la otra, que hacía las veces de boya. Dejó todo preparado y se dirigió al puente para volver a conectar el piloto automático. Mientras el trueno III giraba avanzando lentamente en busca de las coordenadas, el agua rompía con levedad en el lomo del casco y él observaba a través de los cristales cómo se desplazaba el horizonte de babor a estribor, ya no izquierda y derecha, eso es para terrestres, no para marinos, pensaba divertido sabiendo que su experiencia era tan limitada que si se encontraba con un serio incidente tendría grandes dificultades para solucionarlo en medio del mar.

El trazador comenzó a pitar de nuevo al llegar a las coordenadas de su memoria. Observó el sónar y cuando volvió a distinguir el perfil extraño, salió a popa y tiró la red de ladrillos, que chapoteó y se hundió ingrávida. Ahora la boya flotaba mecida por el oleaje, indicando el lugar del posible naufragio, se alejó unos veinte metros, comprobó en el sónar que el fondo era irregular y soltó el ancla. Se echó al agua, dejando antes colgada una escalerilla para cuando volviese de la primera expedición. Nunca antes había hecho inmersiones, ni con botellas, ni a pulmón, pero imaginó que si bajaba con precaución y subía despacio, podría echar un vistazo a lo que estuviera sumergido y volver en menos de dos minutos, que decidió sería el tiempo que se daba para aguantar la respiración. Esto lo pensó mientras nadaba hacia la botella roja que flotaba en medio del mar. Cuando estuvo junto a ella, hiperventiló los pulmones inspirando y espirando rápidamente durante unos segundos, cogió todo el aire que pudo y se sumergió sin perder de vista la cuerda que bajaba hacia el fondo. El primer contacto de sus ojos abiertos con el agua salada le escoció, pero ya se lo esperaba, braceó con fuerza pero sin derrochar energías y comenzó a sumergirse. Al poco comenzaron a dolerle los tímpanos, pero se apretó la nariz y envió un poco de aire hacia los oídos que se acostumbraron inmediatamente a la presión con un leve plop. Cuando llevaba recorrido  la mitad del trayecto aproximadamente, divisó la difusa silueta de lo que estaba sumergido, pero aquello no era un barco, tenía formas redondeadas e irreconocibles. Sintió una punzada de temor y decidió volver a la superficie para recuperar la calma. Aunque no había buceado nunca, tuvo la certeza de que para sumergirse veintitantos metros a pulmón libre tenía que contar con una confianza y una tranquilidad absolutas. Ascendió lentamente sin separar la mano de la cuerda que le servía de guía y soltando poco a poco el aire que tenía en los pulmones. Asomó la cabeza a la superficie y resopló despacio como un cachalote. Meditó sobre lo que acababa de ver, no podía sacar nada en claro. Desde el primer momento dio por sentado que sería algún pesquero lo que descansaba en el fondo marino de aquella costa, probablemente ya francesa. Las formas redondeadas que había visto no tenían parecido con ninguna embarcación, parecían más bien un pequeño accidente del fondo, como unas grandes rocas erosionadas por las corrientes. Sin embargo no quería concluir la expedición sin saber exactamente qué era lo que había allí. Cogió aire de nuevo y volvió a sumergirse. A medida que se acercaba a las formas, su asombro crecía. Notaba la presión en el pecho y en los oídos, pero la curiosidad le hizo acercarse hasta distinguir perfectamente la forma de un corazón gigantesco, de unos veinte metros, aparentemente de piedra, tumbado, como caído, sobre el lecho de arena. Era casi tan grande como el largo de una piscina, si hubiera intentado recorrerlo entero se habría quedado sin aire. Se alejó de la cuerda que le servía de guía sin perderla de vista y buceó sosegadamente para no consumir el oxígeno que tenía, dispuesto a tocar aquella enorme escultura con forma de corazón tumbado. Era de una piedra parecida al alabastro, recia y porosa. Para su sorpresa, no estaba fría, tampoco estaba caliente, pero desde luego su temperatura parecía un poco más alta de lo que hubiera esperado. En ese instante un pez plano, tipo raya o manta, mimetizado del color de la piedra, se desprendió de la superficie, muy cerca de donde había apoyado la mano, y partió nadando y dejando tras de sí una nubecilla de arena que se disolvió inmediatamente en el agua. Era el primer bicho viviente que veía en meses. Al instante observó que había más peces a su alrededor, de repente todo el fondo marino estaba habitado. Ya no podía aguantar más la respiración, llevaría poco más de un minuto. Localizó la cuerda guía y subió junto a ella con tranquilidad, dejando escapar poco a poco el aire por la nariz. De nuevo había sucedido algo inexplicable, porque veía peces a su alrededor, de distintos tamaños, solos y en grupos. ¿Habría sucedido lo mismo con el resto del mundo? Asomó a la superficie y respiró inmediatamente. La inmersión había sido un éxito sorprendente.

Todo tenía el mismo aspecto que un par de minutos antes. El Trueno III flotaba apaciblemente mecido por el tenue oleaje, en la costa no se apreciaba nada especial, pero una gaviota sobrevoló el barco y trazando un círculo fue a posarse en el pequeño mástil de la bandera de proa.

Nadó hasta el barco y subió por la escalerilla de popa. Cogió una toalla, alargando la mano hacia el camarote sin llegar a entrar, y se secó brevemente. La radio volvía a tener emisoras con noticias, en francés, por cierto. Un escalofrío le recorrió por dentro. Se había acostumbrado a habitar el mundo vacío, aún le quedaban muchas cosas por hacer, no quería volver a la vida que tenía antes.

Apoyado sobre el volante del timón decidió que así sería, no volvería a la vida de antes, así de fácil o así de difícil.

Después de eso me casé, me equivoqué, me divorcié y aquí me tienes, contándote algo que jamás le he contado a nadie. Y te aseguro que sucedió, porque después de navegar una semana más volví con el barco al puerto del que había salido. Tuve que dar mil explicaciones que nadie creyó, y tuve que pagar la reparación de la casa que destrocé para conseguir las llaves. No fue difícil, incluso fue divertido.

En aquel momento, yo no podía creer lo que estaba escuchando, estaba tan sorprendida, que no atiné a decir nada, mi boca emitía algunos fonemas desordenados sin ningún significado. Diego se levantó me cogió con sus manotas grandes por los hombros y me sacudió delicadamente, tranquila, decía.

Lo miré a los ojos e inmediatamente me tranquilizó y nos abrazamos como si fuera el primer abrazo. Me escurrí de su cuerpo, me quité el broche del pecho y clavé mi corazón cerca del suyo.

Yo siempre suelo llevar un corazón rojo de peluche en el pecho. Es una manera poética de enseñarle mi corazón a la gente que me importa. Un día decidí regalarle un corazón a todos mis amigos, es una manera poética de regalarles un poco de mi cariño.

Empecé a trabajar de corazón. Empecé a pintar, a modelar, a construir corazones, de todo tipo, de todos los materiales. Corazones pequeñitos de insectos, corazones rojos de enamorados, corazones frágiles de cristal... y empecé a regalarle a cada uno su equivalente de corazón según yo pensaba que cada uno tendría en su interior. Y en casi todos los casos acerté.

Con las manos en las manos de Diego y con los ojos en los ojos de Diego le conté toda la historia de los corazones.

Ya le había regalado uno de mis corazones a la gente querida. Ahora sólo tenía que pensar cuál iba a ser para mi Pedro. Quería que fuese especial, el mejor de todos. Y entonces decidí regalarle dos, uno suyo y otro mío.

Me desnudé y me pinté un corazón con pintura roja sobre el pecho, dentro del corazón inscribí una cerradurita. Delante de un espejo me hice una fotografía. La revelé y construí una cajita para meterla dentro. La cajita por dentro estaba totalmente negra y aparte de la fotografía también  contenía una pila de petaca, unos cables y una bombillita. Cerré completamente la caja sin posibilidades a para poderla abrir. Por fuera era roja con algunos extraños dibujitos ordenados hechos con tinta negra. En la parte superior puse una mirilla pequeñita de puertas y un interruptor pequeñín. Antes de dar la caja a Pedro, primero le regalé una llave. Este era mi corazón.

Pero también le regalé el suyo, quería que fuese grande, gigantesco, quería regalarle el corazón más grande del mundo.

Fui corriendo a casa de mi amigo Juanito, el escultor, le conté mi locura. Juan, quiero hacer un corazón gigante, quiero hacer el más grande para regalárselo a Pedro. Mi amigo Juanito me hizo mil preguntas, me puso mil pretextos e inconvenientes y luego llamó a la cantera y me consiguió una gran piedra de alabastro, que es más fácil de tallar.

Juntos hicimos un corazón. De los alargados, que los redondos no me gustan. Cuando lo acabamos pasamos tres días durmiendo sin descansar. Cuando despertamos, volvimos a mirarlo, lo rodeamos y llamamos a un montón de gente con maquinarias y yo no sé cuántas movidas más para trasladar mi bicho.

Se lo colocamos en el jardín de su casa de la playa. No tenía firma, nada de firma, que ya ésa era una firma. Cuando yo vi esa piedra con forma de corazón, allí parada en su casa, pensé que era el regalo más maravilloso del mundo. Cuando Pedro llegó y lo vio, se puso las manos sobre la cabeza, empezó a gritarme algo que yo sentía como insultos y se fue sin mí. Llamé a Juanito y ese mismo día le regalamos un corazón al mar. Y creí que cada ola era uno de sus latidos agradecido.

Nunca he creído en señales, o al menos sólo lo he hecho en temporadas anímicas bajas, en esos momentos en los que cualquier excusa es una tabla de salvación. Todos los semáforos en verde indican que el día va a ir bien. Si se caen las llaves al suelo y se rompe el llavero, es que voy a tener problemas detrás de esa cerradura. Señales y presagios que en el fondo están vacíos, temblores e incertidumbres de mis neuronas en baja forma, paranoias. Pero una vez encontré  un corazón de piedra de veinte metros sumergido frente a la costa francesa, en una situación especialmente anómala, en medio de la única experiencia sobrenatural que he tenido en la vida y Nada estaba rodeada de corazones, algunos los hacía ella misma y otros los encontraba por el mundo y se los quedaba. En su mesilla de noche había un corazón de piedra que encontró en la playa y que bautizó como ”corazón del mar”, además lo pintó de rojo. Tenía también una galleta en forma de corazón, otro de cristal, otro de madera, de distintos tamaños, unos adornados y pintados y otros simplemente lisos. Eso no era una señal, era una enorme coincidencia, más por lo que me contó a continuación. Mi hermano, el de la plataforma petrolífera, sostiene que si conduces tu vida de una coincidencia a otra, es que vas por el camino adecuado.

Nada permanecía boquiabierta tras oír el relato increíble de mis días en un mundo deshabitado. Se quitó un corazón de peluche que llevaba enganchado en la falda y lo clavó en mi camiseta sobre el pecho izquierdo.

Entonces me tocó a mí oír su historia.


 

14

-         Me gustan tus besos.

-         A mí me gustan más los tuyos.

¡Qué tontería!, eran los mismos. Los besos no son ni suyos, ni míos, son los mismos besos. Son tan iguales, tan simétricos, tan sincronizados... que no pueden ser dos.

Hacer el amor con él, es hacer el amor.

De pronto me encuentro ante un pequeño dilema lingüístico, ¿qué palabras debo utilizar para el sexo?, porque a mí me da igual utilizar unas que otras, es más, cambio de vocabulario en función del auditorio. A un niño de seis años le hablo de la churrita y del chochito, a mi médico le comento sobre el pene y la vagina, con mi amigo Manolo, el camionero, que no es bruto por camionero sino por naturaleza, intercambio historias de pollas y coños. Me siento igual de cómodo con todas, pero ¿qué hacer ante un auditorio anónimo de quien nada sé?. No me preocupa quedar mal, nunca me ha preocupado, me preocupa que se esfume el contenido, me preocupa porque este contenido es hermoso, quizá lo más hermoso que he vivido nunca, y merece la pena ser transmitido y además ser entendido, asimilado y sentido, si no, carece de interés siquiera que intente escribirlo. Dicho esto, imaginaré que la persona media que lee estas líneas es adulta y madura, o al menos con ganas y proyecto de ser ambas cosas, además de sensible.

Yo nunca creí que nos amaríamos. Yo no creí que esa noche íbamos a amarnos.

Escuché la puerta, fui a abrirla y allí nos unimos con un abrazo que nos crujimos todos los huesos enmarcados por la puerta.

El abrazo se convirtió en beso, y la cama en marco. Fue un beso largo, largo, largo, laaaargo. Saboreé el sabor de su saliva, de su lengua y de sus dientes, cada vez más blandos y más jugosos. Parecía que llevábamos besándonos toda la vida, parecía que habíamos aprendido a besar con el mismo profesor. Nuestras manos, con el calor, se soldaron y permanecieron unidas toda la noche. No había nervios, no había gemidos, sólo estábamos solos y nada más.

Se acercó a mi oído y me dijo que iba a tener que follarme. Y lo hizo.

Abrí la puerta de casa, era de noche, sólo se filtraba algo de luz amarilla a través de las puertas de cristales del balcón,. Aunque ya no era verano, todavía flotaba por las noches un aroma dulzón. Nada entró a la oscuridad del salón, yo detrás, cerré la puerta de casa y la abracé delicadamente por la espalda. Temblábamos mucho, y no era de frío. Eso le dije el primer día y ya no hizo falta decirlo nunca más. Pero siempre, siem, siem, siempre seguíamos temblando y no era de frío.

Nos quedamos abrazados así mucho rato, yo con la barbilla apoyada sobre su hombro, respirando su respiración que huele de una forma indefinible, como a saliva pero no tan húmeda, como a sexo pero no tan intenso, era olor a beso. Se giró sin salir del abrazo y me besó cálidamente en los labios. Acercaba su boca a la mía, dejaba que los labios se apoyaran en los míos y permanecíamos así respirando el mismo aire, notando la textura de la piel, del beso, abandonándonos en su temperatura, los ojos cerrados, a veces semiabiertos. Nada me acariciaba la espalda sobre la tela de la camisa, con las palmas de las manos, con la punta de los dedos, con las muñecas, y yo reposaba las mías envolviendo con una su cintura y con otra el cuello. Ambos con el mismo ritmo interior de olas nocturnas. En los leves movimientos de las caras jugueteamos a rozar nariz con nariz, por los lados, por la punta. Nos acalorábamos por dentro y juntábamos las mejillas, yo buscando la blandura del lóbulo de una de sus orejas, para besuquearlo y quizá mordisquearlo con muy poquitos dientes. Y ella hacía lo mismo, simétricos y reflejos en los espejos de los dos amantes que íbamos siendo, yo su reflejo y ella el mío. Me susurró al oído, sin apartar los labios de mi piel, no me gusta la oscuridad, quiero verte, y la cogí de la mano, para tumbarnos juntos en un sofá-cama azul, mi único sofá, casi mi único mueble en una casa blanca como un huevo.

Tumbados notaba extasiado el peso de la mitad de su cuerpo junto al mío, abrazada a mí como si abrazar un árbol, rodeándome el torso con los brazos y hundiéndome la nariz en el cuello.

No recuerdo si tenía los ojos abiertos o cerrados, me sentía sobrenatural, todo mi mundo sensorial estaba sustituido por el tacto, todo era temperatura, tersura, blandura, textura y, por algún inexplicable motivo, color; veía colores inundando toda la visión de mis ojos, probablemente cerrados. No hablamos, nuestros únicos ruidos eran de roces de ropa, piel, de respiración relajada o excitada. Nos incorporábamos en silencio y nos quedamos sentados sobre el colchón frente a frente, mirándonos a la cara interminablemente, sonriendo un poco a veces. Comenzamos a desnudarnos casi sin dejar de mirarnos. Nada concentraba su mirada en la cremallera de la falda, yo me desabrochaba lentamente la camisa sin dejar de mirarla. Sus movimientos y los de su ropa inundaban la habitación del particular olor de la canela. ¡Dios, cuánto la amaba, cuánto me gustaba!. Mi ropa estaba en el suelo, me quedaba encima los calzoncillos, me los iba bajando mientras miraba maravillado la tensión de sus pechos, grandes, de pezones pequeños y endurecidos por la excitación, del color del pan tostado.

Cuando estuvimos completamente desnudos nos buscamos inmediatamente. Creo que no voy a encontrar las palabras que me ayuden a describir lo que sentía en aquellos momentos, pero ya que he llegado hasta aquí, no me queda más remedio que continuar.

Nada era como un manjar inagotable. De rodillas sobre el colchón, nos abrazamos frente a frente, más allá de la fascinación, me hacía vibrar sentir su vientre pegado al mío, sus pechos apretados contra el mío. Nos besábamos infinitamente, besos largos y lentos, saboreando los dientes, las lenguas, los labios, nos besábamos enteros, boca, nariz, mejillas, orejas, pelos, besos en las cejas, en los ojos y en la frente. Yo le apretaba las nalgas, con ganas y con ternura, le acariciaba los riñones y la espalda entera, ella me agarraba por la cintura y me mordisqueaba un hombro y luego los pezones. Gemíamos con voz queda, nuestros ritmos acompasados con cada movimiento. Inventó un camino de besos que partía de mi pezón izquierdo y me recorría el torso hacia abajo, sobre el vientre y el ombligo hasta llegar a mi sexo, convertido ya en un signo de exclamación que ella besó con dulzura y luego llenó con su saliva para atraparla con la boca ardiente, arriba y abajo, adentro y afuera, mientras me acariciaba entre las piernas. Yo recorría su espalda inventando mi propio sendero de besos y alargaba los brazos para alcanzar su sexo desde atrás. La acariciaba con pocos dedos, casi sin tocarla y la oía gemir casi en silencio sin abandonar nuestro compás de oleaje Mediterráneo, que es un mar calmo excepto por las tormentas traicioneras e imprevisibles del Golfo de León.

En algún momento zozobramos adrede y caímos, como árboles talados, de costado sobre el colchón, sin dejar de investigarnos, deseosos y hambrientos de la piel del otro, de toda la piel, piernas, pies, rodillas, codos, muñecas, brazos y manos. Volvimos a encontrarnos nariz con nariz, esta vez tumbados uno al lado del otro, cíclope ella y cíclope yo, como decía Cortázar, y sin dejar de besarnos, me acerqué tanto que entré en su interior. Nos quedamos, por unos segundos, inmóviles, petrificados, la letra “o” dibujada en nuestros labios, preguntándonos cara a cara, con el aliento contenido:

- ¿A ti te gusta tanto como a mí?

Y un asentimiento mudo por respuesta. Preguntas retóricas donde las palabras no juegan mucho, el idioma es otro. Ya no podíamos acariciarnos tan completamente como un rato antes, porque nuestras caderas nos mantenían atados a su ritmo inquebrantable, pero nos buscábamos hasta donde alcanzaban nuestras manos y, boca contra boca, jadeantes, nos lanzábamos, como a través de un tablero de ping-pong, te-quieros que rebotaban de uno a otro y de otro a uno. Sin dejar de movernos me incorporé un poco hasta quedar totalmente tumbado sobre ella, posición que aprovechó para enlazar los pies sobre mis riñones. Entonces íbamos un poco más rápidos, pero aún así, tranquilos, no frenéticos, yo chupaba su barbilla y el corazón se me iba a salir del pecho. Noté entonces cómo se acercaba su orgasmo, me abrazó la espalda muy fuerte, arqueó la suya y echó la cabeza hacia atrás apuntando con la barbilla hacia el techo, no dejé de moverme, apreté un poco más contra ella y le mordí un pezón mientras se corría tensa como la cuerda de un arco. Cuando su cuerpo se relajó y la crispación de sus manos se convirtió en caricias sobre mi espalda, salí de su interior y ella agarró mi sexo inmediatamente con las dos manos sobre su vientre, me corrí feliz, alegre, llenando de semen su pecho y su cara, para derrumbarme después despacio sobre ella, con el corazón revolucionado y mi espalda formando un valle por el que un río de sudor se formaba y corría en busca de la rabadilla para resbalar después entre las piernas.

Dormitamos unos minutos sin cambiar de postura. Cuando recobré la consciencia  me incorporé para ir a buscar agua a la cocina pero ella me abrazó veloz para decirme sonriente “notevayes”, sonreí también y fui a buscar la botella. Cuando volví la encontré bocabajo sobre el colchón, mirándome sonriente entre los cabellos que le caían sobre la cara. Solté el agua sobre la mesa y me tumbé sobre ella buscando su cuello y apretándome contra su culo. Me excité en cinco segundos y en menos de un minuto volvimos a corrernos agarrados de las manos como si nos fuera la vida en ello.

Durante veinticuatro horas hicimos de aquel colchón nuestro territorio vital, nuestro campo de investigación, sólo lo abandonamos brevemente para beber agua o para ir al baño. Ahí empezamos a conocernos, oliéndonos y palpándonos, fluidos y temperatura, colores y olores. Animales humanos amando.

Mientras conducía hacia su casa, alargó su brazo para acariciarme los muslos, subió mi falda y me encontró disfrazada de negro, con medias que no cubrían toda la pierna y braguitas minúsculas.

Me sentía niña y pequeña. Tímida y nerviosa. Agarrada a su brazo me enseñó su casa a oscuras, cruzando puertas que no me enseñaban más que más oscuridad.

Y me tumbó donde olía a él. Como alguien que enseña a quien no sabe. Con mis nervios y mis miedos de novata contra su firmeza de la experiencia.

Me atrapó entre sus brazos, entre su olor, entre su calor... me volví transparente y luego roja por la sangre me regaba hasta empaparme. Me sentía torpe, y mis manos pequeñas, y mis piernas y mis brazos cortos, y la boca seca y los poros de mi piel vueltos del revés, y no paraba de escuchar los porrazos que mi corazón se estaba dando dentro de mí contra sus paredes.

Por un momento respiré lento, el se alejó unos milímetros de mí, me miró a los ojos, mis pechos y los ojos, me acarició la cara suavito suavito y me dijo ¿qué te pasa, mi niña?, yo no voy a hacerte daño.

Y nos abrazamos con un abrazo que duró toda la noche, y toda la mañana. Nos abrazamos vestidos y seguimos abrazados desnudos. Compartió conmigo todo lo que tenía para él, su sudor, su saliva, sus suspiros, su semen, me impregnó de caricias que iban quedando debajo de otras y volvió a mirarme con la respiración dentro y soltándola junto con otras palabras, eres lo más bonito que he visto nunca. Y yo solté una sonrisa que no apareció en mi rostro pero que me dura siempre.

Me apretaba con sus dedos, con sus manos, con sus brazos, con su cuerpo. Me agarraba los pechos y los apretaba contra mi corazón que le gritaba en su idioma de golpecitos. Sus ojos se cerraban y se entornaban, su voz gritaba sin voz y se quebraba dentro de los besos.

Yo me mojaba, me empapaba y me hacía grande para él. Bailábamos juntos, bailábamos unidos. A veces, abría los ojos para ver, para verle... y veía, y olía, y sabía, y tocaba, y escuchaba, y creía que ya no se podía sentir más. Hasta que explotamos dejando un gran charco de nosotros, y silencio ssssssshhhh... Estaba pasando un ángel y se quedó a dormir conmigo.

La noche se convirtió en día y la luz fue abriendo una a una nuestras pestañas como corchetes. Ese día, olíamos iguales.


 

15

Cuando empecé a dormir con él, nunca más volví a tocar el colchón. Diego lo sustituyó. Dormía crucificada a él, otras veces me hago bolita y ruedo por su pecho. Y lo más importante, dejé de temerle a la oscuridad.

Desde siempre que yo recuerdo he dormido con la luz encendida. Cuando vivía en casa de mis padres, yo dormía en la misma habitación que mis hermanas, en total éramos cuatro. Yo era la primera en meterme en la cama y así ellas me daban tiempo para quedarme dormida y apagar la luz.

Con Diego no me importa que no haya luz, se me olvida. Y él me abraza y me dice: siempre juntos, mi niña. Y entonces mis párpados se caen por toda la noche.


 

16

Ya se acababa el verano, ya empezaba el otoño. Para mí esta época es como si comenzara un año nuevo. El colegio me dejó esa costumbre. El otoño es mi época favorita, aunque empiece a hacer frío todo se disfraza de colores cálidos para engañar al tiempo, las tardes se tornasolan de naranja y la brisilla se derrama por la cara, se mete por la ropa sacando los vellitos de las piernas aún descubiertas, los árboles se quitan sus sombreros al verme pasar y yo los miro desde abajo y los saludo en nuestro silencio. Me vuelvo a encontrar con mis amigos que han vuelto, Sevilla se vuelve a habitar y disfruto comiéndome los últimos helados del año, deseando que nunca se acaben.

Pedro se iba quedando atrás en mi línea de la vida de la mano izquierda, mientras Diego iba tallando su nombre con cariño y constancia.

Diego se estaba metiendo dentro de mí tan rápido que no me daba tiempo para explicármelo y menos aún para explicárselo a los demás. Empecé a sentirme culpable, me avergonzaba reconocerlo y me escondí de mis amigos.

De día todo parecía fácil, pero por las noches, cuando desaparece la luz, aparecía el fantasma de Pedro, me metía los dedos por los ojos y me hacía llorar hasta quedarme dormida, fue una costumbre que me duró ocho meses.

Y Diego todas las noches me dormía con una de sus historias, porque Diego desde que lo conocí siempre fue un cuentacuentos.


 

17

-         Amor mío.

-         Eso mismo estaba pensando yo: Amor mío.

-         ¿El qué?

-         ¿Sabes qué? Que tengo mucha suerte.

Diego sonrió. Nada le devolvió la sonrisa. Diego comenzó a reír a carcajadas limpias y alegres.

-         Hay que ver lo que hemos pasado juntos.

-         Ya... ya, no tenemos más remedio que seguir adelante.

-         Bueno, pero no a toda costa, quiero seguir sólo si nos amamos, sólo si seguimos teniendo esta capacidad de decírnoslo todo. Te quiero, amada mía, te quiero amiga mía.

-         Lo sé.

-         ¿ Recuerdas el día que nos conocimos que ni siquiera nos conocíamos y no queríamos separarnos?.

Diego sonrió de nuevo:

-         No se me puede olvidar. Sabes de sobra que has sido mágica en mi vida. Antes de conocerte llevaba meses deseando follar (Nada lo mira sonrojada pero no deja de mirarlo mientras escucha sus palabras) con una mujer que me diera la vuelta como un calcetín, y de pronto apareces tú y se me olvida el sexo y se me agranda el corazón y cuando me vuelvo a acordar del sexo me encuentro con la maravilla de tu amor. A mí, que me encantan las palabras, se me ha instalado la expresión “hacer el amor” donde antes “follaba”. Palabras, palabras, pero me gusta el matiz, me gusta la poesía que comparto contigo, la belleza de las pequeñas cosas, de lo auténtico, o de las grandes.

Nada sigue sonrojándose, pero ya hay confianza entre ellos. Nada le pone la cara que pone Diego cuando hacen el amor y no paran de reírse.

-         Para lo dramático o para lo divertido, es un placer estar a tu lado, Nada. Un placer del que no pienso prescindir mientras sigas agarradita de mi mano.

-         Recuerda estás palabras: siempre juntos.

-         Tranquila, tengo buena memoria.

Y se ríen otra vez a carcajadas porque Diego tiene la memoria de un pez. Excepto para lo que le interesa.

Empezaba ya a hundirse el sol en el mar que golpeaba rítmicamente y con suavidad el casco del barco como si latiera contra él. Y éste era el único sonido que se escuchaba en toda la tarde, porque aunque ellos no paraban de hablar, las palabras no se pronunciaron, fue una tarde silenciosa que ellos no escucharon.

Sus manos parecían una y sus sombras ya alargadas representaban la silueta de dos siameses. Aunque no podían darse cuenta, el presente los había enredado a ambos con un hilo invisible que los cosía sobre la misma historia.

 
reflexiones al respecto